lunes, 24 de enero de 2011

EL ESPEJO DESORDENADO
1643



         Simón del Rey es judío. Y portugués. Disimula lo segundo como puede, hablando un castellano de eficaces tartamudeos y oportunas pausas. Lo primero lo disfraza con el rosario que lleva siempre enroscado a la muñeca, como una pulsera sonora de medallas y cruces, y con un santiguarse sin motivo. Pero no engaña a nadie. Asimismo es prestamista y esto no lo oculta. Tan holgadamente caminan sus negocios, que sus manejos mueven una correspondencia activa, desde Buenos Aires, con Chile y el Perú. Se ha casado hace dos años con una mujer bonita, a quien le lleva veinte, y que pertenece a una familia de arraigo, parapetada en su hidalguía discutible. La fortuna y la alianza han alentado las ínfulas de Simón, hinchándole, y alguno le ha oído decir que si se llama del Rey por algo será, y que si se diera el trabajo de encargar la búsqueda a un recorredor de sacristías, no es difícil que encontraran un rey en su linaje.
-Pero no lo haré -comenta, mientras acaricia el rosario-, porque no me importa y porque fose caer en pecado -aquí tartamudea- de vanidad.
          Vive en una casa modesta, como son las de Buenos Aires. La ha adornado con cierto lujo, haciendo venir de España y de Lima muebles, cristales, platerías y hasta un tapiz pequeño, tejido en Flandes, en el cual se ve a Abraham ofreciendo a Melquisedec el pan y el vino.

-Los judíos -dice cuando lo muestra a un visitante- sólo me gustan en el pa... paño.
-¿En el qué?
-En el pa... paño, texidos -y se persigna.
          Tiene celos de su esposa, doña Gracia, cuya juventud provoca el galanteo. Para no perderla de vista, ha instalado la mesa de trabajo tan estratégicamente que, con levantar la cabeza, domina sus hogareñas actividades, más allá del patio donde las negras cumplen sus órdenes de mala gana.
          A doña Gracia le bailan los ojos andaluces. Simón del Rey sospecha que no le ama y de noche, en el lecho matrimonial que parece un altar entre tantos exvotos, reliquias, escapularios y palmatorias, se inclina sobre su bello rostro, con paciencia de pescador, para atrapar lo que murmura en sueños. Alguna vez se escapa de los labios de su mujer un nombre: un nombre y nada más, que se echa a nadar con agilidad de pececillo entre las sábanas, las almohadas y las tablas de devoción. El prestamista lo aprisiona en su tendida red. Al día siguiente, doña Gracia deberá explicar quién es Diego o quién es Gonzalo, y siempre son parientes lejanos o
amigos de su hermano mayor, que acudían a su casa cuando era niña. Simón masculla una frase ininteligible y se mete en su aposento, a embolsar las monedas de plata y a calcular cuánto le adeudan su suegro y sus primos políticos.
          Pero hoy está contento por varias razones. Ha conseguido que el caballero que le diera en prenda su  estancia, con molino, corrales y tierras de pan llevar, a cambio de una miseria, se resigne a entregársela sin pleitos, pues no puede pagarle. Además está conversando con un emisario recién venido de Chile, portador de buenas noticias. Es un muchacho con cara de tonto, quien se embarulla al informarle del éxito de sus negocios en el otro lado de la cordillera. Le trae un regalo de parte de su socio chileno, León Omes, también judío, también portugués. Le despoja cuidadosamente del lienzo que lo cubría, y el espejo veneciano fulge, como una gran alhaja, en medio de la habitación.
          Simón del Rey lo mira y remira, en pos de rajaduras, pero está intacto. Asombra comprobar que ha cruzado los desfiladeros traidores, balanceado sobre una acémila, sin sufrir daño alguno. Tanto crece su entusiasmo que, distraído el temor, llama a doña Gracia. La señora hace su reverencia, pasmada ante la gloria del espejo, y ojea al muchacho de cara de tonto, que tiene un lunar en la barbilla y el pelo negro y brillante como ciertos géneros ricos.
En el fondo del espejo, como en un agua verde, turbia, asoma su cara fina de mujer del sur de España, un poco árabe. Y detrás se esfuman las facciones aceitunadas de su marido, que divide la acusadora nariz de gancho, y las del emisario de Chile, sonriente.
-No me veo bien -declara doña Gracia.
-Es un espejo antiguo -expone el extranjero-; ya me previno mi amo que en eso reside su mérito principal.
-¡Y claro! -tercia Simón del Rey, que se las da de conocedor de artesanías refinadas-, ¡muy hermoso... e... e muy antigo!
          Lo ha hecho colocar en el aposento donde duermen, frente al lecho, entre las pinturas de santos y de la Virgen María. Es, en verdad, un espejo muy hermoso. Su marco ha sido ejecutado con la misma materia, al modo veneciano, y las talladas hojas y volutas que le forman se destacan sobre su color de vino rojo. La luna es casi verde. Si el prestamista tuviera imaginación y algo más de lectura, todo el hechizo de Venecia le encantaría por la sola virtud de ese espejo singular, en cuyo encuadramiento persiste la delicadeza de los “margaritaios”, los sutiles fabricantes de perlas de esmalte y de vidrio y de pendientes con granates, que Marco Polo hizo enviar a Basora y a los puertos del Asia Menor, del Mar Negro y de Egipto, para que de allí las caravanas los transportaran hasta China, donde decorarían los botones de los mandarines. Y en su luna vería la seducción del agua sensual que frota su lomo tornasolado al rubor de los palacios patricios, aéreos como los cristales que el sol de Murano enciende. Pero aunque nada de eso ve, algo especial, algo secreto encierra este espejo italiano, algo que le perturba, cuando súbitamente se vuelve a buscar en él su imagen, porque se dijera entonces que la luna tarda en reflejarla, en devolvérsela, y es como si su rostro ascendiera sin premura de lo hondo del agua.
          A medida que transcurren los días, Simón del Rey se preocupa. ¿Qué demonios le pasa al espejo? Una vez, observándolo a la distancia, desde el lecho, tuvo la impresión de que, en lugar de copiar su cuarto, otro aposento y otras personas habitaban su marco rojo. Se incorporó vivamente, pero cuando se plantó ante él, su faz cetrina estaba allí,  como brindada por una fiel bandeja. Acaso le estaba aguardando, para  tranquilizarle.
Doña Gracia irrumpe una mañana en su pieza de trabajo:
-El espejo está embrujado -le dice.
-¿Y por qué?
-Porque hoy he visto en él algo que no es de hoy, sino de ayer.
          Simón del Rey se enfada. Le irrita que su mujer entre, contraviniendo órdenes, en su despacho. También le irrita que cualquier mala influencia pueda imponerle desprenderse de tan suntuoso obsequio.
-Vocé está boba -replica, y la manda a ocuparse de lo suyo.
          Luego, de puntillas, se desliza en el cuarto que el espejo preside con su azogue misterioso, el cual se apresura a serenarle, retratándole de inmediato.

