sábado, 15 de enero de 2011

Primer Congreso Internacional de escritores por la libertad de la cultura

INTERVENCIÓN EN EL PRIMER CONGRESO INTERNACIONAL DE ESCRITORES POR
LA LIBERTAD DE LA CULTURA

PARÍS, 1935   (I)
Bertolt Brecht

Compañeros, aun sin querer decir nada particularmente nuevo, querría decir algo a propósito de la lucha contra las fuerzas que hoy intentan sofocar en la sangre y en el estiércol la cultura occidental o aquello que de la cultura ha quedado luego de un siglo de explotación. Querría llamar vuestra aten­ción sobre un único punto, sobre el cual, a mi juicio, es necesa­ria la máxima claridad si se quiere combatir a aquellas fuerzas eficazmente, y sobre todo, a fondo.
A los escritores que en su propia persona, o en la de otros, experimentan las atrocidades fascistas y están aterrados, la ex­periencia y el terror no les confieren necesariamente la capacidad de combatirlas. Alguno puede pensar que baste con descri­bir aquellas atrocidades, sobre todo si para describirlas se tiene un gran talento literario y una cólera auténtica. Verdaderamen­te tales descripciones son muy importantes. Se cometen atrocidades. Y esto no debe ser. Se golpea a los seres humanos. Y esto no debe suceder. ¿Para qué continuar discutiendo? Alzarse y de­tener el brazo del que maltrata. Compañeros, es necesario discutir.
Nos alzaremos, quizás. No es muy difícil. Pero después vie­ne el momento de detener aquel brazo. Y esto es ya más difícil. La cólera existe, el enemigo está individualizado. Pero ¿cómo hacerlo caer? El escritor puede decir: mi tarea es la de denun­ciar la injusticia; le toca al lector hacer el resto. Pero en este caso el lector cumplirá una curiosa experiencia. Se advertirá que la cólera, como también la compasión, es algo cuantita­tivo, algo que existe y puede manifestarse en una o en otra cantidad. Y peor aún, que se manifiesta en la medida en que es necesaria. Algunos compañeros me han dicho: cuando por primera vez hemos hecho saber que nuestros amigos eran muer­tos se alzó un grito de horror y una gran ayuda. Cientos eran los muertos.
Pero cuando los muertos fueron miles y la destrucción no tenía fin, sobrevino el silencio y sólo escasa fue la ayuda. Y así: "cuando los cielitos se multiplican se vuelven invisibles. Cuando los sufrimientos se vuelven insoportables no se oyen más gritos. Se mata un hombre: y el que mira pierde las fuerzas. Es natural que sea así. Cuando los crímenes vienen como la lluvia ninguno más grita ¡basta!".
Pues es así. ¿Cómo comportarse, entonces? ¿No hay modo de impedir que el hombre se distraiga de las atrocidades?. ¿Por qué se distrae? Se distrae cuando no descubre ninguna posibi­lidad de intervenir. El hombre no se detiene junto al dolor de otro hombre si no puede darle ayuda. Se puede defender de un golpe si se sabe cuándo cae, dónde cae y por qué cae, con qué fin. Y si se puede defender del golpe, si hay una posibilidad cualquiera, aunque mínima, entonces se puede tener compasión de la víctima. Y esa compasión se la puede sentir también si aquella posibilidad no existe, pero no por mucho tiempo y de todos modos no por todo el tiempo durante el cual los golpes continúan cayendo sobre la víctima. Entonces ¿por qué cae el golpe? ¿Por qué se tira al mar la cultura como si fuese lastre (es decir, aquéllo que de la cultura ha quedado)?; ¿por qué la vida de millones de hom­bres, de la mayor parte de los hombres ha sido tan empobre­cida, despojada y, en parte o del todo, anulada?
Algunos de entre nosotros tienen una respuesta a esta pregun­ta. Responden así: por brutalidad. Creen asistir a una pavorosa erupción en una parte cada vez más amplia de la humanidad, a un temible proceso de incognoscible origen, que de improviso aparece; que quizás —se espera-— igualmente de improviso des­aparecerá; al impetuoso emerger de bárbaros instintos bestiales largamente reprimidos o adormecidos.
Cuantos responden así saben naturalmente que tal respuesta no basta. Y se dan cuenta solos que a la brutalidad no puede conferírsele el aspecto de una fuerza bestial, de invencibles po­tencias infernales. Hablan, pues, de imperfecta educación de la estirpe humana. Algo que ha estado descuidado o que en la pri­sa, no ha sido cumplido. Es necesario recuperarlo. A la brutali­dad debemos oponer el bien. Debemos hacer un llamado a las grandes palabras, al conjuro que ya otras veces ha sido útil, a los conceptos insuperables —el amor a la libertad, la dignidad, la justicia-- cuya eficacia está históricamente garantizada. Y he­los aquí pronunciar el gran conjuro. ¿Qué sucede? A la acusa­ción de ser brutal, el fascismo responde con el fanático elogio de la brutalidad. Imputado de ser fanático, responde con el elo­gio del fanatismo. Convicto de lesa razón, pone alegremente bajo proceso a la razón misma. Y luego también el fascismo en­cuentra que la educación ha sido imperfecta. Se promete grandes cosas de la posibilidad de influenciar las mentes y reforzar los corazones... A la brutalidad de sus subterráneos destinados a la tortura agrega la de las escuelas, los periódicos, el teatro. Educa a toda la nación y todo el día. No tiene mucho que ofre­cer a la gran mayoría, entonces tiene mucho que educar. No da de comer, entonces debe educar en la autodisciplina. No puede poner orden en su producción y tiene necesidad de guerras; debe pues educar el coraje físico. Tiene necesidad de víctimas y enton­ces debe educar para el sacrificio. También éstos son ideales, me­tas requeridas a los hombres; y algunos de éstos son incluso altos ideales, altas metas.
