jueves, 21 de julio de 2011

CUENTOS PEREGRINOS - Gabriel García Márquez

DIECISIETE INGLESES ENVENENADOS

Lo primero que notó la señora Prudencia Linero cuando llegó al puerto de Nápoles, fue que tenía el mismo olor del puerto de Riohacha. No se lo contó a nadie, por supuesto, pues nadie lo hubiera enten­dido en aquel trasatlántico senil atiborrado de ita­lianos de Buenos Aires que volvían a la patria por primera vez después de la guerra, pero de todos mo­dos se sintió menos sola, menos asustada y distante, a los setenta y dos años de su edad y a dieciocho días de mala mar de su gente y de su casa.
Desde el amanecer se habían visto las luces de tierra. Los pasajeros se levantaron más temprano que siempre, vestidos con ropas nuevas y con el corazón oprimido por la incertidumbre del desembarco, de modo que aquél último domingo de a bordo pareció ser el único de verdad en todo el viaje. La señora Prudencia Linero fue una de las muy pocas que asis­tieron a la misa. A diferencia de los días anteriores en que andaba por el barco vestida de medio luto, se había puesto para desembarcar una túnica parda de lienzo basto con el cordón de San Francisco en la cintura, y unas sandalias de cuero crudo que sol por ser demasiado nuevas no parecían de peregrino Era un pago adelantado: había prometido a Dios llevar ese hábito talar hasta la muerte si le concedía la gracia de viajar a Roma para ver al Sumo Pontí­fice, y ya daba la gracia por concedida. Al final de la misa encendió una vela al Espíritu Santo por el valor que le infundió para soportar los temporales del Caribe, y rezó una oración por cada uno de los nueve hijos y los catorce nietos que en aquel mo­mento soñaban con ella en la noche de vientos de Riohacha.
Cuando subió a cubierta después del desayuno, la vida del barco había cambiado. Los equipajes es­taban amontonados en la sala de baile, entre toda clase de objetos para turistas comprados por los italianos en los mercados de magia de las Antillas, y en el mostrador de la cantina había un macaco de Pernambuco dentro de una jaula de encajes de hie­rro. Era una mañana radiante de principios de agos­to. Un domingo ejemplar de aquellos veranos de después de la guerra en que la luz se comportaba como una revelación de cada día, y el barco enorme se movía muy despacio, con resuellos de enfermo, por un estanque diáfano. La fortaleza tenebrosa de los duques de Anjou apenas si empezaba a vislum­brarse en el horizonte, pero los pasajeros asomados a la borda creían reconocer los sitios familiares, y los señalaban sin verlos a ciencia cierta, gritando de júbilo en dialectos meridionales. La señora Pruden­cia Linero, que había hecho tantos amigos viejos a bordo, que había cuidado niños mientras sus padres bailaban y hasta le había cosido un botón de la gue­rrera al primer oficial, los encontró de pronto ajenos distintos. El espíritu social y el calor humano que le permitieron sobrevivir a las primeras nostalgias en el sopor del trópico, habían desaparecido. Los amo­res eternos de altamar terminaban a la vista del puer­to. La señora Prudencia Linero, que no conocía la naturaleza voluble de los italianos, pensó que el mal no estaba en el corazón de los otros sino en el suyo, por ser ella la única que iba entre la muchedumbre que regresaba. Así deben ser todos los viajes, pensó, padeciendo por primera vez en su vida la punzada de ser forastera, mientras contemplaba desde la borda los vestigios de tantos mundos extinguidos en el fondo del agua. De pronto, una muchacha muy be­lla que estaba a su lado la asustó con un grito de horror.
—Mamma mía —dijo, señalando el fondo—. Mi­ren ahí.
Era un ahogado. La señora Prudencia Linero lo vio flotando bocarriba entre dos aguas, y era un hombre maduro y calvo con una rara prestancia na­tural, y sus ojos abiertos y alegres tenían el mismo color del cielo al amanecer. Llevaba un traje de eti­queta con chaleco de brocado, botines de charol y una gardenia viva en la solapa. En la mano derecha tenía un paquetito cúbico envuelto en papel de re­galo, y los dedos de hierro lívido estaban agarrota­dos en la cinta del lazo, que era lo único que en­contró para agarrarse en el instante de morir.
—Debió caerse de una boda —dijo un oficial del barco—. Sucede mucho en verano por estas aguas.
Fue una visión instantánea, porque entonces estaban entrando en la bahía y otros motivos menos lúgubres distrajeron la atención de los pasajeros.
Pero la señora Prudencia Linero siguió pensando en el ahogado, el pobrecito ahogado, cuya levita de faldones ondulaba en la estela del barco.
Tan pronto como entró en la bahía, un remolcador decrépito salió al encuentro del barco y se lo llevó de cabestro por entre los escombros de numerosas naves militares destruidas durante la guerra. El agua se iba convirtiendo en aceite a medida que el barco se abría paso entre los escombros oxidados, y el calor se hizo aun más bravo que el de Riohacha a las dos de la tarde. Al otro lado del desfiladero, radiante en el sol de las once, apareció de pronto la ciudad completa de palacios quiméricos y viejas barracas de colores apelotonados en las colinas. Del fondo removido se levantó entonces una tufarada insoportable que la señora Prudencia Linares reconoció como el aliento de cangrejos podridos del patio de su casa.
Mientras duró la maniobra los pasajeros reconocían a sus parientes con aspavientos de gozo en el tumulto del mueble. La mayoría eran patronas otoñales de pechugas flamantes, sofocadas dentro de los trajes de luto, con los niños más bellos y numerosos de la tierra, maridos pequeños y diligentes, del género inmortal de los que leen el periódico después que sus esposas y se visten de escribanos estrictos a pesar del calor.
En medio de aquella algarabía de feria, un hombre muy viejo de aspecto inconsolable, sobretodo de mendigo, se sacaba a dos manos de los bolsillos puñados y puñados de pollitos tiernos. En un instante llenaron el muelle, piando enloquecidos por todas las partes, y solo por ser animales de magia había muchos que seguían corriendo vivos después de ser pisoteados por la muchedumbre ajena al prodigio. El mago había puesto su sombrero bocarriba en el piso, pero nadie le tiró desde la borda ni una moneda de calidad.
