martes, 3 de enero de 2012

España aparta de mí ese cáliz - César Vallejo

Niños del mundo,
si cae España —digo, es un decir—
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra madre con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

Si cae —digo, es un decir— si cae
España, de la tierra para abajo,
niños ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!

Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que está
en su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera, aquella de la trenza;
la calavera, aquella de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menos de las pirámides, y aún
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es la noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae —digo, es un decir—,
salid, niños, del mundo; id a buscarla!...


España aparta de mí ese cáliz - César Vallejo - Rafael Alberti

España aparta de mí ese cáliz - César Vallejo

Nos han dado la tierra - Juan Rulfo

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo.
Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza. 
Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca. Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice: -Son como las cuatro de la tarde.
Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: "Somos cuatro." Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos, pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más que este nudo que somos nosotros.
Faustino dice: -Puede que llueva.
Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: "Puede que sí."
No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.
Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve. 
Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed.
¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar. Nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.
No, el Llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada. Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y 
traíamos terciada una carabina. Ahora no traemos ni siquiera la carabina.
Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar armado. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con "la 30" amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina. Vuelvo hacia todos lados y miro el Llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le 
resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema  del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. 
Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tapetate para que la sembráramos. Nos dijeron: -Del pueblo para acá es de ustedes.
Nosotros preguntamos: -¿El Llano?
-Sí, el Llano. Todo el Llano Grande.
Nosotros paramos la jeta para decir que el Llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano. Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo: -No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.
-Es que el Llano, señor delegado...
-Son miles y miles de yuntas.
-Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.
¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo estiraran.
-Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.
-Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.
-Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano... No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho... Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde íbamos... 
Pero él no nos quiso oír. Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terregal endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando. Melitón dice:
-Esta es la tierra que nos han dado.
Faustino dice:
-¿Qué?
Yo no digo nada. Yo pienso: "Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace hablar así. El calor, que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón? Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los remolinos."
Melitón vuelve a decir:
-Servirá de algo. Servirá aunque sea para correr yeguas.
-¿Cuáles yeguas? -le pregunta Esteban.
Yo no me había fijado bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él. Lleva puesto un gabán que le llega al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza  algo así como una gallina. Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto:
-Oye, Teban, ¿de dónde pepenaste esa gallina?
-Es la mía- dice él.
-No la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh?
-No la merqué, es la gallina de mi corral.
-Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no?
-No, la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella.
-Allí escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire.
Él se la acomoda debajo del brazo y le sopla el aire caliente de su boca. Luego dice:
-Estamos llegando al derrumbadero.
Yo ya no oigo lo que sigue diciendo Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar la barranca y él va primero adelante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a cada rato, para no golpearle la cabeza contra las piedras. Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que bajará por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la dureza del Llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra.
Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso también es lo que nos gusta.
Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el 
viento que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus 
ruidos.
Esteban ha vuelto a abrazar su gallina cuando nos acercamos a las primeras casas. Le desata las patas para desentumecerla, y luego él y su gallina desaparecen detrás de unos tepemezquites.
-¡Por aquí arriendo yo! -nos dice Esteban.
Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo. La tierra que nos han dado está allá arriba.

