jueves, 19 de julio de 2012

Estudio preliminar - El autor


Horacio Quiroga fue, esencialmente, un cuentista. La narración breve es el género en que reveló estar singularmente dotado y en el cual señala un verdadero hito dentro de la literatura hispanoameri­cana. Pero no desdeñó otros moldes literarios, como la poesía, la novela y el teatro. Aunque él mismo, en alguna confidencia epistolar, llegó a reconocer la debilidad de estas incursiones que lo apartaron ocasionalmente del cuento, no podemos dejar de referirnos a ellas para presentar de modo integral la personalidad de este notable escritor.

El poeta

El primer libro de Horacio Quiroga, Los arrecifes de coral –dedi­cado a Leopoldo Lugones–, contiene 52 composiciones que pueden agruparse así: 18 poemas, 30 páginas de prosa lírica, y 4 cuentos. Salvo los cuentos, que tienen lugar aparte, la distinción entre verso y prosa es meramente externa y superficial. Los poemas más logrados revelan la influencia del Lugones de Los crepúsculos del jardin, como el soneto Italiana:

Por tres veces, detrás de la alquería
era grata a mis manos tu aspereza;
el Sol se hundió, dorado de tristeza,
en un rayo glacial de hipocondría.

La campana sonó el Ave María,
llenóse de balidos la dehesa,
y los bueyes volvieron la cabeza
lentamente, a aquel cielo de agonía.

La tarde descendió, con luces raras,
a tu triple collar de perlas claras.
Bajo los rumorosos naranjales

miramos sin pensar al dios de yeso,
y en el leño sonámbulo de un beso,
grabamos nuestras mutuas iniciales.

Además de los claros ecos de Lugones hay otras visibles influen­cias: Baudelaire, Musset, Verlaine, Catulle Mendès, José María Heredia, Rubén Darío. Abundan los rasgos de buscada extravagancia, como puede verse en El ataúd flotante:

Yo tenía un poco de dolor de cabeza.
En el humo azulado de la azul tetera
flotaba como un alma o una idea severa.
Tenía también –no mucho– un poco de tristeza.

Y tu alma flotaba dentro de la pieza
como un humo azulado de alma verdadera
llena de desgracia de no ser la primera
de aquel amor que creó mi eterna pereza.

Las llamas del alcohol mostraban a mi vista
anchos lutos y labios de color de amatista:
y tanto allí flotaba tu alma de amazona,

que sobre los vapores del verdoso zumo
las moscas acudían, y había en el humo
olor de muchos frascos y de belladona...

Es evidente la intención traviesa, el propósito de jugar con el verso, como en El juglar triste, donde repite la misma palabra para rimar el primer verso con el cuarto:

La campana toca a muerto
en las largas avenidas,
y las largas avenidas
despiertan cosas de muertos.

De los manzanos del huerto
penden nucas de suicidas,
y hay sangre de las heridas
de un perro que huye del huerto.

En el pabellón desierto
están las violas dormidas;
las violas están dormidas
En el pabellón desierto.

Y las violas doloridas
en el pabellón desierto,
donde canta el desacierto
sus victorias más cumplidas,
abren mis viejas heridas,
como campanas de muerto,
las viejas violas dormidas
en el pabellón desierto.

Los poemas de Los arrecifes de coral, lo mismo que sus páginas de prosa lírica, revelan la inmadurez y desorientación del joven escri­tor, perdido en los recodos más frivolos del decadentismo. La crítica le fue adversa. Sólo los cuatro cuentos del libro –Venida del primo­génito, Jesucristo, El guardabosque comediante, y Cuento– dejaban entrever que allí alentaba un narrador.

