sábado, 12 de noviembre de 2011

MI AMIGO PETER - R. Fontanarrosa


Como corresponsal de guerra me ha tocado enfren­tar un sinnúmero de situaciones amargas, duras.
A pesar de la cierta insensibilidad que se va apode­rando de uno debido a la misma naturaleza del tra­bajo cada tanto los acontecimientos nos ponen de cara a trances que nos devuelven el áspero sentido del dolor, el pesar y el espanto mismo.
Pero quizás el que más me puso a prueba, el que más hondo hirió mi fibra humana fue el encuentro que me tocó vivir en el hospital militar de las tropas inglesas, en Sttumberben, aquel verano del 44.
La infantería alemana se había retirado tras las márgenes del río Speer y las campiñas y poblados mostraban los efectos devastadores de la artillería canadiense. Como las aguas de una inundación al retirarse, las tropas especiales del general Haus Obersalberg habían dejado un terreno alfombrado de escombros, hierros retorcidos, restos de vehículos blindados y cápsulas servidas.
El hospital municipal de Sttumberben había quedado milagrosamente en pie, algo ennegrecido por el humo de los incendios, quizás agrietado ante los remezones tremendos de un cañón "Gran Berta" que los nazis habían disparado desde uno de sus pa­sillos.
Hacia allí marché presuroso cuando me dijeron que Peter Whiting había ido a dar con sus huesos, o lo que quedaba de ellos, a una de las camas de cam­paña. Le había estallado una mina bajo sus pies cuan­do se empecinó en patearla creyendo que era una lata de jamón del diablo enterrada por los alemanes antes de huir.
Los nazis llevaban adelante la táctica de "tierra arrasada". "Haremos como el perro del hortelano" había amenazado el general Obersalberg ante la ofensiva aliada. Para su desgracia, los jóvenes solda­dos teutones desconocían, en su mayoría, qué era lo que hacía el perro del hortelano. Por lo tanto la retirada fue un completo desorden de tropas cavando pozos para enterrar huesos, girando sobre sí mismas antes de dormir, o bien, orinando contra los árboles.
Peter Whiting era algo así como un hermano para mí, y me sacudió la noticia de su desgracia. Cuando entré al hospital, hirviente de soldados, enfermeras y camilleros, me preparé para enfrentarme con el horror.
Durante una hora caminé entre larguísimas hile­ras de heridos, hasta que una amable enfermera fran­cesa me indicó la sala donde se hallaba Peter.
—¿Usted lo conoce? —recuerdo que me preguntó. Asentí con la cabeza—. Lo encontrará muy cambia­do— me previno. Yo sentí un nudo en el estómago.
Ya en el tercer piso, una robusta jefa de enferme­ras me condujo hacia la cama de mi amigo. Estaba algo apartada del resto de las otras camas y un par de lienzos blancos, flanqueándola, le daban una cierta privacidad.           
Peter estaba cubierto, a pesar del intenso calor, con una sábana hasta los hombros. Se veían parte de estos y me impresionó la blancura de su carne. La cara no podía verse, totalmente vendada y el crá­neo desaparecía bajo un casco de yeso. Se le aprecia­ba, sí, la oreja derecha, nítida, armónica.
No obstante resultarme familiar esa oreja, no pude menos que consultar con la mirada a la caba. Esta afirmó entrecerrando los ojos.
Las primeras palabras que cruzamos con Peter fueron casi ceremoniales, productos de la tensión del encuentro. La voz de mi amigo me llegaba sofo­cada bajo las vendas. Recuerdo que hablamos banali­dades, bromeamos y recordamos amigos comunes de la lejana Liverpool, ciudad donde nos habíamos conocido.
—Oye, Burt... —me dijo en un momento dado Peter— sobre una de las sillas hallarás una frazada. Cúbreme los pies, por favor.
Busqué con la vista la frazada, en tanto pensaba que la convalescencia le había conferido cierto esta­do atérmico a Peter. No debía hacer menos de 35 gra­dos de calor.
Cuando coloqué, la frazada sobre el lugar donde deberían estar los pies de Peter, sólo palpé una pla­nicie acolchada. Volví a mirar interrogativamente a la caba. Esta negó lentamente con la cabeza.
Me habían hablado de esa extraña sensación que suelen percibir los mutilados, ese "reflejo fantasma" proveniente de un miembro que ya no tienen. Pro­seguí de inmediato la conversación con Peter, inten­tando soslayar el duro trago y evitar hablar del tema. Pero un minuto después Peter insistió.
—Perdona Burt, perdona que te interrumpa... pero súbeme un poco la frazada. Es en las piernas que siento frío.
Corrí la frazada más hacia la cintura y me volvió a ocurrir lo mismo que antes: bajo mis dedos no per­cibía ningún volumen. Consulté con la vista a la caba. Esta meneaba la cabeza lenta y negativamente.
Me fue difícil enhebrar la charla con Peter, que ahora hablaba de la situación vacilante del frente de guerra. De repente, como animado, pasó a comen­tar su episodio con la mina.
—El mayor cimbronazo lo sentí en la cadera —me confió—. Siento como si tuviese una protuberancia allí, sobre el costado derecho. Tócame, Burt.
Con real aprensión palpé el sitio por él indicado y sólo encontré la mullida respuesta del colchón. Busqué los ojos de la caba con desesperación. Esta negó lentamente con la cabeza. Creo que Peter notó en mi charla, de allí en más, el desaliento. Continuó hablando sin embargo, hasta que se interrumpió para pedirme algo.
—Burt... ¿ves la sonda que tengo en el pecho? —yo no veía nada sobre la sábana— Sácamela por fa­vor. Me dijeron que la tendría sólo una hora y ya se ha cumplido. Me molesta.
Me quedé paralizado.
—Sácamela, sácamela Burt —me animó Peter. Hice ademán de tocar el sitio donde debía estar su tórax y mi mano volvió a dar contra la chatura, bajo el lienzo blanco. Clavé mis ojos en la caba, sin poder creerlo. La caba negó lentamente con la ca­beza.
Creo que estuve unos minutos más y salí huyendo.
A la salida me di de bruces, confundido como estaba, con un teniente de infantería cuyo nombre no recuerdo. Me preguntó por Peter, él también le conocía. Le contesté con frases entrecortadas, pero elocuentes.
—Qué pena —dijo—. Un muchacho tan espontá­neo. Tan simple. Peter es, solamente, lo que se ve —definió, compungido.
—Ya lo creo —dije. Y proseguí escaleras abajo.

