domingo, 1 de enero de 2012

Doce cuentos peregrinos

LA SANTA (2)



Veintidós años después volví a ver a Margarito Duarte. Apareció de pronto en una de las callecitas secretas del Trastévere, y me costó trabajo recono­cerlo a primera vista por su castellano difícil y su buen talante de romano antiguo. Tenía el cabello blanco y escaso, y no le quedaban rastros de la con­ducta lúgubre y las ropas funerarias de letrado an­dino con que había venido a Roma por primera vez, pero en el curso de la conversación fui rescatándolo poco a poco de las perfidias de sus años y volví a verlo como era: sigiloso, imprevisible, y de una tena­cidad de picapedrero. Antes de la segunda taza de café en uno de nuestros bares de otros tiempos, me atreví a hacerle la pregunta que me carcomía por dentro.
—¿Qué pasó con la santa?
—Ahí está la santa —me contestó—. Esperando.
Sólo el tenor Rafael Ribero Silva y yo podíamos entender la tremenda carga humana de su respuesta. Conocíamos tanto su drama, que durante años pen­sé que Margarito Duarte era el personaje en busca de autor que los novelistas esperamos durante toda una vida, y si nunca dejé que me encontrara fue porque el final de su historia me parecía inimagina­ble.
Había venido a Roma en aquella primavera ra­diante en que Pío XII padecía una crisis de hipo que ni las buenas ni las malas artes de médicos y hechi­ceros habían logrado remediar. Salía por primera vez de su escarpada aldea del Tolima, en los Andes co­lombianos, y se le notaba hasta en el modo de dor­mir. Se presentó una mañana en nuestro consulado con la maleta de pino lustrado que por la forma y el tamaño parecía el estuche de un violonchelo, y le planteó al cónsul el motivo sorprendente de su viaje. El cónsul llamó entonces por teléfono al tenor Ra­fael Ribero Silva, su compatriota, para que le consiguiera un cuarto en la pensión donde ambos vivía­mos. Así lo conocí.
Margarito Duarte no había pasado de la escuela primaria, pero su vocación por las bellas letras le había permitido una formación más amplia con la lectura apasionada de cuanto material impreso encontraba a su alcance. A los dieciocho años, siendo el escribano del municipio, se casó con una bella muchacha que murió poco después en el parto de la primera hija. Ésta, más bella aún que la madre, murió de una fiebre esencial a los siete años. Pero la verdadera historia de Margarito Duarte había empe­zado seis meses antes de su llegada a Roma, cuando hubo que mudar el cementerio de su pueblo para construir una represa. Como todos los habitantes de la región, Margarito desenterró los huesos de sus muertos para llevarlos al cementerio nuevo. La esposa era polvo. En la tumba contigua, por el con­trario, la niña seguía intacta después de once años. Tanto, que cuando destaparon la caja se sintió el vaho de las rosas frescas con que la habían enterra­do. Lo más asombroso, sin embargo, era que el cuer­po carecía de peso.
Centenares de curiosos atraídos por el clamor del milagro desbordaron la aldea. No había duda. La incorruptibilidad del cuerpo era un síntoma ine­quívoco de la santidad, y hasta el obispo de la diócesis estuvo de acuerdo en que semejante prodigio debía someterse al veredicto del Vaticano. De modo que se hizo una colecta pública para que Margarito Duarte viajara a Roma, a batallar por una causa que ya no era sólo suya ni del ámbito estrecho de su aldea, sino un asunto de la nación.
Mientras nos contaba su historia en la pensión del apacible barrio de Panoli, Margarito Duarte qui­tó el candado y abrió la tapa del baúl primoroso. Fue así como el tenor Ribero Silva y yo participa­mos del milagro. No parecía una momia marchita como las que se ven en tantos museos del mundo, sino una niña vestida de novia que siguiera dormida al cabo de una larga estancia bajo la tierra. La piel era tersa y tibia, y los ojos abiertos eran diáfanos, y causaban la impresión insoportable de que nos veían desde la muerte. El raso y los azahares falsos de la corona no habían resistido al rigor del tiempo con tan buena salud como la piel, pero las rosas que le habían puesto en las manos permanecían vivas. El peso del estuche de pino, en efecto, siguió siendo igual cuando sacamos el cuerpo.
Margarito Duarte empezó sus gestiones al día siguiente de la llegada. Al principio con una ayuda diplomática más compasiva que eficaz, y luego con cuantas artimañas se le ocurrieron para sortear los incontables obstáculos del Vaticano. Fue siempre muy reservado sobre sus diligencias, pero se sabía que eran numerosas e inútiles. Hacía contacto con cuantas congregaciones religiosas y fundaciones hu­manitarias encontraba a su paso, donde lo escucha­ban con atención pero sin asombro, y le prometían gestiones inmediatas que nunca culminaron. La ver­dad es que la época no era la más propicia. Todo lo que tuviera que ver con la Santa Sede había sido postergado hasta que el Papa superara la crisis de hipo, resistente no sólo a los más refinados recur­sos de la medicina académica, sino a toda clase de remedios mágicos que le mandaban del mundo en­tero.
Por fin, en el mes de julio, Pío XII se repuso y fue a sus vacaciones de verano en Castelgandolfo. Margarito llevó la santa a la primera audiencia se­manal con la esperanza de mostrársela. El Papa apa­reció en el patio interior, en un balcón tan bajo que Margarito pudo ver sus uñas bien pulidas y alcanzó a percibir su hálito de lavanda. Pero no circuló por entre los turistas que llegaban de todo el mundo para verlo, como Margarito esperaba, sino que pro­nunció el mismo discurso en seis idiomas y terminó con la bendición general.
Al cabo de tantos aplazamientos, Margarito de­cidió afrontar las cosas en persona, y llevó a la Se­cretaría de Estado una carta manuscrita de casi sesenta folios, de la cual no obtuvo respuesta. Él lo había previsto, pues el funcionario que la recibió con los formalismos de rigor apenas si se dignó dar­le una mirada oficial a la niña muerta, y los emplea­dos que pasaban cerca la miraban sin ningún interés. Uno de ellos le contó que el año anterior habían recibido más de ochocientas cartas que solicitaban la santificación de cadáveres intactos en distintos lu­gares del mundo. Margarito pidió por último que se comprobara la ingravidez del cuerpo. El funcionario la comprobó, pero se negó a admitirla.
—Debe ser un caso de sugestión colectiva —dijo.
En sus escasas horas libres y en los áridos do­mingos del verano, Margarito permanecía en su cuar­to, encarnizado en la lectura de cualquier libro que le pareciera de interés para su causa. A fines de cada mes, por iniciativa propia, escribía en un cuaderno escolar una relación minuciosa de sus gastos con su caligrafía preciosista de amanuense mayor, para ren­dir cuentas estrictas y oportunas a los contribuyen­tes de su pueblo. Antes de terminar el año conocía los dédalos de Roma como si hubiera nacido en ellos, hablaba un italiano fácil y de tan pocas palabras como su castellano andino, y sabía tanto como el que más sobre procesos de canonización. Pero pasó mucho más tiempo antes de que cambiara su vestido fúne­bre, y el chaleco y el sombrero de magistrado que en la Roma de la época eran propios de algunas sociedades secretas con fines inconfesables. Salía des­de muy temprano con el estuche de la santa, y a veces regresaba tarde en la noche, exhausto y triste, pero siempre con un rescoldo de luz que le infundía alientos nuevos para el día siguiente.
—Los santos viven en su tiempo propio —decía.
Yo estaba en Roma por primera vez, estudiando en el Centro Experimental de Cine, y viví su calva­rio con una intensidad inolvidable. La pensión don­de vivíamos era en realidad un apartamento moder­no a pocos pasos de la Villa Borghese, cuya dueña ocupaba dos alcobas y alquilaba cuatro a estudiantes extranjeros. La llamábamos María Bella, y era guapa y temperamental en la plenitud de su otoño, y siem­pre fiel a la norma sagrada de que cada quien es rey absoluto dentro de su cuarto. En realidad, la que llevaba el peso de la vida cotidiana era su hermana mayor, la tía Antonieta, un ángel sin alas que le trabajaba por horas durante el día, y andaba por todos lados con su balde y su escoba de jerga lus­trando más allá de lo posible los mármoles del piso. Fue ella quien nos enseñó a comer los pajaritos can­tores que cazaba Bartolino, su esposo, por un mal hábito que le quedó de la guerra, y quien terminaría por llevarse a Margarito a vivir en su casa cuando los recursos no le alcanzaron para los precios de María Bella.
Nada menos adecuado para el modo de ser de Margarito que aquella casa sin ley. Cada hora nos reservaba una novedad, hasta en la madrugada, cuan­do nos despertaba el rugido pavoroso del león en el zoológico de la Villa Borghese. El tenor Ribero Sil­va se había ganado el privilegio de que los romanos no se resintieran con sus ensayos tempraneros. Se levantaba a las seis, se daba su baño medicinal de agua helada y se arreglaba la barba y las cejas de Mefistófeles, y sólo cuando ya estaba listo con la bata de cuadros escoceses, la bufanda de seda china y su agua de colonia personal, se entregaba en cuerpo y alma a sus ejercicios de canto. Abría de par en par la ventana del cuarto, aun con las estrellas del in­vierno, y empezaba por calentar la voz con fraseos progresivos de grandes arias de amor, hasta que se soltaba a cantarla a plena voz. La expectativa diaria era que cuando daba el do de pecho le contestaba el león de la Villa Borghese con un rugido de tem­blor de tierra.
