jueves, 19 de julio de 2012

El techo de incienso - Horacio Quiroga


En los alrededores y dentro de las ruinas de San Ignacio, la subcapital del Imperio Jesuítico, se levanta en Misiones el pueblo actual del mis­mo nombre. Lo constituyen una serie de ranchos ocultos unos de los otros por el bosque. A la vera de las ruinas, sobre una loma descubierta, se al­zan algunas casas de material, blanqueadas hasta la ceguera por la cal y el Sol, pero con magnífica vista al atardecer hacia el valle del Yabebirí. Hay en la colonia almacenes, muchos más de los que se pueden desear, al pun­to de que no es posible ver abierto un camino vecinal, sin que en el acto un alemán, un español o un sirio, se instale en el cruce con un boliche. En el espacio de dos manzanas están ubicadas todas las oficinas públicas: co­misaría, juzgado de paz, comisión municipal, y una escuela mixta. Co­mo nota de color, existe en las mismas ruinas –invadidas por el bosque, como es sabido– un bar, creado en los días de fiebre de la yerba mate, cuando los capataces que descendían del Alto Paraná hasta Posadas baja­ban ansiosos en San Ignacio a parpadear de ternura ante una botella de whisky. Alguna vez he relatado las características de aquel bar, y no volveremos por hoy a él.
Pero en la época a que nos referimos no todas las oficinas públicas es­taban instaladas en el pueblo mismo. Entre las ruinas y el puerto nuevo, a media legua de unas y otro, en una magnífica meseta para goce particular de su habitante, vivía Orgaz, el jefe del Registro Civil, y en su misma ca­sa tenía instalada la oficina pública.
La casita de este funcionario era de madera, con techo de tablillas de incienso dispuestas como pizarras. El dispositivo es excelente si se usa de tablillas secas y barreneadas de antemano. Pero cuando Orgaz montó el te­cho la madera era recién rajada, y el hombre la afirmó a clavo limpio; con lo cual las tejas de incienso se abrieron y arquearon en su extremidad libre hacia arriba, hasta dar un aspecto de erizo al techo del bungalow. Cuando llovía, Orgaz cambiaba ocho a diez veces de lugar su cama, y sus muebles tenían regueros blancuzcos de agua.
Hemos insistido en este detalle de la casa de Orgaz, porque tal techo erizado absorbió durante cuatro años las fuerzas del jefe del Registro Civil, sin darle apenas tiempo en los días de tregua para sudar a la siesta estiran­do el alambrado, o perderse en el monte por dos días, para aparecer por fin a la luz con la cabeza llena de hojarasca.
Orgaz era un hombre amigo de la Naturaleza, que en sus malos mo­mentos hablaba poco y escuchaba en cambio con profunda atención un po­co insolente. En el pueblo no se le quería, pero se le respetaba. Pese a la de­mocracia absoluta de Orgaz y a su fraternidad y aun chacotas con los genti­les hombres de yerbas y autoridades –todos ellos en correctos breeches–, había siempre una barrera de hielo que los separaba. No podía hallarse en ningún acto de Orgaz el menor asomo de orgullo. Y esto precisamente: or­gullo, era lo que se le imputaba.
Algo, sin embargo, había dado lugar a esta impresión.
En los primeros tiempos de su llegada a San Ignacio, cuando Orgaz no era aún funcionario y vivía solo en su meseta construyendo su techo eri­zado, recibió una invitación del director de la escuela para que visitara el establecimiento. El director, naturalmente, se sentía halagado de hacer los honores de su escuela a un individuo de la cultura de Orgaz.
Orgaz se encaminó allá a la mañana siguiente con su pantalón azul, sus botas y su camisa de lienzo habitual. Pero lo hizo atravesando el mon­te, donde halló un lagarto de gran tamaño que quiso conservar vivo, para lo cual le ató una liana al vientre. Salió por fin del monte, e hizo de este modo su entrada en la escuela, ante cuyo portón el director y los maestros lo aguardaban, con una manga partida en dos, y arrastrando a su lagarto de la cola.
También en esos días los burros de Bouix ayudaron a fomentar la opi­nión que sobre Orgaz se creaba.
