sábado, 12 de noviembre de 2011

EL EXTRAÑO CASO DE LADY ELWOOD – R. Fontanarrosa


El inspector Havilland detuvo su Austin al costado del camino que conducía a Middleford y quedó pen­sativo. No había dicho a nadie dónde pasaría sus quince días de vacaciones y la idea de retomar el ca­mino hacia Londres se le instaló sólidamente en la cabeza.
Él tan sólo había prometido comunicarse cada tres días con Scotland Yard, en prevención de algún suceso inesperado, como el retorno del Destripador de Yorkshire, un ataque nuclear soviético o la fuga de un oso del zoológico. Esa franquicia de manejar a su gusto el contacto con sus superiores tan sólo se le concedía a hombres como Emerald L. Havilland, el más eficaz sabueso de las fuerzas de seguridad británicas. "El Detective Invicto" como bien lo había llamado la prensa tras su espectacular esclarecimiento del caso del robo del pony predilecto del Príncipe Andrew.
En tanto viraba lentamente el volante, una sonrisa, apretada en torno al cigarro que sostenían sus labios, ensanchó el rostro adusto del inspector: recordaba claramente la densa, profunda, prometedora mirada que le había dispensado Lady Elwood desde lo alto de su palco, días atrás, durante el concierto que brindó la Royal Philarmonic Orchestra.
Una hora después, el inspector Havilland, prote­giendo su boca y su nariz bajo el abrigo de la bufanda con los colores del Tottenham Hotspur, golpeaba suavemente con su puño enguantado a las puertas de la mansión de Lady Elwood, la riquísima viuda de sir Lewis Norton.
Tras unos minutos de espera Havilland repitió el llamado. Finalmente, con la curiosidad propia de la profesión, giró el picaporte comprobando que la pesada puerta estaba abierta. Antes de entrar observó hacia la calle. Nadie lo había visto. El viento y la lluvia eran dos azotes flagelando Newcastle Street.
Recorrió un par de salones desiertos y luego co­menzó a subir una ancha escalera de madera. En una de las habitaciones superiores halló a Lady Elwood. Estaba sobre la alfombra, caída al lado de su cama en posición poco ortodoxa y presentaba dos heridas profundas en la espalda.
Havilland husmeó el aire y luego tomó la medida que separaba la cómoda de la perilla de la luz. Fue hasta el cenicero y recogió dentro de un sobre las co­lillas de cigarrillos. Se paró en medio de la habita­ción, cruzado de brazos y mirando hacia los cerra­dos ventanales. Meneó la cabeza y silbó suave.
—Paul —musitó—. Finalmente lo hizo.
Recordaba el rostro joven e ingenuo de Paul Elwood, sobrino de la viuda, y las habladurías que de él y su tía se contaban en ciertos cenáculos.
—No debe haber abandonado el país aún —dedu­jo Havilland—. Tomará el ferry hacia Francia.
Anotó en una pequeña libreta la medida entre la cama y el ropero y constató que la puerta de éste estaba entornada. La abrió. Allí dentro, prácti­camente sentado sobre el piso de madera, algo oculto por la profusión de tapados y pieles, se hallaba el cadáver de Paul Carpentier, estrangulado por una corbata de seda italiana azul, con diminutos puntos rojos.
Havilland se pellizcó los labios y cerró el ropero. Miró su libreta de apuntes y golpeteó con la base de su lapicera sobre la tapa de la libreta.
—Mannix —silabeó—. Gus Mannix.
No escapaban a su memoria proverbial los rasgos acentuados de Gus Mannix, profesor de piano de Paul, a quien algunas revistas proclives al escándalo sindicaban como antiguo enamorado de Lady Elwood.
—Los celos —musitó Havilland— son malos con­sejeros.
Se encaminó hacia el baño. Allí podría detectar huellas dactilares del impetuoso profesor Mannix.
Havilland no pudo disimular un rictus de contra­riedad cuando, junto a la bañera, semitapado por la cortina plástica encontró el cuerpo del eximio pia­nista. Entre ceja y ceja, algo más arriba de la conge­lada expresión de asombro que dibujaban sus ojos, mostraba el orificio pequeño pero nítido de una bala calibre 22.
El inspector aspiró hondo y tomó la medida entre el lavabo y el grifo de agua caliente.
—Estoy ante la obra de un loco —dictaminó—, Jerry Fergusson.
Nunca había podido olvidar la mirada extraviada del jardinero mientras le explicaba su extraña teoría sobre la doble personalidad de las azaleas y la influen­cia que ejercían las monocotiledóneas sobre las de­cisiones del Vaticano. Tampoco nunca había olvi­dado que Jerry Fergusson le había confiado que atendía los jardines de Lady Elwood.
—Sé muy bien dónde estará oculto —se dijo. Sor­teando el cadáver de la acaudalada viuda, se dirigió al teléfono. No tenía tono. Observó que se hallaba desconectado. Agachándose tras el cable atisbó bajo la cama.
Allí, con la cabeza destrozada por un atizador de la estufa de leños, vio a Jerry Fergusson, el jardi­nero.
Havilland se frotó suavemente las yemas de los dedos. Frunció los labios y aprobó un par de veces enérgicamente con su cabeza.
Colocó nuevamente el auricular del teléfono en su horquilla. Luego retornó las colillas que había sacado, a sus ceniceros. Cortó la hoja con anotacio­nes de su libreta y la arrojó al inodoro, accionando luego el turbión de agua.
Se arrebujó entonces en su bufanda, bajó el ala de su sombrero, salió de la casa cerrando con cuidado la puerta y subiendo al Austin retomó el camino hacia Middleford.



 El mundo ha vivido equivocado




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