El mundo ha vivido equivocado


LA COLUMNA POLÍTICA - R. Fontanarrosa

Si bien el retorno a nuestra ciudad del doctor Julio Edelmiro Etcheverría Posse no pudo ser motivo de sorpresa para nadie, es bueno lanzar una nueva mirada analítica sobre las declaraciones que produjo a su arribo a Ezeiza, al volver de su corta estadía de vacaciones fuera del país.
Aún considerando que el doctor Etcheverría Posse no es afecto a las frases rimbombantes o las consi­deraciones aciduladas, no pueden pasar desaperci­bidos, para el oído experto, los intencionados dardos que de sus palabras, en apariencia formales, se proyec­taron con certera puntería sobre diversos sectores de la realidad nacional.
Pero repasemos el corto diálogo que el doctor Etcheverría Posse mantuvo con uno de nuestros co­legas de la prensa televisiva y que la pantalla chica registró para el regocijo de algunos y ¿por qué no? agria intemperancia de otros.


Periodista; Buenos días doctor. ¿Cómo está us­ted?
Etcheverría Posse: Muy bien. Muy bien.
P.: ¿Cansado?
Etcheverría Posse: Un poco. A pesar de que el vuelo fue excelente, usted sabe bien que estos viajes siempre cansan un poco.
P.: ¿Buen tiempo durante su veraneo?
Etcheverría Posse: Excelente. Algo lluvioso al comienzo, pero luego espléndido.
P.: ¿Quisiera efectuar alguna otra declaración?
Etcheverría Posse: No. Nada más. Nada más.
P.: Muy bien. Muchas gracias. Ha sido la palabra del doctor Julio Edelmiro Etcheverría Posse, a su regreso al país.