Ahora, nosotros sabemos bien para qué sirven estos ideales, quién es el que educa y a quién aquella educación debe servir;-no a aquéllos que han sido educados. ¿Y nuestros ideales? También aquéllos de nosotros que en la brutalidad, en la bar­barie, descubren el mal mayor, hablan, como hemos visto, so­lamente de educación, solamente de intervenciones sobre el es­píritu, de todos modos, de ningún otro género de intervención. Hablan de educación en el bien. Pero el bien no vendrá de la exigencia del bien, del bien en cualquier circunstancia, aun en las peores circunstancias; así como la brutalidad no ha llegado de la brutalidad.
Personalmente no creo en la brutalidad por la brutalidad. Es necesario proteger a la humanidad de la acusación de estar por la brutalidad independientemente del hecho de que ella sea un buen negocio. Es una espirituosa distorsión la de mi amigo Feuchtwanger2 cuando afirma que la vulgaridad viene antes que el interés personal. Se equivoca. La brutalidad no viene de la brutalidad sino de los negocios que sin ella no se pueden hacer más.
En el pequeño país del cual vengo hay una situación menos terrible que en muchos otros países. Pero cada semana se des­truyen 5.000 cabezas de ganado de la mejor calidad. Es una fea cosa, pero no es una manifestación de una imprevista sed de sangre. Si fuese así, la cosa sería menos deshonesta. La des­trucción de ganado y la destrucción de cultura no se originan en instintos bárbaros. En ambos casos se destruye una parte de bie­nes producidos no sin fatiga, porque se han vuelto un peso. Fren­te al hambre que impera en los cinco continentes medidas simi­lares son indudablemente crímenes, pero no tienen absolutamente nada que ver con las tendencias malignas. En la mayor parte de los países del mundo existen hoy situaciones sociales tales que los crímenes de cualquier especie son altamente pre­miados mientras que el ejercicio de la virtud cuesta muy caro. "El hombre bueno es indefenso y el indefenso es apaleado hasta la muerte. Pero con la brutalidad se puede tener todo. La vulgaridad se programa así misma por diez mil años. El bien tiene necesidad en cambio de una guardia de corps; y no la encuentra".
Guardémonos de pedirla a los hombres. Hagamos de modo, también nosotros, de no pedir nada imposible. No nos expongamos a lanzar también nosotros llamados a la humanidad para que haga cosas sobrehumanas o sea para que soporte con el ejer­cicio de elevadas virtudes situaciones terribles que ciertamente pueden ser cambiadas pero que al fin no lo serán. No hablemos solamente por la cultura.
Téngase piedad de la cultura, pero antes que nada, téngase piedad de los hombres. La cultura es salvada cuando los hombres son salvados.
¡No nos dejemos arrastrar a la afirmación de que los hom­bres existan para la cultura y no la cultura para los hombres! ¡Esto recordaría demasiado la costumbre de los grandes merca­dos donde los hombres existen para el ganado de matanza y no el ganado de matanza para los hombres! Compañeros, ¡pen­semos en la raíz del mal!
Una gran enseñanza, que sobre nuestro planeta todavía muy joven penetra cada vez más en grandes masas de hombres, afir­ma que la raíz de todos los males son nuestras relaciones de propiedad. Esta enseñanza, simple como todas las grandes en­señanzas, ha penetrado en aquellas masas de hombres que más su­fren por las actuales relaciones de propiedad y por los bárbaros métodos con los cuales aquellas relaciones son defendidas. Se ha puesto en práctica en un país que representa un sexto de la su­perficie terrestre, donde los oprimidos y los que nada tienen han tomado el poder. Allá no hay más destrucción de bienes ali­menticios ni destrucción de cultura.
Muchos de nosotros, escritores que han experimentado las crueldades del fascismo y están espantados, no han comprendido todavía esta enseñanza, no han descubierto todavía la raíz de la brutalidad que los aterra. Corren siempre el riesgo de consi­derar las crueldades del fascismo como crueldades no necesarias. Conservan las relaciones de propiedad porque creen que para defenderlas no son necesarias las crueldades del fascismo. Pero para mantener las relaciones de propiedad existentes aquellas crueldades son necesarias. En esto los fascistas no mienten. En esto ellos dicen la verdad. Aquéllos de entre nuestros amigos que frente a las crueldades del fascismo están aterrados tanto como nosotros, pero quieren mantener inmutables las relaciones de propiedad o permanecen indiferentes frente a su conservación no pueden conducir en forma lo bastante resuelta y por todo el tiempo necesario la lucha contra la barbarie desbordante, por­que no pueden sugerir ni promover las condiciones sociales que hacen superfina la barbarie. Aquéllos, en cambio, que buscando la raíz del mal se han encontrado con las relaciones de propie­dad, han descendido cada vez más profundamente, a través de un infierno de atrocidades cada vez más profundas, hasta que han llegado allí donde una pequeña parte de la humanidad ha­bía anclado el propio dominio despiadado: en aquella propie­dad de cada individuo en particular que sirve a la explotación del prójimo y que es defendida con las uñas y con los dientes, al precio del abandono de una cultura que no se ofrece más en su defensa o que no es más capaz, al precio del abandono puro y simple de todas las leyes de la convivencia humana por las cuales la humanidad tan largamente y con desesperado coraje ha combatido.
Compañeros  ¡hablemos de las relaciones de propiedad!
Esto quería decir a propósito de la lucha contra la desbor­dante barbarie, a fin de que esto fuera dicho aquí también y para que también yo lo haya dicho.


