domingo, 18 de marzo de 2012

Marco Denevi - Cuentos


El gran Tamerlán de Persia
 
Por las noches se disfrazaba de mercader y recorría los barrios bajos de la ciudad para oír la voz del pueblo. Él mismo sacaba a relucir el tema.
"¿Y el Gran Tamerlán? -preguntaba- ¿Qué opináis del Gran Tamerlán?"
Invariablemente se levantaba a su alrededor un coro de insultos, de maldiciones, de rabiosas quejas. El mercader sentía que la cólera del pueblo se le contagiaba, hervía de indignación, añadía sus propios denuestos.
A la mañana siguiente, en su palacio, mientras trataba de resolver los agudos problemas de las guerras, las coaliciones, las intrigas de sus enemigos y el déficit del presupuesto, el Gran Tamerlán se enfurecía contra el pueblo.
"¿Sabe toda esa chusma -pensaba- lo que es manejar las riendas de un imperio? ¿Cree que no tengo otra cosa que hacer sino ocuparme de sus minúsculos intereses, de sus chismes de comadres?"
Pero a la noche siguiente el mercader volvía a oír las pequeñas historias de atropellos, sobornos, prevaricatos, abusos de la soldadesca e injusticias de los funcionarios, y de nuevo hervía de indignación.
Al cabo de un tiempo el mercader organizó una conspiración contra el Gran Tamerlán: su astucia, su valor, su conocimiento de los secretos de gobierno, su dominio del arte de la guerra lo convirtieron, no sólo en el jefe de la conjura, sino también en el líder de su pueblo. Pero el Gran Tamerlán, desde su palacio, le desbarataba todos sus planes. Este juego se prolongó durante varios meses. Hasta que el pueblo sospechó que el mercader era en realidad un espía del Gran Tamerlán y lo mató, a la misma hora en que los dignatarios de la corte, maliciando que el Gran Tamerlán los traicionaba, lo asesinaron en su lecho.

 El Maestro traicionado
 
Se celebraba la última cena.
-Todos te aman, ¡oh Maestro! -dijo uno de los discípulos.
-Todos no -respondió gravemente el Maestro-.
Sé de alguien que me tiene envidia y, en la primera oportunidad que se le presente, me venderá por treinta dineros.
 
-Ya sabemos a quien te refieres -exclamaron los discípulos-. También a nosotros nos habló mal de ti. Pero es el único. Y para probártelo, diremos a coro su nombre.
     Los discípulos se miraron, sonrientes, contaron hasta tres y gritaron el nombre del traidor.
El estrépito hizo vacilar los muros de la ciudad. Porque los discípulos eran muchos y cada uno había gritado un nombre diferente.




Marco Denevi - Cuentos

El escriba feliz
 
    Cuando lo conocí era joven y, aunque en apariencia modesto, tenía ambiciones feroces. Prometía, como suele decirse. Lo alojé en mi casa, le cedí una habitación y un lugar en mi mesa, le permití que leyese todos los libros de mi biblioteca. Resumiendo: lo mantuve. 
     Pronto me leyó su primer poema, manuscrito. Todavía era o fingía ser tímido y se ruborizaba. Me ofrecí a pasar en limpio el poema, a máquina, y con esa excusa le extirpé las faltas de ortografía, los barbarismos, varias transgresiones de sintaxis. Él simuló no advertir los cambios introducidos por mí y yo pensé que lo hacía para ocultar su vergüenza. 
     Con el tiempo mis amabilidades de anfitrión se convirtieron poco menos que en mi oficio. Él escribía de su puño y letra los poemas, yo los dactilografiaba y los corregía. Pero nunca hubo, entre él y yo, explicaciones. Él revisaba lo que yo había transcripto (y modificado: por ejemplo los horribles gerundios) y lo aprobaba con un ademán que primero fue entusiasta y después nada más que benévolo. Pero ni una sola palabra de su parte, ninguna de la mía, como si hubiésemos pactado la distribución de nuestras respectivas tareas: a él la poesía, a mí la gramática y la dactilografía. 
     También nos hemos repartido las retribuciones. Él es famoso, recibió varios premios, cobra los derechos de autor (no tan magros como vulgarmente se supone). Yo soy su anónimo Mecenas, en la intimidad su corrector de estilo y su escribiente, sin sueldo. Sin embargo los dos sabemos que me bastaría abandonarlo para decretar su instantánea, su fulminante defunción. Un poema pasado en limpio sin mis retoques y él se dará cuenta en seguida, me lo devolverá sonriéndose con suficiencia: "Se equivocó al copiarlo", me dirá. Yo le contestaré: "Perdón, maestro. ¿Dónde me equivoqué?
     Y ese dedo errático con el que en vano tratará de señalar mis errores, esa angustia o esa cólera con que me amonestará: "No importa, pero la próxima vez tenga más cuidado", me proporcionarán la única felicidad que perseguimos los hombres como yo. 