Para quienes desconocen la compleja esgrima dia­léctica del mundo político quizás el inteligente interrogatorio de nuestro colega pudo aparecer como poco proclive a ahondar en el pensamiento vivo de quien se consolida como mentor y figura agluti­nante de la bancada opositora.
Sin embargo es sencillo, atisbando bajo los pri­meros y epidérmicos tejidos de las respuestas del controvertido dirigente nacionalista, detectar su particular vivisección del panorama sindical y su sempiterno aguijón urticante con respecto a los mandos oficialistas.
De un primer vistazo a vuelo de pájaro el buen entendedor puede arribar a conclusiones más que contundentes con el solo recurso de apelar a un ele­mento del que tan bien ha hecho uso siempre el no­torio caudillo de los movimientos centristas: la omisión. Está a todas vistas claro que el doctor Etcheve­rría Posse ha eludido elegantemente tocar, ni siquie­ra tangencialmente, dos temas muy caros a su perma­nente forcejeo político: el nombramiento de su po­sible sucesor y el irritante problema de los hidrocar­buros.
Precisamente en la omisión de estos temas, el doctor Etcheverría Posse, tácitamente, los dimensiona.
No es en absoluto casual, para un hombre de la astucia táctica de Etcheverría Posse, que haya dejado en el tintero una temática que ha fatigado casi hasta la exasperación durante estos últimos y caldeados meses. ¿O es acaso que ya no le preocupa el nom­bramiento de su posible sucesor? ¿O se trata preci­samente de todo lo contrario, que no le mueve un pelo el aparente encumbramiento dentro de su mis­mo partido de una figura como la del ex-diputado sanjuanino (y concejal por los evolucionistas) don Alfonso Urbano Menchaca Gancia? Ambas incóg­nitas no pueden persistir por mucho tiempo sin respuestas esclarecedoras. La omisión del tema de los hidrocarburos asoma como más entendible: otra maniobra dilatoria de este desconcertante zorro de nuestra nutrida fauna política.
Pero si bien la referencia por omisión a tales te­mas aparece notoriamente en la primera lectura del diálogo, una segunda lectura nos muestra otro dato inequívoco que puede hacernos entrever cuál será el rumbo que el hábil consejero del pasado gobierno imprimirá a su movimiento.
"Muy bien. Muy bien" contesta sin vacilar ante la requisitoria sobre su estado actual. Más allá de lo que parece un mero formalismo cultural, es evidente la complacencia del doctor Etcheverría Posse ante la atención prestada a su persona por el periodismo especializado. Se puede leer, entonces, un atisbo de reconciliación del doctor Etcheverría Posse con cier­tos sectores de la prensa que lo castigaran duramente meses atrás, actitud que corrobora por lo tanto que no sería de extrañar que se confirmase en días venide­ros la compra por parte del movimiento nacional centrista del complejo editorial Líder, aún en manos de intereses italianos. Podría estallar, entonces, uno de los escándalos más estrepitosos de los últimos años. Tal vez por eso se cuidó mucho el doctor Etcheverría Posse de no abundar en palabras de agrade­cimiento al final de la comprimida pero jugosa entre­vista: "Nada más. Nada más" fueron las palabras que obraron a modo de finalización del reportaje.
Como si todo esto fuese poco, el meollo mismo de la cuestión palpita, como el ojo de un huracán que puede acarrear malos vientos para la cúpula centrista, en las palabras con que el doctor Etcheverría Posse responde a la segunda y vital pregunta de nuestro colega: "¿Cansado?"
"Un poco —ha dicho el dirigente que no tantos años atrás se manifestara agotado por la desidia de la burocracia oficial—. A pesar de que el vuelo fue excelente, usted sabe bien que estos viajes siempre cansan un poco."
Por fin, después de tantos años de vueltas concén­tricas y pretendidos acuerdos ni mimos de "convi­vencia", el doctor Etcheverría Posse apunta toda la eficacia de su artillería pesada sobre las no poco cas­tigadas espaldas de su antiguo compañero de correrías, don Agustín Ezequiel Montoya Nimio, quien como es bien sabido detenta uno de los principales cargos en la compañía aérea que trasladó a Etcheverría Posse de regreso al país.
Con la habilidad típica de los que arrojan la piedra y esconden la mano el veterano estratega político amaga primero con el elogio pleno al considerar su viaje aéreo de excelente y castiga a renglón seguido haciendo mención al cansancio que pueden generar ciertos vuelos. No es difícil adivinar en sus palabras que la hora del tránsito codo a codo con su antiguo compañero de fórmula se ha agotado y la fatiga ante la inercia de compañeros pretéritos le obliga a reali­zar un brusco y, ahora sí, publicitado golpe de timón a su conducción de por sí cautelosa.
Pero si bien con estas declaraciones el doctor Etcheverría Posse reactiva la controversia sobre su posi­ble sucesor, ahonda valientemente en el negociado de los hidrocarburos, denuncia el flagrante escándalo en torno al complejo editorial Líder y desarticula con un ágil side-step cualquier maniobra de la "vie­ja guardia" con la intención de volver a flanquearlo, donde se hacen más detonantes sus palabras y donde se disipan todas las nubes que podrían ensombre­cer la certidumbre de una tendencia agresivamente franca en su accionar es en la segunda lectura del mismo párrafo donde hace referencia al vuelo. Sería muy ingenuo suponer que tras su mención al hecho como simple acto traslacional no se oculta una diá­fana descarga sobre el tan ríspido y conflictivo caso que salió a la luz días atrás ante la denuncia de dos jóvenes concejales provinciales con referencia al trá­fico de drogas con Colombia.
Etcheverría Posse no vacila entonces en patear el tablero hasta el momento tan prolijamente cuidado por los contendientes, y poner lisa y descarnada­mente sobre el tapete un tema que lacera con su sola mención la epidermis de nuestra sociedad.
Sin duda, ha sonado para nuestros hombres pú­blicos el momento de rasgarse las vestiduras y ya nadie podrá decir, cuando alguien íntimamente li­gado a la vida política alza la voz en toda su elocuencia para sindicar ante los ojos del mundo a un grupo detentatorio del poder público como una banda de narcotraficantes degradados en el consumo de drogas heroicas, que en las vísceras mismas de nuestra socie­dad no habita aún el anticuerpo que se apreste a protegerla.  