Fascinada por el espectáculo de maravilla que parecía ejecutado en su honor, pues sólo ella lo agradecía, la señora Prudencia Lineros no se dio cuenta de en qué momento tendieron la pasarela, y una avalancha humana invadió el barco con los aullidos y el ímpetu de un abordaje de bucaneros. Aturdida por el júbilo del tufo de cebollas rancias de tantas familias en verano, vapuleada por las cuadrillas de cargadores que se disputaban a golpes los equipajes, se sintió amenazada por la misma muerte sin gloria de los políticos en el muelle. Entonces se sentó sobre su baúl de madera con esquinas de latón pintado, y permaneció impávida rezando en un círculo vicioso de oraciones contra las tentaciones y peligros en tierras de infieles. Allí la encontró el primer oficial cuando paso el cataclismo y no quedo nadie más que ella en el salón desmantelado.
—Nadie debe estar aquí a esta hora —le dijo el oficial con cierta amabilidad—. ¿Puedo ayudarla en algo?
—Tengo que esperar al cónsul —dijo ella.
Así era. Dos días antes de zarpar, su hijo mayor le había mandado un telegrama al cónsul en Nápoles, que era amigo suyo, para rogarle que la esperara en el puerto y la ayudara en los trámites para seguir a Roma. Le había mandado el nombre del barco y la hora de llegada, y le indicó además que podía reconocerla por el hábito de San Francisco que se pondría para desembarcar. Ella se mostró tan estricta en sus leyes, que el primer oficial le permitió es­perar un rato más, a pesar de que iba a ser la hora en que almorzaba la tripulación y habían subido las sillas sobre las mesas y estaban lavando las cubiertas a baldazos. Varias veces tuvieron que mover el baúl para no mojarlo, pero ella cambiaba de lugar sin inmutarse, sin interrumpir las oraciones, hasta que la sacaron de las salas de recreo y terminó sentada a pleno sol entre los botes de salvamento. Allí vol­vió a encontrarla el primer oficial un poco antes de las dos de la tarde, ahogándose en sudor dentro de la escafandra de penitente, y rezando un rosario sin esperanzas, porque estaba aterrorizada y triste y soportaba a duras penas las ganas de llorar.
—Es inútil que siga rezando —dijo el oficial, sin la amabilidad de la primera vez—. Hasta Dios se va de vacaciones en agosto.
Le explicó que media Italia estaba en la playa por esa época, sobre todo los domingos. Era proba­ble que el cónsul no estuviera de vacaciones, por la índole de su cargo, pero con seguridad no abriría la oficina hasta el lunes. Lo único razonable era ir a un hotel, descansar tranquila esa noche, y al día si­guiente llamar por teléfono al consulado, cuyo número estaba sin duda en el directorio. De modo que la señora Prudencia Linero tuvo que conformarse con ese criterio, y el oficial la ayudó en los trámites de inmigración y aduana y del cambio de dinero, y la puso dentro de un taxi con la indicación azarosa de que la llevaran a un hotel decente.
El taxi decrépito con rezagos de carroza fúnebre avanzaba dando tumbos por las calles desiertas. La señora Prudencia Linero pensó por un instante que el conductor y ella eran los únicos seres vivos en una ciudad de fantasmas colgados en alambres en medio de la calle, pero también pensó que un hom­bre que hablaba tanto, y con tanta pasión, no podía tener tiempo para hacerle daño a una pobre mujer sola que había desafiado los riesgos del océano para ver al Papa.
Al final del laberinto de calles volvía a verse el mar. El taxi siguió dando tumbos a lo largo de una playa ardiente y solitaria donde había numerosos ho­teles pequeños de colores intensos. Pero no se de­tuvo en ninguno de ellos sino que fue directo al menos vistoso, situado en un jardín público con grandes palmeras y bancos verdes. El chofer puso el baúl en la acera sombreada y, ante la incertidumbre de la señora Prudencia Linero, le aseguró que aquel era el hotel más decente de Nápoles.
Un maletero hermoso y amable se echó el baúl al hombro y se hizo cargo de ella. La condujo hasta el ascensor de redes metálicas improvisado en el hue­co de la escalera, y empezó a cantar un aria de Puccini a plena voz y con una determinación alar­mante. Era un vetusto edificio de nueve pisos res­taurados, en cada uno de los cuales había un hotel diferente. La señora Prudencia Linero se sintió de pronto en un instante alucinado, metida en una jaula de gallinas que subía muy despacio por el centro de una escalera de mármoles estentóreos, y sorprendía a la gente dentro de las casas con sus dudas más íntimas, con sus calzoncillos rotos y sus eructos áci­dos. En el tercer piso el ascensor se detuvo con un sobresalto, y entonces el maletero dejó de cantar abrió la puerta de rombos plegadizos y le indicó a la señora Prudencia Linero, con una reverencia ga­lante, que estaba en su casa.
Ella vio un adolescente lánguido detrás de un mostrador de madera con incrustaciones de vidrios de colores en el vestíbulo y plantas de sombra en macetas de cobre. Le gustó de inmediato, porque tenía los mismos bucles de serafín de su nieto me­nor. Le gustó el nombre del hotel con las letras gra­badas en una placa de bronce, le gustó el olor de ácido fénico, le gustaron los helechos colgados, el silencio, las lises de oro del papel de las paredes. Después dio un paso fuera del ascensor, y el cora­zón se le encogió. Un grupo de turistas ingleses de pantalones cortos y sandalias de playa dormitaban en una larga fila de poltronas de espera. Eran diecisiete, y estaban sentados en un orden simétrico, como si fueran uno solo muchas veces repetido en una galería de espejos. La señora Prudencia Linero los vio sin distinguirlos, con un solo golpe de vista, y lo único que le impresionó fue la larga hilera de rodillas rosadas, que parecían presas de cerdo col­gadas en los ganchos de una carnicería. No dio un paso más hacia el mostrador, sino que retrocedió sobrecogida y entró de nuevo en el ascensor.
—Vamos a otro piso —dijo.
—Este es el único que tiene comedor, signora —dijo el cargador.
—No importa —dijo ella.
El cargador hizo un gesto de conformidad, cerró el ascensor, y cantó el pedazo que le faltaba de la canción hasta el hotel del quinto piso. Allí todo pa­recía menos estricto, y la dueña era una matrona primaveral que hablaba un castellano fácil, y nadie hacía la siesta en las poltronas del vestíbulo. No había comedor, en efecto, pero el hotel tenía un acuerdo con una fonda cercana para que sirviera a los clientes por un precio especial. De modo que la señora Prudencia Linero decidió que sí, que se que­daba por una noche, tan convencida por la elocuen­cia y la simpatía de la dueña como por el alivio de que no hubiera ningún inglés de rodillas rosadas dur­miendo en el vestíbulo.