(Traducción Raúl Delanze.)


(I) El Primer Congreso Internacional de Escritores por la Libertad de la Cultura es la primer gran manifestación de unidad antifascista de escritores e intelectuales, de acuerdo a la línea de los Frentes Populares; trae a Occidente la fórmula del realismo socialista lanzada el año precedente en el congreso de escritores soviéticos, y se convierte en el modelo de muchos otros congre­sos nacionales .e internacionales y "Frentes de la Cultura" que lo siguieron. Tuvo lugar en París del 21 al 25 de junio de 1935, con la participación de escritores de 38 países. Es útil ubicarlo históricamente: el año anterior, tras la tentativa fascista del 6 de febrero en París, se había producido el famoso encuentro entre socialistas y comunistas. En agosto, socialistas y comunistas italianos en el exilio convienen la unidad de acción, en setiembre la URSS es admitida en la Sociedad de las Naciones y, con la revisión de la política exterior soviética se produce el acercamiento entre Francia y la URSS. Once días antes de la apertura del Congreso, Trotsky es expulsado de Francia por el gobierno Daladier. Una ojeada a la nómina de participantes en el Con­greso, depara algunas sorpresas: entre los franceses, Barbusse (que escribía so­bre el Congreso en L'Humanité), André Gide (que había estado el año anterior con Malraux en Berlín para pedir la libertad de Dimitrov, pero que al año siguiente rompería con los comunistas); Malraux; Louis Aragón (que ya tres años antes en el Congreso de Karkhov había comenzado su separación de los surrealistas); Julien Benda, Jean Cassou y Paul Nisan; entre los so­viéticos, además de Ehrenburg radicado en París (y que la víspera del Con­greso fue abofeteado por Bretón en el boulevard Montparnasse por calificar de "pederástica" la actividad de los surrealistas), Alexis Tolstoi, Isaac Babel (que morirá más adelante en prisión), N. Koltsov y Boris Pasternak. Además, Heinrich Mann, Max Brod, Regler, Anna Seghers, Waldo Frank, entre los alemanes (y el entonces casi desconocido Robert Musíl); y Aldous Huxley, Michael Gold, John Strachey, Eugenio d'Ors. Y por supuesto, Brecht. El texto de su intervención, con el título de "Una constatación necesaria para la lucha contra la barbarie", fue originalmente publicado en Praga, en el Tsfeue Deutsche Blátter del 6 de agosto de 1935 y reproducido en el cuaderno Nº 15 de las Versuche (29/37), Berlín 1957.















Bertolt Brecht - Poesía

Balada del pobre Bertolt Brecht

Yo, Bertolt Brecht, vengo de la Selva negra.
Mi madre me llevó a las ciudades
estando aún en su vientre. El frío de los bosques
en mí lo llevaré hasta que muera.

Me siento como en casa en la ciudad de asfalto. Desde el
            principio
me han provisto de todos los sacramentos de muerte:
periódicos, tabaco, aguardiente.
En resumen, soy desconfiado y perezoso, y satisfecho al fin

Con la gente soy amable. Me pongo
un sombrero según su costumbre.
Y me digo: son bichos de olor especial.
Pero pienso: no importa, también yo lo soy.

Por la mañana, a veces, en mis mecedoras vacías,
me siento entre un par de mujeres.
Las miro indiferentes y les digo:
con éste no tenéis nada que hacer.

Al atardecer reúno en torno mío hombres
y nos tratamos de gentleman mutuamente.
Apoyan sus pies en mis mesas.
Dicen: «Nos irá mejor». Y yo no pregunto: «¿Cuándo?»

Al alba los abetos mean en el gris del amanecer
y sus parásitos, los pájaros, empiezan a chillar.
A esa hora en la ciudad, me bebo mi vaso,
tiro la colilla del puro, y me duermo tranquilo.

Generación sin peso, nos han establecido
en casas que se creía indestructibles
(así construimos los largos edificios de la isla de Manhattan
y las finas antenas que al Atlántico entretienen).

De las ciudades quedará sólo el viento que pasaba por ellas.
La casa hace feliz al que come, y él es quien la vacía.
Sabemos que estamos de paso
y que nada importante vendrá después de nosotros.

En los terremotos del futuro, confío
no dejar que se apague mi puro «Virginia» por exceso de amargura,
yo, Bertolt Brecht, arrojado a las ciudades de asfalto
desde la Selva negra, dentro de mi madre, hace tiempo.