El mundo ha vivido equivocado



EL EXTRAÑO CASO DE LADY ELWOOD – R. Fontanarrosa


El inspector Havilland detuvo su Austin al costado del camino que conducía a Middleford y quedó pen­sativo. No había dicho a nadie dónde pasaría sus quince días de vacaciones y la idea de retomar el ca­mino hacia Londres se le instaló sólidamente en la cabeza.
Él tan sólo había prometido comunicarse cada tres días con Scotland Yard, en prevención de algún suceso inesperado, como el retorno del Destripador de Yorkshire, un ataque nuclear soviético o la fuga de un oso del zoológico. Esa franquicia de manejar a su gusto el contacto con sus superiores tan sólo se le concedía a hombres como Emerald L. Havilland, el más eficaz sabueso de las fuerzas de seguridad británicas. "El Detective Invicto" como bien lo había llamado la prensa tras su espectacular esclarecimiento del caso del robo del pony predilecto del Príncipe Andrew.
En tanto viraba lentamente el volante, una sonrisa, apretada en torno al cigarro que sostenían sus labios, ensanchó el rostro adusto del inspector: recordaba claramente la densa, profunda, prometedora mirada que le había dispensado Lady Elwood desde lo alto de su palco, días atrás, durante el concierto que brindó la Royal Philarmonic Orchestra.
Una hora después, el inspector Havilland, prote­giendo su boca y su nariz bajo el abrigo de la bufanda con los colores del Tottenham Hotspur, golpeaba suavemente con su puño enguantado a las puertas de la mansión de Lady Elwood, la riquísima viuda de sir Lewis Norton.
Tras unos minutos de espera Havilland repitió el llamado. Finalmente, con la curiosidad propia de la profesión, giró el picaporte comprobando que la pesada puerta estaba abierta. Antes de entrar observó hacia la calle. Nadie lo había visto. El viento y la lluvia eran dos azotes flagelando Newcastle Street.
Recorrió un par de salones desiertos y luego co­menzó a subir una ancha escalera de madera. En una de las habitaciones superiores halló a Lady Elwood. Estaba sobre la alfombra, caída al lado de su cama en posición poco ortodoxa y presentaba dos heridas profundas en la espalda.
Havilland husmeó el aire y luego tomó la medida que separaba la cómoda de la perilla de la luz. Fue hasta el cenicero y recogió dentro de un sobre las co­lillas de cigarrillos. Se paró en medio de la habita­ción, cruzado de brazos y mirando hacia los cerra­dos ventanales. Meneó la cabeza y silbó suave.
—Paul —musitó—. Finalmente lo hizo.
Recordaba el rostro joven e ingenuo de Paul Elwood, sobrino de la viuda, y las habladurías que de él y su tía se contaban en ciertos cenáculos.
—No debe haber abandonado el país aún —dedu­jo Havilland—. Tomará el ferry hacia Francia.
Anotó en una pequeña libreta la medida entre la cama y el ropero y constató que la puerta de éste estaba entornada. La abrió. Allí dentro, prácti­camente sentado sobre el piso de madera, algo oculto por la profusión de tapados y pieles, se hallaba el cadáver de Paul Carpentier, estrangulado por una corbata de seda italiana azul, con diminutos puntos rojos.
Havilland se pellizcó los labios y cerró el ropero. Miró su libreta de apuntes y golpeteó con la base de su lapicera sobre la tapa de la libreta.
—Mannix —silabeó—. Gus Mannix.
No escapaban a su memoria proverbial los rasgos acentuados de Gus Mannix, profesor de piano de Paul, a quien algunas revistas proclives al escándalo sindicaban como antiguo enamorado de Lady Elwood.
—Los celos —musitó Havilland— son malos con­sejeros.
Se encaminó hacia el baño. Allí podría detectar huellas dactilares del impetuoso profesor Mannix.
Havilland no pudo disimular un rictus de contra­riedad cuando, junto a la bañera, semitapado por la cortina plástica encontró el cuerpo del eximio pia­nista. Entre ceja y ceja, algo más arriba de la conge­lada expresión de asombro que dibujaban sus ojos, mostraba el orificio pequeño pero nítido de una bala calibre 22.
El inspector aspiró hondo y tomó la medida entre el lavabo y el grifo de agua caliente.
—Estoy ante la obra de un loco —dictaminó—, Jerry Fergusson.
Nunca había podido olvidar la mirada extraviada del jardinero mientras le explicaba su extraña teoría sobre la doble personalidad de las azaleas y la influen­cia que ejercían las monocotiledóneas sobre las de­cisiones del Vaticano. Tampoco nunca había olvi­dado que Jerry Fergusson le había confiado que atendía los jardines de Lady Elwood.
—Sé muy bien dónde estará oculto —se dijo. Sor­teando el cadáver de la acaudalada viuda, se dirigió al teléfono. No tenía tono. Observó que se hallaba desconectado. Agachándose tras el cable atisbó bajo la cama.
Allí, con la cabeza destrozada por un atizador de la estufa de leños, vio a Jerry Fergusson, el jardi­nero.
Havilland se frotó suavemente las yemas de los dedos. Frunció los labios y aprobó un par de veces enérgicamente con su cabeza.
Colocó nuevamente el auricular del teléfono en su horquilla. Luego retornó las colillas que había sacado, a sus ceniceros. Cortó la hoja con anotacio­nes de su libreta y la arrojó al inodoro, accionando luego el turbión de agua.
Se arrebujó entonces en su bufanda, bajó el ala de su sombrero, salió de la casa cerrando con cuidado la puerta y subiendo al Austin retomó el camino hacia Middleford.



