Chepé Bolívar
‑¡Ah Chepé
Bolívar! ¡Cómo no me voy a acordar de él! ‑dijo la mujer sentada a mi lado en
el camión de carga‑. Alto, flaco, patas de pájaro. Siempre emponchado, en
invierno y verano, por esas llagas que no se le curaban nunca. De noche, cuando
había luna, se encasquetaba un sombrerón y encima, para más seguridad, se
cubría con una sombrilla. Salía a caminar por ahí, asustando a la gente. ¡Cómo
no me voy a acordar de Chepé Bolívar, el telegrafista de Manorá!
El olor de
antes iba entrando en mi somnolencia cuando el mixto empezó a traquetear por el
camino de tierra del pueblo. La presencia de Chepé Bolívar se iba formando en
la voz de falsete de la vieja entre las jaulas de las gallinas, las bolsas de
naranjas y los fardos de tabaco.
En eso de la
soledad de Chepé, la vieja monoreña no mentía. Lo veo aún, desnudo, las ronchas
untadas con grasa de lagarto, encerrado en su rancho, trabajando la madera de
su caja a la luz de una vela. Y la imagen borrosa se juntaba sin mezclarse con
la voz de la vieja, asordinada por el cigarro. Lejos se oían en la noche los
golpes de la azuelita y del formón sobre el tronco del árbol. "¡Ya está
telegrafiando otra vez Chepé!", se decía en el pueblo cuando escuchábamos
ese picoteo enterrado de pájaro carpintero.
Todo
mezcladamente, la realidad con las realidades.
El mixto
hendía con sus faros la noche polvorienta. La voz de la vieja chirriaba de
tanto en tanto, cercana o lejana, según los golpes de viento.
‑Chepé murió
cuando llegaron las tropas del gobierno, el año de la creciente grande, en la
revolución del 47.
‑No murió de
bala ‑dije por decir cualquier cosa.
‑Hubo quien
dijo que del susto de la balacera y hubo quien dijo que de una bala perdida ‑replicó
la revendedora‑. Pero no es verdad. Cada uno muere a su manera y nunca en la
víspera del día señalado. Tiene razón usted. Chepé murió en su momento de hora.
Había estado esperando su muerte demasiado tiempo. Veinte años le llevó labrar
ese cajón de palosanto en que lo enterramos.
El Chepé de
la vieja y el Chepé de mi infancia, cabedores en una misma memoria, no eran los
mismos. Y estaba el otro Chepé, el que había querido ser otro para cumplir más
fielmente su propio destino. Pájaro de un solo vuelo entre dos cielos.
Lo cierto es
que en los días de su vida no había hombre en todo Manorá del Guairá que
conociera mejor que Chepé la historia de Simón Bolívar y las guerras de la
Independencia. Mejor dicho, era el único que la sabía en aquel poblacho perdido
entre ríos, selvas y montes, y probablemente el único entre los campesinos del
Paraguay entero, sin excluir a los letrados de la ciudad. Al menos, Chepé era
el único que había aprendido la historia de esa manera. Acabó transformándola
en algo tan suyo como sus sueños y su sangre: una obsesión desmemoriada de todo
otro recuerdo que fuese la visión de ese tumulto poblado de imágenes, de
fragor, en cuyo centro se erguía la figura del Libertador.
Chepé hablaba
de Caracas nombrándola a veces Mba'evera‑guasu,
la Ciudad Resplandeciente del viejo mito de El Dorado. Poseer tal ciudad en ese
villorrio de ranchos y cañaverales no era, decía Chepé, "mascar tabaco
ajeno". En el ruinoso cobertizo de la estación del ferrocarril, en la
plaza, en el atrio; en los caminos, contaba, temático, a quien la quisiese oír,
la historia de esas luchas. Ante los ojos incrédulos o deslumbrados ponía el
resplandor de Caracas de donde habían salido los ejércitos de Bolívar para
liberar a otros pueblos. "Nosotros no tuvimos esa suerte ‑murmuraba bajo
el sombrero de paja apretándose la cucarda que sostenía el doblez del ala‑.
Atravesando miles y miles de leguas, el Gran Capitán quiso venir a liberar
también al Paraguay, pero los porteños le cerraron el paso..."
Para los más
Chepé era un loco, el loco hablador del fierrito
de la estación. Impasible y alucinado continuaba contando esa historia con
nombres extraños y familiares. Para él, los hombres eran imágenes y las
imágenes las únicas cosas verdaderas en su revelación originaria. "La
verdad, decía, no hace ruido y sólo tiene caras muy escondidas".
Todo comenzó
con los latidos eléctricos del telégrafo. Alguien, algún estudiantillo de
Asunción, empleado en el turno de noche, encontró la manera de memorizar sus
lecciones de historia o de divertirse con ellas transmitiéndolas a ese colega
semi analfabeto de Manorá con la palanquita del morse.
A lo largo de
noches y noches el repiqueteo metió en el alma, en la mente simple del
telegrafista la historia sin tiempo ni fronteras, que por ser de todos y de
ninguno tan suya era y a la vez tan ajena.