          Simón se encoge de hombros. No dispone de tiempo para dedicarlo a femeninas extravagancias. Le solicitan problemas mas graves. Y no es el menor, ciertamente, aquel cuya solución le obligará a alejarse de su casa durante diez días.
          Tendrá que trasladarse a recibir la estancia que es ahora suya y que se agrega a sus otros campos. Habrá que redactar inventarios, firmar papeles: sólo él puede hacerlo. Y lo más sensato será no dejar transcurrir el tiempo, porque para los portugueses soplan vientos de tempestad, y aunque él se ilusione con la idea de que ya le consideran castellano viejo, a veces le roe la duda y le entran unos grandes apuros y un afán de estar bien con todos y de que todos le calmen con unas sonrisas que se traducen así: ¡Pero, Simón del Rey!, ¿portugués, vuesa merced? ¿Vuesa merced, judío? ¿A quién se le ocurre tal dislate?
          Hace menos de dos años, en 1641, fueron condenados a muerte en Buenos Aires los pilotos del navío Nuestra Señora de Oporto y dos lusitanos más, que trajeron al Río de la Plata anuncios de la rebelión del reino portugués. Y ¡qué comunicaciones! Doña Margarita de Saboya, Duquesa de Mantua y gobernadora del reino, había sido detenida; el pueblo se había levantado en masa y coronó al Duque de Braganza bajo el nombre de don Juan IV; ardía la guerra entre España y Portugal. Simón del Rey se tapaba los oídos.
          No le interesaba... no le interesaba... que le dejaran en paz... él era súbdito de Su Majestad Católica... español... y católico también... tan católico como Su Majestad Catoliquísima...
          Deberá irse hoy mismo. Le duele alejarse de su mujer y multiplica las recomendaciones: que no salga a la calle bajo ningún pretexto; sólo para asistir al oficio religioso se lo permite; que permanezca enclaustrada, como corresponde a una señora de su posición y alcurnia.
-¡Como una monja! -insiste-, ¡como una monjiña!
          Se va, muy erguido, después de persignarse y de echar una última mirada a su espejo inquietante, dentro del cual, evidentemente, algo raro pasa, algo que es mejor no analizar de cerca, porque entonces la Inquisición no le daría cuartel con sus interrogatorios; pero que se podría interpretar como una descompostura, como un desorden en el mecanismo reflector de imágenes, que se acelera o se atrasa. Ni aun  tales consideraciones y la presunción de que en la fábrica del espejo veneciano -¡hay tanto hechicero en Italia!- intervinieron recursos mágicos, le deciden a separarse de él.
           Quizá, con el tiempo, se adormezca esa agua revuelta. El procedimiento más cuerdo, por ahora, será no mirarlo mucho, y sobre todo no dejar que se transforme en obsesión.
          Y no exagerar... no exagerar... para que el Diablo no se frote las palmas candentes.