 El mundo ha vivido equivocado




No se culpe a nadie – Julio Cortazar

El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pullover azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pullovers, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pullover en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pullover, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pullover y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pullover se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pullover se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pullover a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello.
En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas, por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pullover. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente, pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul.
Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire, al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pullover, por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara, sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso, respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pullover, y además hay el gusto del pullover, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pullover sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pullover está en contacto con el aire frío de la habitación, es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pullover con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pullover tirando enérgicamente hacia abajo.
Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pullover ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pullover debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pullover, lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pullover que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pullover, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pullover puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pullover se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas.
Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pullover, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pullover, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pullover arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas, en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pullover y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pullover, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pullover y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pullover, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.

Final del juego


El río – Julio Cortazar

Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.
Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estuviera tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.

Final del juego


Continuidad de los parques - Julio Cortazar

Había empezado a leer la novela unos  días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la  finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles.
Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte.
Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir  de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por  la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron.
El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando  en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una  escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Final del juego


La puerta condenada - Julio Cortazar


A Petrone le gustó el hotel Cervantes por razones que hubieran desagradado a otros. Era un hotel sombrío, tranquilo, casi desierto. Un conocido del momento se lo recomendó cuando cruzaba el río en el vapor de la carrera, diciéndole que estaba en la zona céntrica de Montevideo. Petrone aceptó una habitación con baño en el segundo piso, que daba directamente a la sala de recepción. Por el tablero de llaves en la portería supo que había poca gente en el hotel; las llaves estaban unidas a unos pesados discos de bronce con el número de habitación, inocente recurso de la gerencia para impedir que los clientes se las echaran al bolsillo.
El ascensor dejaba frente a la recepción, donde había un mostrador con los diarios del día y el tablero telefónico. Le bastaba caminar unos metros para llegar a la habitación. El agua salía hirviendo, y eso compensaba la falta de sol y de aire. En la habitación había una pequeña ventana que daba a la azotea del cine contiguo; a veces una paloma se paseaba por ahí. El cuarto de baño tenía una ventana más grande, que se habría tristemente a un muro y a un lejano pedazo de cielo, casi inútil. Los muebles eran buenos, había cajones y estantes de sobra. Y muchas perchas, cosa rara.