Aparato auditivo - Monty Python

Entrevista de trabajo - Monty Python

La Inquisición española - Monty Python

domingo, 1 de enero de 2012

Paul Cézanne - Video

Paul Cézanne - Video

Henri Toulouse-Lautrec

De cuando me morí, vuelto hacia el mar - José Saramago

   Dejé la laguna mediada la mañana, cuando ya el sol había limpiado todo el cielo. Sobre el agua, apenas agitada por los rápidos soplos de la brisa, no habían quedado vestigios de la niebla cerrada que, al amanecer, cubrió toda la superficie. Había valido la pena levantarse temprano y ver la niebla dispersándose sobre la laguna en copos sueltos, como si el sol, cuidadosamente, los fuera barriendo hasta que no quedó nada entre el agua y el cielo azul. Ordené mis cosas, me lo eché todo a cuestas y, descalzo, empecé una larguísima caminata playa adelante, entre el batir de las olas y la vaga panorámica de los cantiles rojos.
   Se alzaba la marea, pero había extensiones de arena mojada y dura  por donde era fácil caminar. Calentaba el sol. Con la cabeza descubierta, el cuerpo un poco inclinado para equilibrar el peso de la mochila, andaba con paso firme, como era habitual en mí, procurando olvidar que las piernas me pertenecían, dejándolas vivir su vida propia, su movimiento mecánico.
Siempre me ha gustado caminar así, veinte o treinta kilómetros sin descanso, sólo un rápido trago en el chorro de una fuente, y !hala! Tampoco me detuve para almorzar, el sol que me había caído encima los días anteriores me había quitado el apetito, y me faltaba, sobre todo, paciencia para cocinar en la playa. Me limité a comerme dos naranjas que se deshacían de puro dulces. Mordía la monda con la pulpa y escupía lejos las pepitas, como un chiquillo feliz.
Cuando las correas de la mochila empezaron a cortarme la piel quemada, me quité la camisa, hice una almohadilla con ella, la acomodé en el hombro izquierdo y cargué el peso sobre él. De este modo seguí adelante, aliviado de dolores.
   El sol ardía con más fuego. Lo sentía en la espalda como la palma de una mano abrasada, al tiempo que me empezaba a nacer una especie de adormecimiento en la nuca. El sudor erizaba allí la piel. Me acerqué hasta el rompiente de las olas y me refresqué la cara, los hombros y la nuca. Me eché, con la mano en cuenco, agua por la espalda. La mochila había aumentado de peso. La pasé hacia el hombro derecho y, en mi torpeza, la camisa cayó sobre la ardiente arena. Me quedé mirándola, como si nunca la hubiera visto, mientras las correas dejaban su marca en el hombro.
Llegué incluso a dar algunos pasos, pero me fue preciso un gran esfuerzo para entender que debía volver atrás y levantarla del suelo. Me notaba raro, como flotando en el aire, y esta sensación no me abandonó ni cuando me senté y me dejé caer de espaldas. Había  dentro de mí una náusea que parecía mecerme y que me obligó a rodar hacia un lado. Me había estado dando el sol en los párpados cerrados; entre mis ojos y el cielo había una cortina rosada, el color delgado de la sangre que corría confusamente por mi cuerpo.
   Rápidamente pasó por mí la idea de que estaba sintiendo los primeros efectos de una insolación. Inquieto, me levanté de golpe, me sacudí como un perro y reanudé la caminata. Entretanto, la marea me había empujado hacia un espacio de arena seca que vibraba bajo el calor. De arriba me llegaba el zumbido de millares de insectos enloquecidos por el sol. En las pausas del oleaje, el zumbido, áspero como un rechinar de sierra circular, me aturdía y acentuaba esa sensación de náusea que no me había abandonado.
   Anduve así muchos kilómetros.
Me detuve varias veces y decidí por fin no dar un paso más, pero  pronto el ardor del sol me obligó a levantarme. Por el lado de los cantiles, ni una sombra. El sol quemaba ahora de frente, pero seguía horadándome la nuca. Perdí la conciencia de lo que me rodeaba.
Caminaba como un autómata, ya sin sudor, con la piel sequísima, excepto en las sienes, donde se formaban gruesas gotas que se deslizaban lentamente, viscosas, rostro abajo.
   Toda la tarde la pasé así. Empezaba a ponerse el sol cuando llegué al pueblo que tendría que ser mi primera etapa. Allí podía comer algo, matar la sed y descansar a una sombra. Pero nada de esto hice. Me calcé como en un sueño, gimiendo con el dolor de mis pies quemados, y me lancé a la carretera que, en curvas continuadas, subía por los cantiles. Aún me detuve una vez, medio perdido, mirando desde lo alto el mar, que iba tomando un color oscuro. Seguí subiendo y me encontré fuera de la escalera, sin saber cómo, metiéndome entre las rocas hasta el borde  mismo del acantilado cortado en picos.
   El suelo se inclinaba de manera peligrosa antes de hundirse en la vertical.
   Fue allí donde decidí pasar la noche. Me acosté con los pies del lado del mar y del desastre, me enrollé en la manta y, ardiendo de fiebre, cerré los ojos. Me quedé dormido, y soñé. Cuando volví a abrir los ojos, el sol apuntaba en el horizonte. "¿Qué hago yo aquí?", pregunté en voz alta. Y con un movimiento de pavor recogí mis cosas y volví al camino, huyendo.
   Mientras andaba, iba pensando en que allí yo no era yo, que mi cuerpo se había quedado muerto contra el mar, en lo alto del acantilado, y que el mundo estaba todo lleno de sombras y confusión. La noche me sorprendió a la orilla del río, con una ciudad delante que no reconocía, como las torres amenazadoras de las pesadillas.
   Todavía hoy, pasados tantos años, me pregunto qué parte de mí habrá quedado dispersa en la blancura de las arenas o inmovilizada en piedra en los cantiles cortados por el viento, aun sabiendo que no hay respuesta.