El emperador de la China
 
Cuando el emperador Wu Ti murió en su vasto lecho, en lo más profundo del palacio imperial, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado ocupados en obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue Wang Mang, el primer ministro, hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurrió un año de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, Wang Mang mostró al pueblo el esqueleto pelado, del difunto emperador. ¿Veis? -dijo- Durante un año un muerto se sentó en el trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser el emperador. 
 El pueblo, complacido, lo sentó en el trono y luego lo mató, para que fuese tan perfecto como su predecesor y la prosperidad del imperio continuase.


  

Marco Denevi - Cuentos


El Diablo
 
Giovanni Papini (El Diávolo, Florencia, 1958) ha pasado revista a todas las teorías y a todas las hipótesis sobre el Diablo. Me llama la atención que omita (o ignore) el librito de Ecumenio de Tracia (317?-circa 390) titulado De natura Diaboli.
Se trata, no obstante, de un estudio de demonología, cuya concisión no obsta a su originalidad y a su riqueza de conceptos. Ecumenio atribuye sus ideas a un tal Sidonio de Egipto, de la secta de los esenios. Pero como en toda la literatura de los siglos I-V nadie, sino él, cita a ese Sidonio, ni este nombre aparece en ninguno de los autores rabínicos y cristianos que se ocuparon de los esenios, es casi seguro que el verdadero padre de la teoría sea el propio Ecumenio, quien echó a mano un recurso muy en boga en su época, cuando la amenaza del anatema por herejías ya empezaba a amordazar la libertad del pensamiento cristiano.
Resumiré en pocas palabras el tratado de Ecumenio:
De distintos pasajes de la Biblia (libro de job, 1, 6-7; Zacarías, 3, l; I Reyes, 22, 19 y ss.; I Paralipómenos, 21, se deduce que las funciones de Satán eran las de espiar a los hombres y luego informar a Dios, acusarlos delante de Dios a la manera de un fiscal e inducirles a una determinada conducta.
Según Sidonio (es decir, según Ecumenio), cuando Dios decidió que uno de sus hijos (= ángeles) se encarnase en carne de hombre, se hiciera hombre y, después de enseñar la Ley en su prístino esplendor, oscurecido y marcado por las interpretaciones capciosas y acomodaticias, sufriese pasión y muerte y redimiera al género humano de sus Pecados, eligió, naturalmente, a Satán.
Así Satán fue el primer Mesías, el primer Cristo. Pero Satán, en cuanto se transformó en hombre, se alió a los hombres e hizo causa común con ellos.
En esto consiste la rebelión de Satán: en haberse puesto del lado de los hombres y no del lado de Dios.
Que lo haya hecho por maldad, por piedad, por amor a los hombres  o por odio hacia Dios es lo que  Ecumenio analiza con un detallismo casuístico digno de santo Tomás de Aquino o del padre Suárez.
Esa parte de su tratado no me interesa: me interesa y me fascina únicamente la hipótesis, de una increíble audacia, de que Satán, antiguo fiscal y espía de los hombres, apenas se hizo hombre se plegó a los designios de los hombres y desobedeció los planes divinos, obligando a Dios, en la segunda elección del Mesías, a elegirse a sí mismo en la persona del hijo, para no correr el riesgo de una nueva desobediencia que, luego de la de Adán y de la de Lucifer, le parecería inevitable.

El Dios de las Moscas
 
Las moscas imaginaron a su dios. Era otra mosca. El dios de las moscas era una mosca, ya verde, ya negra y dorada, ya rosa, ya blanca, ya purpúrea, una mosca inverosímil, una mosca bellísima, una mosca monstruosa, una mosca terrible, una mosca benévola, una mosca vengativa, una mosca justiciera, una mosca joven, una mosca vieja, pero siempre una mosca. Algunos aumentaban su tamaño hasta volverla enorme como un buey, otros la ideaban tan microscópica que no se la veía. En algunas religiones carecía de alas (“Vuela, sostenían, pero no necesita alas”), en otras tenía infinitas alas. Aquí disponía de antenas como cuernos, allá los ojos le comían toda la cabeza. Para unos zumbaba constantemente, para otros era muda pero se hacía entender lo mismo. Y para todos, cuando las moscas morían, los conducía en vuelo arrebatado hasta el paraíso. Y el paraíso era un trozo de carroña, hediondo y putrefacto, que las almas de las moscas muertas devoraban por toda la eternidad y que no se consumía nunca, pues aquella celestial bazofia continuamente renacía y se renovaba bajo el enjambre de las moscas. De las buenas. Porque también había moscas malas y para éstas había un infierno. El infierno de las moscas condenadas era un sitio sin excrementos, sin desperdicios, sin basura, sin hedor, sin nada de nada, un sitio limpio y reluciente y para colmo iluminado por una luz deslumbradora, es decir, un lugar abominable.