El gerente resultó ser un hombre alto y flaco, completamente calvo. Usaba anteojos con armazón de oro y hablaba con la voz fuerte y sonora de los uruguayos. Le dijo a Petrone que el segundo piso era muy tranquilo, y que en la única habitación contigua a la suya vivía una señora sola, empleada en alguna parte, que volvía al hotel a la caída de la noche. Petrone la encontró al día siguiente en el ascensor. Se dio cuenta de que era ella por el número de la llave que tenía en la palma de la mano, como si ofreciera una enorme moneda de oro. El portero tomó la llave y la de Petrone para colgarlas en el tablero, y se quedó hablando con la mujer sobre unas cartas. Petrone tuvo tiempo de ver que era todavía joven, insignificante, y que se vestía mal como todas las orientales.
El contrato con los fabricantes de mosaicos llevaría más o menos una semana. Por la tarde Petrone acomodó la ropa en el armario, ordenó sus papeles en la mesa, y después de bañarse salió a recorrer el centro mientras se hacía hora de ir al escritorio de los socios. El día se pasó en conversaciones, cortadas por un copetín en Pocitos y una cena en casa del socio principal. Cuando lo dejaron en el hotel era más de la una. Cansado, se acostó y se durmió en seguida. Al despertarse eran casi las nueve, y en esos primeros minutos en que todavía quedan las sobras de la noche y del sueño, pensó que en algún momento lo había fastidiado el llanto de una criatura.
Antes de salir charló con el empleado que atendía la recepción y que hablaba con acento alemán. Mientras se informaba sobre líneas de ómnibus y nombres de calles, miraba distraído la enorme sala en cuyo extremo estaban la puerta de su habitación y la de la señora sola. Entre las dos puertas había un pedestal con una nefasta réplica de la Venus de Milo. Otra puerta, en la pared lateral daba a una salida con los infaltables sillones y revistas. Cuando el empleado y Petrone callaban el silencio del hotel parecía coagularse, caer como cenizas sobre los muebles y las baldosas. El ascensor resultaba casi estrepitoso, y lo mismo el ruido de las hojas de un diario o el raspar de un fósforo.
Las conferencias terminaron al caer la noche y Petrone dio una vuelta por 18 de Julio antes de entrar a cenar en uno de los bodegones de la plaza Independencia. Todo iba bien, y quizá pudiera volverse a Buenos Aires antes de lo que pensaba. Compró un diario argentino, un atado de cigarrillos negros, y caminó despacio hasta el hotel. En el cine de al lado daban dos películas que ya había visto, y en realidad no tenía ganas de ir a ninguna parte. El gerente lo saludó al pasar y le preguntó si necesitaba más ropa de cama. Charlaron un momento, fumando un pitillo, y se despidieron.
Antes de acostarse Petrone puso en orden los papeles que había usado durante el día, y leyó el diario sin mucho interés. El silencio del hotel era casi excesivo, y el ruido de uno que otro tranvía que bajaba por la calle Soriano no hacía más que pausarlo, fortalecerlo para un nuevo intervalo. Sin inquietud pero con alguna impaciencia, tiró el diario al canasto y se desvistió mientras se miraba distraído en el espejo del armario. Era un armario ya viejo, y lo habían adosado a una puerta que daba a la habitación contigua. A Petrone lo sorprendió descubrir la puerta que se le había escapado en su primera inspección del cuarto. Al principio había supuesto que el edificio estaba destinado a hotel pero ahora se daba cuenta de que pasaba lo que en tantos hoteles modestos, instalados en antiguas casas de escritorios o de familia. Pensándolo bien, en casi todos los hoteles que había conocido en su vida —y eran muchos— las habitaciones tenían alguna puerta condenada, a veces a la vista pero casi siempre con un ropero, una mesa o un perchero delante, que como en este caso les daba una cierta ambigüedad, un avergonzado deseo de disimular su existencia como una mujer que cree taparse poniéndose las manos en el vientre o los senos. La puerta estaba ahí, de todos modos, sobresaliendo del nivel del armario. Alguna vez la gente había entrado y salido por ella, golpeándola, entornándola, dándole una vida que todavía estaba presente en su madera tan distinta de las paredes. Petrone imaginó que del otro lado habría también un ropero y que la señora de la habitación pensaría lo mismo de la puerta.
No estaba cansado pero se durmió con gusto. Llevaría tres o cuatro horas cuando lo despertó una sensación de incomodidad, como si algo ya hubiera ocurrido, algo molesto e irritante. Encendió el velador, vio que eran las dos y media, y apagó otra vez. Entonces oyó en la pieza de al lado el llanto de un niño. En el primer momento no se dio bien cuenta. Su primer movimiento fue de satisfacción; entonces era cierto que la noche antes un chico no lo había dejado descansar. Todo explicado, era más fácil volver a dormirse. Pero después pensó en lo otro y se sentó lentamente en la cama, sin encender la luz, escuchando. No se engañaba, el llanto venía de la pieza de al lado. El sonido se oía a través de la puerta condenada, se localizaba en ese sector de la habitación al que correspondían los pies de la cama. Pero no podía ser que en la pieza de al lado