El novelista

Quiroga publicó dos novelas: Historia de un amor turbio, en 1908, y Pasado amor, en 1929. La primera se desarrolla en Buenos Aires a principios del siglo y tiene por protagonistas a Luis Rohan y a las hermanas Eglé y Mercedes Elizalde. La historia se desenvuelve en tres tiempos narrativos claramente separados. En el más antiguo, Rohan es novio de Mercedes, a quien visita en su casa de Lomas de Zamora. La hermana menor de Mercedes, Eglé, una niña de nueve años, se enamora de Rohan sin que éste se dé cuenta. En el segundo tiempo, el tiempo principal en que se desarrolla la mayor parte de la novela, han transcurrido ocho años y Eglé ha cumplido dieciséis. Es a ella a quien Rohan corteja ahora. El tercer tiempo sirve de epílogo y nos transporta a diez años después de la ruptura con Eglé. Es el tiempo actual de la novela: el tiempo en que se inicia la acción y que forma un marco a los otros dos, evocados por Rohan. Después de haber cortado sus relaciones con Eglé, Rohan la visita un día. Com­prueba que es una mujer hecha –tiene los 28 años que tenía Rohan cuando la cortejaba–. Comprueba también que es imposible revivir el amor.
Salvo contadas excepciones, la crítica no recibió con mucho entu­siasmo esta novela. Más bien le fue adversa. Pero uno de los más calificados estudiosos de Horacio Quiroga, Emir Rodríguez Monegal (muchas de cuyas opiniones compartimos en este trabajo), la ha reconsiderado prolija y agudamente. A la luz de un mejor conocimiento de la obra y de la realidad biográfica en que se apoya, ha rectificado juicios que él mismo había formulado antes. La novela, dice, es mejor de lo que se ha dicho habitualmente. Para compren­derlo, es necesario realizar una lectura atenta:

“A través de ella –señala– es posible advertir los verdaderos móviles de la conducta de Rohan, móviles que son invisibles para éste. Porque también la novela recoge, como sin saberlo, esa otra historia. Tal vez Quiroga no advirtió que la había puesto allí, pero la honda vinculación del tema y del personaje con su situación existencial en aquella época le permi­tió apresarla de todos modos. Es claro que para verla hay que leer entre líneas. El tema atroz del doble (que es tema de tantos de sus cuentos, y sobre todo de Los perseguidos) surge entonces con toda evidencia.”

Emir Rodríguez Monegal
Horacio Quiroga: ficción y realidad. A propósito de Historia de un amor turbio
Comentario N° 54, 1967.

Otro aspecto del libro que subraya el estudioso citado es su crítica social. La novela, dice, es un guantazo a la sociedad rioplatense, mucho más fuerte que el que le había dado con su prematuro Los arrecifes de coral, siete años antes. Porque ahora Quiroga va más lejos, cala más hondo. Es también más sutil, porque el narrador ha abandonado las obvias exquisiteces del decadentismo algo fanta­sioso para explorar con ahínco algunos personajes típicos del mundo burgués porteño del novecientos. A través de Rohan, y también de los personajes de Los perseguidos, Quiroga ha mostrado con una súbita, confusa iluminación, las raíces del mal. Mucho más tarde Roberto Arlt y Juan Carlos Onetti volverían sobre el mismo ambiente para recrearlo con el mayor rigor alucinatorio.

La segunda novela de Quiroga es Pasado amor. Se publicó primero en folletín en La Nación de Buenos Aires, del 5 al 17 de abril de 1927, y dos años después, en 1929, en un volumen de la editorial Babel. La historia se desarrolla en Iviraromí (nombre indígena de San Ignacio) y está colmada de elementos autobiográficos. El protagonista, Moran, un hombre maduro, regresa al lugar tras dos años de ausencia y se enamora de una adolescente a quien había conocido cuando era una niña. La muchacha también lo ama, pero debe afrontar la oposición familiar, motivada por la diferencia de edad, el carácter del preten­diente y un episodio inquietante que nadie olvida en el pueblo: la mujer de Moran se había suicidado años atrás. Los enamorados acuden a las más imaginativas argucias para burlar la vigilancia familiar e intercambiar mensajes apasionados. Finalmente, los padres alejan de allí a la muchacha, con lo cual se produce la separación definitiva. Hay, además, otros personajes y situaciones secundarias, pero esa historia de amor frustrado constituye el núcleo de la novela. Una novela cuyo asunto apenas daba para un cuento, o, a lo sumo, para un relato. La crítica la recibió fríamente. Sólo dos escritores la elogiaron: Enrique Espinoza y Ezequiel Martínez Estrada, amigos del autor. Por nuestra parte, coincidimos con quienes sostienen que el mayor interés que ofrece es su contenido autobiográfico. Fue la segunda y última novela de Quiroga y el penúltimo libro que publicó.

