martes, 1 de febrero de 2011

Casi un objeto - José Saramago

Cuento: "Cosas" - 2º Parte


Fue a la cocina a preparar la cena. Se li­mitó a revolver unos huevos, que comió en el extremo de la mesa, acompañados con pan y un vaso de vino. Después lavó los pocos ca­charros que había ensuciado. Evitó mojarse la mano que había sido arañada, aunque supiese que la película biológica era impermeable al agua: actuaba como otra piel regeneradora de los tejidos orgánicos y, al igual que la piel, res­piraba. Un hombre gravemente quemado no moriría si fuese posible cubrirlo en seguida con el líquido biológico y sólo los dolores le impe­dirían hacer una vida normal hasta la curación completa. Recogió el plato y la sartén y, cuan­do se disponía a colocar el vaso al lado de los otros dos que tenía, notó un espacio vacío en el armario. Al principio no consiguió acordarse de lo que allí había estado antes. Se quedó con la boca abierta, con el vaso en la mano, rebus­cando en la memoria, intentando entender. Era eso: la jarra grande que raramente utilizaba. Puso despacio el vaso al lado de los otros, cerró la puerta del armario. Después se acordó de las recomendaciones del gobierno (g) y volvió a abrirla. Todo estaba en su lugar, excepto la jarra. La buscó por toda la cocina, moviendo los obje­tos con el mayor cuidado, mirándolos fijamente, uno por uno, hasta aceptar tres evidencias: la jarra no estaba donde la había dejado, no esta­ba en la cocina, no estaba en ninguna parte de ­la casa. Luego había desaparecido.
No se asustó. Después de haber oído la nota oficiosa (no) en la televisión (tv), se sentía como buen ciudadano usuario que se enorgullecía de ser, y funcionario, miembro de un inmenso ejército de vigilantes. Se veía en comunicación directa con el gobierno (g), responsable, tal vez futuro benemérito de la ciudad y del país, tal vez destinado a la prioridad C. Volvió a la sala con paso firme, marcialmente sonoro. Se aproximó a la ventana que había dejado abier­ta. Miró la calle hacia un lado y hacia otro, dominador, y decidió que aprovecharía el fin de semana trabajando en vigilancia continua por toda la ciudad. Sería una mala suerte muy gran­de la suya si no consiguiese informaciones útiles al gobierno (g), suficientemente útiles como para merecerle la prioridad C. Nunca había te­nido ambiciones, pero ahora había llegado el momento de tenerlas con legítimo derecho. La prioridad C significaría, por lo menos, funciones de mucha mayor responsabilidad en el servi­cio de requerimientos (sr), significaría, quién sabe, el traslado a un sector más próximo al gobierno central (ge). Abrió la mano, vio su H, se imaginó una C en su lugar, saboreó la visión del injerto de piel nueva que le harían. Aban­donó la ventana y conectó el receptor: la imagen mostraba la fase de laminación de las alfombras. Interesado ahora, se sentó confortablemente y vio el programa hasta el final. El mismo locu­tor leyó el último noticiero, repitió la nota oficiosa del gobierno (nog) y añadió, dejando dudas sobre la eventual relación mutua de las dos informaciones, que al día siguiente toda la periferia de la ciudad pasaría a ser vigilada por tres escuadrillas de helicópteros, estando ya asegurado, por el estado mayor de la fuerza aérea (emfa), el refuerzo de esa vigilancia con otros aparatos en caso de necesidad. El fun­cionario apagó el televisor y se fue a acostar. No volvió a llover durante la noche, pero se oyeron innumerables crujidos por todo el edi­ficio. Algunos inquilinos, despiertos, se asustaron y telefonearon a la policía y a los bomberos. Les respondieron que el asunto se encontraba en examen, que la seguridad de las vidas esta­ba garantizada, no pudiendo decirse lo mismo, infelizmente, por el momento, de la seguridad de los bienes, pero que el problema marchaba hacia su solución. Y leían la nota oficiosa del gobierno (nog). El funcionario del sre durmió un sueño reposado.