Y también aquellos días - José Saramago

   Y hubo también aquellos dos gloriosos días en los que fui zagal de pastor, y la noche de por medio, tan gloriosa como los días. Perdónese a quien nació en el campo y de él fue arrancado pronto esta insistente llamada que viene de lejos y trae en su silencioso clamor un aura, una corona de sonidos, de luces, de aromas que se han conservado milagrosamente intactos. El mito del paraíso perdido es el de la infancia, no hay otro. Lo demás son realidades por conquistar, soñadas en el presente, guardadas en el futuro inalcanzable. Y, sin ellas, no sé qué haríamos hoy. Yo no lo sé.
   Mis abuelos habían decidido, visto que había sido flaca la venta de lechones, que el resto de las camadas se vendiera en la feria de Santarem por mejor precio y sin (20)  25 más gasto de dinero. Porque el camino se haría a pie, cuatro leguas de monte, a paso de marranillo, para que los animales llegasen a la feria con suerte de comprador.
Me preguntaron si quería ir yo con mi tío más joven, para echarle una mano; dije que sí, que iba aunque fuera a rastras. Ensebé las botas para la caminata y elegí en el alpendre el bastón que mejor iba con mis doce años mal contados. Siempre habían sido calladas mis alegrías, por eso no solté los gritos que estallaban en mi pecho; gritos que hasta hoy no he podido liberar.
   Empezamos la jornada mediada la tarde; mi tío atrás, con el cuidado de no perder ningún lechón; yo delante, con la marrana a los calcañares. Me imaginaba como un mascarón de proa avanzando por carreteras y caminos, como lo hacían en los mares los barcos piratas que aparecían en mis libros de aventuras. De tiempo en tiempo, mi tío me relevaba, y yo tenía que ir comiendo el polvo que las patitas menudas de los animales levantaban del camino. En medio de éstos iba la marrana, madre verdadera de algunos y prestada de otros, que los mantenía unidos.
   Casi era ya noche cerrada cuando llegamos a la alquería donde íbamos a quedarnos hasta el día siguiente. Metimos a los animales en un barracón y comimos de nuestro leve fardel junto a una ventana iluminada, porque no habíamos querido entrar (?o no nos dejaron?). Mientras comíamos, se acercó un gañán para decirnos que podíamos dormir en la caballeriza.
Nos dio dos mantas de borra y se fue. Soltaron los perros, así que nosotros no tuvimos más remedio que irnos a dormir. La puerta de la caballeriza quedaría abierta durante toda la noche; mejor para nosotros, pues teníamos que salir de madrugada, mucho antes del alba, para llegar a Santarem al iniciarse la feria.
   Nuestro lecho era un extremo del comedero que corría a lo largo  de toda la pared del fondo. Los caballos descansaban y batían sus cascos en el suelo enlosado, salpicado de paja. Me acosté como en una cuna, enrollado en la manta, respirando el olor fuerte de los caballos, toda la noche inquietos, o así me lo parecía en los intervalos del sueño. Me sentía cansado, con los pies molidos. La oscuridad era cálida y espesa; los caballos agitaban con fuerza las cabezas, y mi tío dormía. Los ruidos de la noche pasaban sobre el tejado. Me quedé dormido como un santo -diría mi abuela si allí estuviese.
   Me desperté cuando me llamó mi tío, con la noche aún encima. Me senté en el comedero y miré hacia la puerta, con los ojos entornados por el sueño y por una luz inesperada. Salté al suelo y salí al corral: ante mí aparecía una luna enorme, blanca, envolviendo de una claridad lechosa la noche y el paisaje. Donde daba la luna, todo  era blanco y refulgente, todo lo demás quedaba envuelto en una espesa oscuridad. Y yo, que sólo tenía doce años, como ya queda dicho, adiviné que jamás volvería a ver una luna así. Por eso hoy me conmueve poco la luz de la luna: llevo una dentro de mí insuperable.
   Fuimos a buscar los cerdos y bajamos al valle, cautelosamente, porque había zarzales y roquedos, y como los animales extrañaban la madrugada podían perderse fácilmente. Después todo se volvió más sencillo. Seguimos a lo largo de unas viñas con racimos ya maduros, por un camino cubierto de polvo que el frescor de la mañana mantenía sosegado; yo salté en medio de las cepas y cogí dos magníficos racimos que metí en la blusa mientras miraba alrededor por ver si aparecía el guarda. Volví al camino y le di un racimo a mi tío. Fuimos andando y comiendo las uvas, fresquitas y dulces, que nos sabían a gloria de tan ricas.
   Empezamos a subir hacia Santarem cuando el sol nacía. Estuvimos en la feria toda la mañana y parte de la tarde. Como no vendimos todos los marranillos, tuvimos que regresar también a pie. Fue así como ocurrió lo que nunca más volvió a ocurrir. Por encima de nosotros se fue formando un anillo de nubes que se ennegrecieron al atardecer y empezaron a deshacerse en lluvia, y, entonces, durante mucho tiempo, estuvo lloviendo sin que cayese una gota sobre nosotros, mientras alrededor, circularmente, una cortina de agua nos cerraba el horizonte. Al final desaparecieron las nubes. La noche venía lentamente entre los olivos. Los animales hacían esos ruidos que parecen una conversación interminable.
Mi tío, delante, silbaba imperceptiblemente.
Por culpa de todo esto sentí unas enormes ganas de llorar. Nadie me veía y yo veía a todo el mundo. Fue entonces cuando me juré a mí mismo no morir nunca.