—Eres San Marcos reencarnado, figlio mío —ex­clamaba la tía Antonieta asombrada de veras—. Sólo él podía hablar con los leones.
Una mañana no fue el león el que le dio la ré­plica. El tenor inició el dueto de amor del Otello: Giánella notte densa s'estingue ogni clamor. De pronto, desde el fondo del patio, nos llegó la res­puesta en una hermosa voz de soprano. El tenor prosiguió, y las dos voces cantaron el trozo com­pleto, para solaz del vecindario que abrió las venta­nas para santificar sus casas con el torrente de aquel amor irresistible. El tenor estuvo a punto de desma­yarse cuando supo que su Desdémona invisible era nadie menos que la gran María Caniglia.
Tengo la impresión de que fue aquel episodio el que le dio un motivo válido a Margarito Duarte para integrarse a la vida de la casa. A partir de entonces se sentó con todos en la mesa común y no en la cocina, como al principio, donde la tía Antonieta lo complacía casi a diario con su guiso maestro de pajaritos cantores. María Bella nos leía de sobremesa los periódicos del día para acostumbrarnos a la fo­nética italiana, y completaba las noticias con una arbitrariedad y una gracia que nos alegraban la vida. Uno de esos días contó, a propósito de la santa, que en la ciudad de Palermo había un enorme museo con los cadáveres incorruptos de hombres, mujeres y niños, e inclusive de varios obispos, desenterrados de un mismo cementerio de los padres capuchinos. La noticia inquietó tanto a Margarito, que no tuvo un instante de paz hasta que fuimos a Palermo. Pero le bastó una mirada de paso por las abrumadoras galerías de momias sin gloria para formarse un juicio de consolación.
—No son el mismo caso —dijo—. A estos se les nota enseguida que están muertos.
Después del almuerzo Roma sucumbía en el so­por de agosto. El sol de medio día se quedaba in­móvil en el centro del cielo, y en el silencio de las dos de la tarde sólo se oía el rumor del agua, que es la voz natural de Roma. Pero hacia las siete de la noche las ventanas se abrían de golpe para convocar el aire fresco que empezaba a moverse, y una mu­chedumbre jubilosa se echaba a las calles sin ningún propósito distinto que el de vivir, en medio de los petardos de las motocicletas, los gritos de los ven­dedores de sandía y las canciones de amor entre las flores de las terrazas.
El tenor y yo no hacíamos la siesta, íbamos en su vespa, él conduciendo y yo en la parrilla, y les llevábamos helados y chocolates a las putitas de ve­rano que mariposeaban bajo los laureles centenarios de la Villa Borghese, en busca de turistas desvelados a pleno sol. Eran bellas, pobres y cariñosas, como la mayoría de las italianas de aquel tiempo, vestidas de organza azul, de popelina rosada, de lino verde, y se protegían del sol con las sombrillas apolilladas por las lluvias de la guerra reciente. Era un placer humano estar con ellas, porque saltaban por encima de las leyes del oficio y se daban el lujo de perder un buen cliente para irse con nosotros a tomar un café bien conversado en el bar de la esquina, o a pasear en las carrozas de alquiler por los senderos del parque, o a dolemos de los reyes destronados y sus amantes trágicas que cabalgaban al atardecer en el galoppatoio. Más de una vez les servíamos de intérpretes con algún gringo descarnado.
No fue por ellas que llevamos a Margarito Duarte a la Villa Borghese, sino para que conociera el león. Vivía en libertad en un islote desértico circun­dado por un foso profundo, y tan pronto como nos divisó en la otra orilla empezó a rugir con un desa­sosiego que sorprendió a su guardián. Los visitantes del parque acudieron sorprendidos. El tenor trató de identificarse con su do de pecho matinal, pero el león no le prestó atención. Parecía rugir hacia todos nosotros sin distinción, pero el vigilante se dio cuen­ta al instante de que sólo rugía por Margarito. Así fue: para donde él se moviera se movía el león, y tan pronto como se escondía dejaba de rugir. El vigilante, que era doctor en letras clásicas de la uni­versidad de Siena, pensó que Margarito debió estar ese día con otros leones que lo habían contaminado de su olor. Aparte de esa explicación, que era invá­lida, no se le ocurrió otra.
—En todo caso —dijo— no son rugidos de gue­rra sino de compasión.
Sin embargo, lo que impresionó al tenor Ribera Silva no fue aquel episodio sobrenatural, sino la con­moción de Margarito cuando se detuvieron a con­versar con las muchachas del parque. Lo comentó en la mesa, y unos por picardía, y otros por com­prensión, estuvimos de acuerdo en que sería una bue­na obra ayudar a Margarito a resolver su soledad. Conmovida por la debilidad de nuestros corazones, María Bella se apretó la pechuga de madraza bíblica con sus manos empedradas de anillos de fantasía.
—Yo lo haría por caridad —dijo—, si no fuera porque nunca he podido con los hombres que usan chaleco.
Fue así como el tenor pasó por la Villa Borghese a las dos de la tarde, y se llevó en ancas de su vespa a la mariposita que le pareció más propicia para dar­le una hora de buena compañía a Margarito Duarte. La hizo desnudarse en su alcoba, la bañó con jabón de olor, la secó, la perfumó con su agua de colonia personal, y la empolvó de cuerpo entero con su tal­co alcanforado para después de afeitarse. Por último le pagó el tiempo que ya llevaban y una hora más, y le indicó letra por letra lo que debía hacer.
La bella desnuda atravesó en puntillas la casa en penumbras, como un sueño de la siesta, y dio dos golpecitos tiernos en la alcoba del fondo. Margarito Duarte, descalzo y sin camisa, abrió la puerta.
—Buona sera Giovanotto —le dijo ella, con voz y modos de colegiala—. Mi manda il tenore.
Margarito asimiló el golpe con una gran digni­dad. Acabó de abrir la puerta para darle paso, y ella se tendió en la cama mientras él se ponía a toda prisa la camisa y los zapatos para atenderla con el debido respeto. Luego se sentó a su lado en una silla, e inició la conversación. Sorprendida, la muchacha le dijo que se diera prisa, pues sólo disponían de una hora. Él no se dio por enterado.
La muchacha dijo después que de todos modos habría estado el tiempo que él hubiera querido sin cobrarle ni un céntimo, porque no podía haber en el mundo un hombre mejor comportado. Sin saber qué hacer mientras tanto, escudriñó el cuarto con la mirada, y descubrió el estuche de madera sobre la chimenea. Preguntó si era un saxofón. Margarito no le contestó, sino que entreabrió la persiana para que entrara un poco de luz, llevó el estuche a la cama y levantó la tapa. La muchacha trató de decir algo, pero se le desencajó la mandíbula. O como nos dijo después: Mi si geló il culo. Escapó despavorida, pero se equivocó de sentido en el corredor, y se encontró con la tía Antonieta que iba a poner una bombilla nueva en la lámpara de mi cuarto. Fue tal el susto de ambas, que la muchacha no se atrevió a salir del cuarto del tenor hasta muy entrada la noche.
La tía Antonieta no supo nunca qué pasó. Entró en mi cuarto tan asustada, que no conseguía atorni­llar la bombilla en la lámpara por el temblor de las manos. Le pregunté qué le sucedía. «Es que en esta casa espantan», me dijo. «Y ahora a pleno día». Me contó con una gran convicción que, durante la gue­rra, un oficial alemán degolló a su amante en el cuar­to que ocupaba el tenor. Muchas veces, mientras andaba en sus oficios, la tía Antonieta había visto la aparición de la bella asesinada recogiendo sus pasos por los corredores.
—Acabo de verla caminando en pelota por el corredor —dijo—. Era idéntica.
La ciudad recobró su rutina en otoño. Las terra­zas floridas del verano se cerraron con los primeros vientos, y el tenor y yo volvimos a la vieja tractoría del Trastévere donde solíamos cenar con los alumnos de canto del conde Cario Calcagni, y algunos compañeros míos de la escuela de cine. Entre estos últimos, el más asiduo era Lakis, un griego inteli­gente y simpático, cuyo único tropiezo eran sus dis­cursos adormecedores sobre la injusticia social. Por fortuna, los tenores y las sopranos lograban casi siempre derrotarlo con trozos de ópera cantados a toda voz, que sin embargo no molestaban a nadie aun después de la media noche. Al contrario, algu­nos trasnochadores de paso se sumaban al coro, y en el vecindario se abrían ventanas para aplaudir.
Una noche, mientras cantábamos, Margarito en­tró en puntillas para no interrumpirnos. Llevaba el estuche de pino que no había tenido tiempo de dejar en la pensión después de mostrarle la santa al pá­rroco de San Juan de Letrán, cuya influencia ante la Sagrada Congregación del Rito era de dominio pú­blico. Alcancé a ver de soslayo que lo puso debajo de una mesa apartada, y se sentó mientras termi­nábamos de cantar. Como siempre ocurría al filo de la media noche, reunimos varias mesas cuando la tractoría empezó a desocuparse, y quedamos juntos los que cantaban, los que hablábamos de cine, y los amigos de todos. Y entre ellos, Margarito Duarte, que ya era conocido allí como el colombiano silen­cioso y triste del cual nadie sabía nada. Lakis, intri­gado, le preguntó si tocaba el violonchelo. Yo me sobrecogí con lo que me pareció una indiscreción difícil de sortear. El tenor, tan incómodo como yo, no logró remendar la situación. Margarito fue el úni­co que tomó la pregunta con toda naturalidad.