El dormitorio tenía las persianas cerradas a las dos de la tarde, y la penumbra conservaba la fres­cura y el silencio de una floresta recóndita, y era bueno para llorar. No bien se quedó sola, la señora Prudencia Linero pasó los dos cerrojos, y orinó por primera vez desde la mañana con un desagüe tenue y difícil que le permitió recobrar su identidad per­dida durante el viaje. Después se quitó las sandalias y el cordón del hábito y se tendió del lado del co­razón sobre la cama matrimonial demasiado ancha y demasiado sola para ella sola, y soltó el otro ma­nantial de sus lágrimas atrasadas.
No sólo era la primera vez que salía de Riohacha, sino una de las pocas en que salió de su casa después de que sus hijos se casaron y se fueron, y ella se quedó sola con dos indias descalzas cuidando del cuerpo sin alma de su esposo. Se le acabó la mitad de la vida en el dormitorio frente a los es­combros del único hombre que había amado, y que permaneció en el letargo durante casi treinta años, tendido en la cama de sus amores juveniles sobre un colchón de cueros de chivo.
En el octubre pasado, el enfermo abrió los ojos en una ráfaga súbita de lucidez, reconoció a su gente y pidió que llamaran un fotógrafo. Llevaron al viejo del parque con el enorme aparato de fuelle y manga negra, y el platón de magnesio para las fotos do­mésticas. El mismo enfermo dirigió las fotos. «Una para Prudencia, por el amor y la felicidad que me dio en la vida», dijo. La tomaron con el primer fogonazo de magnesio. «Ahora otras dos para mis hi­jas adoradas, Prudencita y Natalia», dijo. Las toma­ron. «Otras dos para mis hijos varones, ejemplos de la familia por su cariño y su buen juicio», dijo. Y así hasta que se acabó el papel y el fotógrafo tuvo que ir a su casa a reabastecerse. A las cuatro de la tarde, cuando ya no se podía respirar en el dormi­torio por la humareda de magnesio y el tumulto de parientes, amigos y conocidos que acudieron a reci­bir sus copias del retrato, el inválido empezó a des­vanecerse en la cama, y se fue despidiendo de todos con adioses de la mano, como borrándose del mun­do en la baranda de un barco.
Su muerte no fue para la viuda el alivio que to­dos esperaban. Al contrario, quedó tan afligida, que sus hijos se reunieron para preguntarle cómo podrían consolarla, y ella les contestó que no quería nada más que ir a Roma a conocer al Papa.
—Me voy sola y con el hábito de San Francisco —les advirtió—. Es una manda.
Lo único grato que le quedó de aquellos años de vigilia fue el placer de llorar. En el barco, mientras tuvo que compartir el camarote con dos hermanas clarisas que se quedaron en Marsella, se demoraba en el baño para llorar sin ser vista. De modo que el cuarto del hotel de Nápoles fue el único lugar pro­picio que había encontrado para llorar a gusto desde que salió de Riohacha. Y habría llorado hasta el día siguiente cuando saliera el tren de Roma, de no ha­ber sido porque la dueña le tocó la puerta a las siete para avisarle que si no llegaba a tiempo a la fonda se quedaría sin comer.
El empleado del hotel la acompañó. Una brisa fresca había empezado a soplar desde el mar, y to­davía quedaban algunos bañistas en la playa bajo el sol pálido de las siete. La señora Prudencia Linero siguió al empleado por el vericueto de calles empinadas y estrechas que apenas empezaban a despertar de la siesta del domingo, y se encontró de pronto bajo una pérgola umbría, donde había mesas para comer con manteles de cuadritos rojos y frascos de encurtidos improvisados como floreros con flores de papel. Los únicos comensales a esa hora tempra­na eran los propios sirvientes, y un cura muy pobre que comía cebollas con pan en un rincón apartado. Al entrar, ella sintió la mirada de todos por el hábito Pardo, pero no se alteró, pues era consciente de que el ridículo formaba parte de la penitencia. La mesera, en cambio, le suscitó un ápice de piedad, porque era rubia y bella y hablaba como si cantara, y ella pensó que debían estar muy mal en Italia después de la guerra si una muchacha como esa tenía que servir en una fonda. Pero se sintió bien en el ámbito floral del emparrado, y el aroma de guiso de laurel de la cocina le despertó el hambre aplazada por la zozobra del día. Por primera vez en mucho tiempo no tenía deseos de llorar.
Sin embargo, no pudo comer a gusto. En parte porque le costó trabajo entenderse con la mesera rubia, a pesar de que era simpática y paciente, y en parte porque la única carne que había para comer eran unos pajaritos cantores de los que criaban en jaulas en las casas de Riohacha. El cura, que comía en el rincón, y que terminó por servirles de intér­prete, trató de hacerle entender que las emergencias de la guerra no habían terminado en Europa, y que debía apreciarse como un milagro que hubiera al menos pajaritos de monte para comer. Pero ella los rechazó.
—Para mí —dijo— sería como comerme un hijo.
Así que debió conformarse con una sopa de fi­deos, un plato de calabacines hervidos con unas tiras de tocino rancio, y un pedazo de pan que parecía de mármol. Mientras comía, el cura se acercó para suplicarle por caridad que lo invitara a tomarse una taza de café, y se sentó con ella. Era yugoslavo, pero había sido misionero en Bolivia, y hablaba un cas­tellano difícil y expresivo. A la señora Prudencia Linero le pareció un hombre ordinario y sin el me­nor vestigio de indulgencia, y observó que tenía unas manos indignas con las uñas astilladas y sucias, y un aliento de cebollas tan persistente que más bien pa­recía un atributo del carácter. Pero después de todo estaba al servicio de Dios, y era un placer nuevo encontrar a alguien con quien entenderse estando tan lejos de casa.
Conversaron despacio, ajenos al denso rumor de establo que los iba cercando a medida que los co­mensales ocupaban las otras mesas. La señora Pru­dencia Linero tenía ya un juicio terminante sobre Italia: no le gustaba. Y no porque los hombres fue­ran un poco abusivos, que ya era mucho, ni porque se comieran a los pájaros, que ya era demasiado, sino por la mala índole de dejar a los ahogados a la deriva.