Bouix era un francés que durante treinta años vivió en el país consi­derándolo suyo, y cuyos animales vagaban libres devastando las míseras plantaciones de los vecinos. La ternera menos hábil de las hordas de Bouix era ya bastante astuta para cabecear horas enteras entre los hilos del alam­brado, hasta aflojarlos. Entonces no se conocía allá el alambre de púa. Pe­ro cuando se le conoció, quedaron los burritos de Bouix, que se echaban ba­jo el último alambre, y allí bailaban de costado hasta pasar del otro lado. Nadie se quejaba: Bouix era el juez de paz de San Ignacio.
Cuando Orgaz llegó allá, Bouix no era más juez. Pero sus burritos lo ignoraban, y proseguían trotando por los caminos al atardecer en busca de una plantación tierna que examinaban por sobre los alambres con los bel­fos trémulos y las orejas paradas.
Al llegarle su turno de devastación, Orgaz soportó pacientemente; es­tiró algunos alambres, y se levantó algunas noches a correr desnudo por el rocío a los burritos que entraban hasta en su carpa. Fue, por fin, a quejar­se a Bouix, el cual llamó afanoso a todos sus hijos para recomendarles que cuidaran a los burros que iban a molestar el “pobrecito señor Orgaz”. Los burritos continuaron libres y Orgaz tornó un par de veces a ver al francés cazurro, que se lamentó y llamó de nuevo a palmadas a todos sus hijos, con el resultado anterior.
Orgaz puso entonces un letrero en el camino real, que decía:
iOjo! Los pastos de este potrero están envenenados.
Y por diez días descansó. Pero a la noche subsiguiente tornaba a oír el pasito sibiloso de los burros que ascendían la meseta, y un poco más tar­de oyó el rac-rac de las hojas de sus palmeras arrancadas. Orgaz perdió la paciencia, y saliendo desnudo fusiló al primer burro que halló por delante.
Con un muchacho mandó al día siguiente avisar a Bouix que en su ca­sa había amanecido muerto un burro. No fue el mismo Bouix a comprobar el inverosímil suceso, sino su hijo mayor, un hombre tan alto como trigue­ño y tan trigueño como sombrío. El hosco muchacho leyó el letrero al pa­sar el portón, y ascendió de mal talante a la meseta, donde Orgaz lo espe­raba con las manos en los bolsillos. Sin saludar apenas, el delegado de Bouix se aproximó al burro muerto, y Orgaz hizo lo mismo. El muchachón giró un par de veces alrededor del burro, mirándolo por todos lados.
–De cierto ha muerto anoche... –murmuró por fin–. Y de qué puede haber muerto...
En mitad del pescuezo, más flagrante que el día mismo, gritaba al Sol la enorme herida de bala.
–Quién sabe... Seguramente envenenado –repuso tranquilo Orgaz, sin quitar las manos de los bolsillos.
Pero los burritos desaparecieron para siempre de la chacra de Orgaz.
Durante el primer año de sus funciones como jefe del Registro Civil, todo San Ignacio protestó contra Orgaz, que arrasando con las disposicio­nes en rigor, había instalado la oficina a media legua del pueblo. Allá, en el bungalow, en una piecita con piso de tierra, muy obscurecida por la galería y por un gran mandarino que interceptaba casi la entrada, los clientes esperaban indefectiblemente diez minutos, pues Orgaz no estaba o estaba con las manos llenas de bleck. Por fin el funcionario anotaba a escape los datos en un papelito cualquiera, y salía de la oficina antes que su cliente, a trepar de nuevo al techo.
En verdad, no fue otro el principal quehacer de Orgaz durante sus pri­meros cuatro años de Misiones. En Misiones llueve, puede creerse, hasta poner a prueba dos chapas de zinc superpuestas. Y Orgaz había construido su techo con tablillas empapadas por todo un otoño de diluvio. Las plan­chas de Orgaz se estiraron literalmente; pero las tablillas del techo someti­das a ese trabajo de Sol y humedad levantaron todas sus extremos libres, con el aspecto de erizo que hemos apuntado.