—No es un violonchelo —dijo—. Es la santa.
Puso la caja sobre la mesa, abrió el candado y levantó la tapa. Una ráfaga de estupor estremeció el restaurante. Los otros clientes, los meseros, y por último la gente de la cocina con sus delantales ensangrentados, se congregaron atónitos a contemplar el prodigio. Algunos se persignaron. Una de las co­cineras se arrodilló con las manos juntas, presa de un temblor de fiebre, y rezó en silencio.
Sin embargo, pasada la conmoción inicial, nos enredamos en una discusión a gritos sobre la insu­ficiencia de la santidad en nuestros tiempos. Lakis, por supuesto, fue el más radical. Lo único que que­dó en claro al final fue su idea de hacer una película crítica con el tema de la santa.
—Estoy seguro —dijo— que el viejo Cesare no dejaría escapar este tema.
Se refería a Cesare Zavattini, nuestro maestro de argumento y guión, uno de los grandes de la historia del cine y el único que mantenía con nosotros una relación personal al margen de la escuela. Trataba de enseñarnos no sólo el oficio, sino una manera distinta de ver la vida. Era una máquina de pensar argumentos. Le salían a borbotones, casi contra su voluntad. Y con tanta prisa, que siempre le hacía falta la ayuda de alguien para pensarlos en voz alta y atraparlos al vuelo. Sólo que al terminarlos se le caían los ánimos. «Lástima que haya que filmarlo», decía. Pues pensaba que en la pantalla perdería mu­cho de su magia original. Conservaba las ideas en tarjetas ordenadas por temas y prendidas con alfile­res en los muros, y tenía tantas que ocupaban una alcoba de su casa.
El sábado siguiente fuimos a verlo con Margarito Duarte. Era tan goloso de la vida, que lo encontra­mos en la puerta de su casa de la calle Angela Merici, ardiendo de ansiedad por la idea que le había­mos anunciado por teléfono. Ni siquiera nos saludó con la amabilidad de costumbre, sino que llevó a Margarito a una mesa preparada, y él mismo abrió el estuche. Entonces ocurrió lo que menos imaginábamos. En vez de enloquecerse, como era previsible, sufrió una especie de parálisis mental.
—Ammazza! —murmuró espantado.
Miró a la santa en silencio por dos o tres minu­tos, cerró la caja él mismo, y sin decir nada condujo a Margarito hacia la puerta, como a un niño que diera sus primeros pasos. Lo despidió con unas palmaditas en la espalda. «Gracias, hijo, muchas gra­cias», le dijo. «Y que Dios te acompañe en tu lu­cha». Cuando cerró la puerta se volvió hacia noso­tros, y nos dio su veredicto.
—No sirve para el cine —dijo—. Nadie lo creería.
Esa lección sorprendente nos acompañó en el tranvía de regreso. Si él lo decía, no había ni que pensarlo: la historia no servía. Sin embargo, María Bella nos recibió con el recado urgente de que Zavattini nos esperaba esa misma noche, pero sin Mar­garito.
Lo encontramos en uno de sus momentos este­lares. Lakis había llevado a dos o tres condiscípulos, pero él ni siquiera pareció verlos cuando abrió la puerta.
—Ya lo tengo —gritó—. La película será un ca­ñonazo si Margarito hace el milagro de resucitar a la niña.
—¿En la película o en la vida? —le pregunté.
Él reprimió la contrariedad. «No seas tonto», me dijo. Pero enseguida le vimos en los ojos el destello de una idea irresistible. «A no ser que sea capaz de resucitarla en la vida real», dijo, y reflexionó en serio:
—Debería probar.
Fue sólo una tentación instantánea, antes de re­tomar el hilo. Empezó a pasearse por la casa, como un loco feliz, gesticulando a manotadas y recitando la película a grandes voces. Lo escuchábamos deslumbrados, con la impresión de estar viendo las imá­genes como pájaros fosforescentes que se le escapa­ban en tropel y volaban enloquecidos por toda la casa.
—Una noche —dijo— cuando ya han muerto como veinte Papas que no lo recibieron, Margarito entra en su casa, cansado y viejo, abre la caja, le acaricia la cara a la muertita, y le dice con toda la ternura del mundo: «Por el amor de tu padre, hijita: levántate y anda».
Nos miró a todos, y remató con un gesto triunfal:
—¡Y la niña se levanta!
Algo esperaba de nosotros. Pero estábamos tan perplejos, que no encontrábamos qué decir. Salvo Lakis, el griego, que levantó el dedo, como en la escuela, para pedir la palabra.
—Mi problema es que no lo creo —dijo, y ante nuestra sorpresa, se dirigió directo a Zavattini—: Perdóneme, maestro, pero no lo creo.
Entonces fue Zavattini el que se quedó atónito.
—¿Y por qué no?
—Qué sé yo —dijo Lakis, angustiado—. Es que no puede ser.
—Ammazza! —gritó entonces el maestro, con un estruendo que debió oírse en el barrio entero—. Eso es lo que más me jode de los estalmistas: que no creen en la realidad.
En los quince años siguientes, según él mismo me contó, Margarito llevó la santa a Castelgandolfo por si se daba la ocasión de mostrarla. En una au­diencia de unos doscientos peregrinos de América Latina alcanzó a contar su historia, entre empujones y codazos, al benévolo Juan XXIII. Pero no pudo mostrarle a la niña porque debió dejarla a la entrada, junto con los morrales de otros peregrinos, en pre­visión de un atentado. El Papa lo escuchó con tanta atención como le fue posible entre la muchedumbre, y le dio en la mejilla una palmadita de aliento.
—Bravo, figlio mío —le dijo—. Dios premiará tu perseverancia.
Sin embargo, cuando de veras se sintió en víspe­ras de realizar su sueño fue durante el reinado fugaz del sonriente Albino Luciani. Un pariente de este, impresionado por la historia de Margarito, le prometió su mediación. Nadie le hizo caso. Pero dos días después, mientras almorzaban, alguien llamó a la pensión con un mensaje rápido y simple para Margarito: no debía moverse de Roma, pues antes del jueves sería llamado del Vaticano para una audiencia privada.
Nunca se supo si fue una broma. Margarito creía que no, y se mantuvo alerta. No salió de la casa. Si tenía que ir al baño lo anunciaba en voz alta: «Voy al baño». María Bella, siempre graciosa en los pri­meros albores de la vejez, soltaba su carcajada de mujer libre.
—Ya lo sabemos, Margarito, —gritaba—, por si te llama el Papa.
La semana siguiente, dos días antes del telefone­ma anunciado, Margarito se derrumbó ante el titular del periódico que deslizaron por debajo de la puer­ta: Morto il Papa. Por un instante lo sostuvo en vilo la ilusión de que era un periódico atrasado que ha­bían llevado por equivocación, pues no era fácil creer que se muriera un Papa cada mes. Pero así fue: el sonriente Albino Luciani, elegido treinta y tres días antes, había amanecido muerto en su cama.
Volví a Roma veintidós años después de conocer a Margarito Duarte, y tal vez no hubiera pensado en él si no lo hubiera encontrado por casualidad. Yo estaba demasiado oprimido por los estragos del tiem­po para pensar en nadie. Caía sin cesar una llovizna boba como de caldo tibio, la luz de diamante de otros tiempos se había vuelto turbia, y los lugares que habían sido míos y sustentaban mis nostalgias eran otros y ajenos. La casa donde estuvo la pensión seguía siendo la misma, pero nadie dio razón de María Bella. Nadie contestaba en seis números de teléfonos que el tenor Ribero Silva me había man­dado a través de los años. En un almuerzo con la nueva gente de cine evoqué la memoria de mi maes­tro, y un silencio súbito aleteó sobre la mesa por un instante, hasta que alguien se atrevió a decir:
—Zavattini? Mai sentito.
Así era: nadie había oído hablar de él. Los ár­boles de la Villa Borghese estaban desgreñados bajo la lluvia, el galoppatoio de las princesas tristes había sido devorado por una maleza sin flores, y las bellas de antaño habían sido sustituidas por atletas andró­ginos travestidos de manolas. El único sobreviviente de una fauna extinguida era el viejo león, sarnoso y acatarrado, en su isla de aguas marchitas. Nadie can­taba ni se moría de amor en las tractorías plastificadas de la Plaza de España. Pues la Roma de nuestras nostalgias era ya otra Roma antigua dentro de la antigua Roma de los Césares. De pronto, una voz que podía venir del más allá me paró en seco en una callecita del Trastévere:
—Hola, poeta.
Era él, viejo y cansado. Habían muerto cinco papas, la Roma eterna mostraba los primeros sínto­mas de la decrepitud, y él seguía esperando. «He esperado tanto que ya no puede faltar mucho más», me dijo al despedirse, después de casi cuatro horas de añoranzas. «Puede ser cosa de meses». Se fue arrastrando los pies por el medio de la calle, con sus botas de guerra y su gorra descolorida de romano viejo, sin preocuparse de los charcos de lluvia donde la luz empezaba a pudrirse. Entonces no tuve ya ninguna duda, si es que alguna vez la tuve, de que el santo era él. Sin darse cuenta, a través del cuerpo incorrupto de su hija, llevaba ya veintidós años lu­chando en vida por la causa legítima de su propia canonización.