El cura, que además del café se había hecho lle­var por cuenta de ella una copa de grappa, trató de hacerle ver su ligereza de juicio. Pues durante la guerra se había establecido un servicio muy eficaz para rescatar, identificar y sepultar en tierra sagrada a los numerosos ahogados que amanecían flotando en la bahía de Nápoles.
—Desde hace siglos —concluyó el cura— los ita­lianos tomaron conciencia de que no hay más que una vida, y tratan de vivirla lo mejor que pueden. Eso los ha hecho calculadores y volubles, pero tam­bién los ha curado de la crueldad.
—Ni siquiera pararon el barco —dijo ella.
—Lo que hacen es avisar por radio a las autori­dades del puerto —dijo el cura—. Ya a esta hora deben haberlo recogido y enterrado en el nombre de Dios.
La discusión cambió el humor de ambos. La se­ñora Prudencia Linero había acabado de comer, y sólo entonces cayó en la cuenta de que todas las mesas estaban ocupadas. En las más próximas, comiendo en silencio, había turistas casi desnudos, y entre ellos algunas parejas de enamorados que se besaban en vez de comer. En las mesas del fondo, cerca del mostrador, estaba la gente del barrio ju­gando a los dados y bebiendo un vino sin color. La señora Prudencia Linero comprendió que sólo tenía una razón para estar en aquel país indeseable.
—¿Usted cree que sea muy difícil ver al Papa? —preguntó.
El cura le contestó que nada era más fácil en verano. El Papa estaba de vacaciones en Castelgandolfo, y los miércoles en la tarde recibía en audien­cia pública a peregrinos del mundo entero. La entrada era muy barata: veinte liras.
—¿Y cuánto cobra por confesarlo a uno? —pre­guntó ella.
—El Santo Padre no confiesa a nadie —dijo el cura, un poco escandalizado—, salvo a los reyes, por supuesto.
—No veo por qué va a negarle ese favor a una pobre mujer que viene de tan lejos —dijo ella.
—Hasta algunos reyes, con ser reyes, se han muerto esperando —dijo el cura—. Pero dígame: debe ser un pecado tremendo para que usted haya hecho sola semejante viaje sólo por confesárselo al Santo Padre.
La señora Prudencia Linero lo pensó un instan­te, y el cura la vio sonreír por primera vez.
—¡Ave María Purísima! —dijo—. Me bastaría con verlo. —Y agregó con un suspiro que pareció salirle del alma—: ¡Ha sido el sueño de mi vida!
En realidad, seguía asustada y triste, y lo único que quería era irse de inmediato, no sólo de ese lugar sino de Italia. El cura debió pensar que aquella alucinada ya no daba para más, así que le deseó bue­na suerte y se fue a otra mesa a pedir por caridad que le pagaran un café.
Cuando salió de la fonda, la señora Prudencia Linero se encontró con la ciudad cambiada. La sor­prendió la luz del sol a las nueve de la noche, y la asustó la muchedumbre estridente que había invadi­do las calles por el alivio de la brisa nueva. No se podía vivir con los petardos de tantas vespas enlo­quecidas. Las conducían hombres sin camisas que llevaban en ancas a sus bellas mujeres abrazadas a la cintura, y se abrían paso a saltos culebreando por entre los cerdos colgados y las mesas de sandías.
El ambiente era de fiesta, pero a la señora Pru­dencia Linero le pareció de catástrofe. Perdió el rum­bo. Se encontró de pronto en una calle intempestiva con mujeres taciturnas sentadas a la puerta de sus casas iguales, y cuyas luces rojas e intermitentes le causaron un estremecimiento de pavor. Un hombre bien vestido, con un anillo de oro macizo y un dia­mante en la corbata la persiguió varias cuadras diciéndole algo en italiano, y luego en inglés y francés. Como no obtuvo respuesta, le mostró una tarjeta Postal de un paquete que sacó del bolsillo, y ella sólo necesitó un golpe de vista para sentir que estaba atravesando el infierno.
Huyó despavorida, y al final de la calle volvió a encontrar el mar crepuscular con el mismo tufo de mariscos podridos del puerto de Riohacha, y el co­razón le volvió a quedar en su puesto. Reconoció los hoteles de colores frente a la playa desierta, los taxis funerarios, el diamante de la primera estrella en el cielo inmenso. Al fondo de la bahía, solitario en el muelle, reconoció el barco en que había llega­do, enorme y con las cubiertas iluminadas, y se dio cuenta de que ya no tenía nada que ver con su vida. Allí dobló a la izquierda, pero no pudo seguir, por­que había una muchedumbre de curiosos manteni­dos a raya por una patrulla de carabineros. Una fila de ambulancias esperaba con las puertas abiertas frente al edificio de su hotel.
Empinada por encima del hombro de los curio­sos, la señora Prudencia Linero volvió a ver enton­ces a los turistas ingleses. Los estaban sacando en camillas, uno por uno, y todos estaban inmóviles y dignos, y seguían pareciendo uno solo varias veces repetido con el traje formal que se habían puesto para la cena: pantalón de franela, corbata de rayas diagonales, y la chaqueta oscura con el escudo del Trinity College bordado en el bolsillo del pecho. Los vecinos asomados a los balcones, y los curiosos bloqueados en la calle, los iban contando a coro, como en un estadio, a medida que los sacaban. Eran diecisiete. Los metieron en las ambulancias de dos en dos, y se los llevaron con un estruendo de sirenas de guerra.
Aturdida por tantos estupores, la señora Pruden­cia Linero subió en el ascensor abarrotado por los clientes de los otros hoteles que hablaban en idio­mas herméticos. Se fueron quedando en todos los pisos, salvo en el tercero, que estaba abierto e ilu­minado, pero nadie estaba en el mostrador ni en las poltronas del vestíbulo, donde había visto las rodi­llas rosadas de los diecisiete ingleses dormidos. La dueña del quinto piso comentaba el desastre en una excitación sin control.
—Todos están muertos —le dijo a la señora Pru­dencia Linero en castellano—. Se envenenaron con la sopa de ostras de la cena. ¡Ostras en agosto, ima­gínese!
Le entregó la llave del cuarto, sin prestarle más atención, mientras decía a los otros clientes en su dialecto: «¡Como aquí no hay comedor, todo el que se acuesta a dormir amanece vivo!» Otra vez con el nudo de lágrimas en la garganta, la señora Prudencia Linero pasó los cerrojos de la habitación. Luego rodó contra la puerta la mesita de escribir y la poltrona, y puso por último el baúl como una barricada in­franqueable contra el horror de aquel país donde ocurrían tantas cosas al mismo tiempo. Después se puso el camisón de viuda, se tendió bocarriba en la cama, y rezó diecisiete rosarios por el eterno des­canso de las almas de los diecisiete ingleses envenena­dos.

