domingo, 29 de enero de 2012

La duquesa y el joyero - Virginia Woolf



Oliver Bacon vivía en lo alto de una casa junto a Green Park. Tenía un departamento; las sillas estaban colocadas de manera que el asiento quedaba perfectamente orientado, sillas forradas en piel. Los sofás llenaban los miradores de las ventanas, sofás forrados con tapicería. Las ventanas, tres alargadas ventanas, estaban debidamente provistas de discretos visillos y cortinas de satén. El aparador de caoba ocupaba un discreto espacio, y contenía los brandys, los whiskys y los licores que debía contener. Y, desde la ventana central, Oliver Bacon contemplaba las relucientes techumbres de los elegantes automóviles que atestaban los atestados vericuetos de Piccadilly. Difícilmente podía imaginarse una posición más céntrica. Y a las ocho de la mañana le servían el desayuno en bandeja; se lo servía un criado; el criado desplegaba la bata carmesí de Oliver Bacon; él abría las cartas con sus largas y puntiagudas uñas, y extraía gruesas cartulinas blancas de invitación, en las que sobresalían de manera destacada los nombres de duquesas, condesas, vizcondesas y honorables damas. Después Oliver Bacon se aseaba; después se comía las tostadas; después leía el periódico a la brillante luz de la electricidad.
Dirigiéndose a sí mismo, decía: «Hay que ver, Oliver... Tú que comenzaste a vivir en una sucia calleja, tú que...», y bajaba la vista a sus piernas, tan elegantes, enfundadas en los perfectos pantalones, y a sus botas, y a sus polainas. Todo era elegante, reluciente, del mejor paño, cortado por las mejores tijeras de Savile Row. Pero a menudo Oliver Bacon se desmantelaba y volvía a ser un muchacho en una oscura calleja. En cierta ocasión pensó en la cumbre de sus ambiciones: vender perros robados a elegantes señoras en Whitechapel. Y lo hizo. «Oh, Oliver», gimió su madre. «¡Oh, Oliver! ¿Cuándo sentarás cabeza?»... Después Oliver se puso detrás de un mostrador; vendió relojes baratos; después transportó una cartera de bolsillo a Ámsterdam... Al recordarlo, solía reír por lo bajo... el viejo Oliver evocando al joven Oliver. Sí, hizo un buen negocio con los tres diamantes, y también hubo la comisión de la esmeralda. Después de esto, pasó al despacho privado, en la trastienda de Hatton Garden; el despacho con la balanza, la caja fuerte, las gruesas lupas. Y después... y después... Rió por lo bajo. Cuando Oliver pasaba por entre los grupitos de joyeros, en los cálidos atardeceres, que hablaban de precios, de minas de oro, de diamantes y de informes de África del Sur, siempre había alguno que se ponía un dedo sobre la parte lateral de la nariz y murmuraba «hum-m-m», cuando Oliver pasaba. No era más que un murmullo, no era más que un golpecito en el hombro, que un dedo en la nariz, que un zumbido que recorría los grupitos de joyeros en Hatton Garden, un cálido atardecer ¡Hacía muchos años...! Pero Oliver todavía lo sentía recorriéndole el espinazo, todavía sentía el codazo, el murmullo que significaba: «Mírenlo -el joven Oliver, el joven joyero- ahí va.» Y realmente era joven entonces. Y comenzó a vestir mejor y mejor; y tuvo, primero, un cabriolé; después un automóvil; y primero fue a platea y después a palco. Y tenía una villa en Richmond, junto al río, con rosales de rosas rojas; y Mademoiselle solía cortar una rosa todas las mañanas, y se la ponía en el ojal, a Oliver.
-Vaya -dijo Oliver, mientras se ponía en pie y estiraba las piernas-. Vaya...
Y quedó en pie bajo el retrato de una vieja señora, encima de la chimenea, y levantó las manos.
-He cumplido mi palabra -dijo juntando las palmas de las manos, como si rindiera homenaje a la señora-. He ganado la apuesta.
Y no mentía; era el joyero más rico de Inglaterra; pero su nariz, larga y flexible, como la trompa de un elefante, parecía decir mediante el curioso temblor de las aletas (aunque se tenía la impresión de que la nariz entera temblara, y no sólo las aletas) que todavía no estaba satisfecho, todavía olía algo, bajo la tierra, un poco más allá. Imaginemos a un gigantesco cerdo en un terreno fecundo en trufas; después de desenterrar esta trufa y aquella otra, todavía huele otra mayor, más negra, bajo la tierra, un poco más allá. De igual manera, Oliver siempre husmeaba en la rica tierra de Mayfair otra trufa, más negra, más grande, un poco más allá.
Ahora rectificó la posición de la perla de la corbata, se enfundó en su elegante abrigo azul, y cogió los guantes amarillos y el bastón. Balanceándose, bajó la escalera, y en el momento de salir a Piccadilly, medio resopló, medio suspiró, por su larga y aguda nariz. Ya que, ¿acaso no era todavía un hombre triste, un hombre insatisfecho, un hombre que busca algo oculto, a pesar de que había ganado la apuesta?
Siempre se balanceaba un poco al caminar, igual que el camello del zoológico se balancea a uno y otro lado, cuando camina por entre los senderos de asfalto, atestados de tenderos acompañados por sus esposas, que comen el contenido de bolsas de papel y arrojan al sendero porcioncillas de papel de plata. El camello desprecia a los tenderos; el camello no está contento de su suerte; el camello ve el lago azul, y la orla de palmeras a su alrededor. De igual manera el gran joyero, el más grande joyero del mundo entero, avanzaba balanceándose por Piccadilly, perfectamente vestido, con sus guantes, con su bastón, pero todavía descontento, hasta que llegó a la oscura tiendecilla que era famosa en Francia, en Alemania, en Austria, en Italia, y en toda América: la oscura tiendecilla en la Calle Bond.
Como de costumbre, cruzó la tienda sin decir palabra, a pesar de que los cuatro hombres, los dos mayores, Marshall y Spencer, y los dos jóvenes, Hammond y Wicks, se irguieron y le miraron, con envidia. Sólo por el medio de agitar un dedo, enfundado en guante de color de ámbar, dio Oliver a entender que se había dado cuenta de la presencia de los cuatro. Y entró y cerró tras sí la puerta de su despacho privado.
A continuación, abrió la cerradura de las rejas que protegían la ventana. Entraron los gritos de la Calle Bond; entró el distante murmullo del tránsito. La luz reflejada en la parte trasera de la tienda se proyectaba hacia lo alto. Un árbol agitó seis hojas verdes, porque corría el mes de junio. Pero Mademoiselle se había casado con el señor Pedder, de la destilería de la localidad, y ahora nadie le ponía a Oliver rosas en el ojal.
-Vaya -medio suspiró, medio resopló- vaya...
Entonces oprimió un resorte en la pared, y los paneles de madera resbalaron lentamente a un lado, revelando, detrás, las cajas fuertes de acero, cinco, no, seis, todas ellas de bruñido acero. Dio la vuelta a una llave; abrió una; luego otra. Todas ellas estaban forradas con grueso terciopelo carmesí, y en todas reposaban joyas: pulseras, collares, anillos, tiaras, coronas ducales, piedras sueltas en cajitas de cristal, rubíes, esmeraldas, perlas, diamantes. Todas seguras, relucientes, frías pero ardiendo, eternamente, con su propia luz comprimida.
-¡Lágrimas! -dijo Oliver contemplando las perlas.
-¡Sangre del corazón! -dijo mirando los rubíes.
-¡Pólvora! -prosiguió, revolviendo los diamantes de manera que lanzaron destellos y llamas.
-Pólvora suficiente para volar Mayfair hasta las nubes, y más arriba, más arriba, más arriba-. Y lo dijo echando la cabeza atrás y emitiendo sonidos como los del relincho del caballo.
El teléfono emitió un zumbido de untuosa cortesía, en voz baja, en sordina, sobre la mesa. Oliver cerró la caja de caudales.
-Dentro de diez minutos -dijo-. Ni un minuto antes.
Se sentó detrás del escritorio y contempló las cabezas de los emperadores romanos grabadas en los gemelos de la camisa. Una vez más se desmanteló y otra vez volvió a ser el muchachuelo que jugaba a canicas, en la calleja donde se venden perros robados, los domingos. Se transformó en aquel voluntarioso y astuto muchachito, con labios rojos como cerezas húmedas. Metía los dedos en montones de tripa; los hundía en sartenes llenas de pescado frito; escabullándose salía y penetraba en multitudes. Era flaco, ágil, con ojos como piedras pulidas. Y ahora... ahora... las saetas del reloj seguían avanzando al son del tic-tac, uno, dos, tres, cuatro... La duquesa de Lambourne esperaba por el placer de Oliver; la duquesa de Lambourne, hija de cien vizcondes. Esperaría durante diez minutos, en una silla junto al mostrador. Esperaría, por placer de Oliver. Esperaría hasta que Oliver quisiera recibirla. Oliver contemplaba el reloj alojado en su caja forrada de cuero. La saeta avanzaba. Con cada uno de sus tic-tacs, el reloj entregaba a Oliver -esto parecía- paté de foie gras, una copa de champaña, otra de brandy viejo, un cigarro que valía una guinea. El reloj lo iba dejando todo sobre la mesa, a su lado, mientras transcurrían los diez minutos. Entonces oyó suaves y lentos pasos acercándose; un rumor en el pasillo. Se abrió la puerta. El señor Hammond quedó pegado a la pared.
El señor Hammond anunció:
-¡Su gracia, la Duquesa!
Y esperó allí, pegado a la pared.
Y Oliver, al ponerse en pie, oyó el rumor del vestido de la Duquesa, que se acercaba por el pasillo. Después la Duquesa se cernió sobre él, ocupando el vano de la puerta por entero, llenando el cuarto con el aroma, el prestigio, la arrogancia, la pompa, el orgullo de todos los duques y de todas las duquesas, alzados en una sola ola. Y, de la misma forma que rompe una ola, la Duquesa rompió, al sentarse, avanzando y salpicando, cayendo sobre Oliver Bacon, el gran joyero, y cubriéndolo de vivos y destellantes colores, verde, rosado, violeta; y de olores; y de iridiscencias; centellas saltaban de los dedos, se desprendían de las plumas, rebrillaban en la seda; ya que la Duquesa era muy corpulenta, muy gorda, prietamente enfundada en tafetán de color de rosa, y pasada ya la flor de la edad. De la misma manera que una sombrilla con muchas varillas, que un pavo real con muchas plumas, cierra las varillas, pliega las plumas, la Duquesa se apaciguó, se replegó, en el momento de hundirse en el sillón de cuero.
-Buenos días, señor Bacon -dijo la Duquesa. Y alargó la mano que había salido por el corte rectilíneo de su blanco guante. Y Oliver se inclinó profundamente al estrechar la mano. En el instante en que sus manos se tocaron volvió a formarse una vez más el vínculo que les unía. Eran amigos, y, al mismo tiempo, enemigos; él era amo, ella era ama; cada cual engañaba al otro, cada cual necesitaba al otro, cada cual temía al otro, cada cual sabía lo anterior, y se daba cuenta de ello siempre que sus manos se tocaban, en el cuartito de la trastienda, con la blanca luz fuera, y el árbol con sus seis hojas, y el sonido de la calle a lo lejos, y las cajas fuertes a espaldas de los dos.
-Ah, Duquesa, ¿en qué puedo servirla hoy? -dijo Oliver en voz baja.
La Duquesa le abrió su corazón, su corazón privado, de par en par. Y, con un suspiro, aunque sin palabras, extrajo del bolso una alargada bolsa de cuero, que parecía un flaco hurón amarillo. Y por la apertura de la barriga del hurón, la Duquesa dejó caer perlas, diez perlas. Rodando cayeron por la apertura de la barriga del hurón -una, dos, tres, cuatro-, como huevos de un pájaro celestial.
-Son cuanto me queda, mi querido señor Bacon -gimió la Duquesa-. Cinco, seis, siete... rodando cayeron por las pendientes de las vastas montañas cuyas laderas se hundían entre las rodillas de la Duquesa, hasta llegar a un estrecho valle, la octava, la nona, y la décima. Y allí quedaron, en el resplandor del tafetán del color de la flor del melocotón. Diez perlas.
-Del cinto de los Appleby -dijo dolida la Duquesa-. Las últimas... Cuantas quedaban...
Oliver se inclinó y cogió una perla entre índice y pulgar. Era redonda, era reluciente. Pero, ¿era auténtica o falsa? ¿Volvía la Duquesa a mentirle? ¿Sería capaz de hacerlo otra vez?
La Duquesa se llevó un dedo rollizo a los labios.
-Si el Duque lo supiera... -murmuró-. Querido señor Bacon, una racha de mala suerte...
¿Había vuelto a jugar, realmente?
-¡Ese villano! ¡Ese sinvergüenza! -dijo la Duquesa entre dientes.
¿El hombre con el pómulo partido? Mal bicho, ciertamente. Y el Duque, que era recto como una vara, con sus patillas, la dejaría sin un céntimo, la encerraría allá abajo... Qué sé yo, pensó Oliver, y dirigió una mirada a la caja de caudales.
-Araminta, Daphne, Diana -gimió la Duquesa-. Es para ellas.
Las damas Araminta, Daphne y Diana, las hijas de la Duquesa. Oliver las conocía; las adoraba. Pero Diana era aquella a la que amaba.
-Sabe usted todos mis secretos -dijo la Duquesa mirando de soslayo a Oliver. Lágrimas resbalaron; lágrimas cayeron; lágrimas como diamantes, que se cubrieron de polvo en las veredas de las mejillas de la Duquesa, del color de la flor del cerezo.
-Viejo amigo -murmuró la Duquesa- viejo amigo.
-Viejo amigo -repitió Oliver- viejo amigo-, como si lamiera las palabras.
-¿Cuánto? -preguntó Oliver.
La Duquesa cubrió las perlas con la mano.
-Veinte mil -murmuró la Duquesa.
Pero, ¿era auténtica o falsa, aquella perla que Oliver tenía en la mano? El cinto de los Appleby, ¿pero es que no lo había vendido ya la Duquesa? Llamaría a Spencer o a Hammond.
-Tenga y haga la prueba de autenticidad -diría Oliver. Se inclinó hacia el timbre.
-¿Vendrá mañana? -preguntó la Duquesa en tono de encarecida invitación, interrumpiendo así a Oliver-. El Primer Ministro... Su Alteza Real... -La Duquesa se calló-. Y Diana... -añadió.
Oliver alejó la mano del timbre.
Miró por encima del hombro de la Duquesa las paredes traseras de las casas de la Calle Bond. Pero no vio las casas de la Calle Bond, sino un río turbulento, y truchas y salmones saltando, y el Primer Ministro, y también se vio a sí mismo con chaleco blanco, y luego vio a Diana. Bajó la vista a la perla que tenía en la mano. ¿Cómo iba a someterla a prueba, a la luz del río, a la luz de los ojos de Diana? Pero los ojos de la Duquesa lo estaban mirando.
-Veinte mil -gimió la Duquesa-. ¡Es mi honor!
¡El honor de la madre de Diana! Oliver cogió el talonario; sacó la pluma.
-Veinte... -escribió. Entonces dejó de escribir. Los ojos de la vieja mujer retratada lo estaban mirando, los ojos de aquella vieja que era su madre.
-¡Oliver! -le decía su madre-. ¡Un poco de sentido común! ¡No seas loco!
-¡Oliver! -suplicó la Duquesa (ahora era Oliver y no señor Bacon)-. ¿Vendrá a pasar un largo final de semana?
¡A solas en el bosque con Diana! ¡Cabalgando a solas en el bosque con Diana!
-Mil -escribió, y firmó el talón.
-Tenga -dijo Oliver.
Y se abrieron todas las varillas de la sombrilla, todas las plumas del pavo real, el resplandor de la ola, las espadas y las lanzas de Agincourt, cuando la Duquesa se levantó del sillón. Y los dos viejos y los dos jóvenes, Spencer y Marshall, Wicks y Hammond, se pegaron a la pared, detrás del mostrador, envidiando a Oliver, mientras éste acompañaba a la Duquesa, a través de la tienda, hasta la puerta. Y Oliver agitó su guante amarillo ante las narices de los cuatro, y la Duquesa conservó su honor -un talón de veinte mil libras, con la firma de Oliver- firmemente en sus manos.
-¿Son auténticas o son falsas? -preguntó Oliver, cerrando la puerta de su despacho privado.
Allí estaban las diez perlas sobre el papel secante, en el escritorio. Fue con ellas a la ventana. Con la lupa las miró a la luz... ¡Aquella era la trufa que había extraído de la tierra! Podrida por dentro...
-Perdóname, madre -suspiró Oliver, levantando la mano, como si pidiera perdón a la vieja retratada. Y, una vez más, fue un chicuelo en la calleja en donde vendían perros robados los domingos.
-Porque -murmuró juntando las palmas de las manos- será un fin de semana largo.


La casa encantada - Virginia Woolf




A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto iba, cogida de la mano, levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja de duendes.
«Lo dejamos aquí», decía ella. Y él añadía: «¡Sí, pero también aquí!» «Está arriba», murmuraba ella. «Y también en el jardín», musitaba él. «No hagamos ruido», decían, «o les despertaremos.»
Pero no era esto lo que nos despertaba. Oh, no. «Lo están buscando; están corriendo la cortina», podía decir una, para seguir leyendo una o dos páginas más. «Ahora lo han encontrado», sabía una de cierto, quedando con el lápiz quieto en el margen. Y, luego, cansada de leer, quizás una se levantara, y fuera a ver por sí misma, la casa toda ella vacía, las puertas quietas y abiertas, y sólo las palomas torcaces expresando con sonidos de burbuja su contentamiento, y el zumbido de la trilladora sonando allá, en la granja. «¿Por qué he venido aquí? ¿Qué quería encontrar?» Tenía las manos vacías. «¿Se encontrará acaso arriba?» Las manzanas se hallaban en la buhardilla. Y, en consecuencia, volvía a bajar, el jardín estaba quieto y en silencio como siempre, pero el libro se había caído al césped.
Pero lo habían encontrado en la sala de estar. Aun cuando no se les podía ver. Los vidrios de la ventana reflejaban manzanas, reflejaban rosas; todas las hojas eran verdes en el vidrio. Si ellos se movían en la sala de estar, las manzanas se limitaban a mostrar su cara amarilla. Sin embargo, en el instante siguiente, cuando la puerta se abría, esparcido en el suelo, colgando de las paredes, pendiente del techo... ¿qué? Yo tenía las manos vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los más profundos pozos de silencio la paloma torcaz extrajo su burbuja de sonido. «A salvo, a salvo, a salvo...», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro está enterrado; el cuarto...», el pulso se detuvo bruscamente. Bueno, ¿era esto el tesoro enterrado?
Un momento después, la luz se había debilitado. ¿Afuera, en el jardín quizá? Pero los árboles tejían penumbras para un vagabundo rayo de sol. Tan hermoso, tan raro, frescamente hundido bajo la superficie el rayo que yo buscaba siempre ardía detrás del vidrio. Muerte era el vidrio; muerte mediaba entre nosotros; acercándose primero a la mujer, cientos de años atrás, abandonando la casa, sellando todas las ventanas; las estancias quedaron oscurecidas. Él lo dejó allí, él la dejó a ella, fue al norte, fue al este, vio las estrellas aparecer en el cielo del sur; buscó la casa, la encontró hundida bajo la loma. «A salvo, a salvo, a salvo», latía alegremente el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo.»
El viento sube rugiendo por la avenida. Los árboles se inclinan y vencen hacia aquí y hacia allá. Rayos de luna chapotean y se derraman sin tasa en la lluvia. Rígida y quieta arde la vela. Vagando por la casa, abriendo ventanas, musitando para no despertarnos, la pareja de duendes busca su alegría.
«Aquí dormimos», dice ella. Y él añade: «Besos sin número.» «El despertar por la mañana...» «Plata entre los árboles...» «Arriba...» «En el jardín...» «Cuando llegó el verano...» «En la nieve invernal...» Las puertas siguen cerrándose a lo lejos, distantes, con suave sonido como el latido de un corazón.
Se acercan más; cesan en el pasillo. Cae el viento, resbala plateada la lluvia en el vidrio. Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a señora alguna extendiendo su manto fantasmal. Las manos del caballero forman pantalla ante la linterna. Con un suspiro, él dice: «Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios.»
Inclinados, sosteniendo la linterna de plata sobre nosotros, nos miran larga y profundamente. Larga es su espera. Entra directo el viento; la llama se vence levemente. Locos rayos de luna cruzan suelo y muro, y, al encontrarse, manchan los rostros inclinados; los rostros que consideran; los rostros que examinan a los durmientes y buscan su dicha oculta.
«A salvo, a salvo, a salvo», late con orgullo el corazón de la casa. «Tantos años...», suspira él. «Me has vuelto a encontrar.» «Aquí», murmura ella, «dormida; en el jardín leyendo; riendo, dándoles la vuelta a las manzanas en la buhardilla. Aquí dejamos nuestro tesoro...» Al inclinarse, su luz levanta mis párpados. «¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!», late enloquecido el pulso de la casa. Me despierto y grito: «¿Es este el tesoro enterrado de ustedes? La luz en el corazón.»


El foco - Virginia Woolf


El foco

La mansión del vizconde del siglo XVIII había sido transformada en un club del siglo XX. Y era agradable, después de cenar en la gran estancia con columnas y candelabros, bajo el esplendor de la luz, salir a la terraza que daba al parque. Los árboles eran frondosos, y si hubiera habido luna se hubiesen podido ver las banderolas de color rosa y crema puestas en los castaños. Pero era una noche sin luna; muy cálida, tras un hermoso día de verano.
Los invitados del señor y la señora Ivimey tomaban café y fumaban en la terraza. Como si quisieran aliviarles de la necesidad de hablar, como si quisieran entretenerles sin que tuvieran que hacer esfuerzo alguno por su parte, haces de luz recorrían el cielo. Corrían tiempos de paz entonces; las fuerzas aéreas hacían prácticas; buscaban aviones enemigos en el cielo. Después de detenerse para examinar un punto sospechoso, la luz giró, como las aspas de un molino, o bien como las antenas de un prodigioso insecto, y reveló aquí un cadavérico muro de piedra; allá un castaño en flor; y de repente la luz incidió directamente en la terraza, y, durante un segundo, brilló un disco blanco, que quizá fuera el espejo dentro del bolso de una señora.
-¡Miren! -exclamó la señora Ivimey.
La luz se fue. Volvieron a quedar en la oscuridad.
La señora Ivimey añadió:
-¡Nunca adivinarán lo que esto me ha hecho ver!
Como es natural, intentaron adivinarlo.
-No, no, no -protestaba la señora Ivimey. Nadie pudo adivinarlo. Sólo ella lo sabía; y sólo ella podía saberlo, debido a que era la biznieta del hombre en cuestión. Y este hombre le había contado la historia. ¿Qué historia? Si ellos querían, intentaría contársela. Quedaba aún tiempo, antes de que el teatro comenzara.
-Pero, realmente, no sé cómo empezar -dijo la señora Ivimey-. ¿Fue en 1820...? Este año debía correr, más o menos, cuando mi bisabuelo era un muchacho. Ya no soy joven -no, pero era muy hermosa y de buen porte- y mi bisabuelo era un hombre muy viejo, cuando yo me encontraba en la niñez, que fue cuando me contó la historia. Era un viejo muy apuesto, con su mata de cabello blanco y sus ojos azules. De muchacho tuvo que ser muy guapo. Pero extraño. Lo cual no deja de ser lógico -explicó la señora Ivimey- teniendo en cuenta la manera en que vivían. Se apellidaban Comber. Habían venido a menos. Habían sido hidalgos; habían tenido tierras en Yorkshire. Pero, cuando mi bisabuelo era joven, casi un muchacho, sólo quedaba la torre. La casa había desaparecido, y sólo quedaba una casucha de campesinos en medio de los campos. La vimos hace diez años, sí, la visitamos. Tuvimos que dejar el automóvil y cruzar los campos a pie. No hay camino hasta la casa. Está aislada, y la hierba crece hasta la misma puerta... Había gallinas picoteando, entrando y saliendo de los cuartos. Todo estaba ruinoso. Recuerdo que, de repente, de la torre cayó una piedra. -Hizo una pausa-. Allí vivían -prosiguió- el viejo, la mujer y el muchacho. La mujer no era la esposa del viejo, ni la madre del muchacho. Era, simplemente, una doméstica, una muchacha que el viejo se llevó a vivir con él cuando enviudó. Esto quizá fuera una razón más para que nadie los visitara, una razón más que explica que todo fuera quedando en estado ruinoso. Pero recuerdo el escudo de armas sobre la puerta; y los libros, libros viejos, cubiertos de moho. En los libros aprendió cuanto sabía. Leía y leía, me dijo, libros viejos, con mapas plegados entre las páginas. Los subió a lo alto de la torre; todavía se conserva la cuerda, y los peldaños rotos. Todavía hay una silla desfondada, junto a la ventana, y la ventana abierta, batiendo, con los vidrios rotos, y un panorama de millas y millas de páramo.
Hizo una pausa, como si se encontrara en lo alto de la torre, mirando por la ventana que batía.
-Pero no pudimos -dijo- encontrar el telescopio.
En el comedor, a sus espaldas, el sonido de platos entrechocando aumentó. Pero la señora Ivimey, en la terraza, parecía intrigada por no haber podido encontrar el telescopio en la vieja casa.
-¿Y por qué buscabas un telescopio? -le preguntó alguien.
Riendo, la señora Ivimey repuso:
-¿Por qué? Pues porque si no hubiera habido un telescopio, yo no estaría ahora sentada aquí.
Y ciertamente ahora estaba sentada allí, mujer de media edad y buen porte, con algo azul sobre los hombros.
Volvió a hablar.
-Tuvo que ser allí, porque me contó que todas las noches, cuando los viejos ya se habían acostado, se sentaba ante la ventana, para mirar las estrellas con el telescopio. Júpiter, Aldebarán, Casiopeya.
Agitó la mano hacia las estrellas que comenzaban a aparecer sobre las copas de los árboles. La noche se estaba oscureciendo. Y el foco parecía más luminoso, barriendo el cielo, deteniéndose aquí y allá para contemplar las estrellas.
-Y allí estaban -prosiguió- las estrellas. Y se preguntó, mi bisabuelo, aquel muchacho: ¿Qué son? ¿Para qué están? ¿Quién soy yo? Como solemos hacer cuando estamos solos, sin nadie con quien hablar, mirando las estrellas.
Guardó silencio. Todos miraron las estrellas que estaban surgiendo de la oscuridad, encima de los árboles. Las estrellas parecían muy permanentes, muy inmutables. El rugido de Londres se alejó. Cien años parecían nada. Tenían la impresión de que el muchacho contemplaba las estrellas con ellos. Tenían la impresión de estar con él, en la torre, mirando las estrellas, encima de los páramos.
Entonces una voz a sus espaldas dijo:
-Efectivamente. Viernes.
Todos se volvieron, rebulleron, se sintieron situados de nuevo en la terraza.
La señora Ivimey murmuró:
-Sí, pero no había nadie que pudiera decírselo a él.
La pareja se levantó y se fue.
-Estaba solo -prosiguió la señora Ivimey-. Era un hermoso día de verano. Un día de junio. Uno de esos días de verano perfectos, en que todo, en el calor, parece estarse quieto. Estaban las gallinas picoteando en el patio de la casa de campo; el viejo caballo pateando en el establo; el viejo dormitando junto al vaso. La mujer fregando platos en la cocina. Quizá de la torre cayó una piedra. Parecía que el día nunca fuera a terminar. Y el muchacho no tenía a nadie con quién hablar, y nada, absolutamente nada que hacer. El mundo entero se extendía ante él. El páramo subía y bajaba; el cielo se unía al páramo; verde y azul, verde y azul, para siempre, eternamente.
En la penumbra, podían ver que la señora Ivimey se apoyaba en la baranda, con la barbilla en las manos, como si contemplara el páramo desde lo alto de una torre.
-Nada, salvo páramo y cielo, páramo y cielo, siempre, siempre -murmuró.
Entonces la señora Ivimey efectuó un movimiento como si colocara algo en la debida posición.
-Pero, ¿qué aspecto tenía la tierra, vista a través del telescopio? -preguntó.
Efectuó otro rápido y leve movimiento con los dedos, como si diera la vuelta a algo.
-Lo enfocó -dijo-. Lo enfocó hacia la tierra. Lo enfocó en la oscura masa de un bosque, en el horizonte. Lo enfocó de manera que pudiera ver... cada árbol... cada árbol aisladamente... y los pájaros... alzándose y descendiendo... y la columna de humo... allá... entre los árboles... Y después... más bajo... más bajo... (la señora Ivimey bajó la vista)... allí había una casa... una casa entre los árboles... una casa de campo... se veían los ladrillos por separado, cada uno de ellos... y los toneles a uno y otro lado de la puerta... con flores azules, rosadas, hortensias quizá... -Hizo una pausa... -Y entonces de la casa salió una muchacha... que llevaba algo azul en la cabeza... y se quedó allí... dando de comer a los pájaros... palomas... que acudían revoloteando a su alrededor... Y entonces... mira... Un hombre... ¡Un hombre! Apareció por la esquina de la casa. ¡Cogió a la muchacha en sus brazos! Se besaron... se besaron.
La señora Ivimey abrió los brazos y los cerró como si estuviera besando a alguien.
-Era la primera vez que el muchacho veía a un hombre besar a una mujer -a través del telescopio-, a millas y millas de distancia, en el páramo.
Alejó de sí algo, probablemente el telescopio. Y quedó sentada, con la espalda muy erguida.
-Y el muchacho bajó corriendo la escalera. Corrió a través de los campos. Corrió por senderos, por la carretera, a través del bosque. Corriendo recorrió millas y millas, y en el preciso instante en que las estrellas comenzaban a aparecer sobre los árboles, llegó a la casa... cubierto de polvo, chorreando sudor...
Se calló como si estuviera viendo al muchacho.
-Y entonces, y entonces... ¿qué hizo? ¿Qué dijo? ¿Y la chica...? -así apremiaron los presentes a la señora Ivimey.
Un haz de luz quedó proyectado sobre la señora Ivimey, como si alguien hubiera enfocado sobre ella la lente de un telescopio (eran las fuerzas aéreas, buscando aviones enemigos). Se había puesto en pie. Llevaba algo azul en la cabeza. Había alzado una mano como si estuviera ante una puerta, pasmada.
-Bueno, la muchacha... Era... -dudó, como si se dispusiera a decir "era yo". Pero recordó; y se corrigió.
-Era mi bisabuela -dijo.
Se volvió en busca de su echarpe. Se encontraba en una silla, detrás de ella.
-Pero, ¿y el otro hombre? ¿El hombre que salió de la esquina? -le preguntaron.
-¿Aquel hombre? Oh, aquel hombre -murmuró la señora Ivimey, interrumpiéndose un instante para modificar la posición del echarpe (el foco había abandonado la terraza)- supongo que desapareció.
-La luz -añadió mientras cogía sus cosas- sólo incide aquí y allá.
El foco acababa de pasar. Ahora daba en el llano terreno de Buckingham Palace. Y había llegado el momento de ir al teatro.


El cuarteto de cuerdas - Virginia Woolf



Bueno, aquí estamos, y si lanzas una ojeada a la estancia, advertirás que el ferrocarril subterráneo y los tranvías y los autobuses, y no pocos automóviles privados, e, incluso me atrevería a decir, landos con caballos bayos, han estado trabajando para esta reunión, trazando líneas de un extremo de Londres al otro. Sin embargo, comienzo a albergar dudas...
Sobre si es verdad, tal como dicen, que la Calle Regent está floreciente, y que el Tratado se ha firmado, y que el tiempo no es frío si tenemos en cuenta la estación, e incluso que a este precio ya no se consiguen departamentos, y que el peor momento de la gripe ha pasado; si pienso en que he olvidado escribir con referencia a la gotera de la despensa, y que me dejé un guante en el tren; si los vínculos de sangre me obligan, inclinándome al frente, a aceptar cordialmente la mano que quizá me ofrecen dubitativamente...
-¡Siete años sin vernos!
-La última vez fue en Venecia.
-¿Y dónde vives ahora?
-Bueno, es verdad que prefiero que sea a última hora de la tarde, si no es pedir demasiado...
-¡Pero yo te he reconocido al instante!
-La guerra representó una interrupción...
Si la mente está siendo atravesada por semejantes dardos, y debido a que la sociedad humana así lo impone, tan pronto uno de ellos ha sido lanzado, ya hay otro en camino; si esto engendra calor, y además han encendido la luz eléctrica; si decir una cosa deja detrás, en tantos casos, la necesidad de mejorar y revisar, provocando además arrepentimientos, placeres, vanidades y deseos; si todos los hechos a que me he referido, y los sombreros, y las pieles sobre los hombros, y los fracs de los caballeros, y las agujas de corbata con perla, es lo que surge a la superficie, ¿qué posibilidades tenemos?
¿De qué? Cada minuto se hace más difícil decir por qué, a pesar de todo, estoy sentada aquí creyendo que no puedo decir qué, y ni siquiera recordar la última vez que ocurrió.
-¿Viste la procesión?
-El rey me pareció frío.
-No, no, no. Pero, ¿qué decías?
-Que ha comprado una casa en Malmesbury.
-¡Vaya suerte encontrarla!
Contrariamente, tengo la fuerte impresión de que esa mujer, sea quien fuere, ha tenido muy mala suerte, ya que todo es cuestión de departamentos y de sombreros y de gaviotas, o así parece ser, para este centenar de personas aquí sentadas, bien vestidas, encerradas entre paredes, con pieles, repletas, y conste que de nada puedo alardear por cuanto también yo estoy pasivamente sentada en una dorada silla, limitándome a dar vueltas y revueltas a un recuerdo enterrado, tal como todos hacemos, por cuanto hay indicios, si no me equivoco, de que todos estamos recordando algo, buscando algo furtivamente. ¿Por qué inquietarse? ¿Por qué tanta ansiedad acerca de la parte de los mantos correspondiente al asiento; y de los guantes, si abrochar o desabrochar? Y mira ahora esa anciana cara, sobre el fondo del oscuro lienzo, hace un momento cortés y sonrosada; ahora taciturna y triste, cual ensombrecida. ¿Ha sido el sonido del segundo violín, siendo afinado en la antesala? Ahí vienen. Cuatro negras figuras, con sus instrumentos, y se sientan de cara a los blancos rectángulos bajo el chorro de luz; sitúan los extremos de sus arcos sobre el atril; con un simultáneo movimiento los levantan; los colocan suavemente en posición, y, mirando al intérprete situado ante él, el primer violín cuenta uno, dos, tres... ¡Floreo, fuente, florecer, estallido! El peral en lo alto de la montaña. Chorros de fuente; gotas descienden. Pero las aguas del Ródano se deslizan rápidas y hondas, corren bajo los arcos, y arrastran las hojas caídas al agua, llevándose las sombras sobre el pez de plata, el pez moteado es arrastrado hacia abajo por las veloces aguas, y ahora impulsado en este remanso donde -es difícil esto- se aglomeran los peces, todos en un remanso; saltando, salpicando, arañando con sus agudas aletas; y tal es el hervor de la corriente que los amarillos guijarros se revuelven y dan vueltas, vueltas, vueltas, vueltas -ahora liberados-, y van veloces corriente abajo e incluso, sin que se sepa cómo, ascienden formando exquisitas espirales en el aire; se curvan como delgadas cortezas bajo la copa de un plátano; y suben, suben... ¡Cuán bella es la bondad de aquellos que, con paso leve, pasan sonriendo por el mundo! ¡Y también en las viejas pescaderas alegres, en cuclillas bajo arcos, viejas obscenas, que ríen tan profundamente y se estremecen y balancean, al andar, de un lado para otro, ju, ja!
-Mozart de los primeros tiempos, claro está...
-Pero la melodía, como todas estas melodías, produce desesperación, quiero decir esperanza. ¿Qué quiero decir? ¡Esto es lo peor de la música! Quiero bailar, reír, comer pasteles de color de rosa, beber vino leve y con mordiente. O, ahora, un cuento indecente... me gustaría. A medida que una entra en años, le gusta más la indecencia. ¡Ja, ja! Me río. ¿De qué? No has dicho nada, ni tampoco el anciano caballero de enfrente. Pero supongamos, supongamos... ¡Silencio!
El melancólico río nos arrastra. Cuando la luna sale por entre las lánguidas ramas del sauce, veo tu cara, oigo tu voz, y el canto del pájaro cuando pasamos junto al mimbral. ¿Qué murmuras? Pena, pena. Alegría, alegría. Entretejidos, como juncos a la luz de la luna. Entretejidos, sin que se puedan destejer, entremezclados, atados con el dolor, liados con la pena, ¡choque!
La barca se hunde. Alzándose, las figuras ascienden, pero ahora, delgadas como hojas, afilándose hasta convertirse en un tenebroso espectro que, coronado de fuego, extrae de mi corazón sus mellizas pasiones. Para mí canta, abre mi pena, ablanda la compasión, inunda de amor el mundo sin sol, y tampoco, al cesar, cede en ternura, sino que hábil y sutilmente va tejiendo y destejiendo, hasta que en esta estructura, esta consumación, las grietas se unen; ascienden, sollozan, se hunden para descansar, la pena y la alegría.
¿Por qué apenarse? ¿Qué quieres? ¿Sigues insatisfecha? Diría que todo ha quedado en reposo. Sí, ha sido dejado en descanso bajo un cobertor de pétalos de rosa que caen. Caen. Pero, ah, se detienen. Un pétalo de rosa que cae desde una enorme altura, como un diminuto paracaídas arrojado desde un globo invisible, da la vuelta sobre sí mismo, se estremece, vacila. No llegará hasta nosotros.
-No, no, no he notado nada. Esto es lo peor de la música, esos tontos ensueños. ¿Decías que el segundo violín se ha retrasado?
Ahí va la vieja señora Munro, saliendo a tientas. Cada día está más ciega, la pobre. Y con este suelo resbaladizo.
Ciega ancianidad, esfinge de gris cabeza... Ahí está, en la acera, haciendo señas, tan severamente, al autobús rojo.
-¡Delicioso! ¡Pero qué bien tocan! ¡Qué - qué - qué!
La lengua no es más que un badajo. La mismísima simplicidad. Las plumas del sombrero contiguo son luminosas y agradables, como una matraca infantil. La hoja del plátano destella en verde por la rendija de la cortina. Muy extraño, muy excitante.
-¡Qué - qué - qué! ¡Silencio!
Estos son los enamorados sobre el césped.
-Señora, si me permite que coja su mano...
-Señor, hasta mi corazón le confiaría. Además hemos dejado los cuerpos en la sala del banquete. Y eso que está sobre el césped son las sombras de nuestras almas.
-Entonces, esto son abrazos de nuestras almas.
Los limoneros se mueven dando su asentimiento. El cisne se aparta de la orilla y flota ensoñado hasta el centro de la corriente.
-Pero, volviendo a lo que hablábamos. El hombre me siguió por el pasillo y, al llegar al recodo, me pisó los encajes del viso. ¿Y qué otra cosa podía hacer sino gritar ¡Ah!, pararme y señalar con el dedo? Y entonces desenvainó la espada, la esgrimió como si con ella diera muerte a alguien, y gritó: ¡Loco! ¡Loco! ¡Loco! Ante lo cual yo grité, y el príncipe, que estaba escribiendo en el gran libro de pergamino, junto a la ventana del mirador, salió con su capelo de terciopelo y sus zapatillas de piel, arrancó un estoque de la pared -regalo del rey de España, ¿sabe?-, ante lo cual yo escapé, echándome encima esta capa para ocultar los destrozos de mi falda, para ocultar... ¡Escuche! ¡Las trompas!
El caballero contesta tan aprisa a la dama, y la dama sube la escalinata con tal ingenioso intercambio de cumplidos que ahora culminan con un sollozo de pasión, que no cabe comprender las palabras a pesar de que su significado es muy claro -amor, risa, huida, persecución, celestial dicha-, todo ello surgido, como flotando, de las más alegres ondulaciones de tierno cariño, hasta que el sonido de las trompas de plata, al principio muy a lo lejos, se hace gradualmente más y más claro, como si senescales saludaran al alba o anunciaran temiblemente la huida de los enamorados... El verde jardín, el lago iluminado por la luna, los limoneros, los enamorados y los peces se disuelven en el cielo opalino, a través del cual, mientras a las trompas se unen las trompetas, y los clarines les dan apoyo, se alzan blancos arcos firmemente asentados en columnas de mármol... Marcha y trompeteo. Metálico clamor y clamoreo. Firme asentamiento. Rápidos cimientos. Desfile de miríadas. La confusión y el caos bajan a la tierra. Pero esta ciudad hacia la que viajamos carece de piedra y carece de mármol, pende eternamente, se alza inconmovible, y tampoco hay rostro, y tampoco hay bandera, que reciba o dé la bienvenida. Deja pues que tu esperanza perezca; abandono en el desierto mi alegría; avancemos desnudos. Desnudas están las columnatas, a todos ajenas, sin proyectar sombras, resplandecientes, severas. Y entonces me vuelvo atrás, perdido el interés, deseando tan sólo irme, encontrar la calle, fijarme en los edificios, saludar a la vendedora de manzanas, decir a la doncella que me abre la puerta: Noche estrellada.
-Buenas noches, buenas noches. ¿Va en esta dirección?
-Lo siento, voy en la otra.


miércoles, 25 de enero de 2012

LA VERDAD SOBRE EL TRANSBORDADOR COLUMBIA - Roberto Fontanarrosa

Hoy, a casi tres años de aquel maravilloso día del 24 de octubre de 1981, llego a la conclusión de que debo contar toda la verdad sobre lo sucedido. No creo, al hacerlo, que transgreda ninguna norma de seguridad ni tampoco que revele secreto importante alguno.
Habrá sí, lo sé, quien sienta, tal vez, en parte menoscabado ese acendrado orgullo nacional que tenemos los americanos desde el instante mismo en que de pequeños vimos en nuestros textos colegiales esa maravillosa lámina que muestra a George Washington cruzando el Potomac, de pie sobre la inestable horizontalidad de aquella barca, envuelto, en un capote y sin atisbo de mareo ni náusea en su rostro altivo.
Pero pienso que no yo, sino todos los norteamericanos guardamos una deuda de gratitud con alguien hasta hoy anónimo y olvidado. Y se trata de una deuda que, de no mediar mi determinación de escribir este artículo, quedaría por siempre sin saldar.
No habría alcanzado a dormir ni media hora cuando Meck Sanduway llamó a mi puerta. Debían haber sido las tres de la tarde cuando caí derrumbado sobre mi litera confiado en que el cansancio y el ronroneo confortable del aire acondicionado colaborarían a que me durmiese de inmediato. Sin embargo, los nervios y el desgaste físico tironeaban compulsivamente de los músculos de mis piernas y me sorprendía a mí mismo pegando puntapiés contra la cucheta de arriba, por fortuna desocupada desde la noche en que Nat Pallukah se cayó de ella ante la excitación que le produjo el estar a punto de completar unas palabras cruzadas.
A pesar de mi desasosiego físico, anímicamente me invadía una inmensa tranquilidad. Por fin, luego de tres larguísimos e infernales meses, había quedado listo, terminado, completo, sellado y aprobado, el Proyecto Opalo. Y allí nomás, a escasos tres kilómetros de nuestras barracas, esperaba, calmo y deslumbrante bajo el sol calcinante del desierto de Najove, el transbordador Columbia.
