domingo, 1 de enero de 2012

Días y noches de amor y de guerra

ESA VIEJA ES UN PAÍS



1.
La última vez que la Abuela viajó a Buenos Aires llegó sin ningún diente, como un recién nacido. Yo hice como que no lo notaba. Graciela me había advertido, por teléfono, desde Montevideo: "Está muy preocupada. Me preguntó: ¿No me encontrará fea, Eduardo?"
La Abuela estaba hecha un pajarito. Los años iban pa­sando y la encogían.
Salimos abrazados del puerto.
Le propuse un taxi.
-No, no -le dije-. No es porque crea que te vas a can­sar. Yo sé que vos aguantas. Es que el hotel queda muy lejos, ¿entendés?
Pero ella quería caminar.
-Escúchame, Abuela -le dije-. Por aquí no vale la pena. El paisaje es feo. Ésta es una parte fea de Buenos Aires. Después, cuando hayas descansado, vamos a ir juntos a caminar por los parques.
Se detuvo, me miró de arriba a abajo. Me insultó. Y me preguntó, furiosa:
-¿Te crees que yo miro el paisaje, cuando camino con­tigo?
Se colgó de mí.
-Me siento agrandada -me dijo- bajo el ala tuya. Me preguntó: "¿Te acordás cuando me llevabas alzada, en el sanatorio, después de la operación?" Me habló del Uruguay, del silencio y del miedo.
-Está todo tan sucio. Está tan sucio todo.
Me habló de la muerte:
-Yo voy a reencarnar en un abrojo. O en un nieto o bisnieto tuyo, yo voy a aparecer.
-Pero, vieja -le dije-. Si usted va a vivir doscientos años. No me hable de la muerte, que usted tiene para mucho todavía.
-No seas perverso -me dijo.
Me dijo que estaba harta de su cuerpo.   
-Dos por tres le digo, a mi cuerpo: "No te soporto". Y él me contesta: "Y yo tampoco".
-Mira -me dijo, y se estiró el pellejo del brazo.
Me habló del viaje:
-¿Te acordás cuando te estaba matando la fiebre en Venezuela y yo me pasé la noche llorando, en Montevideo, sin saber por qué? Todos estos días yo le venía diciendo a Emma: "Eduardo no está tranquilo". Y me vine. Y ahora también pienso que no estás tranquilo.

2.
La Abuela estuvo unos días y se volvió a Montevideo. Al tiempo le escribí una carta. Le escribí que no se cuide, que no se aburra, que no se canse. Le dije que yo bien sé de dónde viene el barro con que me hicieron.
Y después me avisaron que había tenido un accidente.
La llamé por teléfono.
-Fue culpa mía -me dijo-. Me escapé y me fui cami­nando hasta la Universidad, por el mismo camino que antes hacía para verte. ¿Te acordás? Yo ya sé que no pue­do hacer eso. Cada vez que voy, me caigo. Llegué al pie de la escalera y dije, en voz alta: "Aroma del tiempo", que era el nombre del perfume que una vez me regalaste. Y en­tonces me caí. Me levantaron y me trajeron aquí. Creye­ron que me había roto algún hueso. Pero hoy, no bien me dejaron sola, me levanté de la cama y me escapé. Salí a la calle y dije: "Yo estoy bien viva y loca, como él me quiere".

Eduardo Galeano




Días y noches de amor y de guerra

EL SISTEMA


El torturador es un funcionario. El dictador es un fun­cionario. Burócratas armados, que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea. Eso, y nada más que eso. No son monstruos extraordinarios. No vamos a regalarles esa grandeza.

EL SISTEMA


Me viene a la cabeza algo que me contó, hace cinco o seis años, Miguel Littín. Él venía de filmar La tierra prometida en el valle de Ranquil, comarca pobre de Chile.
Los campesinos del lugar hacían de extras en las es­cenas de masas. Unos se representaban a sí mismos. Otros hacían el papel de soldados. Los soldados invadían el valle y a sangre y fuego arrancaban las tie­rras a los campesinos. La película era la crónica de la matanza.
Al tercer día, empezaron los problemas. Los cam­pesinos que vestían uniforme, andaban de a caballo y disparaban balas de fogueo se habían hecho arbi­trarios, mandones y violentos. Ellos acosaban a los otros campesinos después de cada jornada de filmación.