          Diez días después, Simón del Rey está de vuelta. La operación salió a pedir de boca y la estancia es la más importante que posee. En su casa, doña Gracia le espera vestida con el guardainfante opulento, el gris y rosa, y una lazada de seda azul en el cabello. ¡Qué hermosa es, Dios Todopoderoso! Hermosa como un navío dorado del Infante don Enrique, con sus velas y sus banderines vibrantes en la brisa del mar.
          Simón del Rey la escudriña con los ojitos hebreos, guiñadores bajo la capota de los párpados. No la interroga. Un caballero no pregunta a su dama cómo se condujo en su ausencia. Pero va y viene por la casa, con su señora en pos, olfateando como un perro de jauría, y aguzando unas miradas oblicuas que resbalan sobre los muebles y ascienden como insectos voraces por el tapiz de Abraham y Melquisedec.
          Esa noche, mientras se desviste en el aposento a la luz de una vela -doña Gracia se despereza en el lecho sin cobijas, desnuda- Simón se detiene ante el espejo y ahoga una exclamación.
          Lo que la luna brumosa le ofrece no es su imagen, con el jubón desabrochado y la gorguera abierta bajo la faz expectante, sino -como si en vez de un espejo fuera un cuadro de verdoso barniz- la imagen de su mujer que retrocede hacia el lecho en brazos del emisario de cara de tonto. Y ese cuadro atroz se mueve lentamente,
sonambúlicamente, lo que, si por un lado torna irreal el episodio, por el otro detalla y subraya sus aspectos más
reales. A poco la escena se enlobreguece, se deshace como si estuviera pintada en velos muy pálidos, hasta que termina por desaparecer, y del abismo del espejo sube su propio rostro descompuesto, con los ojos  reventándole en las órbitas.
          El espanto mantiene tieso a Simón del Rey. Más todavía que la definitiva prueba del sortilegio, lo demuda la otra prueba, la de la infidelidad de su señora; porque la primera sobrepasa la razón y no es asunto que un pobre ser humano pueda aclarar, en tanto que la segunda tiene un significado diáfano y, aunque quisiera eludirlo, sólo a él atañe. Doña Gracia, en el lecho, le llama con una voz baja que es casi un maullido. 
          De un salto, Simón se arroja en él. Se acurruca en su costado, ante el fingido despecho de la dama, y no responde a sus tentativas insistentes. Minutos después hace como que ronca, para que ella se duerma. Necesita reflexionar sin que le distraigan. No cierra los ojos durante la noche entera. Le quema la sangre. ¿Qué hará? Castigarla, sin duda... pegar, pegar hasta que le duelan las manos que hunde en la almohada... pero no ahora, porque los negros podrían oír sus gritos y presentarse con mucha alharaca; no ahora sino en la estancia, a salvo de todos...
          A lo largo de la noche le acosa la escena que enmarcó el espejo, ese espejo que es como un reloj desordenado, cuyas manecillas dementes se paran donde les place. Al alba, concilia el sueño.
          Despierta con el sol alto. Doña Gracia abandonó el aposento hace horas y andará trajinando con los servidores. Simón del Rey se frota los ojos y en seguida vuelve a apoderarse de él la evidencia desagradable... Pegar... pegar hasta que las manos le duelan... En la estancia, cerca del molino, hay una choza... Arrastrarla allí y pegar.. pero no aquí... aquí hay testigos, parientes... un mundo de parientes orgullosos... y ese gobernador que aprovechará para vejarle, porque le odia... le odia como un caballero odia al judío con
quien tuvo tratos por dinero y a quien debió soportar y agasajar y palmear en el hombro... 
          No aquí sino allá, en la estancia, en el fortín extraviado entre talares y lagunas... 
          Se levanta, salpica sus mejillas y su nariz palestina con agua y se pone ante el espejo, deseoso y temeroso a un tiempo de que el cuadro que certifica su burla haya regresado a él, Pero en su lugar la luna de Venecia muestra en su retablillo de títeres lamentables otro acto, en el cual él desempeña el papel principal. Asómbrase Simón, pues la escena que se desarrolla -ésa en la cual dos soldados le prenden y se ve al señor alcalde con un gesto torcido- no ha tenido efecto aún, y el prestamista, tras breve vacilación, adivina que el reloj loco, cuyas agujas corren hacia adelante y hacia atrás con movimientos incoherentes, le está exhibiendo algo que un día sucederá y que se reflejará dentro de esa misma luna prodigiosa. Y de inmediato se da cuenta de que le arrestarán por asesino de su mujer; se da cuenta de que aunque su venganza se esconda en la soledad de la llanura, le descubrirán, y comprende que esos vanidosos castellanos que matarían a sus esposas por la sospecha más nimia, no tolerarán que un portugués judío haga lo mismo con una que procede de su altiva casta, no obstante que haya pecado, y deduce que él será quien saldrá perdiendo. Procura apaciguarse. Ya abundarán ocasiones para el desquite. Ahora es menester quedarse quieto.
-¡No, no -se repite, tartamudeando-, no sucederá, no me meterán entre fierros!
          Simón del Rey se dirige a su despacho. Le está aguardando su amigo Juan de Silva, con novedades de bulto: la situación ha hecho crisis; mientras él se hallaba fuera de la ciudad, el gobernador don Jerónimo Luis de Cabrera hizo pregonar un bando por el cual ordena que los moradores de nación portuguesa se inscriban en un registro y entreguen allí sus armas. Han acudido trescientos setenta; más de la cuarta parte de la población porteña es de ese origen. Todos concurrieron, del maestre de campo Manuel Cabral de Alpoin abajo, con arcabuces, con espadas, con dagas, con picas.
          El mal humor del prestamista encuentra desembocadura y se lanza por ella a borbotones, como un torrente. Golpea la mesa con ambos puños y vocifera que él no irá, que no es portugués, que no lo fue nunca, sino un vasallo leal del Rey Felipe; y echa a su compadre. Su mujer se arrima, medrosa, porque ha captado el
chisporroteo que atiza el peligro.
-El espejo... -comienza a decir.
Simón del Rey explota, furioso:
-¡Náo me cuente del espejo... náo me lo nombre...!