Cuando a la mañana siguiente salió de casa, se encontró en el descansillo a algunos veci­nos que conversaban. El ascensor había vuelto a funcionar. Menos mal, decían todos, porque eran ahora veinte los escalones que faltaban, contando sólo los tramos de escalera hasta la planta baja. Hacia arriba faltaban muchos más. Los vecinos estaban preocupados y pidieron informaciones al funcionario del sre. Este opinó que la situación continuaría agravándose durante algún tiempo, pero que no tardaría en normalizarse. Después se entraría en la recuperación.
Todos sabemos que ha habido crisis de comportamiento. Errores de fabricación, mala planificación, presión insuficiente, defec­tos de las materias primas. Y siempre ha sido remediado todo.
Una vecina recordó:
—Pero nunca hubo una crisis tan grave y durante tanto tiempo. ¿Adonde vamos a parar si los oumis continúan así?
Y su marido (prioridad E):
—Si el gobierno no se pone manos a la obra, se elige otro más enérgico.
El funcionario estuvo de acuerdo y se metió en el ascensor. Antes de ponerse éste en movimiento, la vecina le previno:
—Sepa que no va a encontrar la puerta de nuestra finca. Desapareció esta noche.
Cuando el funcionario salió del ascensor al vestíbulo, le causó un choque el vacío cuadrangular que se abría ante él. No había otra señal de la puerta a no ser, en las jambas, los agujeros donde antes habían estado clavados los goznes. Ningún vestigio de violencia, ningún fragmento. Pasaba gente por la calle, pero no se detenían. Al funcionario le pareció casi ofensiva esta indiferencia, pero la entendió cuando llegó a la acera: no faltaba tan sólo la puerta de su casa, faltaban otras puertas a los dos Iados de la calle. Y no sólo puertas. Había tiendas con toda la fachada al aire, sin escaparates ni artículos. A una finca le faltaba por entero la fachada, como si hubiese sido cortada de arri­ba abajo por un cuchillo afiladísimo. Se veían los interiores, los muebles, algunas personas moviéndose al fondo, asustadas. Por una coin­cidencia inexplicable, todas las lámparas de los techos estaban encendidas: la finca parecía un árbol iluminado. En el primer piso se oía gritar a una mujer: «Mi ropa. ¿Dónde está mi ropa?» Y pasó desnuda por la habitación expuesta a la vista de la calle. El funcionario no pudo evitar una sonrisa, divertido, porque la mujer era gor­da y mal hecha. Al iniciarse la semana, los servicios de abastecimientos comunes (sac) iban a estar sobrecargados. La situación se compli­caba cada vez más. Menos mal que él pertenecía al sre. Bajó la calle, atento, según la petición del gobierno (g), a todas las cosas, tanto las fijas como las móviles, al acecho de la más pequeña señal de comportamiento sospechoso. Notó que otras personas procedían de la misma manera y esta demostración de conciencia cívica le con­fortó, aunque cada una de ellas fuese, por así decir, un rival para la prioridad C. «Habrá para todos», pensó.