Gabriel García Marquez

Agosto 1981



Días y noches de amor y de guerra

ESCRITO EN UN MURO, DICHO EN LA CALLE, CANTADO EN LOS CAMPOS


1.
La cultura no terminaba, para nosotros, en la producción y el consumo de libros, cuadros, sinfonías, películas y obras de teatro. Ni siquiera empezaba allí. Entendíamos por cultura la creación de cualquier espacio de encuentro entre las personas, y eran cultura, para nosotros, todos los símbolos de la identidad y la memoria colectivas: los testimonios de lo que somos, las profecías de la imagina­ción, las denuncias de lo que nos impide ser. Por eso Crisis publicaba, entre los poemas y los cuentos y los di­bujos, informes sobre la enseñanza mentirosa de la historia en las escuelas o sobre los tejes y manejes de las glandes empresas multinacionales que venden automóviles y también ideología. Por eso la revista denunciaba un sistema de valores que sacraliza las cosas y desprecia a la gente, y el juego siniestro de la competencia y el consumo que induce a las personas a usarse entre sí y a aplastarse las unas a las otras. Por eso nos ocupábamos de todo: las fuentes del poder político de los dueños de la tierra, el cartel petrolero, los medios de comunicación...

2.
Queríamos conversar con la gente, devolverle la palabra: la cultura es comunicación o no es nada. Para llegar a no ser muda, creíamos, una cultura nueva tenía que empe­zar por no ser sorda. Publicábamos textos sobre la reali­dad, pero también, en igual o mayor medida, textos desde ella. Palabras recogidas en la calle, en los campos, en los socavones, historias de vida, coplas populares:
Los indígenas del Alto Paraná cantan a su propia ago­nía, acorralados por la civilización que los convierte en esclavos de las plantaciones o que los mata para arrebatarles las tierras:

Tú vigilaras la fuente de la neblina que engendra las palabras inspiradas.  Aquello que yo concebí en mi soledad, haz que lo vigilen tus hijos, los Jakaira de corazón grande.  Haz que se llamen: “Dueños de la neblina de tus palabras inspiradas”.

Los presos políticos escriben cartas:

Voy a contarte cosas de las gaviotas para que no vuelvas a asociarlas con la tristeza.

Manos anónimas escriben en un muro de los muelles de Mar del Plata:

Busco a Cristo y no lo encuentro. Me busco a mí mismo y no me encuentro. Pero encuentro a mi prójimo y juntos nos vamos los tres.

Desde el manicomio, viaja el poeta a las regiones secretas:

Estaba acostado en el mar. Yo caminaba sobre las aguas y lo llamé: Lautréamont, Lautréamont, le dije. Y él me contestó que me quería. Que seríamos amigos ahora en el mar, por­que los dos habíamos sufrido en la tierra.