Marco Denevi - Cuentos


Apocalipsis
 
La extinción de la raza de los hombres se sitúa aproximadamente a fines del siglo XXXII. La cosa ocurrió así: las máquinas habían alcanzado tal perfección que los hombres ya no necesitaban comer, ni dormir, ni hablar, ni leer, ni pensar, ni hacer nada. Les bastaba apretar un botón y las máquinas lo hacían todo por ellos. Gradualmente fueron desapareciendo las mesas, las sillas, las rosas, los discos con las nueve sinfonías de Beethoven, las tiendas de antigüedades, los vinos de Burdeos, las golondrinas, los tapices flamencos, todo Verdi, el ajedrez, los telescopios, las catedrales góticas, los estadios de fútbol, la Piedad de Miguel Ángel, los mapas de las ruinas del Foro Trajano, los automóviles, el arroz, las sequoias gigantes, el Partenón. Sólo había máquinas. Después, los hombres empezaron a notar que ellos mismos iban desapareciendo paulatinamente y que en cambio las máquinas se multiplicaban. Bastó poco tiempo para que el número de máquinas se duplicase. Las máquinas terminaron por ocupar todos los sitios disponibles. No se podía dar un paso ni hacer un ademán sin tropezarse con una de ellas. Finalmente los hombres fueron eliminados. Como el último se olvidó de desconectar las máquinas, desde entonces seguimos funcionando.


Dulcinea del Toboso

 Leyó tantas novelas que terminó perdiendo la razón. Se hacía llamar Dulcinea del Toboso (en realidad se llamaba Aldonza Lorenzo), se creía princesa (era hija de aldeanos), se imaginaba joven y hermosa (tenía cuarenta años y la cara picada de viruelas). Finalmente se inventó un enamorado al que le dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia remotos reinos en busca de aventuras y peligros, tanto como para hacer méritos y, a la vuelta, poder casarse con una dama de tanto copete como ella. Se pasaba todo el tiempo asomada a la ventana esperando el regreso del inexistente caballero. Alonso Quijano, un pobre diablo que la amaba, ideó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en su rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas que Dulcinea atribuía a su galán. Cuando, seguro del éxito de su estratagema, volvió al Toboso, Dulcinea había muerto.


Marco Denevi - Cuentos


Cuento de horror
 
La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre ingleses) resolvió matar a su marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dijo:
    - Thaddeus, voy a matarte.
   - Bromeas, Euphemia -se rió el infeliz.
   - ¿Cuándo he bromeado yo?
   - Nunca, es verdad.
  - ¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?
  - ¿Y cómo me matarás? - siguió riendo Thaddeus Smithson.
     -Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un cable de electricidad. Ya veremos. 
     El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sistema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Euphemia Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina. 


 Cuento policial
 
Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó si haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que había escrito que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.




jueves, 15 de marzo de 2012

Rafael Alberti - Poesías


Nocturno - Rafael Alberti
Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre
se escucha que transita solamente la rabia,
que en los tuétanos tiembla despabilado el odio
y en las médulas arde continua la venganza,
las palabras entonces no sirven: son palabras.

Balas. Balas.

Manifiestos, artículos, comentarios, discursos,
humaredas perdidas, neblinas estampadas.
¡qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua!

Balas. Balas.

Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,
lo desgraciado y muerto que tiene una garganta
cuando desde el abismo de su idioma quisiera
gritar lo que no puede por imposible, y calla.

Balas. Balas.

Siento esta noche heridas de muerte las palabras.


Pirata - Rafael Alberti

Pirata de mar y cielo,
si no fui ya, lo seré.

Si no robé la aurora de los mares,
si no la robé,
ya la robaré.

Pirata de cielo y mar,
sobre un cazatorpederos,
con seis fuertes marineros,
alternos, de tres en tres.

