jueves, 19 de julio de 2012

El llamado - Horacio Quiroga


Yo estaba esa mañana, por casualidad, en el sanatorio, y la mujer ha­bía sido internada en él cuatro días antes, en pos de la catástrofe.
–Vale la pena –me dijo el médico a quien había ido a visitar– que oiga usted el relato del accidente. Verá un caso de obsesión y alucinación auditivas como pocas veces se presentan igual.
“La pobre mujer ha sufrido un fuerte shock con la muerte de su hija. Durante los tres primeros días ha permanecido sin cerrar los ojos ni mover una pestaña, con una expresión de ansiedad indescriptible. No perderán us­tedes el tiempo oyéndola. Y digo ustedes, porque estos dos señores que su­ben en este momento la escalera son delegados o cosa así de una sociedad espiritista. Sea lo que fuere, recuerde usted lo que le he dicho hace un ins­tante respecto de la enferma: estado de obsesión, idea fija y alucinación au­ditiva. Ya están aquí esos señores. Vamos andando.”
No es tarea difícil provocar en una pobre mujer, que al impulso de unas palabras de cariño resuelve por fin en mudo llanto la tremenda opre­sión que la angustia, las confidencias que van a desahogar su corazón. Cu­briéndose el rostro con las manos:
–¡Qué puedo decirles –murmuró– que no haya ya contado a mi médico...!
–Toda la historia es lo que deseamos oír, señora –solicitó aquél–. Entera, y con todos los detalles.
–¡Ah! Los detalles... –murmuró aún la enferma, retirando las ma­nos del rostro; y mientras cabeceaba lentamente–: Sí, los detalles... Uno por uno los recuerdo... Y aunque debiera vivir mil años...
Bruscamente llevóse de nuevo las manos a los ojos y las mantuvo allí, oprimidas con fuerza, como si tras ese velo tratara de concentrar y echar de una vez por todas el alucinante tumulto de sus recuerdos.
Un instante después las manos caían, y con semblante extenuado, pe­ro calmo, comenzó:
–Haré lo que usted desea, doctor. Hace un mes... Suavemente el médico observó:
–Desde el principio, señora...
–Bien, doctor... Lo haré así... Usted ha sido muy bueno conmigo... Y si hace sólo quince días... ¡Sí, sí! Ya voy, doctor... Es lo que quería de­cir. Mil... Nuestra hijita tenía cuatro años y un mes justos cuando su pa­dre se enfermó para no levantarse más. Nosotros no habíamos sido nunca muy felices. Mi marido era de constitución delicada y muy apocado para la lucha por la vida. No sé qué hubiera sido de nosotros de no hallarnos en posición desahogada. Siempre parecía extrañar algo, aun cuando nos sonreía. Y yo creo que no había conocido la felicidad hasta el momento de sentirse padre.
¡Pero qué amor el suyo, doctor, por su hija! ¡Qué devoción religiosa contemplando a nuestra nena! ¡Y qué consuelo para mí al pensar que por fin hallaba él algo que lo ligara fuertemente a la vida!
Sin duda a mí me había amado cuando él podía hacerlo; pero su eterna tristeza de alma sólo había podido disiparse entre las manecitas de su hija.
Se postró por fin, como digo, para no levantarse más. Mi propio do­lor de esposa debió desvanecerse ante el dolor inenarrable que expresaban los ojos de aquel padre que debía separarse para siempre de su hija.
¡Para siempre, doctor! Su última mirada, fija en mí, delataba tan in­tensamente lo que pasaba por su corazón, que con mis labios le cerré los ojos, diciéndole:
“¡Duerme en paz! Yo velaré por tu hija como tú mismo”.
Quedamos solas entonces, mi criatura y yo, ella vendiendo salud por las mejillas, yo, reponiéndome a su lado de mi largo quebranto.
¡Criatura mía! Parecía haber sumado a las suyas las fuerzas de su pobre padre: de tal modo la alegría de su semblante iluminaba nuestra existencia. No era vana la promesa hecha a mi marido al morir. Como él, yo concentraba ahora en nuestra hija la inmensidad de mi afecto y de mi soledad.