José Saramago

Mi subida al Everest - José saramago

   Sea por causa de la presión atmosférica, o efecto de alguna molestia gástrica, el hecho es que hay días en que nos ponemos a mirar el transcurso pasado de nuestra vida y lo vemos vacío, inútil, como un desierto de esterilidades sobre el que brilla un gran sol autoritario que no nos atrevemos a mirar de frente. Cualquier rincón nos serviría entonces para ocultar la vergüenza de no haber alcanzado un altozano desde el que se mostrase otro paisaje más fértil. Nunca como en estas ocasiones se adquiere conciencia cabal de lo difícil que resulta este oficio de vivir, aparentemente inmediato y que ni siquiera parece requerir aprendizaje.
Es en estos momentos cuando hacemos proyectos decididos de exaltación personal y nos disponemos a modificar el mundo. El espejo es  de mucho auxilio para componer la actitud adecuada al modelo que vamos a seguir.
   Pero sube la presión, el bicarbonato equilibra la acidez y la vida sigue su marcha, renqueando, como si llevara un clavo en el talón y una invencible pereza al arrancar. En definitiva, el mundo será realmente transformado, pero no por nosotros.
   Pese a todo, ¿no estaré cometiendo una grave injusticia?, ¿no habrá en el desierto una súbita ascensión que de lejos precipite aún el vértigo impar que es el lastre denso que nos justifica? En otras palabras, y más sencillas: ¿no seremos todos nosotros transformadores del mundo?, ¿un determinado y breve minuto de nuestra existencia, no será nuestra prueba, en vez de todos esos sesenta o setenta años que nos han correspondido en suerte? Malo será que vayamos a encontrar ese minuto en un pasado  lejano, o no tendremos ojos, quizá, de momento, para ascensiones más próximas. Pero es posible que haya ahí una elección deliberada, de acuerdo con el lugar desde donde hablamos de nuestro desierto personal o con los oídos que no escuchan. Hoy, por ejemplo, sea cual fuera la razón, estoy viendo, a distancia de treinta y muchos años, un árbol gigantesco, todo él proyectado en altura, que parecía, en la pradera circular y lisa, el puntero de un gran reloj de sol. Era un fresno de coraza rugosa, toda hendida en la base, que iba desarrollando a lo largo del tronco una sucesión de ramificaciones prominentes, como escalones que prometían una subida fácil. Pero eran, al menos, treinta metros de altura.
   Veo a un chiquillo descalzo dar la vuelta al árbol por centésima vez. Oigo los latidos de su corazón y noto húmedas las palmas de sus manos, y un vago olor a savia caliente que asciende de la hierba.
El muchacho levanta la cabeza y ve allá, en lo alto, la cima del árbol, que se mece lentamente como si estuviera pintando el cielo de azul.
   Los dedos del pie descalzo se afirman en la corteza del fresno mientras el otro pie oscila buscando el impulso que hará llegar la mano ansiosa a la primera rama.
Todo el cuerpo se ciñe contra el tronco áspero, y el árbol oye sin duda el sordo latir del corazón que se le entrega. Hasta el nivel de los otros árboles ya conquistados, la agilidad y el dominio se alimentan del hábito, pero, a partir de esa altura, el mundo se prolonga súbitamente, y todas las cosas, familiares hasta entonces, se van volviendo extrañas, pequeñas; es como un abandono de todo - y todo abandona al muchacho que trepa.
   Diez metros, quince metros. El horizonte gira lentamente, y se bambolea cuando el tronco, cada vez más delgado, se entrega al viento.
Hay un vértigo que amenaza y no se decide nunca. Los pies arañados  son como garras que se prenden en las ramas y no quieren dejarlas, mientras las manos, estremecidas, buscan la altura, y el cuerpo se retuerce a merced de un tronco movedizo. Resbala el sudor y, de repente, un sollozo seco irrumpe a la altura de los nidos y los cantos de las aves. Es el sollozo del miedo a no tener valor. Veinte metros. La tierra está definitivamente lejos. Las casas, minúsculas, son insignificantes, y la gente parece que hubiera desaparecido toda, y que de toda quedase sólo aquel muchacho que trepa árbol arriba -precisamente porque trepa.
   Los brazos pueden ya ceñir el tronco: las manos se unen ya al otro lado. La cima está próxima y oscila como un péndulo invertido.
Todo el cielo azul se adensa por encima de la última hoja. El silencio cubre la respiración jadeante y el susurro del viento en las ramas. Es éste el gran día de la victoria.
   No recuerdo si el muchacho llegó a la cima del árbol. Una  niebla persistente cubre esa memoria. Pero tal vez sea mejor así: no haber alcanzado entonces el pináculo es una buena razón para seguir subiendo. Como un deber que nace de dentro y porque el sol aún va alto.