EL SISTEMA


Plan de exterminio: arrasar la hierba, arrancar de raíz hasta la última plantita todavía viva, regar la tierra con sal.
Después, matar la memoria de la hierba. Para coloni­zar las conciencias, suprimirlas; para suprimirlas, vaciarlas de pasado. Aniquilar todo testimonio de que en la co­marca hubo algo más que silencio, cárceles y tumbas.
Está prohibido recordar.
Se forman cuadrillas de presos. Por las noches, se les obliga a tapar con pintura blanca las frases de protesta que en otros tiempos cubrían los muros de la ciudad.
La lluvia, de tanto golpear los muros, va disolviendo la pintura blanca. Y reaparecen, poquito a poco, las porfia­das palabras.

Eduardo Galeano


  Antonio Berni - Chacareros

Días y noches de amor y de guerra

EL SISTEMA


Los científicos latinoamericanos emigran, los laboratorios y las universidades no tienen recursos, el know how indus­trial es siempre extranjero y se paga carísimo, pero, ¿por qué no reconocer un cierto mérito de creatividad en el desarrollo de una tecnología del terror?
Desde nuestras tierras, los dueños del poder hacen apor­tes universales al progreso de los métodos de torturas, las técnicas del asesinato de personas y de ideas, el cultivo del silencio, la multiplicación de la impotencia y la siem­bra del miedo.

EL SISTEMA


1.
Un famoso playboy latinoamericano fracasa en la cama de su amante. "Anoche bebí demasiado", se disculpa a la hora del desayuno. La segunda noche lo atribuye al cansancio. La tercera noche cambia de amante. A la semana va a consultar al médico. Al mes, cambia de médico. Tiem­po después, empieza a psicoanalizarse. Experiencias sumergidas o suprimidas van asomando, sesión tras sesión, a la superficie de la conciencia. Y recuerda:
1934. Guerra del Chaco. Seis soldados bolivianos, fu­gitivos del frente, deambulan por la puna. Son los so­brevivientes de un destacamento en derrota. Se arrastran por la estepa pelada sin ver un alma ni probar bocado. Este hombre es uno de esos hombres.
Una tarde descubren a una indiecita que conduce un rebaño de cabras. La persiguen, la voltean, la violan. Entran en ella uno tras otro.
Llega el turno de este hombre, que es el último. Al echarse sobre la india, advierte que ya no respira.
Los cinco soldados forman un círculo alrededor.
Le clavan los fusiles en la espalda.
Y entonces, entre el horror y la muerte, este hombre elige el horror.

2.
Coincide con mil y una historias de torturadores.
¿Quiénes torturan? ¿Cinco sádicos, diez tarados, quin­ce casos clínicos? Torturan los buenos padres de familia.
Los oficiales cumplen su horario y después ven televi­sión junto a sus hijos. Lo que es eficaz es bueno, enseña la máquina. La tortura es eficaz: arranca información, rompe conciencias, difunde el miedo. Nace y se desarrolla una complicidad de misa negra. Quien no torture será tortu­rado. La máquina no acepta inocentes ni testigos. ¿Quién se niega? ¿Quién puede conservar las manos limpias? El pequeño engranaje vomita la primera vez. La segunda vez aprieta los clientes. A la tercera se acostumbra y cumple con su deber. Pasa el tiempo y la medita del engranaje habla el lenguaje de la máquina: capucha, plantón, picana, submarino, cepo, caballete. La máquina exige disciplina. Los más dotados terminan por encontrarle el gustito.
Si son enfermos los torturadores, ¿qué decir del siste­ma que los hace necesarios?

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL SISTEMA


De cada cien niños que nacen vivos en Guatemala o Chile, mueren ocho. Mueren ocho, también, en los su­burbios populares de San Pablo, la ciudad más rica del Brasil. ¿Accidente o asesinato? Los criminales tienen las llaves de las cárceles. Ésta es una violencia sin tiros. No sirve para novelas policiales. Aparece, congelada, en las estadísticas, cuando aparece. Pero las guerras reales no siempre son las más espectaculares y bien se sabe que los relámpagos de los balazos han dejado a más de uno ciego y sordo.
La comida es más cara en Chile que en Estados Unidos; el salario mínimo, diez veces más bajo. La cuar­ta parte de los chilenos no recibe ningún ingreso y so­brevive de puro porfiada. Los taxistas de Santiago ya no compran dólares a los turistas: ahora ofrecen mucha­chas que harán el amor a cambio de una cena.
El consumo de zapatos se ha reducido en cinco veces, en el Uruguay, en los últimos veinte años. En los últimos siete, el consumo de leche, en Montevideo, cayó a la mi­tad.
Los presos de la necesidad, ¿cuántos son? ¿Es libre un hombre condenado a vivir persiguiendo el laburo y la comida? ¿Cuántos tienen el destino marcado en la frente desde el día en que se asoman al mundo y lloran por pri­mera vez? ¿A cuántos se niega el sol y la sal?

EL SISTEMA


La máquina acosa a los jóvenes: los encierra, los tortura, los mata. Ellos son la prueba viva de su impotencia. Los echa: los vende, carne humana, brazos baratos, al extranjero.
La máquina, estéril, odia todo lo que crece y se mueve. Sólo es capaz de multiplicar las cárceles y los cementerios. No puede producir otra cosa que presos y cadáveres, espías y policías, mendigos y desterrados.
Ser joven es un delito. La realidad lo comete todos los días, a la hora del alba; y también la historia, que cada ma­ñana nace de nuevo.
Por eso la realidad y la historia están prohibidas.


EL SISTEMA


Lo único libre son los precios. En nuestras tierras, Adam Smith necesita a Mussolini. Libertad de inversiones, li­bertad de precios, libertad de cambios: cuanto más libres andan los negocios, más presa está la gente. La prosperi­dad de pocos maldice a todos los demás. ¿Quién conoce una riqueza que sea inocente? En tiempos de crisis, ¿no se vuelven conservadores los liberales, y fascistas los conservadores? ¿Al servicio de quiénes cumplen su tarea los asesinos de personas y países?
Orlando Letelier escribió en The Nation que la eco­nomía no es neutral ni los técnicos tampoco. Dos semanas después, Letelier voló en pedazos en una calle de Washington. Las teorías de Milton Friedman implican para él el Premio Nobel; para los chilenos, implican a Pinochet. Un ministro de Economía declaraba en el Uruguay: "La desigualdad en la distribución de la renta es la que genera el ahorro." Al mismo tiempo, confesaba que le ho­rrorizaban las torturas. ¿Cómo salvar esa desigualdad si no es a golpes de picana eléctrica? La derecha ama las ideas generales. Al generalizar, absuelve.

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL SISTEMA


Era el cumpleaños del padre de Karl. Por una vez le die­ron permiso para quedarse con la gente grande después de la cena. Él permaneció sentado en un rincón, calladito, mirando a los amigos y parientes que bebían y charla­ban. Al levantarse, Karl chocó con una mesa y tiró al suelo una copa de vino blanco.
-No es nada -dijo el padre.
La madre barrió los vidrios y limpió el piso con un trapo. El padre acompañó a Karl a su dormitorio y le dijo:
-A las once, cuando se hayan ido los invitados, te pe­garé.
Durante más de dos horas, desde la cama, Karl estuvo pendiente de las voces y del paso de los minutos.
A las once en punto de la noche llegó el padre, se sacó el cinturón y lo azotó.
-Lo hago por tu bien, para que aprendas -dijo el padre, como siempre decía, mientras Karl lloraba, desnudo, con la cabeza enterrada en la almohada.
Hace algunos años, Karl me contó, en Montevideo, esta historia de su infancia en Alemania.

EL SISTEMA


No se agota en la lista de torturados, asesinados y desaparecidos la denuncia de los crímenes de una dictadura. La máquina te amaestra para el egoísmo y la mentira. La solidaridad es un delito. Para salvarte, enseña la máquina, tenés que hacerte hipócrita y jodedor. Quien esta noche te besa, mañana te ven­derá. Cada gauchada genera una venganza. Si decís lo que pensás, te revientan; y nadie merece el ries­go. ¿No desea el obrero desocupado, secretamente, que la fábrica eche a otro para ocupar su puesto? ¿No es el prójimo un competidor y un enemigo? Hace poco, en Montevideo, un gurí pidió a su madre que lo llevase de vuelta al sanatorio, porque quería desnacer.
Sin una gota de sangre, sin una lágrima siquiera, se ejecuta la cotidiana matanza de lo mejor que cada uno tiene dentro de sí. Victoria de la máquina: la gente tiene miedo de hablar y de mirarse. Que nadie se encuentre con nadie. Cuando alguien te mira y te sostiene la mirada, pensás: "Me va a joder". El gerente dice al empleado, que era su amigo:
-Te tuve que denunciar. Pidieron las listas. Había que dar algún nombre. Perdóname, si podes.
De cada treinta uruguayos, uno tiene la función de vigilar, perseguir y castigar a los demás. No hay trabajo fuera de los cuarteles y las comisarías; y en todo caso, para conservar el empleo es imprescindi­ble el certificado de fe democrática que extiende la policía. Se exige a los estudiantes que denuncien a sus compañeros, se exhorta a los niños a denunciar a sus maestros. En la Argentina, la televisión pregun­ta: "¿Sabe usted lo que está haciendo su hijo en este momento?"
¿Por qué no figura en la crónica roja el asesinato del alma por envenenamiento?

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL SISTEMA


Medio millón de uruguayos fuera del país. Un millón de paraguayos, medio millón de chilenos. Los barcos zarpan repletos de muchachos que huyen de la prisión, la fosa del hambre. Estar vivo es un peligro; pensar, un pecado; comer, un milagro.
Pero, ¿cuántos son los desterrados dentro de las fronte­ras del propio país? ¿Qué estadística registra a los conde­nados a la resignación y al silencio? El crimen de la esperanza, ¿no es peor que el crimen de las personas?
La dictadura es una costumbre de la infamia: una máqui­na que te hace sordo y mudo, incapaz de escuchar, impoten­te de decir y ciego de lo que está prohibido mirar.
El primer muerto por torturas desencadenó, en el Bra­sil, en 1964, un escándalo nacional. El muerto por tortu­ras número diez apenas si apareció en los diarios. El nú­mero cincuenta fue aceptado como "normal".
La máquina enseña a aceptar el horror, como se acepta el frío en invierno.

EL SISTEMA


Los encapuchados se reconocen por las toses.
Masacran a alguien durante un mes y después dicen a lo que queda de él: "Fue un error". Cuando sale, ha perdi­do el trabajo. También los documentos.
Por leer o decir una frase dudosa, un maestro o profe­sor puede ser destituido; y se queda sin empleo si lo detie­nen, aunque sea por una hora y por error.
A los uruguayos que canten con cierto énfasis, en una ceremonia pública, la estrofa del himno nacional que dice: ¡Tiranos temblad!, se les aplica la ley que condena "el ataque a la moral de las Fuerzas Armadas": dieciocho meses a seis años de prisión. Por garabatear en un muro Viva la libertad o arrojar un volante en la calle, un hombre ha de pasar en la cárcel, si sobrevive a la tortura, buena parte de su vida. Si no sobrevive, el certificado de defunción dirá que pretendió huir, dando un traspié y precipitándo­se al vacío, o que se ahorcó, o que ha fallecido víctima de un ataque de asma. No habrá autopsia.
Se inaugura una cárcel por mes. Es lo que los econo­mistas llaman Plan de Desarrollo.
Pero, ¿y las jaulas invisibles? ¿En qué informe oficial o denuncia de oposición figuran, los presos del miedo? Mie­do a perder el trabajo, miedo a no encontrarlo, miedo de hablar, miedo de escuchar, miedo de leer. En el país del silencio, se puede terminar en un campo de concentra­ción por culpa del brillo de la mirada. No es necesario echar a un funcionario: alcanza con hacerle saber que puede ser destituido sin sumario y que nadie le dará nun­ca empleo. La censura triunfa de verdad cuando cada ciu­dadano se convierte en el implacable censor de sus pro­pios actos y palabras.
La dictadura convierte en cárceles los cuarteles y las comisarías, los vagones abandonados, los barcos en desu­so. ¿No convierte también en cárcel la casa de cada uno?

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL SISTEMA


que programa la computadora que alarma al banque­ro que alerta al embajador que cena con el general que emplaza al presidente que intima al ministro que amenaza al director general que humilla al gerente que grita al jefe que prepotea al empleado que desprecia al obrero que maltrata a la mujer que golpea al hijo que patea al perro.

EL SISTEMA


Caminamos por las ramblas de Barcelona, frescos túneles del verano, y nos acercamos a un quiosco de venta de pajaritos.
Hay jaulas de muchos y jaulas de a uno. Adoum me explica que a las jaulas de a uno les ponen un espejito, para que los pájaros no sepan que están solos.
Después, en el almuerzo, Guayasamín cuenta cosas de New York. Dice que allá ha visto hombres bebiendo solos en los mostradores. Que tras la hilera de botellas hay un espejo y que a veces, bien entrada la noche, los hombres arrojan el vaso y el espejo vuela en pedazos.

