domingo, 6 de febrero de 2011

Nota sobre Haroldo Conti

Haroldo Conti: Contar como cantarle al río, a la tierra, al cielo

"No sé si tiene sentido pero me digo cada vez: contá la historia de la gente como si cantaras en medio de un camino, despojate de toda pretensión y cantá, simplemente cantá con todo tu corazón: que nadie recuerde tu nombre sino toda esa vieja y sencilla historia".

Mayo es el mes del otoño por estos lados del mundo. Haroldo Pedro Conti, nació un 25 de ese mes, en el año 1925. Día patrio en que la gente de Chacabuco, su pueblo, lucía en sus solapas izquierdas, la escarapela celeste y blanca. Un pueblo de la provincia de Buenos Aires "en todo semejante a otros, trazado en un papel y reproducido luego sobre la inmensa pampa argentina, esa de majestuosa tristeza.", un pueblo al que Haroldo luego le daría vida en sus cuentos y en sus personajes.

También fue en mayo, una noche del quinto día en el año 1976, en que la intolerancia irrumpió en su casa, de la mano de unos diez hombres pertenecientes al Batallón 601 de Inteligencia del Ejército Argentino; anestesiando a los niños que dormían, encapuchando a Marta Scavac, la mujer de Conti, destrozando libros, documentos y fotografías, saqueando todo lo que pudiese ser vendido y llevándose a Haroldo y a un compañero que estaba ocultándose en la casa de la calle Fitz Roy, ésa que luego fuera vendida con un poder falso y que la familia Conti no pudo recuperar jamás.
En los días anteriores al secuestro, Haroldo había colocado en su escritorio, un cartel escrito en latín que decía: "Hic meus locus pugnare est et hinc non me removebunt" *

Hacia sus últimos años, Conti buscó su camino en una lucha política clara y definida; apoyó la Revolución Cubana, y al sindicalista Agustín Tosco. Quienes conocieron a Haroldo, sus compañeros en la revista Crisis; Federico Vogelius, Eduardo Galeano, Juan Gelman y Aníbal Ford, entre otros, afirmaban que estaba en las antípodas del dogmatismo. Su historia y sus libros confirmaron que su compromiso existió a lo largo de toda su vida, en los hechos más elementales y genuinos del pasar cotidiano.
Conti era un humanista. Y tal vez ese hecho fue lo que más tentó a los genocidas, que aquella fatídica noche de mayo, lo llevaron para luego de largas torturas, asesinarlo, asesinando así a la belleza.
Tal vez, si alguno de los captores hubiera entendido latín, el cartel que rezaba: * "Este es mi lugar de combate y de aquí no me moverán", junto al último cuento que escribió, "A la deriva", no hubiesen quedado allí, en medio del caos, casi como un símbolo de ese segundo naufragio del que esta vez, Haroldo no se salvó.  

"...¡Damas y caballeros!
¡Respetable público!
¡La función ha terminado!
Levantó un brazo, agradeciendo imaginarios aplausos, y agitó la pulsera de caracoles.
El murmullo atrajo con tal fuerza la visión del mar que el corazón le latió atropelladamente, las paredes se borraron, vio la luz cegadora del agua, una negra silueta que remontaba las olas y hasta sintió el viento cargado de sal que le hinchaba las narices. En realidad, la verdadera función empezaba recién ahora. Allá lejos, un barco cojonudo con un cañoncito montado en la proa y un ángel que hendía el agua esperaba por él.
Acababa de reconocer su camino."

Mascaró, el cazador americano – Haroldo Conti                    



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