José Saramago


Doce cuentos peregrinos - García Marquez

LA SANTA


Veintidós años después volví a ver a Margarito Duarte. Apareció de pronto en una de las callecitas secretas del Trastévere, y me costó trabajo recono­cerlo a primera vista por su castellano difícil y su buen talante de romano antiguo. Tenía el cabello blanco y escaso, y no le quedaban rastros de la con­ducta lúgubre y las ropas funerarias de letrado an­dino con que había venido a Roma por primera vez, pero en el curso de la conversación fui rescatándolo poco a poco de las perfidias de sus años y volví a verlo como era: sigiloso, imprevisible, y de una tena­cidad de picapedrero. Antes de la segunda taza de café en uno de nuestros bares de otros tiempos, me atreví a hacerle la pregunta que me carcomía por dentro.
—¿Qué pasó con la santa?
—Ahí está la santa —me contestó—. Esperando.
Sólo el tenor Rafael Ribero Silva y yo podíamos entender la tremenda carga humana de su respuesta. Conocíamos tanto su drama, que durante años pen­sé que Margarito Duarte era el personaje en busca de autor que los novelistas esperamos durante toda una vida, y si nunca dejé que me encontrara fue porque el final de su historia me parecía inimagina­ble.
Había venido a Roma en aquella primavera ra­diante en que Pío XII padecía una crisis de hipo que ni las buenas ni las malas artes de médicos y hechi­ceros habían logrado remediar. Salía por primera vez de su escarpada aldea del Tolima, en los Andes co­lombianos, y se le notaba hasta en el modo de dor­mir. Se presentó una mañana en nuestro consulado con la maleta de pino lustrado que por la forma y el tamaño parecía el estuche de un violonchelo, y le planteó al cónsul el motivo sorprendente de su viaje. El cónsul llamó entonces por teléfono al tenor Ra­fael Ribero Silva, su compatriota, para que le consiguiera un cuarto en la pensión donde ambos vivía­mos. Así lo conocí.
Margarito Duarte no había pasado de la escuela primaria, pero su vocación por las bellas letras le había permitido una formación más amplia con la lectura apasionada de cuanto material impreso encontraba a su alcance. A los dieciocho años, siendo el escribano del municipio, se casó con una bella muchacha que murió poco después en el parto de la primera hija. Ésta, más bella aún que la madre, murió de una fiebre esencial a los siete años. Pero la verdadera historia de Margarito Duarte había empe­zado seis meses antes de su llegada a Roma, cuando hubo que mudar el cementerio de su pueblo para construir una represa. Como todos los habitantes de la región, Margarito desenterró los huesos de sus muertos para llevarlos al cementerio nuevo. La esposa era polvo. En la tumba contigua, por el con­trario, la niña seguía intacta después de once años. Tanto, que cuando destaparon la caja se sintió el vaho de las rosas frescas con que la habían enterra­do. Lo más asombroso, sin embargo, era que el cuer­po carecía de peso.
Centenares de curiosos atraídos por el clamor del milagro desbordaron la aldea. No había duda. La incorruptibilidad del cuerpo era un síntoma ine­quívoco de la santidad, y hasta el obispo de la diócesis estuvo de acuerdo en que semejante prodigio debía someterse al veredicto del Vaticano. De modo que se hizo una colecta pública para que Margarito Duarte viajara a Roma, a batallar por una causa que ya no era sólo suya ni del ámbito estrecho de su aldea, sino un asunto de la nación.