          La tarde caliente se cuela por la ventana, en la penumbra de la siesta, para atisbarle, empacado delante del cristal veneciano que sin reposo estudia, como si fuera un mapa mural y él un jefe que se apresta a dar una batalla, y que titubea antes de marcar la mudanza de las posiciones. Pero el espejo, quizás alertado por esa vigilancia, ha suspendido la oscilación que trae y lleva las imágenes cuya custodia se le confía, y lo único que le da, a cambio de su presencia avizora, es su propia efigie de medio cuerpo, como un irónico retrato velazqueño, con una mano crispada bajo la gorguera.
-No la tocaré -dice Simón del Rey-; no iré a presidio por culpa de esa perra cristiana... Después... después...
          Y cuando lo está diciendo o pensando, entran en su habitación, sin previo aviso, los dos soldados y el alcalde que vio reflejados allí.
-Simón del Rey -manifiesta el alcalde solemnemente-, traigo orden de conduciros ante Su Señoría, por no haber
cumplido lo que dispuso sobre el desarme de los portugueses.
          Simón se desconcierta. Esto no figuraba en sus planes. ¿Cómo iba a presentirlo, cuando tenía que considerar un asunto tan arduo y de tan distinta condición? ¿Qué pretende don Jerónimo Luis: que se vuelva loco? ¿Por qué no le dejan tranquilo, con su intranquilidad? ¿Cómo va a conjurarla o por lo menos a narcotizarla, si le torturan con estupideces?
Tartajea: -No soy portugués.
-Tendréis que acompañarme.
-No soy... no soy portugués...

          Exasperado, porque la rabia impotente de ser portugués hasta la punta de las uñas y de que por ello invadan su casa se suma ahora a la de saberse engañado, descarga su ira sobre el alcalde, perdido el dominio, y le da un empellón.
El funcionario se alisa la ropa y dice:
-Vendréis conmigo a la cárcel, Simón del Rey, por rebelaros contra la autoridad.
          El prestamista se agita como un poseído. En la luna espectral, cópiase exacta la escena que vio esa mañana: los soldados que avanzan y el alcalde del torcido gesto. Ante la sorpresa de los esbirros, rompe a reír. ¿Así que esto era todo? ¿Nada más que esto? ¿No le conducirían al Fuerte para ajusticiarle, sino para una simple declaración? Ríe hasta las lágrimas. 
¡Ay -solloza-, ya regresaré, pronto regresaré!
          Su risa se muda repentinamente en cólera. Como un látigo le hostiga el recuerdo del mal rato que pasó por culpa del espejo. Antes de que los soldados puedan apoderarse de él, exclama:
-Este es... éste es o culpable... o maldito.. Y alza lo que más cerca encuentra -un Cristo de plata del Alto Perú- y lo estrella contra la luna que, al partirse, arrastra entre sus fragmentos las imágenes rotas.
          Saltan los fragmentos púrpuras y verdes. Uno se clava en la mejilla izquierda del alcalde y la sangre mana: 
-¡Me habéis herido -gime el funcionario- y voto a Dios que lo pagaréis!
          Los hombres se abalanzan sobre el portugués y le tuercen las muñecas para sujetarle, pero Simón del Rey no cesa de reír. Cruzan el patio, rumbo al zaguán. Doña Gracia aparece, asustada por el estrépito. Al mismo tiempo surge de la calle el muchacho con cara de tonto, que apenas puede murmurar que venía a despedirse, porque ya se llevan a Simón.El prestamista cruza maniatado el corro que se amasó frente a la puerta, dentro del cual hay chicos que le gritan judío y negras que le sacan la lengua. Se vuelve para ver a su mujer y al extranjero que permanecen ante su casa y que luego entran en ella, muy juntos, a recoger los restos del espejo veneciano, del espía muerto.
           Huirán a Chile con su pasión desesperada, pero Simón no lo sabrá nunca. Su proceso ambulará por tribunales indiferentes, acumulando papelería, de Buenos Aires a Lima, de Lima a España, hojeado distraídamente por magistrados e inquisidores, que se devolverán la carpeta cada vez más abultada, hasta que nadie entienda cuál es la causa que se debate, ahogada en un mar de sellos y de rúbricas, los que se repiten como si el expediente se hubiera llenado de espejos laberínticos que copian las idénticas fórmulas latinas y los rostros iguales de los jueces. Y Simón del Rey perderá todas sus estancias. Le enviarán de una a otra celda, por tentativa de asesinato en la persona de un representante de Su Majestad; por ocultamiento sedicioso de armas a favor de los enemigos portugueses; y por herético judío, que no vaciló en arrojar un Cristo contra la pared, quebrando un espejo, después de jurar que ese Cristo -que llamó maldito- era el culpable de su desgracia. Y se transformará en un viejecito cuyo temblor hace tintinear su rosario, y que susurra a los carceleros sordos:
-Le pegaré... la llevaré a la estancia... le pegaré... me dolerán las manos...  