Cipriano
Ovelar sintió la coacción del decoro. Sin salir de Manorá se fue a vivir a
Caracas. Sintió que la sangre del Libertador corría por sus venas. Sintió que
era otro y que otro debía ser su nombre. Desde entonces Chepé Ovelar se llamó
Chepé Bolívar. Lo sintió como el único nombre digno de su obsesión; el único
que expresaba lo verdadero y mejor de su inútil vida. Si lo llamaban con el
nombre abolido permanecía en silencio. Vivo no lo sacarían de allí.
A lo largo de
noches y años y noches, Chepé Bolívar transmitió incansable, a su turno, a
otros pájaros insomnes como él posados en la barrita de bronce, la historia del
largo y desvelado sueño de los oprimidos. El sueño que suda sangre en los vivos
y en los muertos subía lentamente en las palabras sonámbulas de Chepé. El
maestro de música Salustro hacía estallar a veces en los oídos sordos de Chepé
dos o tres notas roncas de su viejo trombón. "¡Ya voy!...", decía
Chepé, visionario, encarando la luz fuerte que llenaba el día antes del día.
En la
revuelta agraria del año 12, Chepé Bolívar se unió a las montoneras del Guairá,
en el sur del Paraguay. Cayó prisionero y los regulares estuvieron a punto de
fusilarlo porque se negó a transmitir una noticia falsa, la treta diabólica que
hizo caer en una emboscada al grueso de las tropas campesinas.
Chepé contaba
que lo habían fusilado entonces. Lo que era una manera de decir la verdad.
Desde la derrota del levantamiento agrario él estaba muerto en la más humana
forma del morir. "Yo ya no existo...", decía ciego y lejano, hueso y
piel bajo los guiñapos de su blusa. Hasta las llagas se le habían muerto,
borrado, sanado. Si le quedaba alguna cicatriz, él todo entero era esa sola
cicatriz. Costra de la nada. Silencio. Mudez.
Nada más y
todo eso. Seguiría contemplando en lo hondo el amado resplandor. Y lo que él no
vio pero algunos veían en los días de neblina era el águila oscura posada en la
cumbrera del rancho de Chepé.
‑¡Ah pícaro
viejo! ‑murmuró la vieja manoreña‑. Se daba maña para encontrar lo que no
buscaba. Para los pobres la dicha está siempre en otra parte...
En el tiempo
sin tiempo de Chepé, la cuenta era simple. Después de los diez años de prisión
por "desacato militar y propaganda subversiva a través del sistema de
comunicaciones del Estado", Chepé regresó a Manorá, ahora sí lejanísimo y
espectral.
Más de
treinta años sobrevivió a su muerte, encerrado en su rancho, mientras su sombra
vagaba recorriendo en peregrinación la ruta de Bolívar por medio continente.
Hay un
momento en que el Libertador, viudo de la gloria, huye de Caracas entre los
retratos rotos y la indiferencia que alfombran su paso hacia el destierro. En
una esquina de la Plaza Mayor, semi escondido entre los soportales, Chepé lo
contempla pasar. Se adelanta hacia el fugitivo, sacándose el sombrero. "¡Vamos
al Paraguay, mi General!... ‑dijo Chepé que le dijo a su tocayo en desgracia‑.
Allá usted tiene todavía mucho que hacer..." Las telitas de las cataratas
temblaban húmedas sacudidas por el vendaval que le salía de adentro.
‑Durante
veinte años ‑refluyó la voz de la vieja en el mixto‑ Chepé labró la madera de
su caja. Al final nos olvidamos de él. Cuando llegaron las tropas del gobierno
y atacaron el pueblo, Chepé se nos murió así no más de golpe. Por algún agujero
se le escapó el ánima...
La mujer guardó
silencio por un largo instante. La primera luz empezó a teñir el polvo. El
rostro arrugado se volvió hacia mí.
‑Ya estamos
llegando ‑dijo‑. Usted no es de estos lugares, creo, me parece.
‑No ‑mentí
sin remordimiento.
‑¿Qué viene a
hacer a Manorá? Digo..., si se puede saber.
‑Nada ‑me oí
decir entre dientes.
‑Ah bueno ‑dijo
la vieja‑. La nada es buena como remedio. Eso fue lo que Chepé tomó a lo
último. Al cristiano le cuesta a veces morir. Por falta de costumbre, digo yo.
Cuando llegaron las tropas del gobierno y atacaron el pueblo por todos lados,
alguien vino a decir que Chepé estaba acostado en su caja, muerto. En esa caja
lo enterramos. Pero no en el cementerio. El acompañamiento no pudo atravesar la
fusilería que cercaba el pueblo. Tuvimos que enterrar a Chepé en un potrero.
Eso también hay que decirlo sin ofender. A Chepé mucho el pueblo le quería a
pesar de todo y por todo. Un hombre más para nada que él no había en este
mundo. Pero valía por lo que era y sabía mucho sin saber que lo sabía, sin
vergüenza de ser limpio y honrado entre tantos sinvergüenzas. Su vicio era la
esperanza del pobre que es querer el todo para todos. Y Chepé era capaz de
encoger hasta su sombra para no estorbar a nadie. Eso fue Chepé, y un poco más
y un poco menos. En un potrero lo enterramos bajo la lluvia, el viento y las
balas. Cada uno dejó su ramo de flor sobre el estiércol y el barro. Ninguno
faltó al acompañamiento de ese muerto al que muchos, entre los más viejos, le
debíamos la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario