martes, 11 de septiembre de 2012

Confieso que he vivido - Pablo Neruda - Memorias


Perdido en la ciudad
GRANDES NEGOCIOS

Siempre los poetas hemos pensado que poseemos grandes ideas para enriquecernos, que somos genios para proyectar negocios, aunque genios incomprendidos. Recuerdo que impulsado por una de esas combinaciones florecientes vendí a mi editor de Chile, en el año 1924, la propiedad de mi libro Crepusculario, no para una edición, sino para la eternidad. Creí que me iba a enriquecer con esa venta y firmé la escritura ante notario. El tipo me pagó quinientos pesos, que eran algo menos de cinco dólares por aquellos días. Rojas Giménez, Alvaro Hinojosa, Homero Arce, me esperaban a la puerta de la notaría para darnos un buen banquete en honor de este éxito comercial. En efecto, comimos en el mejor restaurant de la época, "La Bahía", con suntuosos vinos, tabacos y licores. Previamente nos habíamos hecho lustrar los zapatos y lucían como espejos. Hicieron utilidades con el negocio: el restaurant, cuatro lustrabotas y un editor. Hasta el poeta no llegó la prosperidad.
Quien decía tener ojo de águila para todos los negocios era Alvaro Hinojosa. Nos impresionaba con sus grandiosos planes que, de ponerse en práctica, harían llover dinero sobre nuestras cabezas. Para nosotros, bohemios desastrados, su dominio del inglés, su cigarrillo de tabaco rubio, sus años universitarios en Nueva York, garantizaban el pragmatismo de su gran cerebro comercial.
Cierto día me invitó a conversar muy secretamente para hacerme partícipe y socio de una formidable tentativa dirigida a conquistar nuestro enriquecimiento inmediato. Yo sería su socio al cincuenta por ciento con sólo aportar unos pocos pesos que recibiría de algún lado. El pondría el resto. Aquel día nos sentíamos capitalistas sin Dios ni ley, decididos a todo.
—¿De qué mercancía se trata? —le pregunté con timidez al incomprendido rey de las finanzas.
Alvaro cerró los ojos, arrojó una bocanada de humo que se desenvolvía en pequeños círculos, y finalmente contestó con voz sigilosa:
—¡Cueros!
—¿Cueros? —repetí asombrado.
—De lobo de mar. Para ser preciso, de lobo de mar de un solo pelo.
No me atreví a averiguar más detalles. Ignoraba que las focas, o lobos marinos, pudieran tener un solo pelo. Cuando los contemplé sobre una roca, en las playas del sur, les vi una piel reluciente que brillaba al sol, sin advertir asomo alguno de cabellera sobre sus perezosas barrigas.
Cobré mis haberes con la velocidad del rayo, sin pagar lo que debía de alquiler, ni la cuota del sastre, ni el recibo del zapatero, y puse mi participación monetaria en las manos de mi socio financista.
Fuimos a ver los cueros. Alvaro se los había comprado a una tía suya, sureña, que era dueña de numerosas islas improductivas. Sobre los islotes de desolados roqueríos los lobos marinos acostumbraban practicar sus ceremonias eróticas. Ahora estaban ante mis ojos, en grandes atados de cueros amarillos, perforados por las carabinas de los servidores de la tía maligna. Subían hasta el techo los paquetes de cueros en la bodega alquilada por Alvaro para deslumbrar a los presuntos compradores.
—¿Y qué haremos con esta enormidad, con esta montaña de cueros? —le pregunté encogidamente.
—Todo el mundo necesita cueros de esta clase. Ya verás. —Y salimos de la bodega, Alvaro despidiendo chispas de energía, yo cabizbajo y callado.
Alvaro iba de aquí para allá con un portafolio, hecho de una de nuestras auténticas pieles de "lobo marino de un solo pelo", portafolio que rellenó de papeles en blanco para darle apariencia comercial. Nuestros últimos centavos se fueron en los anuncios de prensa. Que un magnate interesado y comprensivo los leyera, y bastaba. Seríamos ricos. Alvaro, muy atildado, quería confeccionarse media docena de trajes de tela inglesa. Yo, mucho más modesto, albergaba, entre mis sueños por satisfacer, el de adquirir un buen hisopo o brocha para afeitarme, ya que el actual iba camino de una calvicie inaceptable.
Por fin se presentó el comprador. Era un talabartero de cuerpo robusto, bajo de estatura, con ojos impertérritos, muy parco de palabras, y con cierto alarde de franqueza que a mi juicio se aproximaba a la grosería. Alvaro lo recibió con protectora displicencia y le señaló una hora, tres días después, apropiada para mostrarle nuestra fabulosa mercancía. En el curso de esos tres días, Alvaro adquirió espléndidos cigarrillos ingleses y algunos puros cubanos "Romeo y Julieta", que colocó de manera visible en el bolsillo exterior de su chaqueta, cuando llegó la hora de esperar al interesado. En el suelo habíamos esparcido las pieles que revelaban mejor estado.
El hombre concurrió puntualmente a la cita. No se sacó el sombrero y apenas nos saludó con un gruñido. Miró desdeñosamente y con rapidez las pieles extendidas en el piso. Luego paseó sus ojos astutos y férreos por los estantes atiborrados. Levantó una mano regordeta y una uña dudosa para señalar un atado de pieles, uno de aquellos que estaban más arriba y más lejos. Justamente donde yo había arrinconado las pieles más despreciables.
Alvaro aprovechó el momento culminante para ofrecerle uno de sus auténticos cigarros habanos. El mercachifle lo tomó rápidamente, le dio una dentellada a la punta y se lo encasquetó en las fauces. Pero continuó imperturbable, indicando el atado que deseaba inspeccionar.
No había más remedio que mostrárselo. Mi socio trepó por la escalera y, sonriendo como un condenado a muerte, bajó con el grueso envoltorio. El comprador, interrumpiéndose para sacarle humo y más humo al puro de Alvaro, revisó una por una todas las pieles del paquete.
El hombre levantaba una piel, la frotaba, la doblaba, la escupía y en seguida pasaba a otra, que a su vez era rasguñada, raspada, olfateada y dejada caer. Cuando al cabo terminó su inspección, paseó de nuevo su mirada de buitre por las estanterías colmadas con nuestras pieles de lobo de mar de un solo pelo y, por último, detuvo sus ojos en la frente de mi socio y experto en finanzas. El momento era emocionante.
Entonces dijo con voz firme y seca una frase inmortal, al menos para nosotros.
—Señores míos, yo no me caso con estos cueros —y se marchó para siempre, con el sombrero puesto como había entrado, fumando el soberbio cigarro de Alvaro, sin despedirse, matador implacable de todos nuestros ensueños millonarios.

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