domingo, 23 de enero de 2011

Misteriosa Buenos Aires - Manuel Mujica Lainez

EL HAMBRE
1536

Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras estrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios.
Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.
Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.
Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador.
El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los indios querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.
¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.
Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó!.España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques.
En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?
El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay... no lo hay... Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que  ceñirse el vientre que punzan los  dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.
El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces...
Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose. Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque.
Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas... Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más...
Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas.
Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto.
A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana y, de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de  pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué?
¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester..
Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos.
Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento. El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.
Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.
Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación...
Si el genovés se fuera de una vez por todas... de una vez por todas... ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad...
No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano.
Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.






Les Luthiers - Frases / Fotos

LES LUTHIERS - FRASES

El amor eterno dura aproximadamente 3 meses 
No te metas en el mundo de las drogas. Ya somos muchos y hay muy poca 
Todo tiempo pasado fue anterior 
Tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria 
El que nace pobre y feo tiene grandes posibilidades de que al crecer se le desarrollen ambas condiciones 

Los honestos son inadaptados sociales 
El que quiera celeste que mezcle azul y blanco 
Pez que lucha contra la corriente muere electrocutado 
La esclavitud no se abolió, se cambió a 8 hs diarias 
Si la montaña viene hacia ti, corre. ¡Es un derrumbe! 

Lo importante no es ganar, sino hacer perder al otro 
No soy un completo inútil. Por lo menos sirvo de mal ejemplo 
Laz drojaz te buelben vruto 
Si no eres parte de la solución, eres parte del problema 
Errar es humano, pero echarle la culpa a otro es mas humano todavía 

El que nace pa tamal nunca ta bien 
Lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe 
¿Para qué tomar y manejar si puedes fumar y volar 
Yo no sufro de locura, la disfruto a cada minuto 
Es bueno dejar el trago, lo malo es no acordarse dónde. 

El dinero no hace la felicidad la compra hecha 
Una mujer me arrastró a la bebida Y nunca tuve la cortesía de darle las gracias 
Si tu novia perjudica tu estudio, deja el estudio y perjudica a tu novia 
La inteligencia me persigue pero yo soy mas rápido 
Huye de las tentaciones despacio, para que puedan alcanzarte 

La verdad absoluta no existe y esto es absolutamente cierto 
Hay un mundo mejor pero es carísimo 
Ningún tonto se queja de serlo. No les debe ir tan mal. 
Estudiar es desconfiar de la inteligencia del compañero de al lado. 
La mujer que no tiene suerte con los hombres no sabe la suerte que tiene 

No hay mujer fea, sólo belleza rara 
La pereza es la madre de todos los vicios y como madre hay que respetarla
Si un pajarito te dice algo debes estar loco pues los pájaros no hablan. 
En cada madre hay una suegra en potencia 
Lo importante es el dinero, la salud va y viene 

Trabajar nunca mató a nadie... pero para qué arriesgarse 
No te tomes la vida en serio, al fin y al cabo no saldrás vivo de ella 
Felices los que nada esperan, porque nunca serán defraudados 
El alcohol mata lentamente. No importa, no tengo prisa. 
La confusión esta clarísima 

Mátate estudiando y serás un cadáver culto 
Lo triste no es ir al cementerio, sino quedarse 
Hay dos palabras que te abrirán muchas puertas Jale y Empuje 
Dios mío dame paciencia,¡¡ Pero dámela YA!!








Estudios de los animales - Les Luthiers

Ava Gardner - Les Luthiers

Monólogo Rabinovich - Les Luthiers

Loas al cuarto de baño - Les Luthiers

El Rey enamorado - Les Luthiers

sábado, 22 de enero de 2011

Nota sobre Leo Masliah

Letras, canciones y cuentos de Leo Masliah
Cultura


El cantante, músico, humorista y compositor uruguayo Leo Masliah nació en Montevideo en el año 1954 y se ha destacado por la originalidad de sus composiciones, tanto en sus letras como en su complejidad musical.
Sus canciones transitan generalmente por el humor absurdo y ácido, siendo un músico sumamente reconocido a nivel internacional, sobre todo en Argentina y Chile donde brinda conciertos todos los años.
En sus letras maneja un humor absurdo y ácido lo que le brinda un gran atractivo a todas sus canciones.
Su primer disco fue editado en el año 1980 y lo denominó “Canciones Barias”, siendo un disco que hoy en día tiene una gran vigencia a pesar del paso del tiempo.
Además de canciones ha editado varios libros de cuentos, reconocidos guiones de teatro, artículos para periódicos, revistas, etc.
A lo largo de su extensa discografía (más de 30 discos grabados) encontramos trabajos extraordinarios como:

- Falta un vidrio
- El tortelín y el canelón
- Persianas
- Sin palabras 1 y 2
- No juegues con fuego porque lo podes apagar
- Canciones desoídas 
- Textualmente 1, 2 y 3 
- Aunque voce nao acredite 
- Leo Masliah en hispania 
- Irrestricto 
- Contemporáneo
Autor de canciones que han marcado una etapa dentro del cancionero uruguayo como “corriente alterna”, “titanic” y uno de sus clásicos ”biromes y servilletas”, tema compuesto en plena salida de la dictadura expresando los sentimientos de tantos artistas uruguayos censurados.

Letras de canciones de Leo Masliah “Zanguango”

 

Soy un imbécil, soy medio tarado, 
soy nulo, soy un retardado; 
nunca pasé la edá de la bobera,en el mate yo tengo madera; 
yo no sé si se me nota la cara
de idiota o el aire de nabo, 
aunque también soy un ganso
y si un día me canso, me convierto en pavo.

Zanguango, zanguango... 
Soy un zapato, un estúpido, un bobo, 
no sé ni dónde estoy parado, 
no me doy cuenta de nada, 
soy tonto y retonto, soy un abombado. 
Tengo un helado aplastado en la frente, 
en la mente tengo detergente; 
soy medio zonzo y tres cuartos boludo, 
soy necio, soy un pelotudo.


La cita - Leo Masliah

Rutinas para el tiempo libre - Leo Masliah

RUTINAS PARA EL TIEMPO LIBRE

 Cuando tengo algún tiempo libre, suelo dedicárselo a los hados del azar. Emprendo un paseo cuya dirección se va modificando de acuerdo a algún criterio como, por ejemplo, mirar la última cifra de la matrícula del último auto que se encuentre estacionado en cualquiera de las dos aceras de la cuadra en la que estoy. Supongamos que experimento una ligera preferencia por continuar mi camino en línea recta, por esa calle. Entonces, si la última cifra de la matrícula está entre el cero y el tres, continúo por esa calle. Si la cifra está entre el cuatro y el seis, doblo a la izquierda. Y si está entre el siete y el nueve, doblo a la derecha. Es claro que más de una vez, vale decir, si el azar me lleva a pasar una y otra vez por la misma cuadra, puede ocurrir que los vecinos me miren con desconfianza. Para estos casos, dispongo de varias rutinas. A la que utilizo con más frecuencia la denomino “relación pelo-sexo”. Esta rutina diversifica mi conducta más que la basada en las cifras de las matrículas. Aquí ya no hay solamente tres conductas posibles, sino cinco. En efecto: si la primera persona visible (para mí) en la cuadra es rubia o pelirroja y es mujer, me fijo si en esa cuadra hay un quiosco. Si lo hay, compro una golosina y quedo exonerado de seguir dando vuelta a la manzana, pudiendo llegar hasta la otra cuadra, por la misma calle (tengo otras rutinas para el caso de que esa calle muera en la esquina, pero las mismas exceden el propósito del presente trabajo). Si no hay ningún quiosco, toco timbre en la primera casa cuya puerta no sea de color marrón, y si me atienden, pregunto por el doctor Magurno. Si no me atienden, hago que me desmayo, y espero hasta que algún buen vecino llame a una ambulancia que me traslade a otra parte (para empezar otro camino con idénticas reglas a partir de allí, ni bien me hayan dado de alta diciéndome tal vez que sólo se trató de un momentáneo bajón de presión), o hasta que llueva, en cuyo caso contraigo para mis adentros la obligación de regresar a casa y mirar dos horas la televisión, sin encenderla.

Si me atienden y me dicen que ahí no hay ningún doctor Magurno, quedo habilitado para doblar en la siguiente esquina en dirección contraria a la de mi giro anterior (el que me llevó de vuelta al mismo lugar). Nótese que en ambos casos (tanto recurriendo al quiosco como tocando timbre en la casa), mi conducta, frente a los curiosos, queda explicada dentro de los cánones habituales de la civilización, puesto que pueden pensar “el tipo se había ido pero volvió porque tuvo antojo de golosinas” o “el tipo estaba buscando el número de puerta y no lo encontraba”.

Si no hay ninguna casa de puerta marrón, o si en esa cuadra solamente hay edificios, empiezo a caminar por la misma calle pero en sentido contrario, quedando liberado de la cuadra viciosa (denomino así a las que, por la numeración de las matrículas de los autos, y por tratarse de autos abandonados que pueden pasar días en el mismo lugar, me conminan a un loop o “bucle” difícil de salvar).