Visto desde abajo, desde las piezas sombrías, el techo aquel de made­ra obscura ofrecía la particularidad de ser la parte más clara del interior, por­que cada tablilla levantada en su extremo ejercía de claraboya. Hallábanse, además, adornado con infinitos redondeles de minio, marcas que Orgaz po­nía con caña en las grietas, no por donde goteaba, sino vertía el agua sobre su cama. Pero lo más particular eran los trozos de cuerda con que Orgaz ca­lafateaba su techo, y que ahora, desprendidas y pesadas de alquitrán, pen­dían inmóviles y reflejaban filetes de luz, como víboras.
Orgaz había probado todo lo posible para remediar su techo. Ensayó cuñas de madera, yeso, portland, cola al bicromato, aserrín alquitranado. En pos de dos años de tanteos en los cuales no alcanzó a conocer, como sus antecesores más remotos, el placer de hallarse de noche al abrigo de la llu­via, Orgaz fijó su atención en el elemento arpillera-bleck. Fue éste un ver­dadero hallazgo, y el hombre reemplazó entonces todos los innobles re­miendos de portland y aserrín-maché por su negro cemento.
Cuantas personas iban a la oficina o pasaban en dirección al puerto nuevo, estaban seguras de ver al funcionario sobre el techo. En pos de cada compostura, Orgaz esperaba una nueva lluvia, y sin muchas ilusiones en­traba a observar su eficacia. Las viejas claraboyas se comportaban bien; pe­ro nuevas grietas se habían abierto, que goteaban –naturalmente– en el nuevo lugar donde Orgaz había puesto su cama.
Y en esta lucha constante entre la pobreza de recurso y un hombre que quería a toda costa conquistar el más viejo ideal de la especie humana: un techo que lo resguarde del agua, fue sorprendido Orgaz por donde más ha­bía pecado.
Las horas de oficina de Orgaz eran de siete a once. Ya hemos visto có­mo atendía en general sus funciones. Cuando el jefe de Registro Civil es­taba en el monte o entre su mandioca, el muchacho lo llamaba con la turbina de la máquina de matar hormigas. Orgaz ascendía la ladera con la aza­da al hombro o el machete pendiente de la mano, deseando con toda el al­ma que hubiera pasado un solo minuto después de las once. Traspasada es­ta hora, no había modo de que el funcionario atendiera su oficina.
En una de estas ocasiones, mientras Orgaz bajaba del techo del bun­galow, el cencerro del portoncito sonó. Orgaz echó una ojeada al reloj: eran las once y cinco minutos. Fue en consecuencia tranquilo a lavarse las ma­nos en la piedra de afilar, sin prestar atención al muchacho que le decía:
–Hay gente, patrón.
–Que venga mañana.
–Se lo dije, pero dice que es el Inspector de justicia...
–Esto es otra cosa; que espere un momento –repuso Orgaz; y con­tinuó frotándose con grasa los antebrazos negros de bleck, en tanto que su ceño se fruncía cada vez más.
En efecto, sobrábanle motivos.
Orgaz había solicitado el nombramiento de juez de paz y jefe del Registro Civil para vivir. No tenía amor alguno a sus funciones, bien que administrara justicia –sentado en una esquina de la mesa y con una llave inglesa en las manos– con perfecta equidad. Pero el Registro Ci­vil era su pesadilla. Debía llevar al día, y por partida doble, los libros de actas de nacimientos, de defunciones y de matrimonio. La mitad de las veces era arrancado por la turbina a sus tareas de chacra, y la otra mitad se le interrumpía en pleno estudio, sobre el techo, de algún cemento que iba por fin a depararle cama seca cuando llovía. Apuntaba así a escape los datos demográficos en el primer papel que hallaba a mano, y huía de la oficina.
Luego, la tarea inacabable de llamar a los testigos para firmar las ac­tas, pues cada peón ofrecía como tales, a gente rarísima que no salía jamás del monte. De aquí, inquietudes que Orgaz solucionó el primer año del mejor modo posible, pero que lo cansaron del todo de sus funciones.
–Estamos lucidos –se decía, mientras concluía de quitarse el bleck y afilaba en el aire, por costumbre–. Si escapo de ésta, tengo suerte...