Mientras nos contaba su historia en la pensión del apacible barrio de Panoli, Margarito Duarte qui­tó el candado y abrió la tapa del baúl primoroso. Fue así como el tenor Ribero Silva y yo participa­mos del milagro. No parecía una momia marchita como las que se ven en tantos museos del mundo, sino una niña vestida de novia que siguiera dormida al cabo de una larga estancia bajo la tierra. La piel era tersa y tibia, y los ojos abiertos eran diáfanos, y causaban la impresión insoportable de que nos veían desde la muerte. El raso y los azahares falsos de la corona no habían resistido al rigor del tiempo con tan buena salud como la piel, pero las rosas que le habían puesto en las manos permanecían vivas. El peso del estuche de pino, en efecto, siguió siendo igual cuando sacamos el cuerpo.
Margarito Duarte empezó sus gestiones al día siguiente de la llegada. Al principio con una ayuda diplomática más compasiva que eficaz, y luego con cuantas artimañas se le ocurrieron para sortear los incontables obstáculos del Vaticano. Fue siempre muy reservado sobre sus diligencias, pero se sabía que eran numerosas e inútiles. Hacía contacto con cuantas congregaciones religiosas y fundaciones hu­manitarias encontraba a su paso, donde lo escucha­ban con atención pero sin asombro, y le prometían gestiones inmediatas que nunca culminaron. La ver­dad es que la época no era la más propicia. Todo lo que tuviera que ver con la Santa Sede había sido postergado hasta que el Papa superara la crisis de hipo, resistente no sólo a los más refinados recur­sos de la medicina académica, sino a toda clase de remedios mágicos que le mandaban del mundo en­tero.
Por fin, en el mes de julio, Pío XII se repuso y fue a sus vacaciones de verano en Castelgandolfo. Margarito llevó la santa a la primera audiencia se­manal con la esperanza de mostrársela. El Papa apa­reció en el patio interior, en un balcón tan bajo que Margarito pudo ver sus uñas bien pulidas y alcanzó a percibir su hálito de lavanda. Pero no circuló por entre los turistas que llegaban de todo el mundo para verlo, como Margarito esperaba, sino que pro­nunció el mismo discurso en seis idiomas y terminó con la bendición general.
Al cabo de tantos aplazamientos, Margarito de­cidió afrontar las cosas en persona, y llevó a la Se­cretaría de Estado una carta manuscrita de casi sesenta folios, de la cual no obtuvo respuesta. Él lo había previsto, pues el funcionario que la recibió con los formalismos de rigor apenas si se dignó dar­le una mirada oficial a la niña muerta, y los emplea­dos que pasaban cerca la miraban sin ningún interés. Uno de ellos le contó que el año anterior habían recibido más de ochocientas cartas que solicitaban la santificación de cadáveres intactos en distintos lu­gares del mundo. Margarito pidió por último que se comprobara la ingravidez del cuerpo. El funcionario la comprobó, pero se negó a admitirla.
—Debe ser un caso de sugestión colectiva —dijo.
En sus escasas horas libres y en los áridos do­mingos del verano, Margarito permanecía en su cuar­to, encarnizado en la lectura de cualquier libro que le pareciera de interés para su causa. A fines de cada mes, por iniciativa propia, escribía en un cuaderno escolar una relación minuciosa de sus gastos con su caligrafía preciosista de amanuense mayor, para ren­dir cuentas estrictas y oportunas a los contribuyen­tes de su pueblo. Antes de terminar el año conocía los dédalos de Roma como si hubiera nacido en ellos, hablaba un italiano fácil y de tan pocas palabras como su castellano andino, y sabía tanto como el que más sobre procesos de canonización. Pero pasó mucho más tiempo antes de que cambiara su vestido fúne­bre, y el chaleco y el sombrero de magistrado que en la Roma de la época eran propios de algunas sociedades secretas con fines inconfesables. Salía des­de muy temprano con el estuche de la santa, y a veces regresaba tarde en la noche, exhausto y triste, pero siempre con un rescoldo de luz que le infundía alientos nuevos para el día siguiente.