El dramaturgo

El cuento de Quiroga Un sueño de amor apareció en Caras y Caretas el 13 de Enero de 1912. Con el título definitivo de Una estación de amor fue recogido en 1917 en el libro Cuentos de amor, de locura y de muerte. Es una historia en que se combinan elementos realistas y románticos. La crítica lo ha tratado en forma desigual. John A. Crow, uno de los primeros que estudió de modo orgánico la obra de Horacio Quiroga, lo considera un cuento mediocre.

_ John A. Crow. La obra literaria de Horacio Quiroga, prólogo a Los perse­guidos y otros cuentos, tomo VII de la edición de La Bolsa de los Libros, Montevideo, 1940, p. 22.

Rodríguez Monegal estima que “no resulta un cuento totalmente logrado”, aun­que está bastante cerca de ser un buen cuento”.

 _ Emir Rodríguez Monegal: El desterrado. Vida y obra de Horacio Quiroga, Buenos Aires, 1968, p. 103.

Su autor lo dramatizó y lo convirtió en una obra de teatro, Las sacrificadas, que se publicó en Buenos Aires en 1920. El primer acto se desarrolla en Concordia y contiene la exposición y el nudo del conflicto: el padre de Octavio se opone al casamiento de éste con Lidia, y la madre de la muchacha, despechada, separa a los novios; el segundo, once años después, en Buenos Aires, con el reencuentro; el tercero en el Chaco, en el ingenio de Octavio, dedicado casi íntegramente a mos­trar los sufrimientos y muerte de la madre; en el último acto, el de la despedida de los amantes, Octavio rompe su dolorido silencio y se confiesa. Reaparece entonces el motivo central del relato originario: la destrucción de una imagen ideal, la pérdida de la inocencia y de la pureza, la desilusión de la carne.
El drama fue estrenado el 17 de febrero de 1921 por la compañía de Ángela Tesada en el teatro Apolo de Buenos Aires. Los juicios que suscitó fueron dispares.
El de La Prensa, del sábado 19, fue desfavo­rable: le objetaba inhabilidad técnica; ello, dice:

“...hace que la acción vaya languideciendo en forma cada vez más pronunciada, por lo cual sólo en parte logra interesar al público y en ningún momento lo conmueve.”

La Nación del domingo 20, en un extenso comentario, lo elogia calurosamente:

“La obra produjo una honda impresión de arte, y Horacio Quiroga, que como novelista ha conquistado un puesto envidiable en las letras, se ha incorporado al teatro, como autor dramático lleno de vigor, de emoción y de sinceridad.”

Sólo insinúa esta reserva:

“Acaso puedan hacérsele algunos reparos en cuanto a la técnica y aun señalar como superfluo el tercer acto, que no añade nada importante a la obra, en su conjunto, aun cuando sirve en mucho para ilustrar sobre el estado psicológico de alguno de los personajes. Pero éstos son detalles que no empañan los méritos intrínsecos de la pieza, que residen en los personajes, en cuyas almas ha penetrado el autor tan hondamente, reflejando sus dolores con tanta comprensión como simpatía.”

Encomia, sobre todo, el úl­timo acto:

“La escena de la despedida –dice– está hecha con mano maestra, y es una de las partes más bellas y más elevadas de la obra, a la que anima con un soplo de idealismo. Ella levanta el espíritu por encima de las miserias humanas, dando una bella ense­ñanza moral. Se desprende de ella que debemos ser fieles a los ideales nobles que hemos forjado en la primera juventud, porque ellos son los sostenes morales de toda nuestra existencia ulterior.”