Abril 1980.


CUENTOS PEREGRINOS - Gabriel García Márquez

En navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.
—De acuerdo —dijo el papá—, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
—No —dijeron a coro—. Nos hace falta ahora y aquí.
—Para empezar —dijo la madre—, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretu­jados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ga­nado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
—El bote está en el garaje —reveló el papá en el almuerzo—. El problema es que no hay cómo su­birlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
—Felicitaciones —les dijo el papá—. ¿Y ahora qué?
—Ahora nada —dijeron los niños—. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.
La noche del miércoles, como todos los miérco­les, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llegó a cuatro palmos. En­tonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y na­vegaron a placer por entre las islas de la casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario so­bre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
—La luz es como el agua —le contesté—: uno abre el grifo, y sale.
De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pi­dieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire compri­mido.
—Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada —dijo el padre—. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
—¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del pri­mer semestre? —dijo Joel.
—No —dijo la madre, asustada—. Ya no más. El padre le reprochó su intransigencia.
—Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber —dijo ella— pero por un ca­pricho son capaces de ganarse hasta la silla del maes­tro.
Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gar­denias de oro y el reconocimiento público del rec­tor. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pe­dirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miér­coles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la al­tura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron acla­mados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo qui­sieron una fiesta en casa para agasajar a los compa­ñeros de curso.
El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.
—Es una prueba de madurez —dijo.
—Dios te oiga —dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Cas­tellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente do­rado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebo­sada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los ins­trumentos de la banda de guerra, que los niños usa­ban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tan­ques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

                                                                                                                                    Diciembre 1978.



CUENTOS PEREGRINOS - Gabriel García Márquez

ESPANTOS DE AGOSTO

Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Ote­ro Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil en­contrar a alguien que supiera algo en las calles aba­rrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciu­dad por un sendero de cipreses sin indicaciones via­les, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despe­dirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.
—Menos mal —dijo ella— porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos de conocer un fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.
—El más grande —sentenció— fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quién Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos hablo de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.
El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estomago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanza de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el ultimo leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato de óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
Los días del verano eran largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Mi­guel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antor­chas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Mi­guel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos ha­bían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. «Qué tontería —me dije—, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos». Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cor­tadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos an­tes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acos­tado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

Octubre 1980.