Los niños de las escuelas suburbanas de Montevideo relatan la conquista de América:

-Vengo a civilizar. Mira qué barco más lindo que tengo.
-Yo no querer: Yo tener casa, familia y ganar bien.
-Pero si es mejor como yo te digo, así vos podes hablar como yo.
-Dejar de joder y dejarme tranquilo.

El obrero de una fábrica explica su relación con el sol:

Cuando entras a trabajar es de noche y cuando te vas, ya el sol se va yendo. Y por eso al mediodía todo el mundo se consigue cinco minutos para ver el solcito en la calle, o en un patio de la fábrica, porque no ves el sol en el galpón. Entra la luz pero al sol no lo ves nunca.

Poco después del golpe de estado, el gobierno militar dic­tó nuevas normas para los medios de comunicación. Se­gún el nuevo código de la censura, quedaba prohibido publicar reportajes callejeros y opiniones no especializa­das sobre cualquier tema.
Apoteosis de la propiedad privada. No sólo tenían due­ño las tierras, las fábricas, las casas y la gente: también tenían propietario los temas. El monopolio del poder y la palabra condenaba al silencio al hombre común.
Era el fin de Crisis. Poco podíamos hacer, y lo sabíamos.

Eduardo Galeano


Días y noches de amor y de guerra

ESA VIEJA ES UN PAÍS



1.
La última vez que la Abuela viajó a Buenos Aires llegó sin ningún diente, como un recién nacido. Yo hice como que no lo notaba. Graciela me había advertido, por teléfono, desde Montevideo: "Está muy preocupada. Me preguntó: ¿No me encontrará fea, Eduardo?"
La Abuela estaba hecha un pajarito. Los años iban pa­sando y la encogían.
Salimos abrazados del puerto.
Le propuse un taxi.
-No, no -le dije-. No es porque crea que te vas a can­sar. Yo sé que vos aguantas. Es que el hotel queda muy lejos, ¿entendés?
Pero ella quería caminar.
-Escúchame, Abuela -le dije-. Por aquí no vale la pena. El paisaje es feo. Ésta es una parte fea de Buenos Aires. Después, cuando hayas descansado, vamos a ir juntos a caminar por los parques.
Se detuvo, me miró de arriba a abajo. Me insultó. Y me preguntó, furiosa:
-¿Te crees que yo miro el paisaje, cuando camino con­tigo?
Se colgó de mí.
-Me siento agrandada -me dijo- bajo el ala tuya. Me preguntó: "¿Te acordás cuando me llevabas alzada, en el sanatorio, después de la operación?" Me habló del Uruguay, del silencio y del miedo.
-Está todo tan sucio. Está tan sucio todo.
Me habló de la muerte:
-Yo voy a reencarnar en un abrojo. O en un nieto o bisnieto tuyo, yo voy a aparecer.
-Pero, vieja -le dije-. Si usted va a vivir doscientos años. No me hable de la muerte, que usted tiene para mucho todavía.
-No seas perverso -me dijo.
Me dijo que estaba harta de su cuerpo.   
-Dos por tres le digo, a mi cuerpo: "No te soporto". Y él me contesta: "Y yo tampoco".
-Mira -me dijo, y se estiró el pellejo del brazo.
Me habló del viaje:
-¿Te acordás cuando te estaba matando la fiebre en Venezuela y yo me pasé la noche llorando, en Montevideo, sin saber por qué? Todos estos días yo le venía diciendo a Emma: "Eduardo no está tranquilo". Y me vine. Y ahora también pienso que no estás tranquilo.

2.
La Abuela estuvo unos días y se volvió a Montevideo. Al tiempo le escribí una carta. Le escribí que no se cuide, que no se aburra, que no se canse. Le dije que yo bien sé de dónde viene el barro con que me hicieron.
Y después me avisaron que había tenido un accidente.
La llamé por teléfono.
-Fue culpa mía -me dijo-. Me escapé y me fui cami­nando hasta la Universidad, por el mismo camino que antes hacía para verte. ¿Te acordás? Yo ya sé que no pue­do hacer eso. Cada vez que voy, me caigo. Llegué al pie de la escalera y dije, en voz alta: "Aroma del tiempo", que era el nombre del perfume que una vez me regalaste. Y en­tonces me caí. Me levantaron y me trajeron aquí. Creye­ron que me había roto algún hueso. Pero hoy, no bien me dejaron sola, me levanté de la cama y me escapé. Salí a la calle y dije: "Yo estoy bien viva y loca, como él me quiere".

Eduardo Galeano




Días y noches de amor y de guerra

EL SISTEMA


El torturador es un funcionario. El dictador es un fun­cionario. Burócratas armados, que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea. Eso, y nada más que eso. No son monstruos extraordinarios. No vamos a regalarles esa grandeza.

EL SISTEMA


Me viene a la cabeza algo que me contó, hace cinco o seis años, Miguel Littín. Él venía de filmar La tierra prometida en el valle de Ranquil, comarca pobre de Chile.
Los campesinos del lugar hacían de extras en las es­cenas de masas. Unos se representaban a sí mismos. Otros hacían el papel de soldados. Los soldados invadían el valle y a sangre y fuego arrancaban las tie­rras a los campesinos. La película era la crónica de la matanza.
Al tercer día, empezaron los problemas. Los cam­pesinos que vestían uniforme, andaban de a caballo y disparaban balas de fogueo se habían hecho arbi­trarios, mandones y violentos. Ellos acosaban a los otros campesinos después de cada jornada de filmación.

EL SISTEMA


Plan de exterminio: arrasar la hierba, arrancar de raíz hasta la última plantita todavía viva, regar la tierra con sal.
Después, matar la memoria de la hierba. Para coloni­zar las conciencias, suprimirlas; para suprimirlas, vaciarlas de pasado. Aniquilar todo testimonio de que en la co­marca hubo algo más que silencio, cárceles y tumbas.
Está prohibido recordar.
Se forman cuadrillas de presos. Por las noches, se les obliga a tapar con pintura blanca las frases de protesta que en otros tiempos cubrían los muros de la ciudad.
La lluvia, de tanto golpear los muros, va disolviendo la pintura blanca. Y reaparecen, poquito a poco, las porfia­das palabras.

Eduardo Galeano


  Antonio Berni - Chacareros

Días y noches de amor y de guerra

EL SISTEMA


Los científicos latinoamericanos emigran, los laboratorios y las universidades no tienen recursos, el know how indus­trial es siempre extranjero y se paga carísimo, pero, ¿por qué no reconocer un cierto mérito de creatividad en el desarrollo de una tecnología del terror?
Desde nuestras tierras, los dueños del poder hacen apor­tes universales al progreso de los métodos de torturas, las técnicas del asesinato de personas y de ideas, el cultivo del silencio, la multiplicación de la impotencia y la siem­bra del miedo.

EL SISTEMA


1.
Un famoso playboy latinoamericano fracasa en la cama de su amante. "Anoche bebí demasiado", se disculpa a la hora del desayuno. La segunda noche lo atribuye al cansancio. La tercera noche cambia de amante. A la semana va a consultar al médico. Al mes, cambia de médico. Tiem­po después, empieza a psicoanalizarse. Experiencias sumergidas o suprimidas van asomando, sesión tras sesión, a la superficie de la conciencia. Y recuerda:
1934. Guerra del Chaco. Seis soldados bolivianos, fu­gitivos del frente, deambulan por la puna. Son los so­brevivientes de un destacamento en derrota. Se arrastran por la estepa pelada sin ver un alma ni probar bocado. Este hombre es uno de esos hombres.
Una tarde descubren a una indiecita que conduce un rebaño de cabras. La persiguen, la voltean, la violan. Entran en ella uno tras otro.
Llega el turno de este hombre, que es el último. Al echarse sobre la india, advierte que ya no respira.
Los cinco soldados forman un círculo alrededor.
Le clavan los fusiles en la espalda.
Y entonces, entre el horror y la muerte, este hombre elige el horror.