De hecho, había mucha gente en la calle. La mañana estaba clara, llena de sol, una excelente mañana de playa o campo. O para quedarse en casa, gozando el reposo del fin de semana, si no fuese obvio que las casas perdían seguri­dad, no en el sentido estricto, pero sí al menos en ese otro que no debe ser olvidado en cir­cunstancia alguna: el decoro. Aquella finca que se había quedado sin la fachada entera, cercena­da, no era un espectáculo agradable de ver: todos aquellos interiores ofrecidos así a los ojos de quien transitaba por la calle, y la mujer gorda pasando, quizá inconsciente, sin un sencillo hilo de ropa encima del cuerpo y preguntando (¿a quién?) por ella. Se puso a sudar frío, al pensar cómo se sentiría vejado si la fachada de su finca también desapareciese y él tuviese que mostrar­se a la vista de todos (incluso vestido) sin el resguardo opaco, comprimido, denso, que le defendía del frío y del calor y de la curiosidad de sus conciudadanos. «Tal vez», pensó, «todo esto sea resultado de la mala calidad de fabricación. Si así fuera, menos mal, el caso era de agradecer. Las circunstancias liberan a la ciudad del mate­rial deficiente y el gobierno (g) llega a saber, sin lugar a dudas, sin equívocos, lo que debe remediar y cómo, y de todo esto sacar lecciones para el futuro. La mínima contemporización es un crimen. Es necesario defender a la ciudad y a los ciudadanos usuarios». Se acercó a un quiosco para comprar el periódico. El dueño del puesto charlaba desde el interior con dos clientes:
—...y murieron todos. La radio (r) aún no ha dado la noticia, pero lo sé de buena tinta. Un cliente que estuvo aquí hace media hora, o menos, vive exactamente al lado y lo vio.
El funcionario del sre preguntó:
—¿De qué están hablando?
Y abrió la mano, con un gesto que que­ría parecer casual, pero que era, siempre, un medio de ejercer presión sobre los interlocuto­res: allí nadie parecía tener prioridad superior a la H. El dueño del quiosco repitió su historia:
—Estaba contando lo que un cliente me dijo. En la calle donde vive desapareció una fin­ca entera, y las personas que vivían en ella fueron encontradas todas muertas, sobre la tierra. Completamente desnudas. Ni anillos tenían. Lo más extraño es que haya desaparecido la finca por completo, hasta los cimientos. Quedó sólo el hueco.
La noticia era grave. Defectos de puer­tas, desaparición de buzones o de jarras, en fin, se soportaba. Se admitía incluso que la fachada de una finca se volatilizase. Muertos, no. En tono oficial (los tres hombres, con gestos que igualmente significaban distracción o casualidad, habían vuelto hacia arriba las palmas de las manos: el dueño del quiosco era de prioridad L, uno de los clientes se beneficiaba de la prioridad L, el otro se las ingeniaba para no exhibir demasiado su N), expresó, compartió su cívica indignación:
—A partir de ese acontecimiento, es la guerra. La guerra sin cuartel. No creo que el gobierno (g) tolere agresiones y, mucho menos, asesinatos. El camino es el de las represalias.
El cliente I, apenas un grado inferior, osó expresar una duda mínima:
—Lo malo es que los efectos de las repre­salias vienen siempre a caer sobre nosotros.
—Sí, tiene razón. Pero sólo temporal­mente. No lo olvide, sólo temporalmente.
El dueño del quiosco:
—Así ha sido siempre, es un hecho.
El funcionario cogió un periódico y pa­gó. Fue al hacer este movimiento cuando se acordó de que no se había quitado la película bio­lógica que el enfermero había puesto en su ma­no derecha. No tenía importancia, podía quitar­la en cualquier momento. Saludó, salió y recorrió toda la calle, hasta la avenida. Las personas que pasaban a su lado conversaban animadamente, se reunían en pequeños grupos. Algunas mostraban una cara preocupada, otras tenían el aspecto de quien había dormido mal o no dormido siquie­ra. Se aproximó a un grupo numeroso donde ha­blaba un oficial de las fuerzas militarizadas (fm):
—Debemos evitar el pánico. Ésa es la pri­mera regla —decía—. La situación está controlada, las tres armas están atentas, no diré por pre­caución, que no se justificaría, la policía de seguridad industrial interna (psii) ha toma­do cartas en el asunto en todos los aspectos y niveles. Se recomienda a los ciudadanos usua­rios que no salgan de casa sin documentos de identificación.