Fue por fin a la oficina obscura, donde el inspector observaba atenta­mente la mesa en desorden, las dos únicas sillas, el piso de tierra, y alguna media en los tirantes del techo, llevada allá por las ratas.
El hombre no ignoraba quién era Orgaz, y durante un rato ambos charlaron de cosas bien ajenas a la oficina. Pero cuando el inspector del Re­gistro Civil entró fríamente en funciones, la cosa fue muy distinta.
En aquel tiempo los libros de actas permanecían en las oficinas loca­les, donde eran inspeccionados cada año. Así por lo menos debía hacerse. Pero en la práctica transcurrían años sin que la inspección se efectuara, y hasta cuatro años, como en el caso de Orgaz. De modo que el inspector cayó sobre veinticuatro libros del Registro Civil, doce de los cuales tenían sus actas sin firmas, y los otros doce estaban totalmente en blanco.
El inspector hojeaba despacio libro tras libro, sin levantar los ojos. Orgaz, sentado en la esquina de la mesa, tampoco decía nada. El visitante no perdonaba una sola página; una por una, iba pasando lentamente las ho­jas en blanco. Y no había en la pieza otra manifestación de vida –aunque sobrecargada de intención– que el implacable crujido de papel de hilo al voltear, y el vaivén infatigable de la bota de Orgaz.
–Bien –dijo por fin el inspector–. ¿Y las actas correspondientes a estos doce libros en blanco?
Volviéndose a medias, Orgaz cogió una lata de galletitas y la volcó sin decir palabra sobre la mesa, que desbordó de papelitos de todo aspecto y clase, especialmente de estraza, que conservaban huellas de los herbarios de Orgaz. Los papelitos aquellos, escritos con lápices grasos de marcar made­ra en el monte –amarillos, azules y rojos–, hacían un bonito efecto, que el funcionario inspector consideró un largo momento. Y después conside­ró otro momento a Orgaz.
–Muy bien –exclamó–. Es la primera vez que veo libros como és­tos. Dos años enteros de actas sin firmar. Y el resto en la lata de galletitas. Bien, señor. Nada más me queda por hacer aquí.
Pero ante el aspecto de duro trabajo y las manos lastimadas de Orgaz, reaccionó un tanto.
–¡Magnífico, usted! –le dijo–. No se ha tomado siquiera el traba­jo de cambiar cada año la edad de sus dos únicos testigos. Son siempre los mismos en cuatro años y veinticuatro libros de actas. Siempre tienen vein­ticuatro años el uno, y treinta y seis el otro. Y este carnaval de papelitos... Usted es un funcionario del Estado. El Estado le paga para que desempeñe sus funciones. ¿Es cierto?
–Es cierto –repuso Orgaz.
–Bien. Por la centésima parte de esto, usted merecía no quedar un día más en su oficina. Pero no quiero proceder. Le doy tres días de tiem­po –agregó mirando el reloj–. De aquí a tres días estoy en Posadas y duermo a bordo a las once. Le doy tiempo hasta las diez de la noche del sábado para que me lleve los libros en forma. En caso contrario, procedo. ¿Entendido?
–Perfectamente –comentó Orgaz.
Y acompañó hasta el portón a su visitante, que lo saludó desabrida­mente al partir al galope.
Orgaz ascendió sin prisa el pedregullo volcánico que rodaba bajo sus pies. Negra, más negra que las placas de bleck de su techo caldeado, era la tarea que lo esperaba. Calculó mentalmente, a tantos minutos por acta, el tiempo de que disponía para salvar su puesto, y con él la libertad de proseguir sus problemas hidrófugos. No tenía Orgaz otros recursos que los que el Estado le suministraba por llevar al día sus libros del Registro Civil. De­bía, pues, conquistar la buena voluntad del Estado, que acababa de suspen­der de un finísimo hilo su empleo.
En consecuencia, Orgaz concluyó de desterrar de sus manos con arcilla todo rastro de alquitrán, y se sentó a la mesa a llenar doce grandes libros del Registro Civil Solo, jamás hubiera llevado a cabo su tarea en el tiempo emplazado. Pero su muchacho lo ayudó, dictándole.