2.
Coincide con mil y una historias de torturadores.
¿Quiénes torturan? ¿Cinco sádicos, diez tarados, quin­ce casos clínicos? Torturan los buenos padres de familia.
Los oficiales cumplen su horario y después ven televi­sión junto a sus hijos. Lo que es eficaz es bueno, enseña la máquina. La tortura es eficaz: arranca información, rompe conciencias, difunde el miedo. Nace y se desarrolla una complicidad de misa negra. Quien no torture será tortu­rado. La máquina no acepta inocentes ni testigos. ¿Quién se niega? ¿Quién puede conservar las manos limpias? El pequeño engranaje vomita la primera vez. La segunda vez aprieta los clientes. A la tercera se acostumbra y cumple con su deber. Pasa el tiempo y la medita del engranaje habla el lenguaje de la máquina: capucha, plantón, picana, submarino, cepo, caballete. La máquina exige disciplina. Los más dotados terminan por encontrarle el gustito.
Si son enfermos los torturadores, ¿qué decir del siste­ma que los hace necesarios?

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL SISTEMA


De cada cien niños que nacen vivos en Guatemala o Chile, mueren ocho. Mueren ocho, también, en los su­burbios populares de San Pablo, la ciudad más rica del Brasil. ¿Accidente o asesinato? Los criminales tienen las llaves de las cárceles. Ésta es una violencia sin tiros. No sirve para novelas policiales. Aparece, congelada, en las estadísticas, cuando aparece. Pero las guerras reales no siempre son las más espectaculares y bien se sabe que los relámpagos de los balazos han dejado a más de uno ciego y sordo.
La comida es más cara en Chile que en Estados Unidos; el salario mínimo, diez veces más bajo. La cuar­ta parte de los chilenos no recibe ningún ingreso y so­brevive de puro porfiada. Los taxistas de Santiago ya no compran dólares a los turistas: ahora ofrecen mucha­chas que harán el amor a cambio de una cena.
El consumo de zapatos se ha reducido en cinco veces, en el Uruguay, en los últimos veinte años. En los últimos siete, el consumo de leche, en Montevideo, cayó a la mi­tad.
Los presos de la necesidad, ¿cuántos son? ¿Es libre un hombre condenado a vivir persiguiendo el laburo y la comida? ¿Cuántos tienen el destino marcado en la frente desde el día en que se asoman al mundo y lloran por pri­mera vez? ¿A cuántos se niega el sol y la sal?

EL SISTEMA


La máquina acosa a los jóvenes: los encierra, los tortura, los mata. Ellos son la prueba viva de su impotencia. Los echa: los vende, carne humana, brazos baratos, al extranjero.
La máquina, estéril, odia todo lo que crece y se mueve. Sólo es capaz de multiplicar las cárceles y los cementerios. No puede producir otra cosa que presos y cadáveres, espías y policías, mendigos y desterrados.
Ser joven es un delito. La realidad lo comete todos los días, a la hora del alba; y también la historia, que cada ma­ñana nace de nuevo.
Por eso la realidad y la historia están prohibidas.


EL SISTEMA


Lo único libre son los precios. En nuestras tierras, Adam Smith necesita a Mussolini. Libertad de inversiones, li­bertad de precios, libertad de cambios: cuanto más libres andan los negocios, más presa está la gente. La prosperi­dad de pocos maldice a todos los demás. ¿Quién conoce una riqueza que sea inocente? En tiempos de crisis, ¿no se vuelven conservadores los liberales, y fascistas los conservadores? ¿Al servicio de quiénes cumplen su tarea los asesinos de personas y países?
Orlando Letelier escribió en The Nation que la eco­nomía no es neutral ni los técnicos tampoco. Dos semanas después, Letelier voló en pedazos en una calle de Washington. Las teorías de Milton Friedman implican para él el Premio Nobel; para los chilenos, implican a Pinochet. Un ministro de Economía declaraba en el Uruguay: "La desigualdad en la distribución de la renta es la que genera el ahorro." Al mismo tiempo, confesaba que le ho­rrorizaban las torturas. ¿Cómo salvar esa desigualdad si no es a golpes de picana eléctrica? La derecha ama las ideas generales. Al generalizar, absuelve.

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL SISTEMA


Era el cumpleaños del padre de Karl. Por una vez le die­ron permiso para quedarse con la gente grande después de la cena. Él permaneció sentado en un rincón, calladito, mirando a los amigos y parientes que bebían y charla­ban. Al levantarse, Karl chocó con una mesa y tiró al suelo una copa de vino blanco.
-No es nada -dijo el padre.
La madre barrió los vidrios y limpió el piso con un trapo. El padre acompañó a Karl a su dormitorio y le dijo:
-A las once, cuando se hayan ido los invitados, te pe­garé.
Durante más de dos horas, desde la cama, Karl estuvo pendiente de las voces y del paso de los minutos.
A las once en punto de la noche llegó el padre, se sacó el cinturón y lo azotó.
-Lo hago por tu bien, para que aprendas -dijo el padre, como siempre decía, mientras Karl lloraba, desnudo, con la cabeza enterrada en la almohada.
Hace algunos años, Karl me contó, en Montevideo, esta historia de su infancia en Alemania.

EL SISTEMA


No se agota en la lista de torturados, asesinados y desaparecidos la denuncia de los crímenes de una dictadura. La máquina te amaestra para el egoísmo y la mentira. La solidaridad es un delito. Para salvarte, enseña la máquina, tenés que hacerte hipócrita y jodedor. Quien esta noche te besa, mañana te ven­derá. Cada gauchada genera una venganza. Si decís lo que pensás, te revientan; y nadie merece el ries­go. ¿No desea el obrero desocupado, secretamente, que la fábrica eche a otro para ocupar su puesto? ¿No es el prójimo un competidor y un enemigo? Hace poco, en Montevideo, un gurí pidió a su madre que lo llevase de vuelta al sanatorio, porque quería desnacer.
Sin una gota de sangre, sin una lágrima siquiera, se ejecuta la cotidiana matanza de lo mejor que cada uno tiene dentro de sí. Victoria de la máquina: la gente tiene miedo de hablar y de mirarse. Que nadie se encuentre con nadie. Cuando alguien te mira y te sostiene la mirada, pensás: "Me va a joder". El gerente dice al empleado, que era su amigo:
-Te tuve que denunciar. Pidieron las listas. Había que dar algún nombre. Perdóname, si podes.
De cada treinta uruguayos, uno tiene la función de vigilar, perseguir y castigar a los demás. No hay trabajo fuera de los cuarteles y las comisarías; y en todo caso, para conservar el empleo es imprescindi­ble el certificado de fe democrática que extiende la policía. Se exige a los estudiantes que denuncien a sus compañeros, se exhorta a los niños a denunciar a sus maestros. En la Argentina, la televisión pregun­ta: "¿Sabe usted lo que está haciendo su hijo en este momento?"
¿Por qué no figura en la crónica roja el asesinato del alma por envenenamiento?