Algunos de los circunstantes se llevaron las manos al bolsillo, oyeron un poco más y se apartaron con cierta precipitación: eran todos los que se habían dejado los documentos per­sonales en casa. El funcionario entró en un café, se sentó, pidió, contra sus hábitos discretos, una bebida fuerte y, hecho todo eso, extendió el periódico encima de la mesa. Había una decla­ración conjunta del ministerio del interior (mi) y del ministerio de industria (mi), reuniendo y desarrollando las notas oficiosas (no) anterio­res. El título principal, de lado a lado de la página, garantizaba: «La situación no ha empe­orado en las últimas veinticuatro horas.» El funcionario, nerviosamente, murmuró: «¿Y por qué razón debería haber empeorado?» Hojeó el periódico: un pequeño caos; noticias de deficiencias, de mal funcionamiento, de desa­pariciones. De muertos no se hablaba. Una fotografía impresionó al funcionario: mostraba una calle en la que todo un lado había desa­parecido, como si nunca hubiesen existido allí construcciones. Tomada, por lo que parecía, desde lo alto de otro edificio, la imagen mos­traba el laberinto de los huecos, una larga franja dividida en espacios rectangulares, como un juego de niños. «¿Y los muertos?», pensó, acordándose de la conversación en el quios­co. No había referencia a muertos. ¿Estaría la prensa ocultando la gravedad de la situación? Miró alrededor, volvió los ojos hacia el techo. «¿Y si este edificio desapareciese ahora?», se pre­guntó de súbito a sí mismo. Sintió el sudor frío en la frente, una opresión en el estómago. «Soy demasiado imaginativo. Siempre lo he sido, lo cual me ha perjudicado.» Llamó al camarero para pagar y, mientras le daba la vuelta, le preguntó apuntando al periódico:
—¿Qué le parece eso?
Sin intentar que el movimiento parecie­se natural, abrió la mano. El camarero, que, como había podido ver antes, tenía la letra R, se encogió de hombros:
—Oiga, si quiere que se lo diga, no me importa nada. Hasta me parece divertido.
El funcionario cogió la vuelta, sin una palabra, guardó el periódico. Después salió, con mucho aplomo, y buscó una cabina telefónica.
Marcó el número de la policía de seguridad in­dustrial interna (psii) y, cuando le atendieron, informó rápidamente que en la calle tal, café tal, un camarero así tenía un comportamiento sos­pechoso. ¿Qué comportamiento? Había dicho que no le importaba nada, que hasta le parecía divertido. Y añadió que estaba bien, que por él podía desaparecer todo. ¿Exactamente así? Exactamente así. No le fue pedida la identifi­cación y él no la dio: seguro que informaciones de éstas, sueltas, no podrían valer una prioridad C. Pero era un buen principio. Salió de la cabi­na y se quedó por allí. Quince minutos después un automóvil oscuro se detuvo frente al café. Dos hombres armados salieron del coche y entraron en el establecimiento. Poco después volvieron a aparecer, llevando al camarero espo­sado. El funcionario suspiró, dio media vuelta y continuó su camino, silbando.
Al aire libre se sentía mejor. Estaba un poco sorprendido consigo mismo, con la natu­ralidad del impulso que le había hecho telefonear, con la paz de espíritu que había sentido al ver al camarero entre los policías de la psii, siendo empujado hacia el automóvil. «Servicio de la ciudad, deber de ciudadano», murmuró. «Si todos fuesen como yo, quizá esto no estu­viese sucediendo. Cumplidor, de eso me enorgullezco. Es preciso ayudar al gobierno (g).» Las calles no presentaban grandes perjuicios, pero se notaba en la ciudad un general deterioramiento, como si alguien hubiese andado quitando pedacitos aquí y allá, como hacen con los bollos los niños: al principio, apenas se nota el estrago, y después se ve que el bollo pasó a no estar en condiciones de ser servido a las visitas. Pero había algunos daños serios (¿o debería decirse ausencias?). En el trozo final de la avenida, en una extensión de más de dos­cientos metros, todo el revestimiento del suelo había desaparecido. También debía de haber habido una fractura en la conducción sub­terránea del agua, si no, ¿cómo se explicaría el enorme cráter donde el lodo se revolvía a bor­botones? Funcionarios del servicio de sumi­nistro de agua (ssa) abrían zanjas profundas a partir de los bordes del cráter, dejando a la vis­ta las tuberías. Otros consultaban el mapa para saber dónde debería ser estancada el agua y desviada hacia otro ramal de la red. Había gran aglomeración de personas en el lugar. El funcionario del sre se aproximó para ver mejor y trabó conversación con uno de los espectadores:
—¿Cuándo sucedió esto?