No era gratuito mi desvelo. El meticuloso plan de trabajo pergeñado por mi grupo de ingenieros a través de cuatro años, había sufrido una demora de casi seis meses. Y todo aquel que haya estado asignado a un proyecto espacial sabe bien del enorme costo adicional en dólares que representa la más mínima demora, el obstáculo más pequeño.
Lo cierto es que se nos había atascado el sistema de gasificación de ozono y no había poder humano que lo pusiera en sus trece. Por lo tanto, los dos carretes centrales que alimentaban la inyección de parafina comprimida a la primera (y más grande) de las toberas, no tenían autoridad alguna para impulsar los propergoles sólidos del segundo sistema. En principio supuse que todo radicaba en la baja potencia de las cargas de hidracina y etanol, lo que me costó que William Congreve me arrojara por dos veces el mismo doughnout a la cara. Finalmente Congreve me convenció, con ayuda de Sato Saigo, de revisar totalmente los vectores del difusor de entrada en relación con la expansión de energía térmica en el primer sistema. Así lo hicimos durante casi un mes, enterrados día y noche en un silo subterráneo. Salvo un pequeño error (que detectó Saigo) en un componente del logaritmo neperiano de R y que en nada modificaba el detestable comportamiento de la gasificación del ozono, no hallamos en nuestra búsqueda las claves de la falla.
Dos meses después, a mi juicio el problema residía en el encendido de la segunda sección (lo que traería aparejado un desfasaje en el perigeo).
Para el danés Odgen había una fuga no computada a partir de un desequilibrio en el variómetro. Según Congreve, la cosa podía estar circunscripta en el radiador de uranio. Y Max Althoughter se hallaba empecinado en que todo consistía en que la propulsión de una fase no puede medirse por la reacción si la fuerza de empuje se mide por la intensidad que el caudal específico de eyección de gases desplaza a la energía cinética perdida por unidad de tiempo. Debo confesar que nunca entendí la seducción que ejercía sobre Althoughter la unidad de tiempo.
Muy a pesar nuestro, admitimos que debía pedirse ayuda. Hablamos con Woollie Pat Sullivan (director general del proyecto) y concluimos que debíamos dejar de lado nuestro orgullo y entender que el éxito del Proyecto Opalo era una causa de interés nacional y así lo entenderían, también, los científicos consultados. Por otra parte, el presidente Ronald Reagan ya había hablado un par de veces por teléfono con Sullivan preguntando por la salud del "nene", nombre clave que se le había conferido al transbordador.
Se habló, entonces, con gente de la Convair y Martin, de la Chrysler, de la Pratt y Whitney, de la Boeing y de la Thiokol. La mayoría de las compañías había licenciado a su personal dado que se iniciaba la temporada de la trucha. Por último, la Lockheed trajo alivio a nuestra inquietud: nos remitirían a Bernard Pseberg Lindon, artífice de la misión Viking, padre de las sondas Mariner y amigo cercano de un ingeniero que había sido verdadero cerebro gris del proyecto Skylab.
Pseberg debió ser rastreado por toda Europa Central ya que, para ese entonces, se hallaba visitando a un primo suyo que nada tenía que ver con los proyectos espaciales, pero que había contribuido grandemente a las comunicaciones humanas mediante la codificación de sombras chinescas sobre paredes.
Aún pienso que la Lockheed aceptó ayudarnos para cabalgar sobre la cresta de la ola de nuestro posible triunfo, y algo así debió pensar también Pseberg, para acceder a volar hasta nuestra ratonera de White Sands.
Debo admitir que la llegada de Pseberg apresuró la solución. Enérgico hasta la crueldad, de una actividad rayana en el fanatismo y con un método analítico más cercano a la pianola que al matemático, Pseberg nos puso frente a la solución del problema en sólo 25 días de trabajo: había que liberar los gases del ozono a través de las toberas de la tercera fase, pero sin contactarlos con los propergoles sólidos del segundo sistema. Y si éstos entraban en pérdida o desprotegían la dirección giroscópica, bastaba con inyectar una mayor proporción de flúor en la masa molar.
El árbol nos había impedido ver el bosque.
El 22 de octubre de 1981 se realizó la prueba final y todo anduvo a la perfección. De allí en más se completaron algunos detalles menores, se chequeó por milésima vez el encendido y todo quedó listo para el tan demorado momento del despegue definitivo. Fue cuando ante una sugerencia de Silvie Mortimer, quien me vio revolviendo el café con la visera de mi gorra, marché en procura de un reparador descanso. Y fue cuando, media hora después de revolverme en la cama como un poseso, Meck Sanduway llamó a mi puerta.
—La tobera del segundo sistema se atascó —me disparó Sanduway apenas le hube abierto la puerta. Sentí como si millones de pequeños alfileres se clavasen en mi cuerpo. Las piernas se me aflojaron y de no mediar el apresurado sostén de Meck me hubiese destrozado la cabeza contra el piso.
—¿Se lo has dicho a alguien? —atiné a preguntarle apenas pude recuperar el dominio de mis cuerdas vocales.
—No —me tranquilizó Meck, con esa austeridad de vocabulario que hace tan rústicos a los hombres del bajo Tennessee.
Para el lector que no conozca los entretelones de un proyecto interespacial, informo que una tobera no tiene actividades intermedias: o funciona o no funciona. No se admiten en una tobera ni falsos encendidos ni ronquidos, ni carrasperas, como tampoco producción a "media máquina".
"Cinthya", la tobera del segundo sistema estaba bajo mi completa responsabilidad y ahora, a sólo 14 horas del lanzamiento del Columbia, se había empacado como un asno. Era un problema tres veces más complejo que el anterior suscitado con la gasificación del ozono. Y el problema de la gasificación del ozono nos había demorado durante medio año.
—Vuelve al centro de cómputos —recomendé a Meck—.Y no digas a nadie nada de esto.
Tomé el casco, salté sobre un jeep, y abandoné las barracas rumbo al transbordador. Afortunadamente a esa hora, cuando el sol era un soplete sobre la arena, sólo me crucé con algunos operarios menores.
Los ingenieros y científicos se habían refugiado en sus habitaciones disfrutando de hallarse, por fin, en vísperas de la cuenta regresiva. En tanto ascendía mediante el ascensor interno hacia las vísceras del Columbia, pensaba en qué palabras emplearía para comunicar a nuestro jefe Woollie Pat Sullivan, el nuevo drama que se había desatado. Lo recordaba, un año atrás, masticando, transpuesto de odio, una minicalculadora Sharp ante la noticia de la quemadura de una bujía de su coche. Además, debería ser yo, en persona, quien explicara al presidente Reagan, el flamante e incalculable retraso del Proyecto Opalo. Y yo conocía bien al presidente. Por mucho menos que eso lo había visto hacer cosas terribles con los indios, largo tiempo atrás, en el cine de Tollucah, mi ciudad natal.
Cuando llegué al compartimento que hacía las veces de antesala, sólo encontré a un empleado de mantenimiento, quien se había refugiado en la tranquilidad de esa sección para apurar su emparedado de tocino y maní. Le ordené, perentoriamente, que se fuera. El hombre, sin decir palabra, envolvió su merienda y se alejó.
Con el alma en un hilo, oprimí el encendido de "Cinthya". Me respondió un silencio funerario. Repetí la acción cinco o seis veces. Ni un chasquido. Nada. "Cinthya" estaba muerta, fría y yerta. Me dejé caer, vencido, sobre el piso de metal. Entonces me encontré, de nuevo, con la mirada del empleado de mantenimiento. No se había ido. Estaba sentado sobre el sistema de apertura de compuertas externas, junto a la salida que no había transpuesto, masticando con poco entusiasmo su comida, observándome con expresión indiferente.