¡Oh! velaba por ella, se me puede creer, como si la continuidad de mi vida y la del Mundo entero no tuvieran otro destino ni fin que la felicidad de mi hija. ¡Qué sueños de dicha no he hecho para ella, con mi criatura dormida en mis brazos, y sin decidirme a acostarla! ¡Cuán leve me parecía el sacrificio de mi cansancio, si con él podía infundir en su cuerpecito lo que me restaba de vida!
Sí, extremo cansancio... Le he explicado a usted, doctor, cómo me sen­tía entonces. Me reponía por fuera, me hallaba menos delgada y con mejor semblante; pero, en el fondo de mis esperanzas algo iba muriendo, exte­nuándose día tras día. Perdía, a poco de comenzar a tejerlos, el hilo de mis ensueños de dicha, y quedaba inerte, con la cabeza caída y mortalmente cansada, como si delante de mis ilusiones se tendiera una infinita y helada vaciedad. A veces, no sé de dónde, me parecía percibir, apenas sensible, por la distancia, una voz que pronunciaba el nombre de mi hija. ¡Me sentía tan, tan fatigada!
No podía soñar más con el porvenir, sin que la tristeza de la nada, de la horrible esterilidad de mis fuerzas, me helara el corazón. ¿Por qué? No existía, no, ninguna razón para sufrir así. Allí estaba mi adorada nena, cada día más sana y alegre. Nada nos faltaba, ni podía faltarnos, da­da nuestra posición. ¡No, nada! Y estrujando a nuestra hija en mis bra­zos, sabía bien que el porvenir era todo nuestro. Yo se lo había jurado a mi marido.
¡El porvenir... Mas apenas comenzaba a forjar un sueño de felicidad pa­ra mi hija, el ensueño se helaba –¡oh, con qué horrible frío!–, como si el amor de su padre y el mío no fueran bastante para alimentarlo. Y caía aba­tida en profundo desaliento.
Un mes entero duró este estado de angustia. Una noche, cuando co­menzaba a pensar por millonésima vez en los entrañables cuidados de que rodearía siempre a mi nena, en ese momento oí nítidamente estas palabras:
“–No tendrá necesidad.”
¡Oh! ¡Es muy duro para una pobre madre que se desvela por la dicha de su hijita percibir una voz que le advierte que cuanto haga por conseguir­lo será inútil! Esa lúgubre voz daba por fin razón a mis sueños truncos, y mi tristeza mortal. Dentro de mí misma, para que fuera más irrecusable, la voz hallaba eco y me advertía que mi hija no tendría necesidad...
¡Porque moriría!
¡Oh, Dios! ¡Morir, nuestra hijita, cuando su padre y su madre daban toda su vida por ella! ¡Oh, no, no! ¡Yo me rebelé, doctor! ¿Qué me impor­taba que una voz me anunciara su muerte, si yo me atrevía a defender a mi adorada hija contra todo y contra todos?
Desde ese instante mi existencia no fue sino una pesadilla de terror, sin más motivos de existir que la defensa desesperada de la vida de mi ne­na. ¡Yo te vigilaré! –me gritaba a mí misma–. Y en el preciso instante, desde la tenebrosa profundidad de nuestro destino, la voz acentuaba su ad­vertencia, diciéndome:
“–Es inútil cuanto hagas.”
Luego... Luego mi hijita debía morir. ¡Dios mío! –clamaba yo rom­piéndome en sollozos sobre el cuello de mi nena–. ¿Es posible que la voz que alcanza hasta el corazón de una madre para anunciarle la muerte de su hija, le niegue las fuerzas para evitarla?
“–Es inútil cuanto hagas.”
¡Oh, no se ha inventado tormento mayor que el que yo sufría! ¡Morir! Pero ¿de qué? ¿De enfermedad? ¿De un accidente?
¡De accidente!
Tuve la seguridad de ello antes de oír las palabras:
“–Morirá por accidente.”
¡Oh! Abrevio, doctor... Salíamos antes todas las tardes. Dejamos de salir. Me cercioré diez veces seguidas de la solidez de los muebles. Golpeé horas enteras las paredes. Hice sacar de casa todo lo que no ofrecía comple­ta seguridad. En las piezas desmanteladas iba y venía de un lado para otro, con el corazón ahogado en presagios. Revisaba una y cien veces lo que ha­bía examinado ya.