El ceremonial de las manos le mostró que su interlocutor era de la prioridad E.
—Esta noche. Fue muy desagradable, como ve. La calle desapareció con todo lo que había en ella. Hasta mi automóvil.
—¿Su automóvil?
—Todos los automóviles. Todo. Semáfo­ros. Buzones. Postes de alumbrado. Como lo está usted viendo. Afeitado a navaja.
—Pero el gobierno (g) no faltará con las indemnizaciones. Volverá a tener su coche.
—Seguro. Nadie lo duda. Pero ¿ha pen­sado que en este espacio, según los cálculos de la policía de tráfico urbano (ptu), había entre ciento ochenta y doscientos veinte automó­viles? Y no sabemos si no habrá sucedido lo mis­mo en otras calles. ¿Le parece fácil resolver el problema?
—No, realmente no es fácil. Doscientos coches de indemnización, así, de repente, es un gasto. Se lo digo yo, que soy funcionario del sre.
El dueño del automóvil quiso saber su nombre, intercambiaron tarjetas. El agua había sido cortada, por fin, y el cráter apenas ondu­laba con los últimos borbotones lodosos. El funcionario se apartó. Esta vez iba de verdad preocupado. Otros casos así y sería el caos en la ciudad.
Era la hora de comer. Estaba ahora en una parte de la ciudad que no conocía bien, por la cual raramente pasaba, pero seguramente no sería difícil encontrar un restaurante a la medida de sus posibilidades. Había pensado en volver a casa para comer, pero la situación justificaba un cambio de costumbres. Además, no le agradaba nada la idea de encerrarse entre cua­tro paredes, en un edificio sin puerta de entrada y al que le faltaban escalones. Por lo menos. Otras personas (muchas) habrían pensado lo mismo. Las calles estaban abarrotadas de gen­te y en ciertos lugares llegaba a ser casi impo­sible transitar. El funcionario se contentó con un bocadillo y un refresco, todo masticado y bebido deprisa. Los restaurantes que había en­contrado estaban casi desiertos, pero tuvo miedo de entrar. «Es ridículo», pensó sin tener con­ciencia de clasificar así su temor. «Si el gobierno (g) no toma precauciones rápidas, esto acabará mal.» Precisamente en ese instante un automó­vil dotado de megafonía se detuvo en medio de la calle. Se oía amplificada la voz de la mujer que dentro del coche leía un papel: «Atención, ciudadanos usuarios. El gobierno (g) informa a todos los habitantes que va a poner en práctica medidas rigurosas de prevención y castigo. Han sido realizadas algunas detenciones y se espera que durante el día la situación se normalice por completo. En las últimas horas apenas se han verificado casos de mal funcionamiento, pero ninguna desaparición. Los ciudadanos usuarios deberán mantenerse vigilantes, su colaboración es preciosa. La defensa de la ciudad no compete sólo al gobierno (g) y a las fuerzas militares y militarizadas (fmm). La defensa de la ciudad es responsabilidad de todos. El gobierno (g) regis­tra y agradece la colaboración dada por muchos ciudadanos, pero recuerda que los beneficios de la vigilancia, resultantes de la presencia en masa en las calles y plazas, acaban por ser perjudica­dos por esa misma masa. Es necesario aislar al enemigo y no proporcionarle condiciones para ocultarse. Atención, por lo tanto. Nuestra tra­dicional costumbre de mostrar las palmas de las manos debe convertirse, a partir de este momen­to, en ley y deber. Todo ciudadano pasa a tener autoridad para exigir, repetimos, para exigir ver la palma de la mano de cualquier otro ciu­dadano, sea cual sea la prioridad de uno y de otro. La prioridad Z puede y debe exigir que la prioridad A muestre la palma de la mano. El gobierno (g) dará el ejemplo: esta noche, en la televisión (tv), todo el gobierno (g) irá a pre­sentar la mano derecha a la población. Que todos hagan lo mismo. La consigna de orden en la situación actual es la siguiente: ¡vigilancia y mano abierta!» Los cuatro ocupantes del auto­móvil fueron los primeros en ejecutar la orden. Extendieron la mano derecha detrás de los cristales cerrados y siguieron adelante, mientras la mujer volvía al principio de la lectura. Excitado, el funcionario se volvió hacia el hombre que se apartaba:
—Enseñe la mano.