Si no robé la aurora de los cielos,
si no la robé,
ya la robaré.

Muerte y juicio - Rafael Alberti


1

(MUERTE)

A un niño, a un solo niño que iba para piedra nocturna,
para ángel indiferente de una escala sin cielo...
Mirad. Conteneos la sangre, los ojos.
A sus pies, él mismo, sin vida.
No aliento de farol moribundo,
ni jadeada amarillez de noche agonizante,
sino dos fósforos fijos de pesadilla eléctrica,
clavados sobre su tierra en polvo, juzgándola.
Él, resplandor sin salida, lividez sin escape, yacente,
juzgándose.

2

(JUICIO)

Tizo electrocutado, infancia mía de ceniza, a mis pies, tizo yacente.
Carbunclo hueco, negro, desprendido de un ángel que iba para piedra nocturna,
para límite entre la muerte y la nada.
Tú: yo: niño.
Bambolea el viento un vientre de gritos anteriores al mundo
a la sorpresa de la luz en los ojos de los reciennacidos,
al descenso de la vía láctea a las gargantas terrestres.
Niño.
Una cuna de llamas de norte a sur,
de frialdad de tiza amortajada en los yelos,
a fiebre de paloma agonizando en el área de una bujía;
una cuna de llamas meciéndote las sonrisas, los llantos.
Niño.
Las primeras palabras abiertas en las penumbras de los sueños sin nadie,
en el silencio rizado de las albercas o en el eco de los jardines,
devoradas por el mar y ocultas hoy en un hoyo sin viento.
Muertas, como el estreno de tus pies en el cansancio frío de una escalera.
Niño.
Las flores, sin piernas para huir de los aires crueles,
de su espoleo continuo al corazón volante de las nieves y los pájaros,
desangradas en un aburrimiento de cartillas y pizarrines.
4 y 4 son 18. Y la X, una K, una H, una J.
Niño.
En un trastorno de ciudades marítimas sin escrúpulos,
de mapas confundidos y desiertos barajados,
atended a unos ojos que preguntan por los afluentes del cielo,
a una memoria extraviada entre nombres y fechas.
Niño.
Perdido entre ecuaciones, triángulos, fórmulas y precipitados azules,
entre el suceso de la sangre, los escombros y las coronas caídas,
cuando los cazadores de oro y el asalto a la banca,
en el rubor tardío de las azoteas
voces de ángeles te anunciaron la botadura y pérdida de tu alma.
Niño.
Y como descendiste al fondo de las mareas,
a las urnas donde el azogue, el plomo y el hierro pretenden ser humanos,
tener honores de vida,
a la deriva de la noche tu traje fue dejándote solo.
Niño.
Desnudo, sin los billetes de inocencia fugados en sus bolsillos,
derribada en tu corazón y sola su primera silla,
no creíste ni en Venus, que nacía en el compás abierto de tus brazos.
ni en la escala de plumas que tiende el sueño de Jacob al de Julio Verne.
Niño.
Para ir al infierno no hace falta cambiar de sitio ni postura.

Rafael Alberti - Poesías


Cuba dentro de un piano – Rafael  Alberti

Cuando mi madre llevaba un sorbete de fresa por sombrero
y el humo de los barcos aun era humo de habanero.
Mulata vuelta bajera.
Cádiz se adormecía entre fandangos y habaneras
y un lorito al piano quería hacer de tenor.
Dime dónde está la flor que el hombre tanto venera.
Mi tío Antonio volvía con su aire de insurrecto.
La Cabaña y el Príncipe sonaban por los patios del Puerto.
(Ya no brilla la Perla azul del mar de las Antillas.
Ya se apagó, se nos ha muerto).
Me encontré con la bella Trinidad.
Cuba se había perdido y ahora era verdad.
Era verdad, no era mentira.
Un cañonero huido llegó cantándolo en guajiras.
La Habana ya se perdió. Tuvo la culpa el
dinero...
Calló, cayó el cañonero.
Pero después, pero ¡ah! después...
fue cuando al SÍ lo hicieron YES.

 La paloma - Rafael  Alberti

Se equivocó la paloma,
se equivocaba.
Por ir al norte fue al sur,
creyó que el trigo era el agua.
Creyó que el mar era el cielo
que la noche la mañana.
Que las estrellas rocío,
que la calor la nevada.
Que tu falda era tu blusa,
que tu corazón su casa.
(Ella se durmió en la orilla,
tú en la cumbre de una rama.)