En aquel momento, con ese pudor lógico de todo científico egresado de Denver, deseé que aquel desconocido confundiese mis lágrimas con posibles gotas de transpiración. Lo que iba a ser difícil de explicarle eran mis berridos animaloides y los puñetazos que propinaba contra el blindaje de las mamparas. Con la tobera de la sección superior atascada, el soñado despegue del transbordador Columbia en 1981 era utópico.
La preminencia de la carrera espacial volvería a manos de los comunistas y podía decirse que el mundo libre estaría al borde de la destrucción, el holocausto atómico y ¿por qué no? la contaminación de los ríos.
Controlar, chequear y verificar todas y cada una de las 573.829 piezas mecánicas y electrónicas encerradas en aquella cúpula cilíndrica de 38 metros de largo por 11,07 de ancho que constituía la médula energética del Columbia podía insumir de uno a dos quinquenios de planes galácticos. Reagan no lo soportaría.
Dentro de mi desesperación vi que el operario, sin dejar de comer, adelantaba un par de veces el mentón hacia mí, en mudo interrogante.
—¿No le dije que se fuera? —le grité, desde el suelo, furioso. Frunció el entrecejo y volvió a avanzar su mentón, inquisidor. Comprendí que no entendía bien el idioma.
—¿No habla inglés? —le pregunté, más enojado aún.
—Sí, sí —dijo. Se puso de pie, tiró desaprensivamente los restos del sandwich en un rincón y limpió con energía las palmas de sus manos golpeándolas contra los fundillos de su pantalón en tanto se me acercaba. Sin dejar de hurguetearse los dientes con la punta de la lengua y el reborde de los labios, me tomó de un brazo y me ayudó a ponerme de pie. Allí pude leer, entonces, el nombre de aquel sujeto moreno y bajo, en el solapero que lo identificaba: "Artemio Pablo Sosa". Un hispanoparlante.
—Hablo inglés —me explicó—. Pero si me habla muy rápido. . . —se quedó en silencio mirando fijamente hacia un punto ubicado en las cercanías de mi hombro derecho y yo pensé que buscaba palabras para completar la frase. Chasqueó los labios y escupió un residuo de carne.
—¿Qué pasa, maestro? —preguntó luego.                       
—¿Qué es usted?—me interesé—. ¿Mejicano?
—Argentino —me dijo. Yo apoyé mi empapada espalda contra una mampara y meneé la cabeza con desaliento.      
—La tobera —señalé con gesto vago, baja la vista.
—¿Qué pasa? ¿Qué tiene la tobera?
Oscilé mis manos, con las palmas hacia abajo, a la altura de mi cintura.
—Reventó —sólo atiné a decir—. Fin.
—¿No camina? —dijo el hombre. Estuve tentado de explicarle, pero me frenó el ridículo de enredarme en una charla técnica con un auxiliar electricista que no sólo no detentaba cargo relevante alguno, sino que ni siquiera era sajón. Por otra parte ya el desprolijo personaje me había dado la espalda y, mientras se rascaba los dorsales lentamente con el pulgar de la mano derecha, atisbaba hacia lo alto de la tobera a través del triple cristal atérmico que nos separaba de ella, sobre la consola de mandos.
Sosa volvió hacia mí. Ahora se estiraba hacia abajo, impudorosamente,  la tela que le recubría la entrepierna.
—¿Está abierto? —señaló a sus espaldas la puerta que accedía a la tobera. Asentí con la cabeza. Pero no volvió hacia allí. Caminó hasta donde había estado sentado y comenzó a revolver en un bolso de trabajo abandonado junto a los restos de su merienda. Sacó una manzana y entonces sí, pasó de nuevo junto a mí, hacia la puerta de entrada a la tobera.
Yo permanecí quieto en el mismo lugar, como vacío de hálito vital, pensando tan sólo en el sombrío futuro que acechaba a mis hijos, en el hipotético caso de que llegase a tenerlos.
Habrían pasado seis minutos cuando apareció de nuevo el argentino.
—¿Tiene un alambre? —me preguntó. Sacudí la cabeza, negando.
—Me parece que yo. . . —masculló—. Algo me queda. . .
Fue hasta su bolso, revolvió en él y sacó un trozo de alambre de unos veinte centímetros. Mientras procuraba enderezarlo (había estado plegado en secciones de unos seis centímetros) me miró y enarcó las cejas.
—Vamos a ver, dijo un ciego —informó, serio. Pasó de nuevo frente a mí y se metió en la tobera. Por quince minutos sólo lo escuché silbar una música extraña. Yo, en tanto, sopesaba la posibilidad de salir al exterior de la nave, ganar la superficie de una de sus cortas alas y de allí lanzarme de cabeza a la pista, distante lo suficiente como para hacer estallar una bóveda craneana.
Apareció de nuevo el argentino: se estaba frotando las manos con un trapo.
—A ver, maestro —me dijo.
—¿Qué?
—Préndala —me indicó, señalando con un movimiento de cabeza hacia la tobera.
Ahora sí, lo miré como comprendiendo que se trataba de un ser viviente quien me hablaba.
—Préndala. Dele —insistió, mientras volvía hacia su bolso y metía el trapo en su interior. Caminé cuatro lentos y arrastrados pasos hacia el encendido, apoyé un dedo sobre el botón y giré mis ojos para mirar al argentino, compasivamente. Apreté el botón y se escuchó un ronroneo suave y parejo primero, y luego un rugido saludable. Casi estrello mi cara contra el triple cristal en procura de ver desde más cerca lo que no podía creer. ¡Aquella maldita tobera funcionaba! Me di vuelta, incrédulo, hacia ese sudamericano providencial. El hombre había corrido el cierre relámpago de su bolso, había metido éste bajo su brazo izquierdo y miraba hacia el techo, prestando atención al sonido trepidante de "Cinthya".
—No —pareció contradecirse—. Va andar bien. Luego, sí, se dirigió a mí:
—Le va aguantar bastante. Por lo menos para sacarlo del paso. Eso sí. . .                       —advirtió— . . . capaz que de aquí a un par de años le tenga que pegar una revisada. Pero. . . por ahora. . . —pareció conformarse.
Se tocó luego la ceja derecha en un remedo de desmañado saludo militar, cabeceó para despedirse, abrió la compuerta neumática que daba a la escalera externa y se fue. Yo, en tanto, escuchaba a mis espaldas el dulce canto de "Cinthya", funcionando.
Al día siguiente, el transbordador Columbia, tras corta cabalgata sobre su avión-madre, salió disparado hacia el límpido cielo de Najove y de allí en más la historia es conocida.
De Artemio Pablo Sosa, nunca jamás tuve conocimiento. Superada la efervescencia del éxito de la misión Opalo, lo busqué por las distintas dependencias, talleres y barracas de White Sands. Finalmente, en la oficina de personal me informaron que había viajado la misma tarde del lanzamiento, posiblemente a New York, con un nuevo contrato.
Un año después, una agencia de averiguaciones privada me informó que Sosa había trabajado cuatro meses como lavacopas en un restaurante italiano sobre la Séptima Avenida.
Alguien me contó, también, que una persona de ese mismo apellido había estado trabajando como iluminador en un teatro de quinta categoría donde ponían piezas musicales para público latino, en Broadway. Pero nunca más pude encontrarlo.



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