Y en seguida hacia una mujer:
—Enseñe la mano.
La enseñaron y a su vez lo exigieron. En pocos segundos, los centenares de hombres y mujeres que estaban parados o pasaban por la calle exhibían febrilmente las manos los unos a los otros, las levantaban para que todo el mun­do en torno pudiese testificar. Y no pasó mucho hasta que todas las manos se agitaron en el aire, ansiosas, probando su inocencia. Nació así, al mismo tiempo por toda la ciudad, la práctica más inmediata y rápida de reconocimiento e identificación: las personas no necesitaban dete­nerse, se cruzaban unas con las otras, con el brazo extendido, doblando la mano por la muñe­ca, hacia arriba, y exhibiendo la palma marca­da con la letra de prioridad. Era fatigoso, pero ahorraba tiempo.
Aunque el tiempo no faltase. La ciudad se movía aún, pero muy despacio. Nadie se atrevía ya a utilizar el metropolitano: los túneles daban miedo. Además, corría el bulo de que en una de las líneas habían desaparecido los re­vestimientos aislantes de la corriente, motivo por el cual el primer tren que había entrado en circulación había electrocutado a todos los pa­sajeros que viajaban en él. Quizá no fuese verdad, o del todo verdad, pero los pormenores abundaban. En la superficie las carreras de los autobuses eran cada vez más raras. Las personas se arrastraban por las calles, extendían el brazo, continuaban, cada vez más cansadas, sin saber adonde ir y dónde parar. En este sombrío estado de espíritu sólo había ojos para las señales de ausencia, o de destrucciones causadas por esa misma ausencia. De vez en cuando se veían ca­miones con tropas e incluso pasó una columna de tanques, con las orugas chirriando, arran­cando grandes pedazos del revestimiento de las calzadas. Por el aire iban y venían helicóp­teros. Las personas se interrogaban unas a las otras ansiosamente: «¿Será tan grave la situación? ¿Será la revolución? ¿Habrá guerra? Pero los enemigos, ¿dónde están los enemigos?» Y, si no lo habían hecho antes, levantaban el brazo y mostraban la mano. Era por lo demás la diver­sión favorita de los niños: se precipitaban sobre los adultos como fieras, hacían muecas, gritaban: «¡Enseñe la mano!» Y si los adultos, irritados, después de haber obedecido escrupulosamente, exigían a su vez ver, rehusaban, sacaban la len­gua o sólo la enseñaban de lejos. No tenía im­portancia ni por ahí vendría ningún mal: en todas ellas había una letra marcada, igual a la de los padres.
El funcionario del sre decidió regresar a su casa. Estaba exhausto hasta los huesos. Mal alimentado, se había puesto a imaginar el pequeño festín que iría a preparar en casa. Con la imaginación creció el hambre, se puso ansio­so, poco le faltaba para salivar. Sin reflexionar, apresuró el paso y poco después corría ya. De repente se sintió brutalmente agarrado, empu­jado contra una pared. Cuatro hombres le preguntaban a gritos por qué corría, le sacudían, le abrían la mano por la fuerza. Después tuvieron que soltarle. Y él se desquitó mandándoles a to­dos que abriesen las manos, inmediatamente. Todos tenían prioridad inferior a la suya.