Amaranta - Rafael Alberti



.. .calzó de viento...
G
óngora
Rubios, pulidos senos de Amaranta,
por una lengua de lebrel limados.
Pórticos de limones, desviados
por el canal que asciende a tu garganta.

Rojo, un puente de rizos se adelanta
e incendia tus marfiles ondulados.
Muerde, heridor, tus dientes desangrados,
y corvo, en vilo, al viento te levanta.

La soledad, dormida en la espesura,
calza su pie de céfiro y desciende
del olmo alto al mar de la llanura.

Su cuerpo en sombra, oscuro, se le enciende,
y gladiadora, como un ascua impura,
entre Amaranta y su amador se tiende.



Sobre Rafael Alberti


Rafael Alberti: el poeta pintor

          Rafael Alberti fue, durante muchos años, el último poeta de la Generación del 27, la voz viva de la Edad de Plata. Nació en el Puerto de Santa María (Cádiz) el 16 de diciembre de 1903 y murió en Madrid el 28 de octubre de 1999, pocos meses antes de llegar al año 2000 que era la ilusión del poeta. Empezó a estudiar con los jesuitas, pero abandonó el bachillerato porque se dio cuenta de que su vocación era la pintura o eso creyó al principio. En 1917 se traslada a Madrid con su familia y comienza a exponer sus cuadros en el Ateneo, aunque, a raíz de una convalecencia que pasó en la sierra de Guadarrama empezó a orientar sus pasos hacia la poesía, aunque la pintura no le abandonaría nunca. Sus primeras colaboraciones son el las revistas vanguardistas “Horizontes” y “Alfar”. Va muy a menudo a la Residencia de Estudiantes y allí traba amistad con Federico García Lorca y otros residentes como Dalí o Buñuel, aunque la amistad de Lorca fue la que lo marcaría durante toda la vida. A Alberti siempre le pesó el asesinato de Lorca y a él dedicó varios sentidos poemas como el que sigue, incluido en “Canciones del alto valle del Aniene”:

“Federico.
Voy por la calle del Pinar
Para verte en la Residencia.
Llamo a la puerta de tu cuarto.
Tú no estás.

Federico.
Tú te reías como nadie.
Decías tú todas tus cosas
Como ya nadie las dirá.
Voy a verte a la Residencia.
Tú no estás.

Federico.
Por estos montes del Aniene
Tus olivos trepando van.
Llamo a sus ramas con el aire.
Tú sí estás”.

          Alberti estuvo invitado por Lorca a visitar Granada, pero por distintos motivos no llegó a ir nunca y, cuando murió su amigo, Alberti se prometió no pisar nunca Granada, como leemos en su poema “Balada del que nunca fue a Granada”; tanto fue así que tardó más de 40 años en ir y lo hizo recordando siempre al amigo. 








Sobre Rafael Alberti


“La arboleda perdida”:

          “Moreno oliváceo, ancha la frente, en la que le latía un mechón de pelo empavonado; brillantes los ojos y una abierta sonrisa transformable de pronto en carcajada; aire no de gitano, sino más bien de campesino, ese hombre, fino y bronco a la vez, que dan las tierras andaluzas. (Así lo vi esa tarde, y así lo sigo viendo, siempre que pienso en él). Me recibió con alegría, entre abrazos, risas y exagerados aspavientos. Afirmó conocerme, y mucho, igual que a mis parientes granadinos.”
          En 1925 obtiene el Premio Nacional de Literatura con “Marinero en tierra”. En 1930 conoce a María Teresa León. En 1931 se afilia al partido comunista y durante la guerra civil es muy activo y escribe distintas composiciones poéticas muy de circunstancias. En 1936 dirige la revista “El mono azul”. Se exilia con su esposa, María Teresa León, y visitan Rusia aunque viven, al principio, en la Argentina. En 1941 nace su hija Aitana. Tras muchos años de residir en Buenos Aires se trasladan a Roma hasta 1977 en que, con la muerte de Franco y la transición, pueden regresar a España en donde permaneció hasta su muerte. Durante la primera legislatura democrática es elegido diputado por el partido comunista. Resultó una lección de historia viva verlo llegar al Congreso del brazo de Dolores Ibarruri, la Pasionaria. En 1980 recibe en Bulgaria el premio Kristo Boten, el Premio Nacional de Teatro en 1981 y en 1983 obtuvo el Premio Cervantes. Es nombrado Doctor honoris causa por la Universidad de Cádiz en 1985. En 1990 contrajo matrimonio con María Asunción Mateo. En 1994, entre otros reconocimientos, se constituye la fundación Rafael Alberti en El Puerto de Santa María y, en 1996, es nombrado “Alcalde perpetuo” de este mismo municipio. Alberti siguió escribiendo hasta su muerte – “Fustigada luz”, “Golfo de sombras”, “Los hijos del Drago” y otros- y pintando. Destacan sus recitales poéticos al lado de Paco Ibáñez en donde la voz de Alberti resonaba poderosa y recia.
          Su mujer, María Teresa León, fue el apoyo del poeta, una mujer bellísima y de gran cultura, escritora también, que, al final de sus días, extravió la memoria por culpa, quizás, de tanta sinrazón política. Hacia María Teresa León tiene el poeta siempre palabras de amor y cariño, fue la madre de su única hija también. No obstante otra mujer ocupó parte del corazón del poeta en los últimos tiempos, María Asunción Mateo. Alberti, en la quinta parte de su “Arboleda perdida” reconoce el poso que le dejaron estas dos mujeres:
          “... me han acompañado, en momentos muy distintos de mi vida, María Teresa y María Asunción. Ellas, con esa sabio entereza que sólo poseen las mujeres, han sido los auténticos ángeles en momentos muy distintos de mi vida, los pilares más firmes y sólidos que han alentado mi desánimo, que han sabido convertir en cálidos muchos momentos difíciles, impulsando con serena inteligencia mis proyectos y manteniendo siempre a babor el timón de la, tantas veces, insegura vida cotidiana de este pobre poeta con sueños marineros, eternamente inútil para enfrentarse a los avatares en tierra firme”.
          Alberti es un poeta de una fecunda obra que ha ensayado gran variedad de temas, tonos y estilos. Gerardo Diego le llamaba “poeta de veras y de burlas”. Su producción alterna distintas etapas, va desde la poesía tradicional hasta la más pura o barroca, pasando por la vanguardista; emplea el humor, la angustia, los elementos políticos y un sinfín de recursos originales. Alberti opinaba, con el tiempo, que su poesía anterior a 1931 era “poesía burguesa” y se volcó en escribir, al menos durante un tiempo, una poesía al servicio del ideal político.
          No obstante, él mismo comentaba en 1931, y a ello nos remitimos, que “He intentado muchos caminos, aprovechándome a veces de aquellas tendencias estéticas con las que simpatizaba. Los poetas que me han ayudado, y a los que sigo guardando una profunda admiración han sido Gil Vicente, los anónimos del Cancionero y Romancero españoles, Garcilaso, Góngora, Lope, Bécquer, Baudelaire, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado”, aunque con Juan Ramón Jiménez habría de mantener una agria polémica ya que dejó de considerarlo un maestro en cuanto abandonó la poesía pura y el poeta de Moguer se sintió traicionado, mientras Alberti no dudó en atacarlo.
          Alberti ha escrito cerca de treinta libros; por lo tanto se trata de una obra viva, sugerente y muy variada. 

PRIMERAS OBRAS

           Alberti, como ya hemos dicho, se estrenó como poeta en 1924 con “Marinero en tierra”. En palabras del propio Alberti, el libro está compuesto “al son del agua y el aire guarrameños”, aunque, ya lo vemos por el título, siente una nostalgia terrible de su mar natal y se ve a sí mismo como un marinero desterrado en tierra. Cabe destacar que en jurado que le otorgó el premio estaba Antonio Machado. Los versos de “Marinero en tierra” están llenos de pintura, de luz y de colorido. Podemos poner como ejemplos de este poemario inicial un par de poemas muy conocidos que sirven para ilustrar ese desarraigo que Alberti sentía del mar:

“El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!
¿Por qué me trajiste, padre
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste 
del mar?
En sueños, la marejada
Me tira del corazón.
Se lo quisiera llevar.
Padre, ¿por qué me trajiste
acá?”

          Alberti, de alguna manera, culpa a su padre y le recrimina que lo haya llevado a Madrid, “acá”. Obsérvese la imagen bellísima de los versos 5 y 6. El poeta se siente desenterrado del mar, cuando, paradójicamente, tendría que ser al revés.
Otro poema de su primer libro es el siguiente, que sigue hablando de la nostalgia que siente por el mar. Son particularmente bellos la última secuencia de versos que forman una concatenación:

“Si mi voz muriera en tierra,
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera.
Llevadla al nivel de mar
Y nombradla capitana
De un blanco bajel de guerra.
¡Oh mi voz condecorada
con la insignia marinera:
sobre el corazón un ancla
y sobre el ancla una estrella
y sobre la estrella el viento
y sobre el viento la vela!