CUENTOS PEREGRINOS - Gabriel García Márquez

ME ALQUILO PARA SOÑAR

A las nueve de la mañana, mientras desayunába­mos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios au­tomóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encon­traban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron he­ridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un marejazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral.
Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilita­ron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro des­baratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portu­gal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nom­bre no me dijo nada cuando leí la noticia en los pe­riódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.
Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice dere­cho, lo cual era más insólito aún en aquel tiempo. La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y be­biendo cerveza de barril en una taberna de estudian­tes latinos. Yo había llegado de Roma esa mañana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su es­pléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austriaca en el largo mesón de madera, por el caste­llano primario que hablaba sin respirar con un acen­to de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, si niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.
Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica entre los dos mundos irre­conciliables que dejó la Segunda Guerra había aca­bado de convertirla en un paraíso del mercado negro y el espionaje mundial. No hubiera podido imagi­narme un ámbito más adecuado para aquella com­patriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su ori­gen, pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conoci­mos con el trabalenguas germánico que le inventa­ron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían presentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había he­cho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe:
—Me alquilo para soñar.
En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar ins­tauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conser­van más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más le gustaba que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinios.
—Lo que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.
La sola interpretación parecía una infamia, cuan­do era para un niño de cinco años que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atragantó con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escon­didas, y no fue posible salvarlo.
Frau Frida no había pensado que aquella facul­tad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. En­tonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: «Sueño». Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el des­tino diario de la familia a través de los sueños.
Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pro­nósticos terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.
Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.
—He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo —me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos cinco años.
Su convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado, que desde enton­ces me he considerado sobreviviente de un desastre nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.
Antes del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por pri­mera vez desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso. Pasó con no­sotros una mañana de caza mayor en las librerías de viejo, y en Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo que hubiera sido su sueldo de dos meses en el consulado de Rangún. Se movía por entre la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo le parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y re­finado. Aun contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de come­dor, pero era la única manera de impedir que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejem­plar. Se comió tres langostas enteras descuartizán­dolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiem­po devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Gali­cia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras ex­quisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de boga­vante, y me dijo en voz muy baja: alguien detrás de mí que no deja de mirarme.
Miré por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una bufanda morada, masticaba despacio con los ojos fijos en él. La reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de serpiente en el índice.
Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la in­duje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones de sueños.
—Sólo la poesía es clarividente —dijo.
Después del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos ajenos. Me contó que había vendido sus propiedades de Austria, y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un castillo falso sobre una co­lina desde donde se veía todo el océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en sueño había termi­nado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.
Ella soltó su carcajada irresistible. «Sigues tan atrevido como siempre», me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se había detenido a espe­rar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida había cambiado de tema.
—A propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena.
Sólo entonces caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que nos conocimos.
—Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré —le dije—. Por si acaso.
A las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta dirección, y un silencio absoluto. Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los niños, cuando me­nos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.
—Soñé con esa mujer que sueña —dijo.
Matilde quiso que le contara el sueño.
—Soñé que ella estaba soñando conmigo —dijo él.
—Eso es de Borges —le dije. Él me miró desencantado.
—¿Ya está escrito?
—Si no está escrito lo va a escribir alguna vez —le dije—. Será uno de sus laberintos.
Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a escribir versos flui­dos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.
—Soñé con el poeta —nos dijo.
Asombrado, le pedí que me contara el sueño.
—Soñé que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la confundió— ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.
No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una recepción diplomática. El embaja­dor me habló de ella con un gran entusiasmo y una enorme admiración. «No se imagina lo extraordinaria que era», me dijo. «Usted no habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre ella.» Y pro­siguió en el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista que me permitiera una conclusión final.
—En concreto, —le precisé por fin—: ¿qué hacía?
—Nada —me dijo él, con un cierto desencan­to—. Soñaba.

Marzo 1980.


Realismo mágico - Isabel Allende

          “De amor y de sombra” es una novela de la escritora chilena Isabel Allende (1942). Publicada en 1984, fue el segundo gran éxito de la autora después de “La casa de los espíritus” y llevada al cine 10 años más tarde por la estadounidense Betty Kaplan con Antonio Banderas y Jennifer Connelly como protagonistas. Obra considerada dentro del género del “realismo mágico”, con una clara influencia del escritor colombiano Gabriel García Márquez.

          En palabras de la propia autora, “es la historia de una mujer y un hombre que se amaron en plenitud, salvándose así de una historia vulgar. La he llevado en la memoria cuidándola para que el tiempo no la desgaste, y es sólo ahora cuando puedo finalmente contarla. Lo haré por ellos y por otros que me confiaron sus vidas para que no las borre el viento…. Escrita durante su exilio en Venezuela, el amor entre Irene y Francisco es un alegato apasionado a favor de la fe en la libertad y la dignidad humanas”.

REALISMO MÁGICO
          El realismo mágico es un género artístico y literario propio de la literatura latinoamericana de mediados del siglo XX, que funde la realidad narrativa con elementos fantásticos, mostrando lo común y cotidiano como algo irreal o extraño.

          La noción de la realidad tal como la apreciamos cotidianamente se ve quebrada y puesta en duda por elementos fantásticos que se mezclan en las situaciones aceptadas como reales.

          El realismo mágico floreció en la literatura latinoamericana a raíz de las discrepancias surgidas entre cultura de la tecnología, la cultura del mestizaje y la cultura de la superstición, y cuando las dictaduras que azotaban Latinoamérica hicieron de la palabra la herramienta más poderosa.