—Los santos viven en su tiempo propio —decía.
Yo estaba en Roma por primera vez, estudiando en el Centro Experimental de Cine, y viví su calva­rio con una intensidad inolvidable. La pensión don­de vivíamos era en realidad un apartamento moder­no a pocos pasos de la Villa Borghese, cuya dueña ocupaba dos alcobas y alquilaba cuatro a estudiantes extranjeros. La llamábamos María Bella, y era guapa y temperamental en la plenitud de su otoño, y siem­pre fiel a la norma sagrada de que cada quien es rey absoluto dentro de su cuarto. En realidad, la que llevaba el peso de la vida cotidiana era su hermana mayor, la tía Antonieta, un ángel sin alas que le trabajaba por horas durante el día, y andaba por todos lados con su balde y su escoba de jerga lus­trando más allá de lo posible los mármoles del piso. Fue ella quien nos enseñó a comer los pajaritos can­tores que cazaba Bartolino, su esposo, por un mal hábito que le quedó de la guerra, y quien terminaría por llevarse a Margarito a vivir en su casa cuando los recursos no le alcanzaron para los precios de María Bella.
Nada menos adecuado para el modo de ser de Margarito que aquella casa sin ley. Cada hora nos reservaba una novedad, hasta en la madrugada, cuan­do nos despertaba el rugido pavoroso del león en el zoológico de la Villa Borghese. El tenor Ribero Sil­va se había ganado el privilegio de que los romanos no se resintieran con sus ensayos tempraneros. Se levantaba a las seis, se daba su baño medicinal de agua helada y se arreglaba la barba y las cejas de Mefistófeles, y sólo cuando ya estaba listo con la bata de cuadros escoceses, la bufanda de seda china y su agua de colonia personal, se entregaba en cuerpo y alma a sus ejercicios de canto. Abría de par en par la ventana del cuarto, aun con las estrellas del in­vierno, y empezaba por calentar la voz con fraseos progresivos de grandes arias de amor, hasta que se soltaba a cantarla a plena voz. La expectativa diaria era que cuando daba el do de pecho le contestaba el león de la Villa Borghese con un rugido de tem­blor de tierra.
—Eres San Marcos reencarnado, figlio mío —ex­clamaba la tía Antonieta asombrada de veras—. Sólo él podía hablar con los leones.
Una mañana no fue el león el que le dio la ré­plica. El tenor inició el dueto de amor del Otello: Giánella notte densa s'estingue ogni clamor. De pronto, desde el fondo del patio, nos llegó la res­puesta en una hermosa voz de soprano. El tenor prosiguió, y las dos voces cantaron el trozo com­pleto, para solaz del vecindario que abrió las venta­nas para santificar sus casas con el torrente de aquel amor irresistible. El tenor estuvo a punto de desma­yarse cuando supo que su Desdémona invisible era nadie menos que la gran María Caniglia.
Tengo la impresión de que fue aquel episodio el que le dio un motivo válido a Margarito Duarte para integrarse a la vida de la casa. A partir de entonces se sentó con todos en la mesa común y no en la cocina, como al principio, donde la tía Antonieta lo complacía casi a diario con su guiso maestro de pajaritos cantores. María Bella nos leía de sobremesa los periódicos del día para acostumbrarnos a la fo­nética italiana, y completaba las noticias con una arbitrariedad y una gracia que nos alegraban la vida. Uno de esos días contó, a propósito de la santa, que en la ciudad de Palermo había un enorme museo con los cadáveres incorruptos de hombres, mujeres y niños, e inclusive de varios obispos, desenterrados de un mismo cementerio de los padres capuchinos. La noticia inquietó tanto a Margarito, que no tuvo un instante de paz hasta que fuimos a Palermo. Pero le bastó una mirada de paso por las abrumadoras galerías de momias sin gloria para formarse un juicio de consolación.