Bertolt Brecht - Dramaturgo


Bertolt Brecht

Fue considerado uno de los más grandes dramaturgos contemporáneos, llamado "el Shakespeare del siglo XX", dado a que revolucionó el teatro mundial, luego que a comienzos del Siglo XX se propuso romper con el teatro burgués, dedicado sólo a entretener y no a influir en el espectador.
Eugen Berthold Friedrich Brechter Han Culen, su nombre real, nació en la población de Augsburgo, Alemania.
Fue hijo de un gerente de una pequeña fábrica de papel y una mujer protestante, hija de un funcionario público. Además de ser católico, era un joven rebelde al que le gustaba jugar ajedrez y tocar el laíd.
No le gustaban las normas de su tiempo, la hipocresía, burguesía y disciplina, por lo que vivía al margen de éstas, además de que mostró una gran precocidad intelectual.
En 1917 comenzó la carrera de medicina en la Universidad de Munich, misma que retomó después de prestar su servicio militar como médico, para abandonarla definitivamente en 1921.
Su gusto por escribir procede desde muy joven y sus primeros poemas datan de 1914, en los que habla de prostitutas y vagabundos.
Para 1918, con 20 años de edad, escribió su primera gran obra teatral: "Baal".
Esta pieza trata de un poeta y asesino bisexual y debido a su gran fuerza poética es representada en 1923 con gran éxito. Entre 1918 y 1920 escribió una pieza sobre Espartaco, un líder antiesclavista del imperio romano, que sería después retitulada como "Tambores en la noche".  
Para 1919, con la agitación bávara, se integró al Partido Social-Demócrata Independiente.
Tras los éxitos literarios "Baal" y "Tambores en la noche", en 1924 escribió "La vida de Eduardo II", que fue el despunte de su nueva corriente (dramaturgo social), marcando su separación de las vanguardias del simbolismo y expresionismo.
Brecht encontró que en ella no tiene limitaciones, además de que manejó un humor cruel en sus personajes, pero con temas que afectaron al hombre.
En ese mismo 1924 abandonó su ciudad natal: Augsburgo, trasladándose a Munich para posteriormente partir a Berlín, donde conoció al poeta expresionista Arnolt Bronnen, con quien fundó una empresa productora.
Su pieza más famosa: "La ópera de los tres centavos", basada en "The beggar"s opera" (La ópera del mendigo), de John Gay, fue estrenada en 1928, y en ella habló de prostitutas, vividores, mendigos y delincuentes.
De 1929 a 1934 escribió varias obras, entre las que destacan "Línea de conducta", "Acuerdo" y el más importante trabajo de la época: "La excepción y la regla" (1930).
Hasta 1933 trabajó tranquilo, pero al llegar Adolfo Hitler al poder alemán, se prohibió la publicación de sus obras, retirándole su ciudadanía alemana y orillándolo al exilio hacia Austria, Dinamarca, Suiza y, finalmente, Estados Unidos.
Ya en ese país, intentó escribir para Hollywood, pero sus obras fueron rechazadas por los grandes productores y, en 1947, fue acusado de actividades anti americanas, lo que obligó a Brecht a exiliarse de nuevo en Suiza.
En un lapso de 10 años escribió sus cuatro grandes obras: "La vida de Galieo Galilei", biografía del científico que defendió su teoría heliocéntrica; y "Madre coraje y sus hijos", en la que habló sobre las guerras para ganar dinero.
Además, "El hombre bueno de Sezuan", que muestra cómo sobrevivir en un mundo capitalista; y "El círculo caucásico de Tiza", pieza en la que narra la historia de la custodia de un niño, hijo de una madre de alta sociedad que le abandona y su lucha con la criada que lo cuida.
Tras 15 años de exilio regresó a Berlín Oriental y en 1948 escribió "El señor Puntilla y su servidor Matti", obra que trata de un granjero finlandés y su sobriedad grosera, así como su humor borracho.
También en esa ciudad creó su propia compañía teatral, el Berliner Ensamble, que con un grupo de grandes actores tiene años de enormes escenificaciones y publicaciones espectaculares.
Brecht recibió en 1955 el premio "Stalin de la paz". Al año siguiente, tras una inflamación del pulmón, le vino una trombosis coronaria, la cual originó su fallecimiento, ocurrido el 14 de agosto de 1956 en Berlín del Este.

"MADRE CORAJE"