Me sentía totalmente vacía de todo. Dentro de mí no había más que espanto y terror, a los que obedecían como autómatas mis impulsos. Tenía a mi nena constantemente a mi lado, bajo la triple salvaguardia de mi co­razón, de mis ojos y de mis manos.
Minuto por minuto, sin embargo, se acercaba inexorablemente el ins­tante de...
–¡De qué, Dios mío! –clamaba yo en mi angustia–. ¿De qué acci­dente debo precaverla, salvarla a pesar de todo?
Mientras ahogaba así a mi nena entre mis brazos, tuve súbitamente la horrible revelación:
“–Morirá por el fuego.”
E inmediatamente, de la casa entera, de mi aliento, de mis mismas ropas surgió la terrible seguridad de que la vida de mi hija estaba contada: no por meses o días, sino por breves horas...
Como una loca corrí a la cocina, apagué el fuego y eché baldes de agua sobre las cenizas. Ordené que no se encendiera por nada fuego. Requisé to­das las cajas de fósforos que había en la casa y las arrojé en el cuarto de ba­ño. Como loca todavía corrí de una pieza a la otra revisando febrilmente to­dos los cajones de todos los muebles de la casa. Cerré todas las puertas y ventanas, corrí otra vez a la cocina para ver si no se me había desobedeci­do, y nos refugiamos con mi hija en el escritorio de mi marido, que por ventura nunca había fumado.
Fuego... ¡Oh, no! ¡Allí estábamos seguras!
Pero en vez de serenarme, mi angustia se tornaba lancinante a cada nue­vo segundo. ¿Y si no había revisado bien? ¿Si la cocinera había reservado una caja de fósforos? ¿Y si llegaba un proveedor a la cocina y encendía el cigarro...?
¡Allí! ¡Allí estaba el peligro! ¡Era eso! Y arrojando con un grito a mi nena de las faldas, me precipité a las piezas de servicio... Y la cocinera ape­nas tuvo tiempo de responder con su alarido al mío: una detonación había hecho retemblar la casa...
La pobre madre calló. Por un largo instante, tal vez el preciso para que se apagara de su alma el último fragor del estampido, permaneció con las manos en los ojos. Por fin:
–Sí... Lo demás ya lo sabe usted, doctor... Yo también lo supe antes de ver a mi hija en el suelo muerta... Sí... Durante mi breve ausencia había abierto los cajones del escritorio, y había tomado para jugar un revólver que yacía en el fondo, bien en el fondo de uno de ellos... El arma se le ha­bía caído de las manos...
–¡Doctor! –exclamó bruscamente con voz entera, descubriendo su semblante desesperado–. Yo perdí a mi hija, usted lo sabe, como me lo habían predicho... Con una frialdad y una crueldad de que sólo Dios es tes­tigo, se me advirtió que mi nena no tendría necesidad de mi cariño... Se me dijo que era inútil cuanto hiciera para evitar su muerte... Y se me ase­guró por fin que moriría de accidente de fuego.
¡De fuego, señor! ¿Por qué no se me dijo claramente que debía morir por una bala o un tiro de revólver, que yo habría podido evitar? ¿Por qué se jugó al equívoco con el corazón de una madre y la vida de una inocente criatura? ¿Por qué se me dejó enloquecer tras los fósforos, sin advertirme que el peligro no estaba allí? ¿Cómo consintió Dios en que se hiciera con mi dolor un simple juego de palabras, para arrancarme así más horrible­mente a mi hija? ¿Por qué...?
Y su voz se ahogó, como cortada por la violencia con que sus manos habían subido a crisparse sobre el rostro.
Un largo, muy largo silencio sobrevino entonces. Uno de los visitan­tes lo rompió por fin:
–Usted nos ha dicho, señora, haber oído la voz que le iba auguran­do su terrible desgracia.
Un hondo estremecimiento recorrió a la enferma; pero ésta no res­pondió.
–Usted ha manifestado también –prosiguió el visitante– haber percibido en varias ocasiones una voz sumamente lejana. ¿Eran una misma voz la que le advertía en vano del peligro y la que llamaba a su hija?
La enferma asintió con la cabeza.
–¿Reconoció usted esa voz?
Y esta vez volcándose por fin en un interminable sollozo sobre la al­mohada, la pobre madre respondió desde el fondo de su horror:
–Sí. Era la de su padre...


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