Prosigo con mi explicación. Si la primera persona visible de la cuadra es rubia o pelirroja y es hombre, bajo a la calzada y bailo el “Apolo” de Stravinsky, de acuerdo a la coreografía de Constantin Mikhailkov. Esto también puede ser asimilado por los curiosos como una conducta civilizada, ya que toda civilización genera sus tipos particulares de locura, y si llaman a una ambulancia para que me encierre en un manicomio, tanto mejor, puesto que ya no necesito recurrir a artificios casuales para saber lo que tengo que hacer: habrá enfermeros que me instruyan sobre las rutinas a seguir todos los días y a todas las horas. Pero si nadie me encierra, al finalizar la coreografía, doy por terminado mi paseo y voy a lo de mi tía Zephir a tomar té y a conversar sobre trivialidades.

Si la primera persona visible es de cabello negro o castaño y es mujer, me tomo un colectivo que pare en esa cuadra, o en su defecto, un taxi, y me bajo después de un recorrido de doce cuadras (o de trece, si en la cuadra número doce, maldición, no hay parada). Si no pasan colectivos ni taxis, hago auto-stop. Y si nadie me para, me dirijo a la cuadra siguiente arrastrándome (si alguien me interroga acerca del motivo, le miento diciéndole que se trata de una promesa religiosa, cosa de permitirle, también en este caso, encuadrar mi conducta dentro de parámetros civilizados).

Si la primera persona visible es de cabello negro o castaño y es hombre, pierdo la memoria, y lo que haga de ahí en más dependerá de los consejos de quienes me asistan, o de las reglas de conducta que me dote a mí mismo a partir de entonces (recurrí a los oficios de un hipnotizador para que me indujera, si este caso se presentara, a una amnesia total).

Si la primera persona visible es canosa, calva o si no hay nadie visible, aprovecho para tratar de robar, en el comercio o en la casa que me parezca más desprotegida. Pero una vez hecho el acopio ajeno, lo deposito en la vereda y trato de llamar la atención de algún vecino de la cuadra, diciendo que alguien quería robar y al yo sorprenderlo, huyó. De este modo, a veces percibo recompensas nada despreciables. Y si me sorprenden con lo robado antes de haberlo depositado, tanto mejor, pues de ahí en más será la policía y el poder judicial quienes indiquen cuál será el modo en que deberé emplear mí tiempo libre. Para finalizar, y sin querer exasperar al lector con los detalles que devengan de los casos no contemplados en lo expuesto, o con el resto de mi repertorio de rutinas, diré que para el caso de tocar timbre en una casa preguntando por el doctor Magurno, si me llegan a contestar “sí, enseguida”, tengo previsto suicidarme. Pero es tan improbable esta circunstancia, que estoy seguro de llegar a vivir muchos años más disfrutando plenamente de mi tiempo libre, en perfecta armonía con el mundo civilizado.






La tragedia de ir a ver el Titanic - Leo Masliah

Navajo - Leo Masliah

NAVAJO

Yo ser indio navajo. Yo vivir lugar tranquilo hasta que hombre blanco venir. Todo comenzar así: navajo conjugar siempre verbos en infinitivo y así vivir en paz, sin presente ni futuro, sin Kant. Pero hombre blanco llegar y hablar mismo idioma que nosotros, castellano, pero hombre blanco empezar a conjugar verbos en modo indicativo y subjuntivo, y también implantar modo imperativo y ordenar nosotros retirar a reservaciones. En otros lugares hombre blanco hacer indio trabajar para él. Y pagar con caries dental. Y indio empezar a necesitar escarbadientes. Y hombre blanco decir que astilla de árbol no servir por no ser esterilizada. Y nosotros comprar escarbadientes a hombre blanco. Y pagar con oro y plata. Oro y plata ser nuestra caca, pero hombre blanco no saber y acuñar monedas con material, y pasar monedas de mano en mano. Y cuando casarse hombre blanco poner en dedo de novia y en suyo propio sendo anillo fecal. Esto acontecer en lo que hombre blanco llamar sur. Nosotros no hablar de sur porque pensar que extremos ser intercambiables, ya que como decir cacique Oreja Cortada el mundo ser un pañuelo.