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL SISTEMA


Medio millón de uruguayos fuera del país. Un millón de paraguayos, medio millón de chilenos. Los barcos zarpan repletos de muchachos que huyen de la prisión, la fosa del hambre. Estar vivo es un peligro; pensar, un pecado; comer, un milagro.
Pero, ¿cuántos son los desterrados dentro de las fronte­ras del propio país? ¿Qué estadística registra a los conde­nados a la resignación y al silencio? El crimen de la esperanza, ¿no es peor que el crimen de las personas?
La dictadura es una costumbre de la infamia: una máqui­na que te hace sordo y mudo, incapaz de escuchar, impoten­te de decir y ciego de lo que está prohibido mirar.
El primer muerto por torturas desencadenó, en el Bra­sil, en 1964, un escándalo nacional. El muerto por tortu­ras número diez apenas si apareció en los diarios. El nú­mero cincuenta fue aceptado como "normal".
La máquina enseña a aceptar el horror, como se acepta el frío en invierno.

EL SISTEMA


Los encapuchados se reconocen por las toses.
Masacran a alguien durante un mes y después dicen a lo que queda de él: "Fue un error". Cuando sale, ha perdi­do el trabajo. También los documentos.
Por leer o decir una frase dudosa, un maestro o profe­sor puede ser destituido; y se queda sin empleo si lo detie­nen, aunque sea por una hora y por error.
A los uruguayos que canten con cierto énfasis, en una ceremonia pública, la estrofa del himno nacional que dice: ¡Tiranos temblad!, se les aplica la ley que condena "el ataque a la moral de las Fuerzas Armadas": dieciocho meses a seis años de prisión. Por garabatear en un muro Viva la libertad o arrojar un volante en la calle, un hombre ha de pasar en la cárcel, si sobrevive a la tortura, buena parte de su vida. Si no sobrevive, el certificado de defunción dirá que pretendió huir, dando un traspié y precipitándo­se al vacío, o que se ahorcó, o que ha fallecido víctima de un ataque de asma. No habrá autopsia.
Se inaugura una cárcel por mes. Es lo que los econo­mistas llaman Plan de Desarrollo.
Pero, ¿y las jaulas invisibles? ¿En qué informe oficial o denuncia de oposición figuran, los presos del miedo? Mie­do a perder el trabajo, miedo a no encontrarlo, miedo de hablar, miedo de escuchar, miedo de leer. En el país del silencio, se puede terminar en un campo de concentra­ción por culpa del brillo de la mirada. No es necesario echar a un funcionario: alcanza con hacerle saber que puede ser destituido sin sumario y que nadie le dará nun­ca empleo. La censura triunfa de verdad cuando cada ciu­dadano se convierte en el implacable censor de sus pro­pios actos y palabras.
La dictadura convierte en cárceles los cuarteles y las comisarías, los vagones abandonados, los barcos en desu­so. ¿No convierte también en cárcel la casa de cada uno?

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL SISTEMA


que programa la computadora que alarma al banque­ro que alerta al embajador que cena con el general que emplaza al presidente que intima al ministro que amenaza al director general que humilla al gerente que grita al jefe que prepotea al empleado que desprecia al obrero que maltrata a la mujer que golpea al hijo que patea al perro.

EL SISTEMA


Caminamos por las ramblas de Barcelona, frescos túneles del verano, y nos acercamos a un quiosco de venta de pajaritos.
Hay jaulas de muchos y jaulas de a uno. Adoum me explica que a las jaulas de a uno les ponen un espejito, para que los pájaros no sepan que están solos.
Después, en el almuerzo, Guayasamín cuenta cosas de New York. Dice que allá ha visto hombres bebiendo solos en los mostradores. Que tras la hilera de botellas hay un espejo y que a veces, bien entrada la noche, los hombres arrojan el vaso y el espejo vuela en pedazos.

EL SISTEMA


Quien está contra ella, enseña la máquina, es enemigo del país. Quien denuncia la injusticia, comete delito de lesa patria.
Yo soy el país, dice la máquina. Este campo de concen­tración es el país: este pudridero, este inmenso baldío va­cío de hombres.
Quien crea que la patria es una casa de todos, será hijo de nadie.

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

 Yo tenía catorce o quince años. Era mensajero en un ban­co. Pasaba las tardes subiendo y bajando escaleras con montañas de expedientes en los brazos. Me quedaba parado en un rincón, como un soldadito, pendiente de los timbres, las luces o las voces.
El directorio del banco se reunía los viernes, en la plan­ta alta. Durante las reuniones, los directores se hacían ser­vir café varias veces. Yo corría a la cocina a calentar el café. Si no había testigos lo hervía, para darles diarrea.
Un viernes entré con la bandeja, como siempre, y encontré la gran sala vacía. En la mesa de caoba, bien orde­nadas, las carpetas con los nombres de cada director, y alre­dedor las sillas sin nadie. Sólo el señor Alcorta estaba senta­do en su sitio. Le ofrecí café y no me contestó. Se había puesto los lentes y leía un papel. Lo leyó muchas veces. Quieto a sus espaldas, yo le miraba los rollitos rosados de la nuca y le contaba las pecas de las manos. La carta era el texto de su renuncia. La firmó, se sacó los lentes y se quedó sentado, con las manos en los bolsillos, mirando el vacío. Tosí. Después volví a toser; pero yo no existía. La bandeja repleta de pocillos de café me acalambraba los brazos.
Cuando volví, para recoger las carpetas y llevarlas a Se­cretaría, el señor Alcorta se había ido. Tranqué la puerta y abrí las carpetas, como hacía siempre, una por una. En cada carpeta había una carta de renuncia igual a la que el señor Alcorta había leído y releído y firmado. Todas las cartas estaban firmadas.
El martes siguiente el directorio celebró una reunión extraordinaria. El señor Alcorta no recibió la citación. Los directores resolvieron, por unanimidad, primero: retirar las renuncias presentadas el pasado viernes; y segundo: aceptar la renuncia del señor Alcorta, agrade­ciéndole los servicios prestados y lamentando que nuevas obligaciones reclamen el concurso de su capacidad invalorable.
Yo leí las resoluciones en el libro de actas, cuando me mandaron subirlo a Gerencia General.

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


Robaste una cala del florero. Le respiraste hondamente el olor. Atravesaste el patio y los hervores del verano, a pasitos lentos, con la alta flor alzada en el puño. Las bal­dosas frescas del patio eran una alegría de los pies des­calzos.
Llegaste al chorro de agua. Para abrirlo, te subiste a un banquito. El agua caía sobre la flor y tus manos y vos sen­tías que el agua se iba deslizando por toda tu piel y cerraste los ojos, mareada de placer inexplicable, y entonces pasó un siglo.
-Se me cayeron los pensamientos, mamá- explicaste des­pués, señalando la rejilla del piso. -Se me cayeron y se fueron por ahí.

Eduardo Galeano


Días y noches de amor y de guerra

EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


Todos los días -cuenta Freddy- yo lo ayudo a preparar las tiritas de plastilina que él usa para escribir. Papel y lápiz no usa. Él escribe grabando signos en la plastilina. Yo no puedo leer lo que él escribe. Lo que él escribe no se lee con los ojos. Se lee con los dedos.
Con él aprendí a sentir una hoja. Yo no sabía. Él me enseñó. Cerra los ojos, me dijo. Con paciencia me enseñó a sentir una hoja de árbol con los dedos. Me llevó tiempo aprender porque yo no tenía la costumbre. Ahora me gusta acariciar las hojas, que los dedos resbalen por el lado de arriba, tan liso que es, sentir la pelusita de abajo y los hilitos como venas que la hoja tiene adentro.
El otro día trajeron a la escuela un león recién nacido. Nadie pudo tocarlo. Solamente a él lo dejaron. Y des­pués yo le pedí:
-Vos, que pudiste tocarlo, decime cómo era el cacho­rro.
-Era calentito -me dijo-. Era suave. Y me pidió:
-Vos, que pudiste verlo, ¿cómo era? Yo le dije que era amarillo.
-¿Amarillo? ¿Cómo es el amarillo, Freddy?
-Como el calor del sol -le dije.


EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


Cuando era chica, Mónica no quería salir por las noches, para no pisar a los pobres caracoles. Además, tenía miedo del reguero de sangre que venía de un camión abandonado en la carretera y se perdía campo adentro, entre los yuyos.
Mónica se enamoró del hijo del panadero, que era un forajido y todas las madres lo odiaban. Ella lo miraba de reojo mientras cantaban el himno nacional, a la hora de entrar a clase. Después rompían fila y ella chocaba, pum, contra el busto de bronce de Artigas.
De chica, Mónica quería ser bailarina de cabaret. Quería andar con plumas de colores en la cola y sentirse pájara y volar y pecar.
Nunca pudo.
Años después, Mónica fue una de las pocas personas que atravesó, sin secarse ni romperse, las pruebas del ho­rror. Me gustaba escucharla. Mónica Lacoste y su compañero eran vecinos míos en Buenos Aires; y la casa de ellos estaba siempre llena de uruguayos.
Un mediodía la acompañé al mercado. El mercado, que funcionaba en la antigua estación del ferrocarril, era una fiesta de aromas y colores y pregones: Déme tomates, tres, más bien maduritos. Cebolla, cuánto será, mira qué linda lechuga, ponga ahí, y déme otra más grande, ah, ajo y perejil, ¿morrones no tiene?, cómo que no, y qué morrones, pimientos verdes le recomiendo; cancha, cancha, por favor, el que no trabaja que se tome el barco por favor.
Mónica se puso un par de rabanitos en el pelo y sonreía a todo el mundo.
Volvíamos cargados de bolsas y paquetes.
Pancho, el hijo de Mónica, se nos quedaba atrás, parali­zado por alguna maravilla de la calle, como ser la balaustra­da de un balcón, una vidriera, una puerta de hierro, una paloma comiendo. Se quedaba con la boca abierta por el asombro del mundo y había que volver a buscarlo.
-Vamos, Pancho -le dije; y él me pidió que le comprara un fantasma chiquito.
Después se adelantó corriendo a saludar al diariero, y le ofreció un maní. El diariero le dijo que no.
"¿Por qué no le acepta?", lo increpé. El diariero bajó la cabeza y confesó:
-Tengo alergia.

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


Todos los días -cuenta Freddy- yo lo ayudo a preparar las tiritas de plastilina que él usa para escribir. Papel y lápiz no usa. Él escribe grabando signos en la plastilina. Yo no puedo leer lo que él escribe. Lo que él escribe no se lee con los ojos. Se lee con los dedos.
Con él aprendí a sentir una hoja. Yo no sabía. Él me enseñó. Cerra los ojos, me dijo. Con paciencia me enseñó a sentir una hoja de árbol con los dedos. Me llevó tiempo aprender porque yo no tenía la costumbre. Ahora me gusta acariciar las hojas, que los dedos resbalen por el lado de arriba, tan liso que es, sentir la pelusita de abajo y los hilitos como venas que la hoja tiene adentro.
El otro día trajeron a la escuela un león recién nacido. Nadie pudo tocarlo. Solamente a él lo dejaron. Y des­pués yo le pedí:
-Vos, que pudiste tocarlo, decime cómo era el cacho­rro.
-Era calentito -me dijo-. Era suave. Y me pidió:
-Vos, que pudiste verlo, ¿cómo era? Yo le dije que era amarillo.
-¿Amarillo? ¿Cómo es el amarillo, Freddy?
-Como el calor del sol -le dije.


EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


Cuando era chica, Mónica no quería salir por las noches, para no pisar a los pobres caracoles. Además, tenía miedo del reguero de sangre que venía de un camión abandonado en la carretera y se perdía campo adentro, entre los yuyos.
Mónica se enamoró del hijo del panadero, que era un forajido y todas las madres lo odiaban. Ella lo miraba de reojo mientras cantaban el himno nacional, a la hora de entrar a clase. Después rompían fila y ella chocaba, pum, contra el busto de bronce de Artigas.
De chica, Mónica quería ser bailarina de cabaret. Quería andar con plumas de colores en la cola y sentirse pájara y volar y pecar.
Nunca pudo.
Años después, Mónica fue una de las pocas personas que atravesó, sin secarse ni romperse, las pruebas del ho­rror. Me gustaba escucharla. Mónica Lacoste y su compañero eran vecinos míos en Buenos Aires; y la casa de ellos estaba siempre llena de uruguayos.
Un mediodía la acompañé al mercado. El mercado, que funcionaba en la antigua estación del ferrocarril, era una fiesta de aromas y colores y pregones: Déme tomates, tres, más bien maduritos. Cebolla, cuánto será, mira qué linda lechuga, ponga ahí, y déme otra más grande, ah, ajo y perejil, ¿morrones no tiene?, cómo que no, y qué morrones, pimientos verdes le recomiendo; cancha, cancha, por favor, el que no trabaja que se tome el barco por favor.
Mónica se puso un par de rabanitos en el pelo y sonreía a todo el mundo.
Volvíamos cargados de bolsas y paquetes.
Pancho, el hijo de Mónica, se nos quedaba atrás, parali­zado por alguna maravilla de la calle, como ser la balaustra­da de un balcón, una vidriera, una puerta de hierro, una paloma comiendo. Se quedaba con la boca abierta por el asombro del mundo y había que volver a buscarlo.
-Vamos, Pancho -le dije; y él me pidió que le comprara un fantasma chiquito.
Después se adelantó corriendo a saludar al diariero, y le ofreció un maní. El diariero le dijo que no.
"¿Por qué no le acepta?", lo increpé. El diariero bajó la cabeza y confesó:
-Tengo alergia.

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


Valeria pide a su padre que dé vuelta el disco. Le explica que Arroz con leche vive al otro lado.
Diego conversa con su compañero de adentro, que se llama Andrés y viene a ser el esqueleto.
Fanny cuenta que hoy se ahogó con su amiga en el río de la escuela, que es muy hondo, y que desde allá abajo era todo transparente y veían los pies de la gente grande, las suelas de los zapatos.
Claudio atrapa un dedo de Alejandra, le dice: "Préstame el dedo" y lo hunde en el tarro de leche sobre la hornalla, porque quiere saber si no está demasiado caliente.
Desde el cuarto, Florencia me llama y me pregunta si soy capaz de tocarme la nariz con el labio de abajo.
Sebastián propone que nos escapemos en un avión, pero me advierte que hay que tener cuidado con los serámofos y la hécile.
Mariana, en la terraza, empuja la pared, que es su modo de ayudar a la tierra a que gire.
Patricio sostiene un fósforo encendido entre los dedos y su hijo sopla y sopla la llamita que no se apagará jamás.

EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


En clase, Elsa y Ale se sentaban juntas. En los recreos ca­minaban por el patio tomadas de la mano. Compartían los deberes y los secretos, las travesuras.
Una mañana, Elsa dijo que había hablado con su abue­la muerta.
Desde entonces, la abuela les mandó mensajes con fre­cuencia. Cada vez que Elsa hundía la cabeza en el agua, escuchaba la voz de la abuela.
Al tiempo, Elsa anunció:
-Dice la abuela que vamos a volar.
Lo intentaron en el patio de la escuela y en la calle. Corrían en círculos o en línea recta, hasta caer extenua­das. Se dieron unos cuantos porrazos desde los pretiles.
Elsa sumergió la cabeza y la abuela le dijo:
-Van a volar en el verano.
Llegaron las vacaciones. Las familias viajaron a balnea­rios diferentes.
A fines de febrero, Elsa volvía con sus padres a Buenos Aires. Ella hizo detener el coche ante una casa que no había visto nunca.
Ale abrió la puerta.
-¿Volaste? -preguntó Elsa.
-No -dijo Ale.
-Yo tampoco -dijo Elsa. Se abrazaron llorando.

Eduardo Galeano

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