Era éste un chico polaco, de doce años, pelirrojo y todo él anaranjado de pecas. Tenía las pestañas tan rubias que ni de perfil se le notaban, y lle­vaba siempre la gorra sobre los ojos, porque la luz le dañaba la vista. Pres­taba sus servicios a Orgaz y le cocinaba siempre un mismo plato que su pa­trón y él comían juntos bajo el mandarino.
Pero en esos tres días, el horno de ensayo de Orgaz, y que el polaquito usaba de cocina, no funcionó. La madre del muchacho quedó encargada de traer todas las mañanas a la meseta mandioca asada.
Frente a frente en la oficina obscura y caldeada como una barbacoa, Orgaz y su secretario trabajaron sin moverse, el jefe desnudo desde la cin­tura arriba, y su ayudante con la gorra sobre la nariz, aun allá adentro. Du­rante tres días no se oyó sino la voz cantante de escuelero del polaquito, y el bajo con que Orgaz afirmaba las últimas palabras. De vez en cuando co­mían galleta o mandioca, sin interrumpir su tarea. Así hasta la caída de la tarde. Y cuando por fin Orgaz se arrastraba costeando los bambúes a ba­ñarse, sus dos manos en la cintura o levantadas en alto hablaban muy cla­ro de su fatiga.
El viento norte soplaba esos días sin tregua; inmediato al techo de la oficina, el aire ondulaba de calor. Era, sin embargo, aquella pieza de tierra el único rincón sombrío de la meseta; y desde adentro los escribientes veían por bajo el mandarino reverberar un cuadrilátero de arena que vibraba al blanco, y parecía zumbar con la siesta entera.
Tras el baño de Orgaz, la tarea recomenzaba de noche. Llevaban la mesa afuera, bajo la atmósfera quieta y sofocante. Entre las palmeras de la meseta, tan rígidas y negras que alcanzaban a recortarse contra las ti­nieblas, los escribientes proseguían llenando las hojas del Registro Civil a la luz del farol de viento, entre un nimbo de mariposillas de raso poli­cromo, que caían en enjambres al pie del farol e irradiaban en tropel so­bre las hojas en blanco. Con lo cual la tarea se volvía más pesada, pues si dichas mariposillas vestidas de baile son lo más bello que ofrece Misio­nes en una noche de asfixia, nada hay también más tenaz que el avance de esas damitas de seda contra la pluma de un hombre que ya no puede sostenerla ni soltarla.
Orgaz durmió cuatro horas en los últimos dos días, y la última noche no durmió, solo en la meseta con sus palmeras, su farol de viento y sus ma­riposas. El cielo estaba tan cargado y bajo que Orgaz lo sentía comenzar desde su misma frente. A altas horas, sin embargo, creyó oír a través del si­lencio un rumor profundo y lejano, el tronar de la lluvia sobre el monte. Esa tarde, en efecto, había visto muy obscuro el horizonte del sudeste.
–Con tal que el Yabebirí no haga de las suyas... –se dijo, mirando a través de las tinieblas.
El alba apuntó por fin, salió el Sol, y Orgaz volvió a la oficina con su farol de viento que olvidó prendido en un rincón e iluminaba el piso. Con­tinuaba escribiendo, solo. Y cuando a las diez el polaquito despertó por fin de su fatiga, tuvo aún tiempo de ayudar a su patrón, que a las dos de la tar­de, con la cara grasienta y de color tierra, tiró la pluma y se echó literal­mente sobre los brazos en cuya posición quedó largo rato tan inmóvil que no se le veía respirar.
Había concluido. Después de sesenta y tres horas, una tras otra, ante el cuadrilátero de arena caldeada al blanco o en la mesa lóbrega, sus vein­ticuatro libros del Registro Civil quedaban en forma. Pero había perdido la lancha a Posadas que salía a la una y no le quedaba ahora otro recurso que ir hasta allá a caballo.
Orgaz observó el tiempo mientras ensillaba su animal. El cielo estaba blanco, y el Sol, aunque velado por los vapores, quemaba como fuego. Des­de las sierras escalonadas del Paraguay, desde la cuenca fluvial del sudeste, llegaba una impresión de humedad, de selva mojada y caliente. Pero mien­tras en todos los confines del horizonte los golpes de agua lívida rayaban el cielo, San Ignacio continuaba calcinándose ahogado.