hubiera un niño; el gerente había dicho claramente que la señora vivía sola, que pasaba casi todo el día en su empleo. Por un segundo se le ocurrió a Petrone que tal vez esa noche estuviera cuidando al niño de alguna parienta o amiga. Pensó en la noche anterior. Ahora estaba seguro de que ya había oído el llanto, porque no era un llanto fácil de confundir, más bien una serie irregular de gemidos muy débiles, de hipos quejosos seguidos de un lloriqueo momentáneo, todo ello inconsistente, mínimo, como si el niño estuviera muy enfermo. Debía ser una criatura de pocos meses aunque no llorara con la estridencia y los repentinos cloqueos y ahogos de un recién nacido. Petrone imaginó a un niño — un varón, no sabía por qué— débil y enfermo, de cara consumida y movimientos apagados. Eso se quejaba en la noche, llorando pudoroso, sin llamar demasiado la atención. De no estar allí la puerta condenada, el llanto no hubiera vencido las fuertes espaldas de la pared, nadie hubiera sabido que en la pieza de al lado estaba llorando un niño.
Por la mañana Petrone lo pensó un rato mientras tomaba el desayuno y fumaba un cigarrillo. Dormir mal no le convenía para su trabajo del día. Dos veces se había despertado en plena noche, y las dos veces a causa del llanto. La segunda vez fue peor, porque a más del llanto se oía la voz de la mujer que trataba de calmar al niño. La voz era muy baja pero tenía un tono ansioso que le daba una calidad teatral, un susurro que atravesaba la puerta con tanta fuerza como si hablara a gritos. El niño cedía por momentos al arrullo, a las instancias; después volvía a empezar con un leve quejido entrecortado, una inconsolable congoja. Y de nuevo la mujer murmuraba palabras incomprensibles, el encantamiento de la madre para acallar al hijo atormentado por su cuerpo o su alma, por estar vivo o amenazado de muerte.
«Todo es muy bonito, pero el gerente me macaneó» pensaba Petrone al salir de su cuarto. Lo fastidiaba la mentira y no lo disimuló. El gerente se quedó mirándolo.
—¿Un chico? Usted se habrá confundido. No hay chicos pequeños en este piso. Al lado de su pieza vive una señora sola, creo que ya se lo dije.
Petrone vaciló antes de hablar. O el otro mentía estúpidamente, o la acústica del hotel le jugaba una mala pasada. El gerente lo estaba mirando un poco de soslayo, como si a su vez lo irritara la protesta. «A lo mejor me cree tímido y que ando buscando un pretexto para mandarme mudar», pensó. Era difícil, vagamente absurdo insistir frente a una negativa tan rotunda. Se encogió de hombros y pidió el diario.
—Habré soñado —dijo, molesto por tener que decir eso, o cualquier otra cosa. El cabaret era de un aburrimiento mortal y sus dos anfitriones no parecían demasiado entusiastas, de modo que a Petrone le resultó fácil alegar el cansancio del día y hacerse llevar al hotel. Quedaron en firmar los contratos al otro día por la tarde; el negocio estaba prácticamente terminado.
El silencio en la recepción del hotel era tan grande que Petrone se descubrió a sí mismo andando en puntillas. Le habían dejado un diario de la tarde al lado de la cama; había también una carta de Buenos Aires. Reconoció la letra de su mujer.
Antes de acostarse estuvo mirando el armario y la parte sobresaliente de la puerta. Tal vez si pusiera sus dos valijas sobre el armario, bloqueando la puerta, los ruidos de la pieza de al lado disminuirían. Como siempre a esa hora, no se oía nada. El hotel dormía las cosas y las gentes dormían. Pero a Petrone, ya malhumorado, se le ocurrió que era al revés y que todo estaba despierto, anhelosamente despierto en el centro del silencio. Su ansiedad inconfesada debía estarse comunicando a la casa, a las gentes de la casa, prestándoles una calidad de acecho, de vigilancia agazapada. Montones de pavadas.
Casi no lo tomó en serio cuando el llanto del niño lo trajo de vuelta a las tres de la mañana. Sentándose en la cama se preguntó si lo mejor sería llamar al sereno para tener un testigo de que en esa pieza no se podía dormir. El niño lloraba tan débilmente que por momentos no se lo escuchaba, aunque Petrone sentía que el llanto estaba ahí, continuo, y que no tardaría en crecer otra vez. Pasaban diez o veinte lentísimos segundos; entonces llegaba un hipo breve, un quejido apenas perceptible que se prolongaba dulcemente hasta quebrarse en el verdadero llanto.