En España, director de teatro Gerardo Vera estrenó su versión "emocional" del clásico antibelicista de Bertolt Brecht.
"Madre Coraje es una hija de puta", dice Gerardo Vera, consciente de que en el imaginario de aquellos que no han leído o no han visto representada la obra de Bertolt Brecht, esas dos palabras representan al amor maternal capaz de ir al mismísimo infierno en defensa de sus hijos. Y nada más lejos de la realidad.
"¡Así es la guerra! ¡Una bonita fuente de ingresos!", dice la protagonista en un momento de Madre Coraje y sus hijos, escrita por Brecht en 1939 y estrenada en Zúrich dos años después, cuando el dramaturgo huía del nazismo. El próximo jueves Gerardo Vera estrenará en el teatro Valle-Inclán de Madrid su propia puesta en escena de la versión ya clásica de Antonio Buero Vallejo.
Por la Europa de la Guerra de los Treinta Años, una sangría que entre 1618 y 1648 enfrentó a católicos y protestantes, arrastra su codicia de vendedora ambulante "una hiena de los campos de batalla", una mujer con tres vástagos: un soldado en el que tiene puestas todas sus esperanzas, otro "tonto pero honrado" y una hija muda: "No vale nada. Pero por lo menos no habla, y eso ya es algo".
"Madre Coraje es alguien que decide sacar provecho de la guerra, caiga quien caiga. Aunque los que caigan sean sus hijos. El provecho es para ella más importante que los afectos. Llega la paz y se deprime porque se le acaba el negocio", explica Gerardo Vera, premio Nacional de Teatro en 1988 y director del Centro Dramático Nacional desde el año 2004.
Sentado en su casa madrileña y con los diarios de Bertolt Brecht en la mano, Vera dice que, junto a la gran carga ideológica que le dio su autor, en la obra -"una leyenda del teatro"- ha encontrado "imágenes emocionales muy potentes". Y se ha aferrado a ellas para saltarse la ortodoxia brechtiana, que prescribe frialdad analítica y distanciamiento para que el espectador no olvide en ningún momento que está en el teatro. De conmoverse, nada.
"Como el propio Buero, he querido ser brechtiano a pesar de los brechtianos", sigue Gerardo Vera. "Toda obra tiene elementos subconscientes debajo de los conscientes. Brecht y su mujer [la actriz Helene Weigel, la Madre Coraje por antonomasia en el teatro alemán] discutieron mucho. Está en sus diarios. De hecho, cuando fusilan a uno de sus hijos, Helene hace el gesto de abrir la boca en un grito, inmenso pero mudo, que sobrecoge. Yo he retomado ese gesto en mi montaje. La emoción de los espectadores no tiene por qué venir del melodrama, puede venir también de la contención".
Por eso ha pedido a sus actores un derroche de energía cercano "a la violencia física" para lograr una síntesis entre reflexión ("su guerra es todas las guerras y, además, una metáfora del capitalismo salvaje") y emoción ("he querido romperle los esquemas al espectador, refugiado en la luz oscura del patio de butacas y, después de horas y horas de telediario, insensible a las imágenes de guerra").
En una de sus observaciones a la obra, Bertolt Brecht anotó que el que debía comprender era el espectador, no la protagonista. Para ella la guerra no es un experimento sino un destino: "Aprende tan poco de la catástrofe como un conejillo de Indias de biología". La actriz Mercè Aranega, la Madre Coraje de Gerardo Vera, habla de su personaje como de un animal: "No se puede decir que no quiera a sus hijos. Los quiere como una leona. Claro que los protege, pero cuando la selva se los come, los abandona y sigue. Nosotros queremos a nuestros hijos por instinto y por reflexión, y Madre Coraje sólo tiene instinto". Y de supervivencia, el que tienen los pobres. "Ése es el coraje del que habla Brecht y no el que se imagina la gente cuando dice de alguien que es una 'Madre Coraje".
Aranega encabeza un elenco del que también forman parte, entre otros, Críspulo Cabezas, Fernando Soto, Carmen Conesa, José Pedro Carrión, Walter Vidarte y Abel Vitón. Por su parte, Malena Alterio se ha encargado de poner en pie uno de los personajes más complejos del teatro moderno: Catalina, la hija muda, la verdadera heroína de la obra. "En el fondo, ella es como los espectadores: ve y oye pero no puede tomar partido verbal. Su posición es angustiosa", dice Alterio, que según Gerardo Vera ha salido más que airosa de un personaje que "está presente casi toda la obra y no dice ni una palabra. Sólo usa gestos y sonidos guturales".
El montaje termina con la protagonista dirigiéndose a la calle, literalmente. Vera ha querido traer a Brecht a la actualidad sin recurrir a una ambientación actual. En su obra se mezclan cascos de lasquenetes con rifles de la II Guerra Mundial, música de Goran Bregovic y canciones de los años veinte. "Los mecanismos de la guerra son siempre los mismos, en la de los Treinta Años, en los Balcanes y en Gaza", dice.
Todo empezó, de manera inconsciente, en la primera guerra de Irak, hace casi dos décadas. "Los periódicos se llenaron de madres con sus hijos destrozados en brazos", recuerda Vera. "Empecé a recortar las fotografías para tenerlas siempre presentes. Todavía lo hago. No quiero que lo que veo en el desayuno se me vaya olvidando a medida que pasa el día. Quiero que me sirva de recordatorio porque la guerra se ha convertido en parte de nuestro paisaje cotidiano, algo que, inevitablemente, me llevó a pensar en el espectador de teatro como elemento pasivo. Y quise luchar contra eso".

Cuando Google era Perpiñán

Madre Coraje y sus hijos es un clásico contemporáneo que ha tenido entre su nómina de protagonistas a actrices como Liv Ullman, Judi Dench o Meryl Streep, sin olvidar a Helene Weigel, esposa de Bertolt Brecht. En España ya estuvo, por ejemplo, sobre los hombros de Vicky Peña y Rosa María Sardá y bajo la dirección de José Tamayo y Lluís Pasqual.
Todavía, recuerda Gerardo Vera, están recientes sendos montajes en Londres y Berlín. La versión alemana viajó a Irán y él anda recopilando información sobre el eco que una obra así tiene "en una región castigada por la guerra".
Setenta años después de ser escrita, la actualidad de la pieza es indudable. Es un alegato antibelicista y, a la vez, anticapitalista. Ideal para un tiempo de crisis. Vera, sin embargo, no las tiene todas consigo: "Los mismos que nos llevaron a la debacle están urdiendo estrategias para que vuelva la especulación. Su voracidad es inagotable". ¿Dónde queda el poder del teatro para cambiar la sociedad? "Yo he tirado la toalla. Lo único que podemos hacer es confiar en un goteo que transforme las mentalidades poco a poco. Creo en el compromiso individual como ciudadano". Vera dice que pertenece a una generación que mitificó la cultura: "Nuestro google era Perpiñán y el ansia de información sobre lo que no se podía ver o leer en España". Eso sí, el teatro goza de buena salud en tiempos de realidad virtual: "Es la humanidad en directo". Y en cada función.