—No son el mismo caso —dijo—. A estos se les nota enseguida que están muertos.
Después del almuerzo Roma sucumbía en el so­por de agosto. El sol de medio día se quedaba in­móvil en el centro del cielo, y en el silencio de las dos de la tarde sólo se oía el rumor del agua, que es la voz natural de Roma. Pero hacia las siete de la noche las ventanas se abrían de golpe para convocar el aire fresco que empezaba a moverse, y una mu­chedumbre jubilosa se echaba a las calles sin ningún propósito distinto que el de vivir, en medio de los petardos de las motocicletas, los gritos de los ven­dedores de sandía y las canciones de amor entre las flores de las terrazas.
El tenor y yo no hacíamos la siesta, íbamos en su vespa, él conduciendo y yo en la parrilla, y les llevábamos helados y chocolates a las putitas de ve­rano que mariposeaban bajo los laureles centenarios de la Villa Borghese, en busca de turistas desvelados a pleno sol. Eran bellas, pobres y cariñosas, como la mayoría de las italianas de aquel tiempo, vestidas de organza azul, de popelina rosada, de lino verde, y se protegían del sol con las sombrillas apolilladas por las lluvias de la guerra reciente. Era un placer humano estar con ellas, porque saltaban por encima de las leyes del oficio y se daban el lujo de perder un buen cliente para irse con nosotros a tomar un café bien conversado en el bar de la esquina, o a pasear en las carrozas de alquiler por los senderos del parque, o a dolemos de los reyes destronados y sus amantes trágicas que cabalgaban al atardecer en el galoppatoio. Más de una vez les servíamos de intérpretes con algún gringo descarnado.
No fue por ellas que llevamos a Margarito Duarte a la Villa Borghese, sino para que conociera el león. Vivía en libertad en un islote desértico circun­dado por un foso profundo, y tan pronto como nos divisó en la otra orilla empezó a rugir con un desa­sosiego que sorprendió a su guardián. Los visitantes del parque acudieron sorprendidos. El tenor trató de identificarse con su do de pecho matinal, pero el león no le prestó atención. Parecía rugir hacia todos nosotros sin distinción, pero el vigilante se dio cuen­ta al instante de que sólo rugía por Margarito. Así fue: para donde él se moviera se movía el león, y tan pronto como se escondía dejaba de rugir. El vigilante, que era doctor en letras clásicas de la uni­versidad de Siena, pensó que Margarito debió estar ese día con otros leones que lo habían contaminado de su olor. Aparte de esa explicación, que era invá­lida, no se le ocurrió otra.
—En todo caso —dijo— no son rugidos de gue­rra sino de compasión.
Sin embargo, lo que impresionó al tenor Ribera Silva no fue aquel episodio sobrenatural, sino la con­moción de Margarito cuando se detuvieron a con­versar con las muchachas del parque. Lo comentó en la mesa, y unos por picardía, y otros por com­prensión, estuvimos de acuerdo en que sería una bue­na obra ayudar a Margarito a resolver su soledad. Conmovida por la debilidad de nuestros corazones, María Bella se apretó la pechuga de madraza bíblica con sus manos empedradas de anillos de fantasía.
—Yo lo haría por caridad —dijo—, si no fuera porque nunca he podido con los hombres que usan chaleco.

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