Bajo tal tiempo, pues, Orgaz trotó y galopó cuanto pudo en dirección a Posadas. Descendió la loma del cementerio nuevo y entró en el valle de Yabebirí, ante cuyo río tuvo la primera sorpresa mientras esperaba la bal­sa: una franja de palitos burbujeantes se adhería a la playa.
–Creciendo –dijo al viajero el hombre de la balsa–. Llovió grande este día y anoche por las nacientes...
–¿Y más abajo? –preguntó Orgaz.
–Llovió grande también...
Orgaz no se había equivocado, pues, al oír la noche anterior el troni­do de la lluvia sobre el bosque lejano. Intranquilo ahora por el paso del Garupá, cuyas crecidas súbitas sólo pueden compararse con las del Yabebirí, Orgaz ascendió al galope las faldas de Loreto, destrozando en sus pedrega­les de basalto los cascos de su caballo. Desde la altiplanicie que tendía ante su vista un inmenso país, vio todo el sector de cielo, desde el este hasta el sur, hinchado de agua azul, y el bosque, ahogado de lluvia, diluido tras la blanca humareda de vapores. No había ya Sol, y una imperceptible brisa se infiltraba por momentos en la calma asfixiante. Se sentía el contacto del agua, el diluvio subsiguiente a las grandes sequías. Y Orgaz pasó al galo­pe por Santa Ana, y llegó a Candelarias.
Tuvo allí la segunda sorpresa, si bien prevista: el Garupá bajaba car­gado con cuatro días de temporal y no daba paso. Ni vado ni balsa; sólo ba­sura fermentada ondulando entre las pajas, y en el canal, palos y agua esti­rada a toda velocidad.
¿Qué hacer? Eran las cinco de la tarde. Otras cinco horas más, y el ins­pector subía a dormir a bordo. No quedaba a Orgaz otro recurso que alcan­zar el Paraná y meter los pies en la primera guabiroba que hallara embicada en la playa.
Fue lo que hizo; y cuando la tarde comenzaba a obscurecer bajo la ma­yor amenaza de tempestad que haya ofrecido cielo alguno, Orgaz descen­día del Paraná en una canoa tronchada en su tercio, rematada con una lata, y por cuyos agujeros el agua entraba en bigotes.
Durante un rato el dueño de la canoa paleó perezosamente por el me­dio del río; pero como llevaba caña adquirida con el anticipo de Orgaz, pronto prefirió filosofar a medias palabras con una y otra costa. Por lo cual Orgaz se apoderó de la pala, a tiempo que un brusco golpe de viento fres­co, casi invernal, erizaba como un rallador todo el río. La lluvia llegaba, no se veía ya la costa argentina. Y con las primeras gotas macizas Orgaz pen­só en sus libros, apenas reguardados por la tela de la maleta. Quitóse el sa­co y la camisa, cubrió con ellos sus libros y empuñó el remo de proa. El in­dio trabajaba también, inquieto ante la tormenta. Y bajo el diluvio que cribaba el agua, los dos individuos sostuvieron la canoa en el canal, remando vigorosamente, con el horizonte a veinte metros y encerrados en un círcu­lo blanco.
El viaje por el canal favorecía la marcha, y Orgaz se mantuvo en él cuanto pudo. Pero el viento arreciaba; y el Paraná, que entre Candelaria y Posadas se ensancha como un mar, se encrespaba en grandes olas locas. Or­gaz se había sentado sobre los libros para salvarlos del agua que rompía contra la lata e inundaba la canoa. No pudo, sin embargo, sostenerse más, y a trueque de llegar tarde a Posadas, enfiló hacia la costa. Y si la canoa car­gada de agua y cogida de costado por las olas no se hundió en el trayecto, se debe que a veces pasan estas inexplicables cosas.
La lluvia proseguía cerradísima. Los dos hombres salieron de la canoa chorreando agua y como enflaquecidos, y al trepar la barranca vieron una lívida sombra a corta distancia. El ceño de Orgaz se distendió, y con el co­razón puesto en sus libros que salvaba así milagrosamente, corrió a guare­cerse allá.