De amor y de sombra - Isabel Allende - Fragmento

De amor y de sombra – Isabel Allende

(…) Javier se ahorcó el jueves. Esa tarde salió como todos los días a buscar trabajo y no regresó. Temprano, su mujer tuvo el presentimiento de la desgracia, mucho antes de que fuera hora de empezar a preocuparse. Cuando cayó la noche se instaló a esperarlo en el umbral de la puerta con los ojos fijos en la calle. Entonces el clamor de la tragedia se le hizo insoportable y tomó el teléfono para llamar a sus suegros y a cuanto amigo conocía, pero no obtuvo la menor noticia de su marido. Acechando las sombras durante un tiempo infinito, evocándolo con el pensamiento, la sorprendió el toque de queda, pasaron las horas más oscuras y así vio el amanecer del viernes. Aún no despertaban los niños cuando la patrulla policial frenó ante la puerta de la casa. Habían encontrado a Javier Leal colgando de un árbol en el parque infantil. Nunca había hablado de suicidio, de nadie se despidió, no dejó notas de adiós, sin embargo ella supo sin duda alguna que se había matado y comprendió por fin los nudos de la cuerda que manipulaba sin cesar.
Fue Francisco quien retiró el cadáver y se hizo cargo de los funerales de su hermano. Mientras realizaba la ardua burocracia de la muerte llevaba consigo la visión de Javier tal como apareció ante sus ojos sobre una mesa del Instituto Médico, reposando bajo la luz helada de las lámparas fluorescentes.
Procuraba analizar las razones de ese fin brutal y adaptarse a la idea de que el compañero de toda su vida, el amigo incondicional, el protector, ya no estaría más en este mundo. Recordó las lecciones de su padre: el trabajo como fuente de orgullo. Ni aún durante las vacaciones existía el ocio para ellos. En el hogar de los Leal hasta los días festivos se utilizaban de manera provechosa. La familia vivió momentos difíciles, pero jamás tuvo la idea de aceptar caridad, aunque ella viniera de quienes habían previamente socorrido. Al ver sus caminos cortados, a Javier sólo le quedó aceptar ayuda de su padre y sus hermanos, entonces prefirió irse calladamente.
Francisco se remontó a los recuerdos lejanos, cuando su hermano mayor era un muchacho justiciero como el padre y sentimental como la madre. Unidos y solidarios crecieron los tres niños Leal, tres contra el mundo, tres del mismo clan, respetados en el patio del colegio porque cada uno estaba protegido por los otros y cualquier ofensa se cobraba de inmediato. José, el segundo, era el más fuerte y pesado, pero el más temido era Javier por su coraje y la destreza de sus puños. Tuvo una adolescencia tumultuosa hasta enamorarse de la primera mujer que captó su atención. Se casó con ella y le fue fiel hasta su noche fatal. Hizo honor a su apellido: Leal con ella, con su familia, con los amigos. Amaba su trabajo de biólogo y pensaba dedicarse a la docencia, pero las circunstancias lo encaminaron a un laboratorio comercial, donde en pocos años ocupó altos cargos, porque su sentido de responsabilidad iba aparejado a una fértil imaginación que le permitía adelantarse a los más atrevidos proyectos de la ciencia. Sin embargo, estas condiciones de nada le sirvieron cuando se elaboraron las listas de las personas proscritas por la Junta Militar. Su actividad en el sindicato pesó como un estigma a los ojos de las nuevas autoridades. Primero lo vigilaron, luego lo hostilizaron y por fin lo despidieron. Al quedar sin empleo y perder la ilusión de conseguir otro, comenzó su deterioro. Vagaba demacrado por las noches de insomnio y los días de humillaciones. Había golpeado muchas puertas, hecho antesalas, acudido a los avisos de los periódicos y al final del camino se encontraba abrumado por la desesperanza. Sin trabajo, perdió poco a poco su identidad. Estaba dispuesto a aceptar cualquier ofrecimiento, aunque la paga resultara ínfima, pues necesitaba con urgencia sentirse útil. Como cesante era un marginado, un ser anónimo, ignorado por todos porque ya no producía y ésa era la medida del valor humano en el mundo en que le tocó vivir. En los últimos meses abandonó sus sueños, renunció a sus metas, acabó considerándose un paria. Sus hijos no comprendían su mal humor y su melancolía permanentes, también ellos buscaban ocupación lavando automóviles, cargando bolsas en el mercado o realizando cualquier tarea para aliviar el presupuesto familiar. El día que su hijo menor colocó sobre la mesa de la cocina unas monedas ganadas paseando perros de ricos por el parque, Javier Leal se encogió como un animal acosado. Desde ese momento no volvió a mirar a nadie a los ojos y se hundió en la desesperanza. Carecía de ánimo para vestirse y a menudo pasaba buena parte de la jornada echado sobre la cama. Le temblaban las manos porque comenzó a beber a escondidas, sintiéndose culpable por gastar así un dinero esencial en su hogar. Los sábados realizaba el esfuerzo de presentarse en casa de sus padres limpio y arreglado para no angustiar más a su familia, pero no podía borrar de su mirada aquella desolada expresión. La relación con su mujer se estropeó, porque en esas circunstancias el amor se cansa. Necesitaba consuelo, pero al mismo tiempo acechaba cualquier asomo de lástima para reaccionar con furia. Al comienzo ella no creyó que no existiera algún empleo disponible, pero luego, al saber de los miles de desocupados, cerró la boca y duplicó los turnos en su trabajo. El cansancio de esos meses agotó la juventud y la belleza que atesoraba como sus únicas posesiones, pero no alcanzó a lamentarlo porque corría ocupada de evitar el hambre de sus hijos y el desamparo de su marido.