Hombre blanco siempre poner cosas de un lado y cosas de otro, y muchas veces confundirlas. Gran cacique Oreja Cortada siempre decir que Van Gogh equivocarse de oreja cuando cortársela. Esto ser porque él estar alienado de tanto mirar sus cuadros, ya que izquierda del cuadro ser derecha de Van Gogh, y viceversa. Por misma razón ser que biblia de hombre blanco equivocarse al decir que dios crear hombre a su imagen y semejanza, dios de hombre blanco crearlo a él desde fuera del mundo (ya que haber creado también mundo), y entonces para poder verlo a su imagen y semejanza haberlo creado con corazón a la izquierda, pero él tenerlo a la derecha. Además corazón de hombre blanco latir, pero corazón de dios de hombre blanco estar atrofiado, ya que él no necesitarlo para vivir. También pulmones de dios estar chiquitos y arrugados, ya que él no necesitar respirar. Dios de hombre blanco ser flaco y tener apariencia raquítica. Dios de hombre blanco crear niños de nordeste brasileño a su imagen y semejanza de como él verse en espejo. Pero yo divagar mucho. Yo empezar hablando de caries dental y terminar hablando de nordeste brasileño. Además yo acabar de emplear gerundio. Eso ser porque yo estar aculturado. Recibir mucha influencia de hombre blanco. Mi mujer querer que yo hacerle una peluca con cabellera arrancada a hombre blanco. Mi mujer querer parecerse a Juan Sebastián Bach. Y gran cacique Oreja Cortada criticarme también por llevar en cabeza escamas de pescado en lugar de plumas. Pero esto ser porque yo tener cruza. Mi padre ser navajo, pero mi madre ser cuchilla de cortar pescado. Cacique también decir que yo estar aculturado porque querer blanquearme la piel como Michael Jackson. Pero él no saber que yo hacer eso como táctica de camuflaje. Yo mimetizarme entre hombres blancos y con medio quilo de caca comprar apartamento en barrio residencial.
Entonces invitar hombres blancos a tomar licor, y cuando tenerlos alcoholizados traer cuchilla y arrancarles cuero cabelludo. Luego yo sacar pelos al cuero y hacer artesanías con el. Vender trabajos en ferias artesanales donde hombre blanco comprar para adornar casa. Hombre blanco siempre necesitar aditivos para todo: necesitar collar para cuello, necesitar anillo para dedo, necesitar cuadros para paredes, necesitar colchón para cama, necesitar sábana para colchón, necesitar condimento para comida, necesitar edulcorante para café, necesitar impermeabilizante para techo, necesitar timbres postales para cartas, necesitar queso rallado para pastas, necesitar herradura para caballo, necesitar plumas para cabeza de indio. Cuando encontrar indio sin cabeza hombre blanco quedar desorientado porque no saber donde poner plumas.

Hombre blanco a veces criar gallinas, y zorro de hombre blanco comérselas. Indio ser más astuto: criar zorros y gallinas que venir no poder comérselos. Pero hombre blanco acabar por aniquilar navajo. Por eso yo ahora parar de hablar. Yo ya no ser nada. Gran cacique Oreja Cortada ya habérmelo dicho muchas noches al mirar firmamento: pucha, no ser nada.


Autoayuda - Leo Masliah

9 de Julio - Leo Masliah

9 DE JULIO
 
Buenos Aires, Argentina. Día de sol. Avenida 9 de Julio. Semáforo rojo. Se junta gente que quiere cruzar. Enfrente también. El semáforo demora. Viene más gente por ambos bandos. Cada destacamento mira firmemente el semáforo opuesto, haciendo acopio de fuerzas. “Ánimo, muchachos”, dice un individuo a sus compañeros de acera, “ya llegará el día en que podamos cruzar”. Los demás lo reconocen inmediatamente como su líder. “Quizás algunos mueran en la empresa”, sigue diciendo él, “pero esos quedaran para siempre en nuestros corazones”. El semáforo continúa en el rojo. En frente, el bando contrario designó como líder a una mujer. Su aparatoso tren delantero la hace especialmente apta para violentos impactos frontales con peatones de sentido opuesto. “Estamos contigo, Tatiana” le gritan algunos. “Ese no es mi nombre” contesta ella, pero igualmente lo asume, como Wojtila el de Juan Pablo. Desde enfrente, el otro líder la mira, y le muestra el dedo medio de su mano derecha. Sus camaradas, hombres y mujeres, lo imitan. Algunos tienen binoculares y eligen contra quien van a chocar. Otros despliegan la navaja de su alicate, y la exhiben a modo de proa. De pronto, semáforo amarillo. Un estudiante, de los de Tatiana, pregunta si puede pintar de azul el vidrio amarillo del semáforo que está de su lado, para que quede verde y los del bando contrario, al tratar de cruzar, sean apisonados por los coches. La jefa le pide paciencia, y le asegura que a su debido tiempo ningún adversario quedará en pie. El estudiante recita a García Lorca “verde que te quiero verde”. Por fin el semáforo cambia. “A ellos”, grita el líder de enfrente, “hay que enterrarlos en el asfalto; el sol esta de nuestra parte y ya lo reblandeció un poco”. Ambas cohortes inician su marcha hacia la colisión. Tatiana se acomoda el corpiño. El otro líder acomoda a su gente por orden de altura. “Las mujeres y los niños primeros”, dice. Todos avanzan con paso resuelto. Los autos, inmóviles, observan el espectáculo, y una cuadrilla de niños marginales que habitualmente se dedica a limpiar los vidrios de los coches a cambio de monedas, está ahora levantando suculentas apuestas referidas al desenlace de la cruzada peatonal. Atención, faltan pocos metros. Ya está, ya está. Dos pasos, un paso. Y entonces, súbitamente, todos cambian radicalmente su actitud. Empiezan a pedirse permiso unos a otros y a esquivarse. Se acabó Tatiana. Apenas si se producen algunos roces totalmente inocuos. Nadie cae, nadie es aplastado. Todos llegan a destino, a las respectivas aceras de enfrente, y continúan los abúlicos trayectos que habrán de conducirlos al desempeño de sus estúpidas ocupaciones. Nadie recuerda su intención preliminar. Todos fingen civismo, qué cagones.



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