Se hallaba en un viejo galpón de secar ladrillos. Orgaz se sentó en una piedra entre la ceniza, mientras a la entrada misma, en cuclillas y con la ca­ra entre las manos, el indio de la canoa esperaba tranquilo al final de la llu­via que tronaba sobre el techo de zinc, y parecía precipitar cada vez más su ritmo hasta un rugido de vértigo.
Orgaz miraba también afuera. ¡Qué interminable día! Tenía la sensa­ción de que hacía un mes que había salido de San Ignacio. El Yabebirí cre­ciendo... la mandioca asada... la noche que pasó solo escribiendo... el cua­drilátero blanco durante doce horas...
Lejos, lejano le parecía todo eso. Estaba empapado y le dolía atroz­mente la cintura; pero esto no era nada en comparación del sueño. ¡Si pu­diera dormir, dormir un instante siquiera! Ni aun esto, aunque hubiera po­dido hacerlo, porque la ceniza saltaba de piques. Orgaz volcó el agua de las botas y se calzó de nuevo, yendo a observar el tiempo.
Bruscamente la lluvia había cesado. El crepúsculo calmo se ahogaba de humedad y Orgaz no podía engañarse ante aquella efímera tregua que al avanzar la noche se resolvería en nuevo diluvio. Decidió aprovecharla, y emprendió la marcha a pie.
En seis o siete kilómetros calculaba la distancia a Posadas. En tiempo normal, aquello hubiera sido un juego; pero en la arcilla empapada las bo­tas de un hombre exhausto resbalan sin avanzar, y aquellos siete kilómetros los cumplió Orgaz teniendo de la cintura abajo las tinieblas más densas, y más arriba, el resplandor de los focos eléctricos de Posadas.
Sufrimiento, tormento de falta de sueño zumbándole dentro de la ca­beza, que parece abrirse por varios lados; cansancio extremo y demás, so­brábanle a Orgaz. Pero lo que lo dominaba era el contento de sí mismo. Cerníase por encima de todo la satisfacción de haberse rehabilitado, así fue­ra ante un inspector de justicia. Orgaz no había nacido para ser funciona­rio público, ni lo era casi, según hemos visto. Pero sentía en el corazón el dulce calor que conforta a un hombre cuando ha trabajado duramente por cumplir un simple deber, y prosiguió avanzando cuadra tras cuadra, hasta ver la luz de los arcos, pero ya no reflejada en el cielo, sino entre los mis­mos carbones, que lo enceguecían.
El reloj del hotel daba diez campanadas cuando el Inspector de justi­cia, que cerraba su valija, vio entrar a un hombre lívido, embarrado hasta la cabeza y con las señales más acabadas de caer, si dejaba de adherirse al marco de la puerta.
Durante un rato el inspector quedó mudo mirando al individuo. Pe­ro cuando éste logró avanzar y puso los libros sobre la mesa, reconoció en­tonces a Orgaz, aunque sin explicarse poco ni mucho su presencia en tal es­tado y a tal hora.
–¿Y esto? –preguntó, indicando los libros.
–Como usted me los pidió –dijo Orgaz–. Están en forma.
El inspector miró a Orgaz, consideró un momento su aspecto, y recor­dando entonces el incidente en la oficina de aquél, se echó a reír muy cordialmente, mientras le palmeaba el hombro:
–¡Pero si yo le dije que me los trajera por decirle algo, nada más! ¡Había sido zonzo, amigo! ¡Para qué se tomó todo ese trabajo!
Un mediodía de fuego estábamos con Orgaz sobre el techo de su ca­sa; y mientras aquél introducía entre las tablillas de incienso pesados rollos de arpillera y bleck, me contó esta historia.
No hizo comentario alguno al concluirla. Con los nuevos años trans­curridos desde entonces, yo ignoro qué había en aquel momento en las pá­ginas de su Registro Civil, y en su lata de galletitas. Pero en pos de la sa­tisfacción ofrecida aquella noche a Orgaz, no hubiera yo querido por nada ser el inspector de esos libros.


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