EL SISTEMA


Quien está contra ella, enseña la máquina, es enemigo del país. Quien denuncia la injusticia, comete delito de lesa patria.
Yo soy el país, dice la máquina. Este campo de concen­tración es el país: este pudridero, este inmenso baldío va­cío de hombres.
Quien crea que la patria es una casa de todos, será hijo de nadie.

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

 Yo tenía catorce o quince años. Era mensajero en un ban­co. Pasaba las tardes subiendo y bajando escaleras con montañas de expedientes en los brazos. Me quedaba parado en un rincón, como un soldadito, pendiente de los timbres, las luces o las voces.
El directorio del banco se reunía los viernes, en la plan­ta alta. Durante las reuniones, los directores se hacían ser­vir café varias veces. Yo corría a la cocina a calentar el café. Si no había testigos lo hervía, para darles diarrea.
Un viernes entré con la bandeja, como siempre, y encontré la gran sala vacía. En la mesa de caoba, bien orde­nadas, las carpetas con los nombres de cada director, y alre­dedor las sillas sin nadie. Sólo el señor Alcorta estaba senta­do en su sitio. Le ofrecí café y no me contestó. Se había puesto los lentes y leía un papel. Lo leyó muchas veces. Quieto a sus espaldas, yo le miraba los rollitos rosados de la nuca y le contaba las pecas de las manos. La carta era el texto de su renuncia. La firmó, se sacó los lentes y se quedó sentado, con las manos en los bolsillos, mirando el vacío. Tosí. Después volví a toser; pero yo no existía. La bandeja repleta de pocillos de café me acalambraba los brazos.
Cuando volví, para recoger las carpetas y llevarlas a Se­cretaría, el señor Alcorta se había ido. Tranqué la puerta y abrí las carpetas, como hacía siempre, una por una. En cada carpeta había una carta de renuncia igual a la que el señor Alcorta había leído y releído y firmado. Todas las cartas estaban firmadas.
El martes siguiente el directorio celebró una reunión extraordinaria. El señor Alcorta no recibió la citación. Los directores resolvieron, por unanimidad, primero: retirar las renuncias presentadas el pasado viernes; y segundo: aceptar la renuncia del señor Alcorta, agrade­ciéndole los servicios prestados y lamentando que nuevas obligaciones reclamen el concurso de su capacidad invalorable.
Yo leí las resoluciones en el libro de actas, cuando me mandaron subirlo a Gerencia General.

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


Robaste una cala del florero. Le respiraste hondamente el olor. Atravesaste el patio y los hervores del verano, a pasitos lentos, con la alta flor alzada en el puño. Las bal­dosas frescas del patio eran una alegría de los pies des­calzos.
Llegaste al chorro de agua. Para abrirlo, te subiste a un banquito. El agua caía sobre la flor y tus manos y vos sen­tías que el agua se iba deslizando por toda tu piel y cerraste los ojos, mareada de placer inexplicable, y entonces pasó un siglo.
-Se me cayeron los pensamientos, mamá- explicaste des­pués, señalando la rejilla del piso. -Se me cayeron y se fueron por ahí.

Eduardo Galeano


Días y noches de amor y de guerra

EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


Todos los días -cuenta Freddy- yo lo ayudo a preparar las tiritas de plastilina que él usa para escribir. Papel y lápiz no usa. Él escribe grabando signos en la plastilina. Yo no puedo leer lo que él escribe. Lo que él escribe no se lee con los ojos. Se lee con los dedos.
Con él aprendí a sentir una hoja. Yo no sabía. Él me enseñó. Cerra los ojos, me dijo. Con paciencia me enseñó a sentir una hoja de árbol con los dedos. Me llevó tiempo aprender porque yo no tenía la costumbre. Ahora me gusta acariciar las hojas, que los dedos resbalen por el lado de arriba, tan liso que es, sentir la pelusita de abajo y los hilitos como venas que la hoja tiene adentro.
El otro día trajeron a la escuela un león recién nacido. Nadie pudo tocarlo. Solamente a él lo dejaron. Y des­pués yo le pedí:
-Vos, que pudiste tocarlo, decime cómo era el cacho­rro.
-Era calentito -me dijo-. Era suave. Y me pidió:
-Vos, que pudiste verlo, ¿cómo era? Yo le dije que era amarillo.
-¿Amarillo? ¿Cómo es el amarillo, Freddy?
-Como el calor del sol -le dije.


EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


Cuando era chica, Mónica no quería salir por las noches, para no pisar a los pobres caracoles. Además, tenía miedo del reguero de sangre que venía de un camión abandonado en la carretera y se perdía campo adentro, entre los yuyos.
Mónica se enamoró del hijo del panadero, que era un forajido y todas las madres lo odiaban. Ella lo miraba de reojo mientras cantaban el himno nacional, a la hora de entrar a clase. Después rompían fila y ella chocaba, pum, contra el busto de bronce de Artigas.
De chica, Mónica quería ser bailarina de cabaret. Quería andar con plumas de colores en la cola y sentirse pájara y volar y pecar.
Nunca pudo.
Años después, Mónica fue una de las pocas personas que atravesó, sin secarse ni romperse, las pruebas del ho­rror. Me gustaba escucharla. Mónica Lacoste y su compañero eran vecinos míos en Buenos Aires; y la casa de ellos estaba siempre llena de uruguayos.
Un mediodía la acompañé al mercado. El mercado, que funcionaba en la antigua estación del ferrocarril, era una fiesta de aromas y colores y pregones: Déme tomates, tres, más bien maduritos. Cebolla, cuánto será, mira qué linda lechuga, ponga ahí, y déme otra más grande, ah, ajo y perejil, ¿morrones no tiene?, cómo que no, y qué morrones, pimientos verdes le recomiendo; cancha, cancha, por favor, el que no trabaja que se tome el barco por favor.
Mónica se puso un par de rabanitos en el pelo y sonreía a todo el mundo.
Volvíamos cargados de bolsas y paquetes.
Pancho, el hijo de Mónica, se nos quedaba atrás, parali­zado por alguna maravilla de la calle, como ser la balaustra­da de un balcón, una vidriera, una puerta de hierro, una paloma comiendo. Se quedaba con la boca abierta por el asombro del mundo y había que volver a buscarlo.
-Vamos, Pancho -le dije; y él me pidió que le comprara un fantasma chiquito.
Después se adelantó corriendo a saludar al diariero, y le ofreció un maní. El diariero le dijo que no.
"¿Por qué no le acepta?", lo increpé. El diariero bajó la cabeza y confesó:
-Tengo alergia.

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


Todos los días -cuenta Freddy- yo lo ayudo a preparar las tiritas de plastilina que él usa para escribir. Papel y lápiz no usa. Él escribe grabando signos en la plastilina. Yo no puedo leer lo que él escribe. Lo que él escribe no se lee con los ojos. Se lee con los dedos.
Con él aprendí a sentir una hoja. Yo no sabía. Él me enseñó. Cerra los ojos, me dijo. Con paciencia me enseñó a sentir una hoja de árbol con los dedos. Me llevó tiempo aprender porque yo no tenía la costumbre. Ahora me gusta acariciar las hojas, que los dedos resbalen por el lado de arriba, tan liso que es, sentir la pelusita de abajo y los hilitos como venas que la hoja tiene adentro.
El otro día trajeron a la escuela un león recién nacido. Nadie pudo tocarlo. Solamente a él lo dejaron. Y des­pués yo le pedí:
-Vos, que pudiste tocarlo, decime cómo era el cacho­rro.
-Era calentito -me dijo-. Era suave. Y me pidió:
-Vos, que pudiste verlo, ¿cómo era? Yo le dije que era amarillo.
-¿Amarillo? ¿Cómo es el amarillo, Freddy?
-Como el calor del sol -le dije.


EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


Cuando era chica, Mónica no quería salir por las noches, para no pisar a los pobres caracoles. Además, tenía miedo del reguero de sangre que venía de un camión abandonado en la carretera y se perdía campo adentro, entre los yuyos.
Mónica se enamoró del hijo del panadero, que era un forajido y todas las madres lo odiaban. Ella lo miraba de reojo mientras cantaban el himno nacional, a la hora de entrar a clase. Después rompían fila y ella chocaba, pum, contra el busto de bronce de Artigas.
De chica, Mónica quería ser bailarina de cabaret. Quería andar con plumas de colores en la cola y sentirse pájara y volar y pecar.
Nunca pudo.
Años después, Mónica fue una de las pocas personas que atravesó, sin secarse ni romperse, las pruebas del ho­rror. Me gustaba escucharla. Mónica Lacoste y su compañero eran vecinos míos en Buenos Aires; y la casa de ellos estaba siempre llena de uruguayos.
Un mediodía la acompañé al mercado. El mercado, que funcionaba en la antigua estación del ferrocarril, era una fiesta de aromas y colores y pregones: Déme tomates, tres, más bien maduritos. Cebolla, cuánto será, mira qué linda lechuga, ponga ahí, y déme otra más grande, ah, ajo y perejil, ¿morrones no tiene?, cómo que no, y qué morrones, pimientos verdes le recomiendo; cancha, cancha, por favor, el que no trabaja que se tome el barco por favor.
Mónica se puso un par de rabanitos en el pelo y sonreía a todo el mundo.
Volvíamos cargados de bolsas y paquetes.
Pancho, el hijo de Mónica, se nos quedaba atrás, parali­zado por alguna maravilla de la calle, como ser la balaustra­da de un balcón, una vidriera, una puerta de hierro, una paloma comiendo. Se quedaba con la boca abierta por el asombro del mundo y había que volver a buscarlo.
-Vamos, Pancho -le dije; y él me pidió que le comprara un fantasma chiquito.
Después se adelantó corriendo a saludar al diariero, y le ofreció un maní. El diariero le dijo que no.
"¿Por qué no le acepta?", lo increpé. El diariero bajó la cabeza y confesó:
-Tengo alergia.

Eduardo Galeano

Días y noches de amor y de guerra

EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


Valeria pide a su padre que dé vuelta el disco. Le explica que Arroz con leche vive al otro lado.
Diego conversa con su compañero de adentro, que se llama Andrés y viene a ser el esqueleto.
Fanny cuenta que hoy se ahogó con su amiga en el río de la escuela, que es muy hondo, y que desde allá abajo era todo transparente y veían los pies de la gente grande, las suelas de los zapatos.
Claudio atrapa un dedo de Alejandra, le dice: "Préstame el dedo" y lo hunde en el tarro de leche sobre la hornalla, porque quiere saber si no está demasiado caliente.
Desde el cuarto, Florencia me llama y me pregunta si soy capaz de tocarme la nariz con el labio de abajo.
Sebastián propone que nos escapemos en un avión, pero me advierte que hay que tener cuidado con los serámofos y la hécile.
Mariana, en la terraza, empuja la pared, que es su modo de ayudar a la tierra a que gire.
Patricio sostiene un fósforo encendido entre los dedos y su hijo sopla y sopla la llamita que no se apagará jamás.

EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA


En clase, Elsa y Ale se sentaban juntas. En los recreos ca­minaban por el patio tomadas de la mano. Compartían los deberes y los secretos, las travesuras.
Una mañana, Elsa dijo que había hablado con su abue­la muerta.
Desde entonces, la abuela les mandó mensajes con fre­cuencia. Cada vez que Elsa hundía la cabeza en el agua, escuchaba la voz de la abuela.
Al tiempo, Elsa anunció:
-Dice la abuela que vamos a volar.
Lo intentaron en el patio de la escuela y en la calle. Corrían en círculos o en línea recta, hasta caer extenua­das. Se dieron unos cuantos porrazos desde los pretiles.
Elsa sumergió la cabeza y la abuela le dijo:
-Van a volar en el verano.
Llegaron las vacaciones. Las familias viajaron a balnea­rios diferentes.
A fines de febrero, Elsa volvía con sus padres a Buenos Aires. Ella hizo detener el coche ante una casa que no había visto nunca.
Ale abrió la puerta.
-¿Volaste? -preguntó Elsa.
-No -dijo Ale.
-Yo tampoco -dijo Elsa. Se abrazaron llorando.

Eduardo Galeano

sábado, 31 de diciembre de 2011

Todo cambia - Mercedes Sosa

Mercedes Sosa y Violeta Parra

Honrar la vida - Mercedes Sosa

La memoria - Gieco - Heredia - Sosa

"Sur" - Goyeneche

Balada para un loco - Amelita Baltar / Astor Piazzola

"Latinoamérica" - Calle 13

Crece desde el pie - Alfredo Zitarrosa

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