Creía que el teatro era una guía para la acción, para que el hombre, la mujer, tomasen conciencia de sí mismos y pudieran intentar transformar el mundo. 









jueves, 13 de enero de 2011

Antonio Berni - Alfredo Zitarrosa

Haiti ayer, hoy

Películas clave de la historia del cine - Claude Beylie

La Strada
Federico Fellini
Guión, diálogos.: Federico Fellini, Tullio Pinelli, Ennio Flaiano
Dirección: Federico Fellini
Fotografía: Otello Martelli (BN)
Musica: Niño Rota
Producción: Diño de Laurentiis, Cario Ponti
Duración: 94 minutos
Intérpretes: Giulietta Masina , Anthony Quinn, Richard Basehart,      Aldo Silvani, Marcella Rovere, Livia Venturini y no profesionales.

En medio de la mediocridad del neorrealismo declinante, los saltimbanquis de     Fe­llini aportan una gran dosis de locura y de candida poesía, que germinará de manera espectacular.
Un campo perdido al borde del mar. Gelsomina, mujer-niña algo tonta, es vendida por su madre al brutal Zampano, un hércules de feria que recorre las rutas de Italia a bordo de un sidecar transformado en casa rodante. Ella le servirá de compañera en sus exhibiciones, a lo largo de un periplo sórdido y sin felicidad. Su calvario es alegrado por el encuentro con otro saltimbanqui, II Matto, simpático funámbulo. Pero el bruto, encolerizado por las bromas de este último, le rompe la cabeza en un acceso de furia. Luego abandona a su compañera en una zanja. Un día, se enterará de que ella ha muer­to. Torturado por el remordimiento, se deshace en lágrimas en la playa...

La gente menuda del viaje

Desde sus primeros trabajos, Lucí del varíela (1950) y Los inútiles (1953), Federico Fellini (1920-1993) diseñó claramente los contornos de su universo: el tintineante estruendo del espectáculo, las vidas desperdiciadas, la soledad de los seres bajo una máscara de bufonería. La influencia conjunta del circo, su pasión de infancia, de la caricatura, que practicó en sus comienzos copiando cómics norteamericanos, y del neorrealismo, fecundaron su visión del mundo de manera perdurable. Un sentido innato de la parábola, una rara maestría para los mecanismos de representación y un humor salvaje terminan de caracterizar a este genial maestro de ceremonias circen­se en una moderna Feria de vanidades.
Tras comenzar como una farsa chirriante y nostálgica (sobre un motivo musical de Niño Rota, tomado del primer movimiento de la sinfonía Titán de Gustav Mahler), La Strada bascula poco a poco hacia un mundo trágico casi shakespeariano. Más que a Garlitos, con quien se la comparó algo a la ligera, Gelsomina, criatura lunar interpre­tada con una gracia algo torpe por la esposa del cineasta, Giulietta Masina, se parece más a Harpo Marx. Ella pertenece a la familia de clowns blancos tan cara a Fellini, al lado de un Zampano que representa al cruel Augusto, y un «loco» filósofo que se encarga de subrayar la moraleja de la fábula: «En el universo, todo sirve para algo. Hasta una piedrecilla». Fellini supo construir sin duda torres más imponentes. Pero nunca volvió a encontrar la pureza de este sueño infantil.





