miércoles, 9 de febrero de 2011

Nota sobre Atahualpa Yupanqui

          Si bien es cierto que la coincidencia cronológica multiplica por estos días su nombre en toda la Argentina, también es cierto que como artista popular está asentado en un meseta de vigencia desde hace décadas. Es una vigencia sólida, sin impacto. Reverbera más allá incluso de la Argentina y nada tiene que ver con homenajes, plaquetas y notas periodísticas: se acerca bastante al ideal de anonimato que Yupanqui postuló en El canto del viento y que refiere a la misma definición de folclore. Hoy, y desde hace mucho tiempo, Chacarera de las piedras, La añera, El alazán, Luna tucumana, Camino del indio, Zamba del grillo, Los ejes de mis carreta, El alazán, El arriero, Los hermanos y tantas más vienen explicando, en cada peña, la diferencia entre popular y masivo.
          La obra de Yupanqui ha influido decisivamente, por lo menos, la obra de tres próceres de Hispanoamérica: Joan Manuel Serrat, Alfredo Zitarrosa y Silvio Rodríguez. Sin contar fascinaciones más epidérmicas como la de Edith Piaf (fascinación que le abrió a Atahualpa las puertas más sofisticadas de París) o, más acá, la de las figuras del llamado neo folk Devendra Banhart y José González.
          Es que, a pesar de la concentración temática de su obra, Yupanqui se extiende a través del tiempo en un caleidoscopio: cada cual tiene el Atahualpa que quiere. El de protesta (Minero soy), el político (El arriero), el paisajista (Chacarera de las piedras), el zen (El cielo está dentro de mí), el poeta, el compositor, el guitarrista. 




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