No pudo impedir que Javier se extraviara en la soledad. La apatía lo envolvió como un manto, eliminando la noción del tiempo presente, desmigajando sus fuerzas y despojándolo de su valor. Actuaba como una sombra. Dejó de sentirse un hombre cuando vio desmoronarse su hogar y percibió que se apagaba el amor en los ojos de su mujer. En algún momento que su familia no pudo prever por estar demasiado cerca, su voluntad se quebró en forma definitiva. Desechó el deseo de vivir y tomó la decisión de dormir su muerte.
La tragedia impactó a los Leal como un hachazo. Hilda y el Profesor, sus padres, envejecieron de súbito y su casa fue ocupada por el silencio. Hasta los pájaros bullangueros parecieron callar en el patio. A pesar de la rígida condena de la Iglesia Católica a los suicidas, José ofició misa por el descanso del alma de su hermano. Por segunda vez el Profesor puso los pies en un templo, la primera fue al casarse y en esa ocasión estaba lleno de alegría, pero este trance fue diferente. Durante toda la ceremonia permaneció de pie, con los brazos cruzados y la boca apretada en una delgada línea, ebrio de aflicción. Su mujer rezaba entregada, aceptando la muerte de su hijo como otra prueba del destino.
Irene asistió a las exequias desconcertada, sin acabar de entender la causa de tanta desdicha. Se mantuvo quieta junto a Francisco, agobiada por la pesadumbre de esa familia que había llegado a amar como propia. Los conocía joviales y exultantes, risueños. Ignoraba que vivían el dolor privada y dignamente. Tal vez debido a su ancestro castellano, el Profesor Leal podía expresar todas las pasiones menos ésa que le desgarraba el alma. Los hombres no lloran sino por amor, decía. Los ojos de Hilda, en cambio, se humedecían ante cualquier emoción: ternura, risa, nostalgia, pero el sufrimiento la endurecía como un cristal. Hubo pocas lágrimas en el funeral de su hijo mayor.
Lo sepultaron en un pequeño lote de terreno adquirido a última hora. Los ritos resultaron improvisados y confusos, por que hasta ese día no habían pensado en las exigencias de la muerte. Como todos los que aman la vida, se sentían inmortales.
-No volveremos a España, mujer- decidió el Profesor Leal cuando las últimas paletadas de tierra cubrieron la urna. Por primera vez en cuarenta años aceptó que pertenecía a ese suelo.
La viuda de Javier Leal regresó del cementerio a su departamento, colocó sus escasas pertenencias en unas cajas de cartón, tomó a sus hijos de la mano y se despidió. Partían al Sur, a la provincia donde ella nació, porque en ese lugar la vida era menos dura y contaba con el apoyo de sus hermanos. No deseaba que sus niños crecieran a la sombra del padre ausente. Los Leal despidieron a su nuera y a sus nietos, los acompañaron abatidos a la estación, los vieron subir al tren y alejarse, sin creer que en tan pocos días perdían también a esas criaturas que ayudaron a crecer. No valoraban ningún bien material, su confianza en el porvenir estaba puesta en la familia. Jamás imaginaron envejecer lejos de los suyos.
De la estación el Profesor regresó a su hogar y sin quitarse la chaqueta ni la corbata de luto, se sentó en una silla bajo el cerezo del patio, con los ojos perdidos. Tenía en las manos su vieja regla de cálculo, único objeto salvado del naufragio de la guerra y traído a América. Siempre la tuvo cerca sobre la mesa de noche y sólo permitía a los niños jugar con ella cuando deseaba premiarlos. Los tres aprendieron a usarla deslizando sus piezas para calzar los números y se negó a remplazarla cuando fue sobrepasada por los adelantos electrónicos. Era un tubo telescópico de bronce con minúsculos números pintados en la superficie, obra de artesanos del siglo pasado. Allí sentado bajo el árbol, mirando las paredes de ladrillo que él mismo levantara para albergar a su hijo Javier, el Profesor Leal permaneció muchas horas. Esa noche Francisco lo condujo casi a la fuerza a su cama, pero no pudo obligarlo a comer. El día siguiente fue igual. Al tercero Hilda se secó las lágrimas y reunió la fortaleza siempre presente en su interior, y se dispuso a luchar por los suyos una vez más.
-Lo malo con tu padre es que no cree en el alma, Francisco. Por eso siente que ha perdido a Javier-dijo.
Desde la cocina podían ver a través de la ventana al Profesor en su silla girando la regla de cálculo. Con un suspiro Hilda guardó el almuerzo en la nevera sin probarlo, llevó otra silla al patio y se sentó bajo el cerezo con las manos sobre la falda, por vez primera desde tiempos inmemoriales sin ocuparlas en un tejido o una costura y así estuvo inmóvil durante horas. Al anochecer Francisco les suplicó que comieran algo, pero no obtuvo respuesta. Con gran dificultad los llevó a su dormitorio y los puso en la cama, donde quedaron en silencio, con los ojos abiertos, desolados, como dos viejos perdidos. Los besó en la frente, apagó la luz y deseó con toda el alma que un sueño profundo les aliviara la angustia. Al levantarse a la mañana siguiente los vio instalados bajo el árbol en la misma posición, con la ropa arrugada, sin lavarse ni comer, mudos. Tuvo que echar mano de todos sus conocimientos para controlar el impulso de remecerlos. Paciente, se sentó a vigilar dispuesto a dejarlos llegar al fondo de su dolor.
A media tarde el Profesor Leal levantó los ojos y miró a Hilda.
-¿Qué te pasa, mujer?-preguntó con la voz cascada por cuatro días de silencio.
-Lo mismo que a ti.
El Profesor comprendió. La conocía bien y supo que se dejaría morir en la misma medida en que él lo hiciera, porque después de amarlo sin pausa durante tantos años, no le permitiría partir solo.
-Está bien-dijo levantándose con dificultad y tendiéndole una mano.
Entraron con lentitud a la casa, apoyándose mutuamente.
Francisco calentó la sopa y la vida volvió a su rutina. (...)











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