Encendiendo un cigarrillo, se preguntó si no debería dar unos golpes discretos en la pared para que la mujer hiciera callar al chico. Recién cuando los pensó a los dos, a la mujer y al chico, se dio cuenta de que no creía en ellos, de que absurdamente no creía que el gerente le hubiera mentido. Ahora se oía la voz de la mujer, tapando por completo el llanto del niño con su arrebatado —aunque tan discreto— consuelo. La mujer estaba arrullando al niño, consolándolo, y Petrone se la imaginó sentada al pie de la cama, moviendo la cuna del niño o teniéndolo en brazos. Pero por más que lo quisiera no conseguía imaginar al niño, como si la afirmación del hotelero fuese más cierta que esa realidad que estaba escuchando. Poco a poco, a medida que pasaba el tiempo y los débiles quejidos se alternaban o crecían entre los murmullos de consuelo, Petrone empezó a sospechar que aquello era una farsa, un juego ridículo y monstruoso que no alcanzaba a explicarse. Pensó en viejos relatos de mujeres sin hijos, organizando en secreto un culto de muñecas, una inventada maternidad a escondidas, mil veces peor que los mimos a perros o gatos o sobrinos. La mujer estaba imitando el llanto de su hijo frustrado, consolando al aire entre sus manos vacías, tal vez con la cara mojada de lágrimas porque el llanto que fingía era a la vez su verdadero llanto, su grotesco dolor en la soledad de una pieza de hotel, protegida por la indiferencia y por la madrugada.
Encendiendo el velador, incapaz de volver a dormirse, Petrone se preguntó qué iba a hacer. Su malhumor era maligno, se contagiaba de ese ambiente donde de repente todo se le antojaba trucado, hueco, falso: el silencio, el llanto, el arrullo, lo único real de esa hora entre noche y día y que lo engañaba con su mentira insoportable. Golpear en la pared le pareció demasiado poco. No estaba completamente despierto aunque le hubiera sido imposible dormirse; sin saber bien cómo, se encontró moviendo poco a poco el armario hasta dejar al descubierto la puerta polvorienta y sucia. En pijama y descalzo, se pegó a ella como un ciempiés, y acercando la boca a las tablas de pino empezó a imitar en falsete, imperceptiblemente, un quejido como el que venía del otro lado. Subió de tono, gimió, sollozó. Del otro lado se hizo un silencio que habría de durar toda la noche; pero en el instante que lo precedió, Petrone pudo oír que la mujer corría por la habitación con un chicotear de pantuflas, lanzando un grito seco e instantáneo, un comienzo de alarido que se cortó de golpe como una cuerda tensa.
Cuando pasó por el mostrador de la gerencia eran más de las diez. Entre sueños, después de las ocho, había oído la voz del empleado y la de una mujer. Alguien había andado en la pieza de al lado moviendo cosas. Vio un baúl y dos grandes valijas cerca del ascensor. El gerente tenía un aire que a Petrone se le antojó de desconcierto.
—¿Durmió bien anoche? —le preguntó con el tono profesional que apenas disimulaba la indiferencia.
Petrone se encogió de hombros. No quería insistir, cuando apenas le quedaba por pasar otra noche en el hotel.
—De todas maneras ahora va a estar más tranquilo — dijo el gerente, mirando las valijas—.La señora se nos va a mediodía.
Esperaba un comentario, y Petrone lo ayudó con los ojos.
—Llevaba aquí mucho tiempo, y se va así de golpe. Nunca se sabe con las mujeres.
—No —dijo Petrone—. Nunca se sabe.
En la calle se sintió mareado, con un mareo que no era físico. Tragando un café amargo empezó a darle vueltas al asunto, olvidándose del negocio, indiferente al espléndido sol. Él tenía la culpa de que esa mujer se fuera del hotel, enloquecida de miedo, de vergüenza o de rabia. Llevaba aquí mucho tiempo. Era una enferma, tal vez, pero inofensiva. No era ella sino él quien hubiera debido irse del Cervantes. Tenía el deber de hablarle, de excusarse y pedirle que se quedara, jurándole discreción. Dio unos pasos de vuelta y a mitad del camino se paró. Tenía miedo de hacer un papelón, de que la mujer reaccionara de alguna manera insospechada. Ya era hora de encontrarse con los dos socios y no quería tenerlos esperando. Bueno, que se embromara. No era más que una histérica, ya encontraría otro hotel donde cuidar a su hijo imaginario.
Pero a la noche volvió a sentirse mal, y el silencio de la habitación le pareció todavía más espeso. Al entrar al hotel no había podido dejar de ver el tablero de las llaves, donde faltaba ya la de la pieza de al lado. Cambió unas palabras con el empleado, que esperaba bostezando la hora de irse, y entró en su pieza con poca esperanza de poder dormir. Tenía los diarios de la tarde y una novela policial. Se entretuvo arreglando sus valijas, ordenado sus papeles. Hacía calor, y abrió de par en par la pequeña ventana. La cama estaba bien tendida, pero la encontró incómoda y dura. Por fin tenía todo el silencio necesario para dormir a pierna suelta, y le pesaba. Dando vueltas y vueltas, se sintió como vencido por ese silencio que había reclamado con astucia y que le devolvían entero y vengativo. Irónicamente pensó que extrañaba el llanto del niño, que esa calma perfecta no le bastaba para dormir y todavía menos para estar despierto. Extrañaba el llanto del niño, y cuando mucho más tarde lo oyó, débil pero inconfundible a través de la puerta condenada, por encima del miedo, por encima de la fuga en plena noche supo que estaba bien y que la mujer no había mentido, no se había mentido al arrullar al niño, al querer que el niño se callara para que ellos pudieran dormirse.


Final del juego



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