          Esta primera etapa presenta elementos neopopulares, inspirados en su tierra andaluza. Siguen estos rasgos, más elaborados, en libros como “La amante” (1925), escrito durante un viaje que hizo con su hermano por Castilla, y “El alba del alhelí” (1926), lleno de ritmos populares, pero ya con elementos que enlazarán con la siguiente etapa. Leamos un ejemplo de poesía inspirada en el Cancionero, incluida en “La amante”:

“Por amiga, por amiga.
Sólo por amiga.
Por amante, por querida.
Sólo por querida.
Por esposa, no.
Sólo por amiga”.

BARROQUISMO Y VANGUARDISMO

          La celebración del centenario de Góngora, que dio nombre a su generación, influyó también en Alberti y en su siguiente libro, “Cal y canto” (1927), que es libro que supone la entrada de Alberti en las vanguardias. En el libro hay un reconocimiento a Góngora, es cierto, pero también incluye poemas vanguardistas como “A Miss X”, “Madrigal al billete de tranvía”, “Venus en ascensor” o “Platko”, que era un portero húngaro del Barcelona. Sigue en la línea con el libro “Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos” (1929), que está dedicado a los grandes actores del cine mudo como Charlot, Búster Keaton o Laurel y Hardy.

SOBRE LOS ÁNGELES

          “Sobre los ángeles” (1928) supone la culminación de la poesía de Alberti. Lo escribió en Tudanca (Santander) en casa del escritor José María de Cossío, en una etapa de zozobra espiritual. En palabras de Pedro Salinas, los ángeles de Alberti se llenan “de resplandores siniestros, señoreados por las pasiones y los defectos: el ángel bélico, el rabioso, el mentiroso, el envidioso, el vengativo, el avaro, el tonto; ángeles de lugares; de las bodegas, de las minas, del colegio; ángeles tocados de cualidades de la materia: el ceniciento, el mohoso, el de carbón, el de arena”. Y, por supuesto, el ángel bueno. El ángel de verdad. Así sus poemas se titulan “El ángel de la ira”, “Los ángeles bélicos”, “Los ángeles crueles”, “El ángel desengañado”, “El ángel sin suerte”, “Los ángeles mohosos”, “Los ángeles muertos” o “Los ángeles de las ruinas”.
          “Sobre los ángeles” supone también una renovación en la forma, ya que se acerca a la nueva estética surrealista, que seguirán también Cernuda o Lorca, aunque no todos los críticos o estudiosos estén de acuerdo a la hora de decir si existió o no el surrealismo en España; sea como fuese la obra de Alberti está llena de elementos oníricos y de incoherencias formales o lógicas, según se entienda; aparte de las metáforas que aluden al ámbito de lo irreal, del subconsciente, por así decirlo. Sirva de muestra el poema titulado “Los dos ángeles”:


“Ángel de luz, ardiendo,
¡oh, ven!, y con tu espada
incendia los abismos donde yace
mi subterráneo ángel de las nieblas.
¡Oh espadazo en las sombras!
Chispas múltiples,
Clavándose en mi cuerpo,
En mis alas sin plumas,
En lo que nadie ve,
Vida.
Me estás quemando vivo.
Vuela ya de mí, oscuro
Luzbel de las canteras sin auroras,
De los pozos sin agua,
De las simas sin sueño,
Ya carbón del espíritu,
Sol, luna.
Me duelen los cabellos
Y las ansias. ¡Oh, quémame!
¿más, más, sí, sí, más! ¡Quémame!
¡Quémalo, ángel de luz, custodio mío,
tú que andabas llorando por las nubes,
tú, sin mí, tú, por mí,
ángel frío de polvo, ya sin gloria,
volcado en las tinieblas!
¡Quémalo, ángel de luz,
quémame y huye!”

          Siguiendo esta estela, en “Sermones y moradas” (1929-1930), Alberti aumenta la oscuridad, el automatismo y el absurdo. Alberti, en el libro, se llena de angustia y alude continuamente a la deshumanización del mundo. La primera mitad del libro está escrita en versos cortos y después los poemas pasan a estar compuestos en versículos.