Ambos diarios coinciden en que la sala estaba colmada y en que el público, al final, aplaudió con entusiasmo. Sin embargo, la obra no se mantuvo mucho tiempo en cartel. En cuanto al juicio de los críticos que hemos mencionado en primer término, es bastante parecido. Crow lo considera un drama mediocre, como el relato del que proce­día. Rodríguez Monegal lo juzga, literariamente, un traspié. Pero ha de tenerse presente que ambos consideran la pieza dentro del marco de la producción narrativa del autor, que por entonces estaba en su punto más alto y lo había convertido en el mayor cuentista hispanoa­mericano.
Por nuestra parte, hemos de señalar, primeramente, las diferencias que presenta el drama con respecto al relato. Se advierte que las tintas están más cargadas. El pobre departamento de arrabal en que viven madre e hija en Buenos Aires se ha convertido en una casa de inquilinato. Lidia no sólo ha perdido su inocencia sino que está al borde de la prostitución. La ruina y muerte de la madre se exponen en un acto casi íntegro, con crudeza naturalista. Como contraste, el final, tan amargo y cortante en el relato, se dulcifica: ambos, a pesar de todo, seguirán conservando un bello recuerdo –el recuerdo del amor adolescente– y Lidia, con el dinero que Octavio le ha dado, podrá liberarse de la pobreza y rectificar su vida. En el primer acto, la escena entre Octavio y su padre se desarrolla –sin duda por dificul­tades que la trasposición no pudo salvar–, como todo el acto, en casa de la madre de Lidia, adonde el hijo atrajo a su padre con un engaño, lo cual resulta forzado y poco verosímil. Tales disparidades, o por lo menos esta última, no favorecen al drama, sobre todo si se conserva fresco el recuerdo del relato. Sin embargo, la representación de la obra –que tuvimos oportunidad de presenciar en la dé­cada del 60 en un escenario municipal– no nos resultó decepcio­nante ni mucho menos. Por el contrario, nos pareció una pieza, si no excelente, por lo menos discretamente lograda. ¿Cómo podríamos explicar esta discrepancia con Crow y Rodríguez Monegal? Sin duda, teniendo en cuenta que el texto dramático no es más que uno de los diversos elementos que integran la representación.
Ahora bien, éste es el más ambicioso intento teatral de Horacio Quiroga. ¿Por qué eligió el tema que ya había utilizado en Una estación de amor? La respuesta está, como en el caso de tantos otros textos del autor, en su propia vida. Se trata, en lo substancial, de un episodio autobiográfico. El desgraciado idilio que vivió con Ana María Jurkowski, la bella muchacha que conoció en Salto en 1898, cuando era un adolescente, y a la que volvió a encontrar siete años después en amargas circunstancias, le dejó un recuerdo doloroso. Sin duda, quiso librarse de él a fuerza de masticarlo y rumiarlo, como un alimento difícil de digerir. Así, por encima de sus discutibles méritos literarios, Las sacrificadas importa por su valor documental, por su calidad de testimonio. El testimonio de una de las muchas frustraciones de Horacio Quiroga, de uno más entre los tantos moti­vos que tuvo para sentir que la vida no era como él hubiera querido que fuese.
 Aunque es el más conocido, no es el único. Un segundo intento dramático, de menor aliento y distinta intención, es El soldado, “petipieza” en cuatro cuadros, como la denominó el autor. Si en el primero traspuso una experiencia personal, en éste utiliza –muy esquemáticamente– una idea. Se trata de un conflicto jerárquico entre un oficial y un soldado, que le permite censurar cierta concepción de la disciplina militar. Nunca fue representada, sin duda por su extrema brevedad. Se publicó por primera vez en la revista Atlántida, N° 284, 13 de Septiembre de 1923. (Se reprodujo en Babel, Santiago de Chile, año 20, t. 2, N° 13, Septiembre-Octubre de 1940, y en Revista Teatro, Buenos Aires, año 1, N° 2, Noviembre de 1940).
En sus últimos años, al parecer cediendo a sugestiones de César Tiempo, Quiroga preparaba otra pieza en un acto. (Cf. César Tiempo: Cartas inéditas y evocación de Horacio Quiroga, Montevideo, 1970, pp. 31, 37 y 39).

El cuentista

Con Horacio Quiroga el cuento hispanoamericano alcanza su ma­durez, tras un proceso en el que se suceden, como antecedentes significativos, los nombres de José María Roa Barcena, Manuel Gutié­rrez Nájera, Rubén Darío y Baldomero Lillo. Con Quiroga, además, se revela plenamente algo que apenas si había asomado antes: la preo­cupación teórica por el cuento y la clara conciencia de cultivar un género con características específicas y definidas. Ahora bien, el valioso aporte con que Quiroga impulsa el desarrollo de la narración breve en América latina se logra al cabo de otro proceso no menos arduo: el de su propio crecimiento y maduración como cuentista. Pasaremos revista a los distintos y sucesivos momentos de ese proceso. Finalmente, a modo de síntesis, subrayaremos los títulos más significativos y enriquecedores, en virtud de los cuales el autor se ha convertido en una figura perdurable en la historia de nuestras letras.




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