Biografía de Federico Fellini
(Rimini, 1920 - Roma, 1993)
De familia burguesa y desde siempre hábil para el dibujo, Fellini ya está en Roma en 1938, colaborando con varias revistas satíricas como la célebre Marc’Aurelio. 
En 1941 comienza una intensa actividad de guionista: su nombre aparece en los títulos de películas de gran relieve, como "Roma ciudad abierta (Roma città aperta)" (1945), "Paisa (Paisà)" (1946), "Sin piedad (Senza pietà)" (1948) y "Europa 1951 (Europa 51)" (1952). Debuta como director junto a Alberto Lattuada con "Luci del varietà" (1951), un melancólico retrato del mundo del teatro itinerante. 
Su próxima obra es "El Jeque blanco (Lo sceicco bianco)" (1952), escrita con Ennio Flaiano y Tullio Pinelli, en la cual se aparta de la tradición neorrealista delineando personajes que oscilan entre lo fantástico y lo irónico. 
Al año siguiente, "Los inútiles (I Vitelloni)" (1953) le vale un León de Plata en Venecia además de un gran éxito de público y de crítica. Es un filme de matriz autobiográfica, en el cual Fellini vuelve a su provincia natal con una sensación híbrida de nostalgia y repulsión.
 Los años siguientes están constelados de triunfos: la límpida poesía de "La strada" (1954) lleva a sus manos un merecido Óscar, y otro más le procura con su intensidad "Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria "(1957), ambas engalanadas por las magníficas interpretaciones de su mujer,Giulietta Masina. 
Tras el paréntesis de "Almas sin conciencia (Il bidone (1955)", llega "(La dolce vita)" (1960), que retrata con despiadada precisión los años del auge económico y del dominio democristiano.
 Entra así en escena Marcello Mastroianni, quien de ahí en adelante se convertirá en el actor favorito del cineasta-demiurgo. Le sigue el lacerante segmento "Le tentazioni del dottor Antonio" (1961) y, poco después, la maravillosa "Fellini ocho y medio (8 e 1/2)" (1963), que hace ganar a Fellini su tercer Óscar y muchos consideran su mejor obra. 
Menos felices resultarán la exploración junguiana del alma femenina en "Giulietta de los espíritus" (Giulietta degli spiriti)" (1965) y el accidentado recorrido por la antigüedad con "Satiricón (Satiricon)" (1969). 
Mucho mejor será el cortante y alucinante episodio"Toby Dammit" (1967) y excelentes las partes centradas en el pasado de la desigual "Roma" (1972). El retorno al pueblo de su infancia con "Amarcord"  (1973) tiene un efecto renovador para Fellini, quien de nuevo se encuentra en sus niveles más altos. 
Y no cabe otra cosa que inclinarse ante esa lección que es "Casanova" (1976), un trabajo nocturno e hipocondríaco extraordinariamente logrado. El apólogo amenazante de "Ensayo de orquesta (Prova d'orchestra)" (1979), el viaje innecesario por el inconsciente en "La ciudad de las mujeres (La città delle donne)" (1980) y la pretenciosa parábola de "Y la nave va (E la nave va)" (1983) hablan de una evidente crisis de inspiración, de la cual Fellini buscará refugio en la blanda invectiva anticonsumista de "Ginger y Fred (Ginger e Fred)" (1985) y en los apuntes divertidos y melancólicos de "La entrevista ("(1987).
Para llegar, en la testamentaria "La voz de la luna (La voce della luna)" (1990), a una lúcida reflexión sobre los horrores del presente vistos con los ojos de dos marginados; una fábula impecable que termina con una suave invitación al silencio para comprender más y mejor.
F.T.



 