En su casa no parecía haber modifica­ciones. Faltaba la puerta de entrada, faltaban los escalones, pero el ascensor funcionaba. Cuando salió al descansillo y dio con la puerta de corre­dera, tuvo un rápido pensamiento que lo dejó temblando de pavor retrospectivo: ¿y si du­rante ese tiempo el ascensor se hubiese averia­do, o deshecho en nada, y él de repente cayese, como aquellos muertos de los que había habla­do el hombre del quiosco? Resolvió allí mismo que, mientras la situación no fuese aclarada, no utilizaría el ascensor, pero en seguida recordó que faltaban escalones, que bajar o subir por la escalera, ahora, era probablemente imposible. Dudaba en medio de ese dilema, con una atención enfermizamente exagerada, mientras recorría el descansillo, en dirección a su puerta, y fue en el silencio, con un pie firme y el otro suspendido, cuando notó el silencio de la finca, apenas cor­tado por pequeños y súbitos crujidos inde­finibles. ¿Habría salido todo el mundo? ¿Se habrían ido todos a la calle de vigilancia, obe­deciendo las órdenes del gobierno (g)? ¿O habrían huido? Apoyó despacio el pie en el sue­lo y aguzó el oído: la tos de alguien, en un piso más alto, le tranquilizó. Abrió la puerta con mucho cuidado y entró en su casa. Dio una vuelta por todas las habitaciones: todo en orden. Observó el interior del armario de la cocina, con la esperanza de que tal vez, por milagro, encon­trase de nuevo la jarra en su lugar. No estaba. Sintió una gran angustia: esa pequeña pérdi­da personal hacía más grave el desastre que se había desatado sobre la ciudad, la calamidad colectiva que acababa de ver con sus propios ojos. Se acordó de que aún no hacía muchos mi­nutos había sentido un hambre irracional. ¿Había perdido de repente el apetito? No, pero éste se había transformado en un casi dolor sordo del que nacían eructos secos, de vacío, como si las paredes del estómago se encogiesen y distendiesen alternativamente. Preparó un bocadillo que se comió de pie, en medio de la cocina, con los ojos un poco asustados, las piernas trémulas. Sentía que pisaba un suelo inestable. Se arrastró hasta la habitación, se echó incluso vestido encima de la cama y, sin darse cuenta, se durmió profundamente. El resto del bocadi­llo cayó al suelo, se abrió al caer, con la marca de los dientes en un extremo. La habitación reso­nó con tres estallidos violentos y, como si eso fuese una señal, empezó a torcerse, a agitarse, conservando sin embargo todas sus formas, sin ninguna alteración de sus partes o de la relación entre las mismas. Todo el edificio vibraba de arriba abajo. En los otros pisos hubo quien gritó.
Durante cuatro horas el funcionario dur­mió, sin cambiar de posición. Soñó que estaba desnudo dentro de un ascensor muy estrecho que subía por la finca arriba, rompía el techo, siempre por el aire arriba, como un cohete, y, de repente, desaparecía y él se quedaba suspendido en el espacio durante un tiempo que era simultáneamente una décima de segundo y una larguísima hora, o una eternidad, y que a con­tinuación caía infinitamente, con los brazos y piernas abiertos, viendo desde lo alto la ciudad, o el lugar que ocupaba, porque no había casas ni calles, sino apenas un espacio vacío y desier­to. Cayó violentamente en el suelo y golpeó en un lugar cualquiera con la mano derecha.
El dolor le hizo despertarse. La habitación ya estaba llena de una penumbra que parecía con­sistente como una niebla negra. Se sentó en la cama.





                                                      Eduard Munch

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