Sobre Rafael Alberti


POESÍA COMPROMETIDA

          A partir de 1931 el compromiso político de Alberti llega a su poesía y se refleja en su libro “El poeta en la calle” (1936). Aquí incluye una seria de romances de la guerra que continúan con unos poemas que aluden a la resistencia de Madrid y que llevan como título “Capital de la gloria”. Los ecos de la guerra civil se aprecian también en “De un momento a otro” y “Entre el clavel y la espada” (1939-1940). A esta poesía el poeta la llama “poesía civil”. Así comenta el poeta: “Antes mi poesía estaba al servicio de unos pocos. Hoy no. Lo que me impulsa a ella es la misma razón que mueve a los obreros y a los campesinos, o sea, una razón revolucionaria”. Es decir, no todos los poemas que escribe en esta época son grandes poemas, ya que podríamos decir que lo que escribe es “poesía de urgencia”, rápida y, a veces, como observan sus estudiosos, panfletaria. 
          Acaso uno de sus poemas más bellos, perteneciente a esta etapa sea “Se equivocó la paloma”, que conocemos bien en la versión musicada y cantada por Ana Belén:

“Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.
Por ir al norte, fue al sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.
Creyó que el mar era el cielo;
Que la noche, la mañana.
Se equivocaba.
Que las estrellas, rocío;
Que el calor, la nevada.
Se equivocaba.
Que tu falta era tu blusa;
Que tu corazón, su casa.
Se equivocaba.
(Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama)”.

POESÍA DEL EXILIO

          En el exilio Aberti abarcará diversos temas, desde una poesía de corte clásico, “A la pintura” (1952), dedicado a los pintores que él admira, hasta una poesía de acento crítico y neopopular, “Coplas de Juan Panadero”. En los años del exilio su poesía se tiñe de nostalgia hacia la tierra que tuvo que dejar, pero alude también a su nueva patria, la hispanoamericana. Así lo vemos en “Pleamar” (1942-1944), “Retorno de lo vivo lejano” (1952), escrito en arte mayor, y “Baladas y canciones del Paraná” (1954), que mantiene ritmos populares. Por ejemplo, en unos versos de “Baladas y canciones del Paraná” leemos:

“Hoy las nubes me trajeron,
volando, el mapa de España.
¡Qué pequeño sobre el río,
y qué grande sobre el pasto
la sombra que proyectaba!”.

          Ya en Roma escribió “Roma, peligro para caminantes”. Podemos hablar de otros títulos como “Abierto a todas horas”, “Los ocho nombres de Picasso” y algunos más.

ÚLTIMOS LIBROS Y TEATRO

          De vuelta a España, Alberti siguió publicando poesía y buena muestra de ello es su libro “Fustigada luz”.
          Aparte, Alberti también escribió teatro, aunque poco conocido en España. Podemos hablar de “El hombre deshabitado” (1930), “Fermín Galán” (1931), sobre un héroe republicano fusilado, “El trébol florido”, “El adefesio” (1944) y “La Gallarda”. No nos olvidamos de “Noche de guerra en el Museo del Prado” (1956) que es su obra más importante, teñida de elementos políticos.
          Alberti también escribió prosa, “Imagen primera de...” (1945) en donde traza la semblanza de artistas y escritores con los que tuvo alguna relación y, sobre todo “La arboleda perdida” (1949 y 1987) que es, por decirlo así, un libro de memorias, lleno de recuerdos, de nombres y, sobre todo, de sensibilidad. En la primera parte, por ejemplo, Alberti explica, de manera muy melancólica, el porqué del título: “Ahora, según me voy adentrando, haciéndome cada vez más chico, más alejado punto por esa vía que va a dar al final, a ese “golfo de sombra” que me espera tan sólo para cerrarse, oigo detrás de mí los pasos, el avance callado, la inflexible invasión de aquella como recordada arboleda perdida de mis años”. En su segunda parte, al hilo de los años que han pasado, escribe: “Ahora me encuentro reposando un poco, aunque vuelve a inquietarme la memoria todo aquello que seguramente no conté, y lo mucho, muchísimo, que debo decir aún en un tercer volumen, que casi ya estoy escribiendo. Y las hojas todavía colgando de las ramas de mi Arboleda seguirán desprendiéndose hasta dejarlas convertidas en ramas secas, mudas, calladas para siempre”.

CONSIDERACIONES FINALES

          Alberti es un poeta con una variedad de registros riquísima, un poeta que hay que analizar despacio porque se ha paseado, con aciertos o desaciertos, por una cantidad de temas y formas y estilos realmente amplios. Es un poeta, como hemos visto, desigual y contradictorio, aunque eso no tiene que menoscabar sus grandes aciertos y su mejor poesía que es, seguramente, la poesía pura. Destaca, sobre todo, su sensibilidad, su humanidad, su calidad personal. Alberti, sin duda, es uno de los poetas más importantes del S. XX.




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