La Dolce Vita - escena final - Comentario


La Dolce Vita es una película de 1960, dirigida por el magistral Federico Fellini e interpretada por el “bello” Marcello Mastroiani y por esa diosa voluptuosa y sensual que fue Anita Ekberg.
La vi por primera vez siendo aún adolescente. La disfruté en algunas particulares escenas. Pero, también, debo reconocerlo, sentí la aridez de extensos pasajes. Con todo, la atesoro como una de las grandes películas de la historia del cine.
Porque, para mi, La Dolce Vita es un complejo manifiesto de filosofía existencial, donde están el amor, la vacuidad, la soledad, el éxtasis ante la hembra humana, el misterio de la mujer, la dulzura perdida…
La Dolce Vita tiene mucho: la pinta y simpatía de Marcello Mastroiani (ese latin lover que el adolescente que fui quería ser), la sensualidad pagana de Anita Ekberg, la pregunta sobre el sentido de la existencia, la vida inauténtica de la que no se puede escapar, la ilusión de resurrección a través del amor…Hace muchos años que no veo el film. Sólo puedo hablar de mi recuerdo (de qué otra cosa podría hablarse sino de los recuerdos que quedaron). De los sentimientos que me dejó.
Roma. 1960. Marcello Rubini es un periodista de prensa amarilla. Seductor y carismático. Insatisfecho con su vida. Quizás sea profundamente escéptico. Quisiera ser novelista, hacer algo más comprometido. Pero su drama radica en la imposibilidad de comprometerse. Ya ha sido aguijoneado por la duda sobre qué vida deberíamos vivir. Y eso no tendrá retorno.
La historia de Marcello es la de una lucha interna entre su permanente coqueteo con la frivolidad y una inquietud existencial. Eso marca dos aguas: Cuando Marcello se deja “encandilar” por la frivolidad, Fellini nos muestra su encuentro con Silvia, actriz americana y bomba sexy del momento (Anita Ekbergg); sus escarceos pseudo amorosos con su aristocrática amiga y confidente (Anouk Aimée) y su clara indiferencia  hacia una amante a quien no ama.
Cuando en Marcello aflora la pregunta sobre el sentido, Fellini nos muestra sus diálogos con su amigo periodista intelectual, a quien respeta y a quien parece escuchar.
En diálogo intimista, ese amigo le manifiesta su temor ante el futuro de la sociedad, donde avizora una caída en la banalidad, un eclipse del amor. Mientras le muestra a Marcello el dormitorio de sus hijas aún niñas cubierta por velos angelicales, le confiesa que quisiera preservarlas de ese destino desangelado; y le revela una frase: “Deberíamos poder amarnos mejor”.
Poco después sucede lo que, a mi juicio, resulta el punto de inflexión de la historia: su amigo mata a sus hijas y se suicida. Y esa noticia quiebra finalmente a Marcello. Ya no habrá retorno para él. Sólo frivolidad y vacío.
Me quedaron tres escenas grabadas de “La Dolce Vita”:
Por supuesto, la escena de Marcello y Anita Ekbergg en la Fontana di Trevi. La perplejidad e indefensión de Marcello ante la belleza voluptuosa de esa hembra bestial, diosa pagana. Marcello, tipo ganador, hombre experimentado, es apenas un niño pequeño ante la magnificencia de esa belleza femenina que hace doler el alma. Éxtasis, arrobamiento, encandilamiento, embeleso, temor ante el dios femenino, todo eso en unas pocas frases simples: “¿Pero quién sos?, Sos la mujer, la hermana, la amiga, la amante” (no estoy seguro de cada frase, sino de lo que transmite el conjunto; me gustaría recordarlas en italiano, porque esa lengua expresa mejor esa pasionalidad sensual).
También, la escena con Anouk Aimée, la amiga aristócrata. Ambos participan de una fiesta en un castillo de la alta realeza. En un momento se encuentran en un gran salón. Anouk se esconde y Marcello le habla. Marcello le declara su amor. Anouk responde en consecuencia. Por un momento, el espectador cree asistir a una revelación. Pero esa ilusión dura nada. La cámara de Fellini ya nos está mostrando que, mientras Anouk le habla de amor a ese Marcello al que no ve, otro hombre se que se ha filtrado en la sala la abraza desde atrás y la besa. Ocaso del amor, nacimiento de la vacuidad.
Reservo para el final la escena del final. Marcello, junto a su grupo de amigos y amigas de la noche,  participa de una fiesta frívola, esa especie de orgías que en aquellos años se denominaban “happenings”. Vemos que Marcello ya se ha entregado al vasto mundo de lo insubstancial, al que temía. Al amanecer salen a caminar por la playa.
En una escena anterior, Fellini ya “plantó una Información” para esa escena final: Marcello está escribiendo en un parador de playa donde la camarera que lo atiende es una adolecente simple y dulce. La chica podría ser una provinciana. Es seguro que no ha sido contaminada por las luces de Roma. Marcello le pregunta si tiene novio. Ella, en su cálida ingenuidad le responde algo como: “¿Novio yo?, Que va!”.
Vuelvo entonces al final. El grupo en que va Marcello se detiene curioso para ver a una extraña raya que yace en la orilla. A lo lejos se oye la voz de aquella adolescente. Marcello se vuelve para escucharla, pero no alcanza a comprender lo que dice. Una entrada del mar en la playa, los separa. La chica, siempre con una limpia sonrisa,  gesticula para hacerse comprender. Marcello insiste en que no oye: “Non capisco, non si sente”. La escena se repite tres veces y Marcello está ya por renunciar. Finalmente, una amiga del grupo lo reclama: “vamos”. Y se va.
¿Se habrá perdido Marcello para siempre en el mundo de lo vacuo?. ¿Es que no puede ya escuchar el canto de la ternura?. ¿Se habrá perdido para él la dulzura de la vida?.
Conjeturas de espectador basadas en los sentimientos despertados por el film.
“La dolce vita” es un título ambiguo. Podría corresponder al “dolce far niente” de una vida disipada. Podría referir a la dulzura de la vida.
Me gusta concluir en que Marcello sucumbió a la primero por su imposibilidad de atender a lo segundo. En todo caso, es mejor que pensar que esta última posibilidad sea sólo una ilusión quimérica.
“La dolce vita”. Federico Fellini, Marcello Mastroinai, Anita Ekbergg. Un tesoro de imágenes. Un ensayo de existencialismo. Un deleite para el espíritu.


Nota: Años después leí un reportaje al propio Fellini donde decía que su “La Dolce Vita” refería a la “dulzura de la vida”.



La Dolce Vita - Final Scene **SPOILER**

8½

La Strada (Subtítulos Español) 2/13

La Dolce Vita "Trevi Fountain" Clip

La dulce vida con subtítulos en español

La Strada (Subtítulos Español) 13/13

E la nave va de Fellini

Ramona Montiel - Antonio Berni






  Ramona Montiel se ha convertido en prostituta para poder sobrevivir y sus vivencias revelan la doble moral social y religiosa del marco social que habita. Dos extremos surgidos desde un mismo vértice cuyas historias irán evolucionando de manera paralela a la sorprendente renovación técnica de Antonio Berni y su deseo de materializar los excesos de la realidad social, de registrar la evidencia de lo cotidiano y sugerir los misterios de lo posible.

"Juanito Laguna" - Antonio Berni












Juanito laguna – Antonio Berni

Hace treinta y cuarenta años, Antonio Berni pintó una serie de cuadros con un personaje al que llamó Juanito Laguna. Juanito era un niño que vivía en una villa de emergencia, dormía en un basural, soñaba con la exploración espacial y se ganaba la vida recogiendo residuos en las calles. Para crear un clima apropiado, Berni utilizaba latas viejas y otros desechos en los collages incluidos en sus cuadros.

Con ese personaje puesto en las elegantes galerías de arte, Berni trataba de despertar la atención de la sociedad hacia las víctimas de las políticas de industrialización de las décadas de 1960 y 1970. En aquella época se utilizaba la expresión "marginados", porque se trataba de sectores minoritarios, a los que no había llegado el bienestar del resto de la población.

Antonio Berni - Obras














: "El arte es una respuesta a la vida. Ser artista es emprender una manera riesgosa de vivir, es adoptar una de las mayores formas de libertad, es no hacer concesiones. En cuanto a la pintura es una forma de amor, de transmitir los años en arte." Antonio Berni

Juanito Laguna

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